Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019

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Hailey Sullivan
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MensajeTema: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   30th Enero 2016, 19:09

Hacía ya unos días que Anya estaba viviendo en mi ático, y la convivencia había resultado ser mejor de lo que esperaba. La rusa había demostrado ser una agradable compañía y la mayor parte del tiempo sentía que nada había cambiado en absoluto puesto que cada una hacía lo que quería y no nos molestabamos mutuamente. En mi condición de enferma de la casa, pasaba la mayor parte del tiempo tirada en el sofá mirando la tele, y Anya, una vez conseguida su propia copia de las llaves, podía ir y venir a su antojo aunque en su mayoría se quedaba a mi lado haciéndome compañía. Compartíamos el alcohol y el tabaco y finalmente, conversabamos. Sobre lo que veíamos en la tele, las cosas que podíamos comprar, como podíamos re-ordenar su habitación… Y como yo tampoco podía hacer mucho por mi cuenta, ella se encargaba de comprar y de cocinar, lo cual no era si no otro beneficio para mí, puesto que normalmente me alimentaba de comida precocinada…

Anya me sacó de mi ensimismamiento al pasar por delante del sofá de camino a la entrada. Estuve a punto de preguntarle a dónde se dirigía y recordé que ya me había avisado, que esa tarde saldría a comprar así que la despedí con una sonrisa. Y seguía sonriendo cuando la pelirroja había desaparecido por el ascensor. Hasta ahora no había dado valor a la implicación de despedirte de alguien con un "Hasta luego".
Estaba feliz, y secretamente empezaba a desear que Anastasia me pidiera de quedarse, una vez hubieran sanado mis heridas. Nunca hasta entonces me había dado cuenta de hasta qué punto echaba en falta a Brooks… A mi madre, como la había llamado esa noche en el cementerio. Estaba feliz, cuando Anya caminaba por el piso y escuchaba su voz y su risa.
Y a ese pensamiento le siguieron muchos más igual de agradables, hasta el punto de que me revolví incómoda en el sofá y me alcé en busca de alguna cosa que hacer. No quería, o más bien no podía comentarle a Anya lo inquieta que me sentía cuando ella no estaba, pues tenía miedo de ahuyentarla. Así que cuando Anya se iba, buscaba cosas que hacer por el ático, cualquier cosa que pudiera mantener mi mente distraída. Pero no había nada. La ropa estaba limpia, la casa impecable, y estaba aburrida de ver la tele durante todo el día. En situaciones normales, hubiera cogido mis cosas y abandonado el apartamento en busca de un bar u otro local donde esconderme y perder el tiempo, pero por primera vez en mi vida, no quería irme de casa por no preocupar a alguien. Y eso me hacía volver a pensar en Anya y la inquietud de que se fuera, ahora que me estaba haciendo a la idea de compartir mi vida con alguien más. Así que encerrada en el ático, sin nada con lo que entretenerme subí lentamente hacia mi cuarto y me planteé echarme a dormir, hasta que llegara Anya y me despertara.

Pero una vez en mi habitación, se me hacía obvio que no iba a dormirme, si no a dar vueltas nerviosa sin poder conciliar el sueño. La cama no se me hacía para nada apetecible y suspiré, intentando pensar en qué otra cosa podía hacer, ahora que estaba sola. Qué cosas me permitiría hacer mi cuerpo, todavía recuperándose de aquella noche en el cementerio, y de días atrás en Blüdhaven. Así que cambié de dirección, abrí la puerta del baño y dejé correr el agua caliente, llenando la bañera. Volví a salir en dirección al comedor y activé el reproductor de música, dejando que sonara cualquier emisora y subí el volumen hasta que no pude escuchar ni mis propios pensamientos.



Entonces volví a mi habitación, recogiendo la primera toalla que encontré en el armario, ropa interior limpia y volví al baño. Mientras esperaba a que se llenara, me senté em el borde de la bañera y cerré los ojos escuchando la música, intentando no pensar en nada. Me quité la ropa con toda la calma del mundo, consciente de que todavía me dolía el cuerpo, y finalmente logré deshacerme de los vendajes de mi muslo, tras lo cual paré el agua, y poco a poco me hundí bajo su superficie, dejando la puerta abierta. Tenía tiempo, Anya todavía tardaría en llegar.

Con la cabeza sumergida en el agua tanto la música como mis propios pensamientos parecían amortiguados y lejanos, más fáciles de soportar. Anastasia parecía estar bien en casa, pero yo era novata en todo el asunto de la convivencia y no dejaba de darle vueltas a los días que habían pasado, analizando nuestros intercambios y pensando en si ella debía aceptarlo del mismo modo en que lo aceptaba yo. Si debía querer quedarse, o si debía pensar en buscar otro sitio. Y eso me llevaba a pensar de nuevo en la noche del cementerio, la única en que hablamos de nuestras vidas y nuestros pasados, y en mi decisión de intentar, dentro de mis posibilidades, ayudarla. Rompí la superficie del agua al emerger y apoyé el brazo izquierdo en el borde de mármol, o cerámica, o lo que fuera que componía esa bañera, para luego apoyar en él mi cabeza.

Tal vez era eso lo que necesitaba hacer, cuando Anya me dejaba de nuevo sola en la intimidad de mi apartamento. Mal que me pesara, tal vez tenía demasiadas cosas en las que pensar como para evitarlas...

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   1st Febrero 2016, 17:02

"Las cosas van bien. Las cosas van muy bien. - No te mientas John: las cosas no van pero que nada bien. Estabas mejor antes cuando no dependías de nadie y nadie dependía de ti. Las cosas están peor que nunca. - No es verdad. - ¿Ah no? Estás hablando contigo mismo, colega. Creo que con eso tienes prueba suficiente."

Odiaba cuando llevaba razón y más cuando a la vez se equivocaba. En todas las vidas que tenía dentro de su cabeza, no había una sola de ellas donde hubiera un o una Constantine que tuviera una familia feliz, un grupo de amigos fieles y un chucho que sacar a pasear todas las tardes. Si algo relacionaba la vida de todos los Constantines además de su apellido era su trágica carrera en la vida para aquellos que se relacionaban con Constantine. Pensar en esa posibilidad hacía que el mago tuviera ganas de salir corriendo, desentenderse de todo. Evaporarse.
Pero el tiempo de evaporarse ya había pasado y, lo quisiera o no, tenía responsabilidades. Siempre las había tenido pero nunca había tenido una vocecita que le dijera "tío, es hora de que te ajustes el cinturón". Esa vocecita era otro Constantine.

Dejó el libro que estaba ojeando en la estantería de la biblioteca. Pese a la portada y su sinopsis, no era más que otra copia barata de una copa barata de una mierda de falsificación. Libros como esos hacía que la gente se sintiera atraída por la magia y los mantenía a salvo haciendo truquitos visuales o creyendo que estaban sacando una receta optativa para el catarro.
No, los verdaderos libros de magia siempre permanecían ocultos, incluso dentro de bibliotecas como esa. Sólo hacía falta pasarse buenas horas buscando por todas las estanterías hasta que la intuición despertaba y te hacía sacar un tomo polvoriento, pequeño y en muy mal estado. Los libros olvidados son los más peligrosos de todos.
"Pero ninguno de éstos les servirán de ayuda en lo más mínimo... Al menos no a Garnet". Con la ladrona tenía un problema adjunto: su analfabetismo. John había pecado en más de una ocasión de ser un maestro nefasto, así que la mejor forma de que sus "alumnas" aprendieran a defenderse era por medio de la palabra escrita... pero Garnet...

John ya estaba a punto de salir de la biblioteca cuando un libro en concreto le llamó la atención. Se lo quedó mirando un buen rato, hasta que su mano decidió por él y lo sacó de su sitio.

- Me lo llevo puesto, cariño.

...

El ascensor abrió sus puertas, y una música bastante alta se saludó nada más pasar entrar. No había rastro de Garnet, ni de Anastasia la cual hacía escasos días que se había instalado en el ático para ayudar a una Garnet herida. John esperaba que pasado el tiempo de convalecencia de la ladrona, la rusa decidiera quedarse. Así al menos las tendría a ambas en el mismo sitio y no tendría que ir de una punta a otra de la ciudad para buscarlas.
Se quitó la gabardina, guardó las llaves en uno de sus bolsillos y la colgó en el perchero. Cogió la bolsa de papel y se dirigió hacia el centro del ático para ver si realmente estaba sólo. Un ligero chapoteo en la planta alta le llamó la atención, así que fue a ver.
No tenía seguro si era Garnet o Anya así que se asomó levemente por la puerta para asegurarse. A la primera ya la había visto desnuda y... bueno, digamos que ya se había acostumbrado a su cuerpo varias noches, y la segunda la había visto en ropa interior. Además, era ya un hombre hecho y derecho: un cuerpo de mujer no haría que se cayera de culo.
La suerte quiso que fuera Garnet la que se estaba tomando el baño, así que con una sonrisa pasó por la puerta abierta, acercándose hasta el borde de la bañera donde se sentó y la miró desde arriba, sin desdibujar esa sonrisa de truhán que decía más de lo que quería.

- Siempre es un placer verte, preciosa. Adivina qué te ha traído Santa Claus. - John agitó la bolsa de papel para después abrirla, enseñándole un libro que no reconocería por no saber leer su portada. - Lección del día: te voy a enseñar a leer..

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   1st Febrero 2016, 21:56

La música hizo que no me percatara de que alguien había entrado en el piso y al ver a un hombre asomarse por la puerta, me sobresalté. Sin embargo era John, y en cuanto le reconocí cerré los ojos dejando escapar un suspiro que a medio camino se tornaba risa. Al volver a abrir los ojos, le dediqué una media sonrisa a la que bien se podía haber acostumbrado el rubio. Una sonrisa que le invitaba a pasar la noche y compartir un par de copas. Por un momento pensé en Anya, pero ella tenía habitación propia, así que no veía problema alguno si Constantine decidía pasar con nosotras... O conmigo, aquella noche. Así que me disponía a invitar a John a desvestirse y unirse en el baño, cuando el inglés entró directo y vino a sentarse al borde de la bañera, como si nada. Arqueé una ceja, mientras él sacaba una bolsa de papel, diciendo que me había traído un regalo. Con mucho cuidado empecé a incorporarme, sin dar valor alguno a la escandalosa porción de piel que amenazaba con emerger del agua, mostrando a John una buena panorámica de mi busto, muerta como estaba de curiosidad por ver su regalo. Además, no podía negarle nada si me saludaba con esa sonrisa que tanto me gustaba...
Hasta que sacó el libro. Mis ojos pasaron muy lentamente del pequeño objeto a los ojos de John, la sonrisa luchando por no caerse de mis labios mientras intentaba con todas mis fuerzas descubrir en su rostro algo que demostrara que se trataba de una broma.

Estás de broma. — afirmé, sin lograr que mi voz sonara convencida. Sin embargo él no parecía bromear  — No... — Lentamente volví a reposar mi espalda en la bañera, hundiendo el rostro hasta que el agua quedaba en una fina linea entre mis ojos y mi nariz.

No, no bromeaba. Podía verlo en su rostro y contemplé el libro con odio, casi como si su presencia ahí me molestara hasta el punto de hacerme arrugar la nariz y querer quemarlo. Odiaba leer. No era el mero hecho de no saber hacerlo, era porque recordaba largas horas de discusiones con Brooks en las que ella intentaba enseñarme las letras, su pronunciación y un sinfín de normas que era imposible hacer entrar en mi cabeza. Así que desistí y miré a John con rostro de cordero degollado, como si acabara de notificarme que me llevaban al cadalso, suspiré, y procedí a quitar el tapón de la ducha y... Me lo pensé dos veces antes de levantarme.

John... ¿Me dejas terminar? — por primera vez sentí que se me subían los colores y no tenía nada que ver con estar desnuda. Lo de aprender a leer... — No me malinterpretes, me da lo mismo que me veas, pero te va a salpicar el agua si no te apartas.

Cuando al fin me vi de pie, retiré todos los restos de jabón de mi cuerpo, aunque el agua caliente ya no me calmaba tanto como había hecho minutos antes. Seguía dándole vueltas al tema de la lectura y ni siquiera me había molestado en comprobar si John había seguido o no mi consejo de apartarse. Me sentía cohibida, y eso era algo que me pasaba en contadas ocasiones. Pero, ¿porqué? ¿Qué pudor me daba la lectura que no me diera un cuerpo desnudo?

Para cuando cerré el grifo, tenía mi respuesta. Orgullo. Si no lo conseguía, si fallaba o no estaba a la altura de las espectativas, eso hería mi orgullo más de lo que estaba dispuesta a aceptar. Porque en el fondo, no me disgustaba en absoluto la idea de aprender, aunque sí me avergonzaba la idea de ponerme en evidencia y hacerlo mal. Ladeé la cabeza y llevé toda la melena a un lado, intentando escurrir el agua antes de intentar alcanzar la toalla y envolverla alrededor de mi cuerpo, mordiendome la lengua en un par de gestos para no quejarme del dolor.

Ahora me tocaba la peor parte.

¿Sabes? No te dí mi respuesta al salir del cementerio. — Abrí los cajones del tocador, buscando el botiquín hasta que lo encontré y retiré unas vendas. El movimiento me dolia y no se me daba bien, pero tampoco estaba dispuesta a pedirle ayuda. No ahora, cuando acababa de descubrir que mi incomodidad se debía al orgullo. — ...Creo que no quiero desperdiciar mi vida. No pretendo quejarme, he vivido lo que me ha tocado y lo he llevado lo mejor que he podido, no pretendo que nadie se apiade de mí, ni cambiar de repente y ser la "mujer que habría podido llegar a ser". Pero no me disgusta mi vida. Tengo todo lo que podría pedir, aunque no haya sido ganado de la manera más honrada. Pero por más vueltas que le dé hay algo que no puedo lograr por mi cuenta, por más que lo intente. Y dudo que ninguna otra persona vaya a ayudarme como tu puedes hacerlo.

John y Anya, eran las dos personas con quien podía ser yo misma. Con quien no debía mostrar más fortaleza de la que era propiamente mía, no tenía que mentir ni pretender. Me dirigí de nuevo a mi habitación, dispuesta a vestirme y con la venda, que pese a poder estar mejor, cumplía su función y cubría la herida de disparo de mi muslo. Una vez en la habitación, y de nuevo dejando las puertas abiertas a mi paso, busqué ropa ancha que me permitieran estar cómoda, teniendo en mente la mierda que me esperaba en pocos minutos.

Hablando en plata... — miré hacia la puerta para ver si John me había seguido o si necesitaría alzar la voz para que me escuchara desde el pasillo. — Me da la sensación de que desde un principio lo planteabas para que nos lo tomaramos en serio, y no escogieramos sin pensar. A veces pienso que en retrospectiva tu mismo hubieras escogido otro camino. —Tal vez me aventuraba a adivinar sin entenderle, pero... Tal vez era eso lo que necesitaba. Encontré una camiseta, blanca, muy grande. Parecía de hombre. ¿De dónde la había sacado? Me encojí de hombros y me la puse. — Así que... Imagino que acepto. Voy a seguir tus pasos, y a aprender de tí, por mala idea que sea. Porque es la única manera que tengo de aprender a controlar mis poderes, y la única esperanza de aprender y separarme de Ruby.

Seguí buscando en mi armario hasta encontrar unos shorts negros deportivos, y con cuidado de no hacer sobreesfuerzo alguno con mi brazo derecho, me los puse. Todavía descalza, dejé la toalla colgada en mis hombros para que la empapada melena no me mojara la ropa y volví a caminar junto a John, plantandome delante de él, mirandole fijamente. Entonces dejé caer los hombros, sintiendome abatida. No podía esconderselo, terminaría dandose cuenta tarde o temprano.

¿Pero de verdad tengo que aprender a leer? Brooks lo intentó y se me da fatal, soy una pésima alumna. — Sentí de nuevo que me cohibía pero no quería, no delante de él. Ni delante de Anya. Precisamente la opinión de ellos dos me importaba más que la del resto de la gente... Pasé a su lado, y acaricié con suavidad uno de sus brazos, casi como disculpa a cómo estaba reaccionando con el tema. — Vamos a por un cigarro y lo hablamos, anda...

Así que bajé de nuevo al comedor y sin esperar su respuesta serví un par de vasos con hielos y estrené un nuevo paquete de tabaco, dejando el estante de los licores abiertos para que él pudiera elegir qué quería beber antes de irme hacia el sofá a esperarle.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   11th Febrero 2016, 23:43

El mago como contestación a su pregunta se quedó donde estaba, con su pétrea sonrisa y su mirada fija en un punto entre los ojos de la pelirroja y por encima del ombligo, disfrutando del regalito que le ofrecía la ladrona. Regalito que, una vez supo que no iba en broma, desapareció bajo las turbulentas aguas del baño. Una lástima: otra obra de arte que naufraga y se la traga las aguas.
Al ponerse de pie, pidiéndole un poco de tiempo al rubio, éste se levantó con la calma que le precede y se dispuso a darle el tiempo y espacio que necesitara, saliendo del baño y quedándose en la puerta, apoyado en la pared.
Hacía relativamente poco que John había conocido a Garnet, pero si algo se le había quedado grabado a fuego era la simpatía que tenía la personalidad de la ladrona con la de un gato callejero: da igual que quieras acercarte, acariciarle y darle de comer, porque el gato hará lo que quiera cuando quiera. Se te acercará si cree que no hay peligro y si hay posibilidades de conseguir algo de comida. Saldrá corriendo a la primera que algo le asuste o salga de su cuadro preestablecido, sin posibilidad de volverlo a ver. Y siempre existe la posibilidad de que se le crucen los cables y te declare su enemigo mortal por un fallo tuyo. Es decir, había que ir con pies de plomo en todo momento, y ese era uno de esos momentos.

Con paciencia, el mago se quedó mirando la nada, escuchando a la ladrona terminando su baño hasta que le habló, momento en que asomó la cabeza para que supiera que la estaba escuchando. "¿Ni siquiera me va a pedir ayuda con las vendas?... Menuda mujer..." Garnet le estaba, por así decirlo, dándole explicaciones sobre su decisión de la otra noche referente a la pregunta que les formuló el mago. Era casi como si quisiera que éste supiera el estilo de vida que le había tocado vivir, y que se pusiera en sus carnes, pero sin dar la oportunidad de sentir lástima por ella en ningún momento. Si, eso le pegaba.
La pelirroja salió del baño para dirigirse a su cuarto, seguida de cerca por John, quien no le quitaba ojo a esas piernas que sobresalían por debajo de la toalla. Quién fuera esa toalla...
El monólogo continuó con Garnet vistiéndose. "¡Ah! Conque ahí estaba" se dijo a si mismo al ver la camisa blanca que había sacado Garnet. Le había costado veinte dólares pero le habría podido costar unos cincuenta de no ser por su piquito de oro... y la había perdido con la misma facilidad. Al menos a ella le quedaba mejor que a él.
Dentro de su cabeza el mago volvió a su sitio cuando la pelirroja se le acercó. Todo aquello para terminar con lo que llevaba el mago escondido en la bolsa. ¿Tanto le afectaba tener que aprender a leer? Con todo lo que había pasado y tendría que pasar, aprender a leer debería ser un "si, ahora me pongo" en lugar de darle vueltas y vueltas. Pero no la podía culpar: cada uno era como era y él... bueno... se podría decir que las cavilaciones de la ladrona no se apartaban mucho de la realidad, pero así como ella no iba a dejarse ver en inferioridad de condiciones o abatida, John no dejaría que escudriñara en su interior con la misma facilidad de quien usa un chupete. Allí dentro había demasiado Constantine como para no sentirse apretado si cualquiera entrara a darse una vuelta.

Bajaron un piso, y Garnet sirvió tanto un vaso con hielo como la posibilidad de llevarse un cigarrillo a la boca. John no se negó a ninguno de los dos placeres, y dejando el libro sobre la mesa, se aflojó el nudo de la corbata, se sirvió un whisky bastante duro y volvió con Garnet, encendiéndose su cigarrillo con el de la mujer sin pedir permiso alguno: a éstas alturas, había cosas que entre los dos no hacía falta ni que preguntarse. Ambos estaban hechos casi de la misma pasta.
Se sentó a su lado, exhaló la bocanada de humo y miró el libro que había traído con él. Era uno de esos libros para niños donde te enseñan las letras del abecedario con dibujos para que al niño le sea más divertido aprender. En la bolsa además, se había traído otro libro pero que todavía no hacía falta sacar.
Alargó la mano, acercó el libro de la mesa y lo colocó frente a Garnet.

- Soy un pésimo maestro. Sé que el viejo os lo dijo porque le escuché decirlo y en parte, tiene razón: no tengo mucha paciencia a la hora de enseñar y cuando lo hago, yo mismo me hago un lío cuando no sé ni la forma más obvia cuando quiero explicar algo verdaderamente jodido. Así que, la única forma que he encontrado para que aprendáis a protegeros a vosotras mismas es mediante libros donde hay escritas frases y palabras que os pueden salvar la vida en muchas ocasiones. Puede que el tema de la religión te la traiga al fresco, pero no se puede negar que las palabras y oraciones dedicadas a Dios tienen fuerza, y los espíritus están ligados a Dios de una forma u otra, y nosotros nos aprovechamos de eso. Por tanto, recitar una y otra vez un mantra os puede parecer una gilipollez, pero es tanto una gilipollez como un salvavidas. - Le dio un toque al cigarrillo sobre el cenicero y la miró directamente a los ojos. - Si quieres aprender sobre tus poderes, primero tienes que asegurarte que sigues viva para usarlos. Y ésta es la mejor forma de hacerlo. - Dio varios toquecitos con el dedo índice de su mano libre sobre la portada del libro. - Así pues, preciosa, te pido que seas paciente con éste nefasto maestro, porque te puede salvar la vida.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   15th Febrero 2016, 02:12

John me había seguido a lo largo de mi charla y bajó conmigo al piso de abajo. Agradecí que fuera paciente, consciente de que mis movimientos eran deliberadamente lentos, tanto por mis costillas como por mis piernas. Suspiré cuando me senté en el sofá y me encendí un cigarro con toda la calma del mundo, mi mirada siguiendo los gestos del inglés. El gesto. El mismo gesto que me había hecho desearle la primera noche...

Desvié la mirada, intentando centrarme en lo que teníamos entre manos esa noche. Aprender a leer. Contuve otro suspiro y volví a mirar a John cuando este se acercó para prender su cigarro con el mío, y mientras lo hacía mantuve mis ojos en los suyos, planteándome maneras de rechazar su amable oferta. Me veía capaz de ser persuasiva con él... Y entonces acercó el libro y lo contemplé con los ojos entrecerrados, dando una calada. Iba a quejarme, cuando al fin Constantine habló y no quise interrumpirle. Me quedé en silencio, escuchando sus palabras con atención, consciente de que era importante, aunque no pude evitar sonreír cuando mencionó que era un mal maestro. Sin embargo no me esperaba la mención a Dios, ni a los mantras y hasta el momento no había tenido indicio alguno para creer que era creyente. Yo desde luego no lo era, jamás había tenido motivos para serlo, así que añadido a todo lo que iba a aprender con el rubio, se sumaba el hecho de aceptar la existencia del todo poderoso. Y John tenía razón, la religión me la traía, con sus propias palabras, al fresco. Pero tenía confianza en el rubio, o al menos un sentimiento similar a la confianza que me llevaba a creer en sus palabras. Tal vez, simplemente, era que no tenía otra opción para conseguir lo que quería.

Con la misma parsimonia con la que me había movido hasta entonces, me incliné hacia adelante y tomé el libro, colocándolo sobre mis muslos, y pasando las páginas con aburrimiento. Eran gruesas, casi más de cartón que de papel, probablemente para que los críos no las rompieran, y sentí el calor subir a mis orejas, mientras le sacaba punta al cigarro al hacer rodar la punta ceniza contra las paredes del cenicero.

Me sentía ridícula. Estos libros eran para niños, y me sentía como una cría retrasada a la que le costaba entender las cosas. Ya había pasado por esa mierda con Brooks años atrás y pensaba que atrás se quedaría, donde no tuviera que volver a recordar y pasar por lo mismo otra vez. Pero como con tantas otras cosas estaba equivocada. Volví a la primera página, mirando el contenido, sus dibujos... las letras.

Tu no tienes paciencia para enseñar. Yo no tengo paciencia para aprender. Lo mire por donde lo mire, esto es una mala idea. — Pero sabía que él tenía razón, aunque me costara aceptarlo, aunque me disgustara la idea. — Esto va a ser tremendo...

Coloqué el libro entre los dos, la portada sobre mi regazo, la contraportada sobre el suyo, y terminé de acomodarme levemente en él, apoyando la cabeza entre su hombro y su clavícula. Di una segunda ronda contemplando todas las imagenes, como si esperara entenderlas por arte de magia. Podía intuir que letra era cada una al pensar en el primer sonido que emitía una imagen. Pero... No, en la práctica no era tan sencillo. Aunque pudiera intuir su sonido, era imposible llegar a entender nada sólo con eso.

... Esto sería más interesante si nos apostaramos algo. Puesto que no puedo evitar el muermo de... hacer esto, deberíamos encontrar modos de hacerlo más divertido... Y un limite, ver un momento para parar antes de que nos cabreemos el uno con el otro. Así que... — pensé en algo, y sentí la sonrisa volver a mis labios. — Voy a buscarme un premio. Y por cada letra que me aprenda, tendrás que premiarme. — Incliné la cabeza lentamente, buscando sus ojos azules, disfrutando unos minutos de proximidad antes de centrarme en algo que no me gustaría en absoluto. — Ya sabes... Por cada letra que aprenda, bebes, o me cuentas una parte de tu vida... Por cada una que falle, tu pides... algo. — Arrastré la última palabra, dejando abierta la invitación, dejando claro que ese "algo" escondía un buen abanico de opciones.

Entonces tuve una idea, y volví la mirada al libro, con curiosidad. ¿Cómo debía escribirse John? Pensé en el sonido con el que empezaba su nombre... Era casi un siseo, sin llegar a serlo. Busqué entre las páginas algún dibujo que se pareciera. Pero por más que pasara páginas, no encontraba ningún "objeto" cuya pronunciación se correspondiera con la que hacían mis labios al pronunciar su nombre. Sin importar en qué dirección avanzara las páginas, hacia atrás o adelante, no lograba encontrar ningún dibujo que sonara parecido. Finalmente desistí y cerré el libro, dejándolo por completo en su regazo, intentando controlarme para no parecer una niña en pleno rebote, di una calada al cigarro y exhalé mirando hacia un lado. Paciencia. Iba a necesitarla. Toqué el libro con dos dedos, sorprendiéndome a mi misma con el tono calmado de mi voz.

¿Cómo se escribe tu nombre, John?

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   17th Febrero 2016, 00:15

- Tremendos son los bollos que hacen en la pastelería de la esquina. Mejor llámalo por su nombre: aprender.

Las clases habían empezado. Sonó la campana, los niños entraban dentro de sus clases y... el profesor se preparaba para pasarse las próximas horas soportando a un atajo de niños y preadolescentes que se creen el pito del mundo, y que saben más que los carcas de sus profesores. Eso ha sido así desde que se tiene memoria. No hay nadie, o casi nadie que no tenga alguna anécdota al respecto, ya fuera por experiencia propia o de algún conocido.
La diferencia entre esos profesores y Constantine era que, mientras los primeros tenían que soportar la pesada carga de sus trabajos y el estrés al final del día, John disfrutaba con el apoyo de la cabeza de Garnet sobre su hombro, y sus cabellos metiéndose por dentro del cuello de su camisa, haciéndole ciertas cosquillas. Siempre era agradable tener cerca a una mujer, que se diera esas libertades, pero con Garnet... John tenía la constante paranoia que, cualquier gesto, palabra o acercamiento que hacía la pelirroja hacia su persona bien podría ser de forma desinteresada o bien estaba metido en una ingeniosa artimaña para saca algo a su favor.
O tal vez la paranoia había llegado a extremos insospechados y ya iba siendo hora de visitar un manicomio durante una temporada bien larga de merecido descanso.

- Que me quede claro: cada vez que te aprendas una letra, me pides lo que se te antoje, y cada vez que te frustres, hago lo mismo. Lo que viene siendo un juego de apuestas de toda la vida. - John dio una buena calada al cigarrillo, soltó el humo y miró a la pelirroja que buscaba sus ojos claros. - Me parece un buen plan. Así le damos vidilla a éste libro para críos.

¿Qué podía pedirle si ganaba la apuesta? Lo más fácil, y estando en la situación en la que estaban, sería algo que bien podría terminar tirando el libro a una esquina y pasar un buen rato pero... eso sería contraproducente. Había traído esos libros para avanzar en el estudio de la pelirroja y su protección personal. Distraerse sólo conseguiría que ambos se frustraran y adiós, buenos días tenga usted. Por otra parte, si dejaba una ventana tan abierta a posibilidades... Una pequeña bombilla se iluminó en la mente de John, coqueta y pícara, como de costumbre. Una luz con forma de idea que por costumbre, no traía nada bueno.

- Usaremos la ley del número tres para establecer un límite: cuando uno de los dos diga que no quiere seguir, lo tendrá que decir tres veces y de forma no consecutiva. Cuando llegue a la tercera vez, lo dejamos. Eso si, si el otro cree que está abandonando de forma egoísta, habrá penalización extra. ¿Te parece bien?

Los ojos esmeralda de Garnet se iluminaron, y pasó las páginas del libro como si buscara algo. ¿Qué sería? Parecía bastante... interesada en encontrar lo que fuera que estuviera encontrando, pero el fervor pasó deprisa, y la frustración hizo que cerrara el libro y se apartara. Se notaba que estaba luchando consigo misma para no tirarlo por la ventana y dejarse de tonterías. A John le recordó a una niña pequeña haciendo pucheros, y esa versión de la pelirroja le hizo bastante gracia. Tal vez sería un buen entretenimiento pincharla por ahí...

- Mi nombre... - ¿Era eso lo que había estado buscando? John se la quedó mirando unos segundos, tras lo cual sonrió dejando salir una leve carcajada por la nariz, casi sonora, y abrió de nuevo el libro. Era pan comido buscar las letras que formaban su nombre ya que cada página era una letra y venía con información adicional: su forma fonética, un dibujo con algo que empezaba por la letra... Puso el dedo sobre la primera letra, y fue repitiendo el gesto con todas sus letras. - Jota........ O........ Hache........ Ene....... John. Así es como se escribe mi nombre. Y el tuyo sería...... Ge...... A...... Erre..... Ene.... E.... Te. Garnet. Supongo que te habrás fijado en que no he pronunciado las letras tal y como se dirían al formar un nombre. Eso es porque... por decirlo de alguna forma, cada letra tiene su propio nombre, y su forma de pronunciarse. Por eso la Jota se llama Jota, y al pronunciarse suena como si gruñes. - Se paró a pensar un poco, y supuso que esa no sería la mejor forma de empezar. - Vale, empecemos por las vocales, que son las más fáciles y las más sonoras. Sólo hay cinco: A, E, I, O, U. Lo único que tienes que hacer es fijarte en su figura y relacionarla con la pronunciación. Mira... ésta que parece una pirámide es la A.... ésta que es como un tres al revés es la E. El palito es la I. El círculo es la O y ésta gota abierta es la U. Es simplemente relacionar símbolo con sonido. Prueba tú.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   17th Febrero 2016, 01:36

Mis ojos quedaron fijos sobre John cuando se rió. Que le preguntara su nombre parecía haberle hecho gracia, y simplemente se rió. Fue una risa tan natural que no pude evitar corresponderle, aunque no llegara a entender el porqué, mi risa fue eco de la suya durante un instante breve como un suspiro, tras el cual volvimos a centrarnos en el libro. Bajé la mirada a las acartonadas páginas mientras él reseguía las formas con el dedo.

Jota… O… Hache… Ene… — coreé en voz baja, a medida que John me mostraba las letras.

Memoricé las imágenes que había en cada página, e intenté buscar similitudes en las formas con objetos que me fueran conocidos, y algo me llamó la atención… Pero no quería interrumpirle, así que seguí la explicación de John en silencio, armandome de paciencia. Y me mostró mi propio nombre, aunque no fuera del todo mío.

A, e, i, o, u. — Repetí al final casi para demostrar que le había escuchado. — Vale… Entonces, — giré las páginas hasta encontrar de nuevo la J. — Según lo que has dicho de que las letras tienen un nombre própio distinto al que pronunciamos con el resto de palabras… ¿Explica eso porque la… La… Esta. — Señalé la letra, sin poder recordar el nombre. — se pronuncia distinto si es tu nombre o “jardín y jarrón”? ¿O es que cambia como se dicen por otro motivo? — Me quedé un rato pensativa, pasando las páginas mientras intentaba recordar lo que me había dicho. — Una pirámide, un tres, un palo, un círculo y una gota abierta. Parece una adivinanza casi.

De repente mis labios se tensaron en una sonrisa bobalicona mientras mentalmente pensaba en otros simbolos que me podían ayudar a recordar esas cinco letras y su sonido, llevándolas a un cauce más... íntimo y gracioso para mi propio interés.

A… E… I… O… U… — Repetí con calma, mientras las buscaba en el libro y las reseguía con el dedo como John había hecho minutos antes. — Voy a tener que repetir esto cuarenta veces para recordarlo mañana. O no. — Le miré arqueando una ceja, decidida a llevarme el juego a mi terreno. — A, quiero tu corbata. E, que me sirvas un vaso. I, quiero saber más de tí. Tu edad, por ejemplo. La… O… ¿Cómo llegaste a aprender lo que sabes? — Bajé la mirada, — No respondas a esta, demasiado amplia para lo que nos proponemos. La O… — Se me ocurrió otra cosa, más sencilla, más adecuada, y tomé su corbata tirando de ella hacía mí hasta besarle el labio, atrapando su inferior entre los míos, dándole un suave mordisco antes de apartarle y susurrarle — La U la reservo para luego. — Repetí nuevamente las vocales mientras me apartaba de él.

Aproveché para aflojar el nudo de su corbata, sin poder evitar que se me escapara una mueca de dolor en un momento que me giré para encararle, pero no quería que eso fuera motivo para dejar de hacer lo que estábamos haciendo e intenté quitarle importancia con una sonrisa. Podía tomarme algo luego para que doliera menos. Volví a lo que estaba haciendo, pasando la corbata por encima de su cabeza repitiendo luego el proceso inverso para ponermela yo. Pasé el lazo por mi cabeza y luego llevé ambas manos a mi nuca, apartándo todo el cabello húmedo para colocarla debidamente bajo el cuello de la camisa, ajustándola luego a mi tamaño y cerrándola como si fuera una empresaria. Volví a sonreírle y fui a buscar el cigarro que descansaba en el cenicero, dándo una larga calada y volviendo a repetir una vez más las vocales, asegurándome de que se mantenían frescas en mi memoria, y exhalando posteriormente el humo. Entonces sostuve el cigarro entre mis labios mientras inentaba recolocar el manojo de vendas mal puestas que tenía sobre mi muslo y esperaba paciente a que John me sirviera algo de bebida.

¿Y ahora qué? — Le pregunté sin mover demasiado los labios para no perder el cigarro mientras mis manos trabajaban sobre el torpe nudo del vendaje.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   23rd Febrero 2016, 15:57

- No exactamente. La pronunciación de las consonantes va según la letra que vaya detrás. Pero en éste caso si, suena diferente porque es mi nombre.

Hacer de profesor de letras era más difícil de lo que pensaba el mago. En realidad su nivel de estudios por decirlo de alguna forma eran bastante básicos: no fue un chico muy aplicado en clases y por no hablar de la universidad mejor no hablamos. Su escuela era el mundo y su aula las calles. ¿Su mente? La biblioteca. Así que, allí estaba: un estudiante mediocre dando clases a una chica con demasiadas preguntas.
Una estudiante que, por otra parte, por un momento le hizo sentir algo dentro de su maltrecho pecho. Tal vez fuera la cercanía de la clase o la comparación entre la sonrisa de Garnet mientras pronunciaba las vocales a una niña de párvulos que se cree lo más por conseguir escribir su primera frase sin errores. Ternura sería la palabra exacta que definiría dicho sentimiento.

Y tal como vino, se esfumó. Garnet era Garnet y no una cría de cinco años que está aprendiendo a leer y escribir... gracias a Dios, cabe decir.

El juego de apuestas que habían iniciado y que John había extendido para darle más "vidilla" al asunto se le salió de las manos cuando la pelirroja tomó el control de la situación, convirtiendo las enseñanzas de John en pedidos. Pagos para el mago. "La aprendiz acaba de darle en las narices al profe. Menuda chica mala..." John mantuvo su rostro sereno para no darle la satisfacción a Garnet de "haberlo pillado", y sonrió cuando empezó a hacer sus pedidos, como si el mago lo estuviera esperando desde el principio. Fomentar su aprendizaje a base de regalos. ¿Qué hacía que el inglés no aceptara su derrota inicial en aquellas apuestas donde Garnet le robó la mano en un descuido? Su orgullo, qué si no.
Garnet escribió con palabras en el aire su lista de deseos, y los que pudo los tomó: ¿El primero? Su corbata. La cogió, tiró de ella y pasó directamente a la O. Si John no tenía motivos para quejarse de su lista de deseos, mucho menos con la O. Esa mujer conseguía que sus besos fueran adictivos, y probada la fruta, te daban ganas de pelarla y comértela entera. Pero si eso... eso lo podrían dejar para más tarde. Quizás con la U.
La pelirroja le robó la A, y se la puso junto con su camisa. ¿Qué tendrán las prendas masculinas que resaltan tanto la feminidad y sensualidad del cuerpo femenino? Tal vez había escogido el camino equivocado, y en lugar del ocultismo bien se habría podido dedicar a buscar la respuesta a esa pregunta. "Pero seguramente habría tenido peores quebraderos de cabeza y hubiera terminado en nada".
Luego venía la E. La E era fácil y podía hacerlo mientras le daba la I. Se llevó el pitillo a la boca mientras cogía la botella y le rellenaba el vaso hasta arriba del todo. Y de paso, hacía lo propio con el suyo.

- Para empezar, nací un 10 de mayo del 53, en Liverpool. - Y sabiendo que Garnet haría cuentas, John se le adelantó. - Hoy en día no sé si es la sangre de demonio que recorre mis venas o mi espíritu de dandy inglés lo que me mantiene así de escultural - y para quitarle hierro, la miró de reojo, con una sonrisa ladina y levantando levemente las cejas. - Mis padres eran Thomas y Mary Anne Constantine. Muertos. Tuve una hermana llamada Cheryll Masters... y una sobrina llamada Gemma Masters. - Eso último lo soltó como si se quitara una tirita pegada a una costra: rápido y a aguantar. Dejó el pitillo y bebió para soportar el dolor. - Creo que ésto es todo lo que te puedo dar por una "I". - Alcohol y tabaco. Una mezcla demasiado clásica para soportar el dolor o hacerse el macho duro. Un clásico, pero efectivo.

"¿Y ahora qué?" Si ésto fuese una peli de serie B, o una superproducción de Hollywood sin mucho dinero para contratar a buenos guionistas, el "y ahora qué" vendría seguido por un "ahora, a la cama" con su particular escena de sexo.

Pero no había sonado todavía el timbre para el recreo.

- Ahora subamos el listón si te parece: ya que te sabes las vocales, vamos con el abecedario. - Cogió de nuevo el dichoso libro y lo abrió por la primera página, que era la A. - Ésto va a ser pesado, así que tómatelo con calma y no te estreses. - Como hizo con las vocales, John le enseñó una a una todas las letras del abecedario, pronunciando su nombre y mostrándole la imagen a Garnet el tiempo que necesitara para memorizar su símbolo. Fue así una por una, una a una, y cuando llegaron a la Z cerró el libro y se la quedó mirando. - Pregunta con puntos: ¿cuáles son las letras del abecedario? En orden.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   25th Febrero 2016, 00:17

... En dos meses cumples 67...

Susurré, cuando al fin John terminó de hablar de su vida en respuesta a una de mis vocales. Estaba sorprendida. Por bien que no era la primera persona que conocía cuya apariencia no se correspondía a la edad que le pertoca, no era algo a lo que uno pudiera acostumbrarse fácilmente. Mientras el inglés bebía y fumaba tras su explicación, yo aproveché esos minutos para recuperar la compostura. Sí, John le había quitado hierro al asunto, pero a mí no dejaba de inquietarme. ¡Sesenta y siete años! Aunque bueno, yo ni siquiera sabía qué edad tenía, probablemente tenía menos de la mitad de su edad, y me había acostado con él. Varias veces.

Aunque pensándolo fríamente, James tenía incluso más y bien que me había ido con él con tal de cumplir lo que me proponía… Y como si el hecho de haber estado con alguien incluso mayor que John cambiara por completo la situación, dejé de darle vueltas.

Inmediatamente volvimos a las letras. No estaba disfrutando en absoluto, y para cuando llegamos a la G me dolía la cabeza, y empezaba a costar recordar los nombres. Pero seguimos, una y otra vez, repitiendo las formas, los nombres, la pronunciación… Dios, que martirio. Estaba tan centrada en seguir lo que John me dictaba que durante todo el rato que contemplamos el libro, se me olvidó por completo intentar molestar o provocar al inglés.

La primera es la A, siguen B C y D. Luego F, E… — Contemplé la sonrisa nacer y crecer en las comisuras de John. O bien buscaba provocarme, o había cometido un error… — G, H, J — Otra sonrisa, y esta vez supe que era por lo segundo. Mierda. — K, L… N, M — Me frené en seco, dedicándole una mirada de odio. Como se estaba divirtiendo el cabrón, aunque tal vez era mi culpa por haberle provocado primero. — O, P, R, S, T, U, V…. Cómo se llama… Doble u… No, mierda. — La sonrisa de John me distraía, chasqueé la lengua y busqué un sorbo de whiskey, y me incliné a tomar un cigarro, decidida a intentar mantener mínimamente mi dignidad. — Como se llame, la que son dos picos hacia abajo. X, I y Z.

A mi defensa diré que me dolía la cabeza. Y que tener a John regocijándose de todos y cada uno de mis errores no lo hacía más fácil y cada vez que me daba cuenta de que había dado una respuesta equivocada, me peleaba conmigo misma por no dejar ver lo mucho que me disgustaba la noticia. No era difícil, eso tenía que aceptarlo. Pero era dedicarle tiempo a memorizar mucha información, y eso tan sólo eran los cimientos de lo que estaba por venir.

Así que con calma, tomé el vaso entre mis manos y di un largo sorbo, preparándome para la reacción de John, mientras no podía evitar con todas mis fuerzas fruncir el ceño en una silenciosa rabieta para conmigo misma… Aunque, y nunca, nunca iba a aceptarlo, me estaba gustando pensar que podría terminar aprendiendo y me sentía satisfecha de, aunque pudiera tener fallos, estarlo logrando.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   25th Febrero 2016, 13:10

67..... Joder, eso le dolió hasta a él. Si le preguntaban directamente qué edad tenía siendo sinceros, ni se acordaba. Claro que sabía en qué día, mes y año había nacido, pero no se ponía a hacer las cuentas cuando había momentos en que ni sabía en qué mes estaban o día. Vivir el día a día hacía que uno perdiera la importancia del tiempo, de las fechas... ¿Pero 67 años dentro de dos meses? Joder, eso duele.

La lección continuó su curso, pero con un aliciente: la sonrisa de JC. Se había decidido en no dejarle cuartel a la pelirroja tras su pequeña "rebelión". Primero dejó que le echara un ojo al libro según iba pronunciando las letras, y cuando le tocó el turno al pequeño repaso y a la prueba de valor... oh si, fue todo un show: cada vez que se equivocaba, ya fuera por obviar una letra o cambiar su orden, John sonreía. Luego, empezó a sonreírle incluso cuando lo hacía bien. Estaba siendo un cabrón, tenía que admitirlo, pero un maestro cabrón al fin y al cabo.
Garnet terminó su paseo por el abecedario con una pequeña rabieta, lanzándose de lleno sobre el vaso que le había llenado John. Suerte que se habría traído con él la botella porque, a ese paso, iban a necesitar muchas letras para que ese vaso permaneciese lleno.
El mago, sin apartar la mirada y su sonrisa de truhán apartó el libro, disponiéndolo sobre la mesa, sin decir nada. Cogió el pitillo quitándole los restos de cenizas con un ligero golpe y le dio una profunda calada. Mostrando una apariencia pensativa, echó todo el humo por la nariz, con calma y tranquilidad. Se estaba tomando su tiempo de forma casi teatral, hasta que empezó a contar con los dedos de una mano, señalando con el pulgar desde el índice hasta el meñique... varias veces.

- No ha estado mal... Creo que voy a guardarme todos mis premios para más adelante, cuando se te curen las heridas. - Le dedicó una mirada como diciendo "y lo que me voy a divertir". - Primero, los aciertos: has pronunciado bien bastantes letras y te has acordado de su orden. Los fallos: ¿"La que son dos picos hacia abajo"? ¿En serio? Esa es la doble uve, y luego vienen equis, i griega y zeta. También te has dejado varias letras y has cambiado el orden de otras, pero lo has hecho bastante bien.

Puede que se considerara una mala alumna, pero la verdad es que lo había hecho bastante bien. Mejor de lo que se esperaba. Pero las normas eran las normas, así que, sin pedir permiso, le levantó poco a poco la parte baja de la camisa, hasta que se podía ver la cicatriz.

- W. Quiero que me cuentes las historias de éstas cicatrices. Sobretodo de la mayor. Y. Quiero saber más de ti. Tus aventuras, qué has hecho... ¿muchos amantes? - Eso último lo dijo con cierto rintintín, a camino de pique pero siendo serio... medianamente. Era cierto: quería saber más de esa incógnita llamada Garnet Brooks.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   26th Febrero 2016, 12:51

Me quedé inmóvil mientras John alzaba poco a poco la camisa, dejando mi piel al aire, y aquel simple gesto minó en gran medida mi frustración. Ese pequeño juego que alimentábamos entre nosotros era de lo más divertido y no podía evitar buscarlo, una y otra vez y disfrutarlo cuando era su parte mover ficha. Casi esperaba sentir sus manos en contacto con mi piel y sentí mi propio cuerpo reaccionar preparándose para una caricia que nunca llegaría. Sin embargo llegó una pregunta, y con ella, mi respuesta.

Tan sólo espero que las historias estén a la altura de las expectativas. — Me incliné levemente, sosteniendo el cigarro entre mis labios, desabrochando y abriendo la camisa de modo que se vieran las cicatrices, pero no la totalidad de los senos. — Veamos… ¿Empezamos de arriba a abajo? La del ojo es la gran incógnita de mi vida. Es previo a mis recuerdos, así que no puedo contarte mucho de ella. - Incliné levemente el rostro, mostrando una cicatriz muy fina en la curva del mentón, bajo mi oreja derecha. - Esta de aquí fue de un ladrón. Fui asaltada en la calle por un tío con una faca y muy mal pulso. - volví a bajar hasta señalar una a la altura de mi hombro izquierdo, sobre la clavícula. — Esta fue una pelea de bar. He estado en muchas, demasiadas. Y no las suficientes, me temo. — seguí las imperfecciones de la piel con un dedo, dibujando la boca de una botella rota. — Fue doloroso. Él acabó peor. — Me arremangué para poder señalar las cicatrices de mis brazos. — Pelea, pelea, pelea... Esta fue con una ventana, cuando apendí a robar coches. — Bajé hasta el abdomen, señalando la cicatriz que tanto le había llamado la atención. — Esta…

Me quedé callada, con la mirada perdida y la memoria en algún lugar lejano. Me vi sola, en una de las primeras noches que había vivido en Nueva York, rodeada en un callejón donde inocentemente había buscado refugio. Un dia había aguantado en el callejón. Un sólo día… No quería contarle eso a John. Sí quería. Moría por confiar en él y en Anya y a la vez ese deseo me mataba, el pánico a abrirme a otra persona y volver a ser herida. Temía apartarlos de mi lado y temía que se acercaran demasiado, por la vida que había tenido y lo que me faltaba por vivir, por temor a tener raíces, algo que lamentar. Hacía tiempo que me había prometido a mi misma no tener lazos con nadie, nada que me obligara a seguir luchando por mi vida si alguna vez me encontraba perdiéndola. Eso había pasado esa noche, eso había hecho Brooks y la había odiado infinitamente por ello. Por no dejarme morir en aquél callejón. Recordé a Gemma Masters, y aquella joven a la que nunca iba a conocer me dio el pequeño empujón que me faltaba para soltar la lengua.

Cuando llegué a Nueva York, perdí mis poderes. Todavía no era consciente de que podía usar los que tengo ahora. Y tal como en Cold Spring vivía en la calle, tampoco aquí tenía a donde ir. Así que cuando encontré un callejón tras un restaurante que se mantenía cálido gracias a unas tuberías de vapor… me creí la cría más afortunada de la Gran Manzana. - No pude evitar cubrir mi cuerpo, envolviendome en la camisa y abrazándome con delicadeza,procurando no hacerme daño en las ya lastimadas costillas. - Me despertaron. El callejón ya había sido reclamado y se mofaron de mí, sugiriendo que les compensara por compartirlo. Y lo que me negué a entregar voluntariamente lo tomaron por la fuerza. No recuerdo los detalles, la verdad es que mis recuerdos están algo dispersos. No recuerdo el momento exacto, porque con todo lo que pasó no lo sentí. Lo que sí sé, es que ni de coña era tan grande. Se ha ido deformando a medida que crecía. Tengo más, pero creo que no son tan interesantes. Peleas, la mayoría de borracheras. Por ser una bocazas, por tener la mano demasiado larga, por ser mujer, o por no aceptar que me invitaran a una copa. Todas son de Garnet, a Shade nunca la han tocado. Oh, esta… - Señale la herida de bala del muslo. - esta es la que me da mas rabia. Hace… ¿Cuanto hace? ¿Un mes? Fue poco antes de conocerte, creo. En Blüdhaven tropecé en mitad de la calle con un hombre que al parecer huía de la escena de un crimen. Por tocar sus cosas, me disparó, simple y llanamente. Conseguí desarmarle y huyó. Y adivina a quien pilló la policía como sospechoso. Tuve que participar en la investigación para que me dejaran ir. Y se quedaron el coche de Brooks… tuve que robarlo. Robé algo mío, dos veces. A ver qué más - di otra calada, pensando en que aventuras podía contarle. - he estado en París, en Japón y en Alemania, dos veces. Dentro del propio país también me he movido bastante, pero eso es menos interesante. He tenido encuentros con gente emblemática de nuestra época, como la famosa Fénix, o un tío feo que también se las daba de famoso. Tenía la mitad del rostro deformado, y se presenta a sí mismo como dos caras. Conocí a un chico que podía alterar las probabilidades, y que parecía... Odio decirlo, pero actuaba como Shade. Me enerva encontrar gente que se parezca tanto a mí. Otra vez me colé en una fiesta de Tony Stark. La cantidad de dinero que lleva esa gente en las carteras es… obsceno.

Finalmente la última pregunta. Amantes… No sé qué era más curioso, que John se interesara por mi vida amorosa o que se planteara siquiera que tenía una. Y… si, la tenía. Otra de esas historias de las que no había hablado. Me serví otro vaso, esperando que el alcohol me soltara un poco más la lengua.

Amantes, — repetí en voz baja, sonriendo con nostalgia. — Ninguno como tal. La mayoría de las veces, por no decir todas, porque necesitaba algo a cambio. Es… sorprendente lo que llega alguien a bajar la guardia, cuando se quitan la ropa. A veces pienso que tienen la precaución guardada en los calzoncillos. De hecho… He llegado a estar con un hombre mayor que tú. Aunque también se conservaba divinamente. Personalmente nunca le hubiera echado más de treinta años, cuarenta siendo generosa. Y Luego… — di la última calada y apague el cigarro. — Conocí a un chico, esta vez de mi edad. Un bobo… Se le veía guapo y con dinero y tenía un coche, John… Un deportivo rojo, precioso. Así que no me lo pensé dos veces y quise aprovecharme, quería llevarme el deportivo. Y luego me enteré que era un superhéroe, — me reí, mofandome de la palabra. — Pensé entonces que era mejor no meterse, que pasaría la noche con calma y luego desaparecería de su vida, como siempre he desaparecido de todas. Pero él volvió a buscarme… Incluso cuando empezó a ver que algo fallaba en mí, se negaba a aceptar que pudiera ser una mala persona, confiando ciegamente como sólo lo hace un idiota iluso… Estuvimos juntos un tiempo y luego… — miré a John. ¿Que debía pensar de todo lo que le estaba contando? No pensé que fuera a importarle. Era curiosidad, un juego, al fin y al cabo. Y tampoco quería revivir el final de mi única relación por un juego. Ya le había entregado suficiente, por una W y una Y. — No volví a ver a Johnny después de eso. Simplemente me abandonó. Uve doble, y griega. Al final esto va a ser mejor método de lo que pensaba, si termino por atribuir la letra a la información que te he dado… Uve doble cicatrices, Y griega… Johnny Storm.


Me quedé callada, abrochando distraídamente los botones de la camisa. Había omitido muchas cosas. Me había saltado cicatrices. Pero ¿Qué podía hacer? ¿Contarle cada uno de los robos donde me había visto involucrada? ¿Cuántos habían salido mal o cuantos habían terminado llenándome los bolsillos? Dudaba que esa fuera la clase de información que podría interesarle. De hecho, no tenía ni la más remota idea de qué parte de mi vida, podía llegar a interesarle. Entonces sonreí socarrona, contandole una última historia.

Oh, pero no te he contado la historia más interesante. Una vez conocí a cierto dandy inglés, rubio y con unos ojos azules de esos que quitan el aliento. Pero quedémonos con la parte del rubio. Creo que tengo algún tipo de fetiche con ellos, o tal vez es casualidad que todos los rubios que he conocido fueran terriblemente carismáticos. La cuestión es que este hombre tenía algo que yo quería y a estas alturas tal vez ya te has dado cuenta que no tengo nada que perder, y si quiero algo puedo llegar a cometer verdaderas locuras por lograrlo. Pero no me hizo falta. El inglés parecía tener interés en mí también y me había tendido una pequeña trampa para lograr aprender de mí, cosa que tampoco le hizo falta. Él quería conocerme, yo quería conocerme, y no hay mejor manera de que dos personas se lleven bien que tener objetivos en común. Mi relación con este inglés ha sido de lo más interesante, conociendo a una chica con una maldición a la que le quedan como mucho ocho años de vida y que al igual que yo antes de acabar con Ruby, puede ver y comunicarse con espíritus. Oh, e invocarlos para que luchen por ella, también. Creo que sin duda la aventura más interesante que he vivido fue un pequeño viaje al pasado contemplando con mis propios ojos las repercusiones que podía tener mantener la relación con él. Aceptar que siguiera enseñándonos aquello que él conocía y lo que tanto yo como Anya queríamos saber... — Dejé mis ojos fijos en los suyos, mientras mi expresión se suavizaba, perdiendo toda expresión de burla, y dejando únicamente una sonrisa. — Creo que lo más interesante de mi vida todavía está por llegar, John. Por primera vez tengo algo que quiero hacer, alguien a quien quiero proteger y gente a la que quiero volver a ver. — Había otra cosa que había aprendido de Brooks. Nunca agradecí todo lo que había hecho por mí, y ahora ya no tenía la oportunidad. — Así que aunque digas que eres un mal maestro, y aunque aquí estemos los dos dando palos de ciego. Aunque pueda terminar maldita y mandando mi alma también al infierno, creo que valdrá la pena. Si esto va a dar un sentido a mi vida... Tan sólo puedo darte las gracias.

Me estaba poniendo sentimental. Lo sabía y ahí fue cuando decidí poner el límite. Con cuidado me levanté del sofá, haciendo una mueca de dolor cuando uno de los gestos me hizo sentir otro pinchazo de dolor en el torso. Rellené el vaso y me lo llevé conmigo, apartándome de John y dándole la espalda.

Me molesta la venda. — Mentí, para que no pudiera pararme ni replicar lo último que le había dicho.

Creí que a los dos nos podía venir bien un minuto. Sobretodo a mí, para alzar de nuevo esa pequeña coraza con la que normalmente me protegía del resto del mundo. Pero había sido sincera con él. Estaba agradecida de haberle conocido y mucho más feliz de haber metido a Anya en mi vida. Estaba agradecida de tener un objetivo, y eso cambiaba mi perspectiva, no sólo en cómo veía mi día a día, si no en cómo veía las relaciones con la gente que me rodeaba. Sí, era desconfiada y era probable que de no estar herida, ya me hubiera perdido un par de días buscando conseguir más dinero para mantenernos a los tres. Pero si realmente todo eso me llevaba a cambiar un poco mi carácter, a tener dos personas en quien confiaba y podiamos hablar de estas cosas con naturalidad, compartirlas... ¿No era en el fondo algo que siempre había querido? ¿No fue algo así lo que me llevó a aceptar a Johnny...?

No, no quería repetir lo que me había sucedido con Johnny. Aquí era donde debía poner el límite. Pero podía confiar en ellos y dejarme ayudar, aunque fuera un poco. Así que cuando me sentí preparada, volví al sofá, con el vaso ya vacío y dejando las vendas nuevas sobre el regazo de John, dedicándole un sonrisa tranquila.

¿Sabes como poner esto? — Comenté como si no hubiera pasado nada, mientras me quitaba el vendaje cutre que me había hecho yo tras la ducha. — Porque yo soy un desastre...

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   28th Febrero 2016, 16:38

La ladrona accedió a compartir su historial corporal. Seguramente ésta sería una de esas ocasiones que sólo pasan una vez entre un "quizás" y el "nunca en tu puta vida". Además, quizás fuera tan sólo un suponer, pero a John le pareció que con sus peticiones había cortado un hilo que hubiera podido tejer una reconfortante manta para los dos y, en lugar de cubrirse con ella, desechó la idea. Era sólo un pálpito, pero quería saber.

Lo curioso de sus historias no fue cómo las contó, con un tono casi de aventura o anecdótico, sino que dejó la cicatriz que señaló en un principio el mago para el final, como si quisiera coger fuerzas contando mil batallitas antes de decantarse por esa en concreto. Y si, estaba en lo cierto, más o menos: cuando tocó contar esa historia se quedó callada, pensativa, ausente. John no dijo nada para no cortar el hilo de sus palabras. No quería que su carreta se detuviese de golpe por poner un bache o lanzar una piedra innecesaria.
Pasó de la cicatriz a la herida de su muslo, mucho más reciente. Según iba contando ésta batallita y las aventuras que tuvo por otras partes del mundo, John deformó su mirada y en lugar de ver a una pelirroja de piel tostada y el cuerpo cincelado con una roca poco delicada, estaba viendo la forma redonda y vidriosa de un espejo. El cinismo era una de sus más "notables" cualidades que creció según iban pasando los días de su vida, y siempre había reiterado que su vida tenía nombre propio: Constantine. Sabía de sobras que no era el único en todo el mundo con una vida jodida y que aun así, se la pelaba. Entonces, ¿por qué le importaba tanto la vida de esa chica? "Ya sabes la respuesta, puto gilipollas. Así que ve preparando los ladrillos o ésto va a terminar muy mal".

Pasó a los amantes. Genial, pensó, porque quizá con esas anécdotas la cosa giraría en otro cauce.

Graso error. Amantes había tenido unos cuantos por lo que dijo, y todos fueron de usar y tirar. ¿A quién le recordaba eso? "Te lo he dicho antes, puto retrasado". Y luego llegó el que marcaría un antes y un después, con nombre propio además. Para John no había deportivo sino un escenario. Para John no había dinero sino conocimiento. Para John no había un nombre y apellido sino una simple letra: Zeta. Y, como con la ladrona, hubo un adiós. Un camino quemado al que no quería echarle una última mirada, porque entonces las llamas reavivaban y lo quemaban con remordimientos y errores. Joder, en ese momento el mago maldijo para sus adentros haber empezado ese estúpido juego.
Y si creyó que ya había terminado, se equivocaba. La palabras más afiladas llegaron con tono burlón y sorna, a lo que el mago respondió ensanchando su sonrisa. Esa misma sonrisa que usaba cuando hablaban de él, cuando se metían con él, cuando querían romperle la cara... Sólo que lo único que estaban machacando esas palabras era un tumulto de ceniza y roca rota. Y aún estando muerto, esas jodidas palabras eran persistentes y avivaban una pequeña y tímida llama de vida. "Levántate, ve a la cocina, coge la botella más fuerte que tenga y haz lo de siempre: golpe de alcohol, mierda en la boca y que te odie, que quiera alejarse de ti. No la escuches más pedazo de gilipollas: ya sabes a lo que te atiendes. Ya sabes qué le puede pasar. ¿Es que eres idiota, ciego y mudo? Ponte los dedos en las orejas, haz de crío malcriado. O mejor: rompe una ventana y tírate por ella. Al menos así sólo te llevarás a ti por delante y un estúpido cristal. No me seas capullo, John. No me seas sentimental."
Resultó que John se estaba haciendo el sordo también, pero con la voz que le hablaba desde lo más profundo de su cabeza. Se quedó mirando fijo a la pelirroja, dejándose llevar por esa pequeña y tímida llama entre cenizas. Incluso Garnet se estaba poniendo algo sentimental.

Le dio las gracias...

Fue un acto reflejo: cuando ella apartó la mirada, John hizo lo propio. No hacía falta decir más, porque ambos lo sabían. Benditos idiotas. John aprovechó que Garnet se levantó para buscarse unas vendas nuevas para retomar la bebida y el cigarrillo. El muy cabrón decidió que sería buen momento para consumirse del todo. John lo apagó con rabia en el cenicero y se sacó otro.

La pelirroja volvió con las vendas, dejándolas sobre su regazo y una petición. No hizo falta nada más: el rubio rellenó el vaso de Garnet y se lo acercó.

- Vas a necesitarlo. Tiene pinta que te dolerá incluso si te lo soplo. - Tenía una herida considerable. ¿Reposo y descanso? Ni de coña: esa contusión iba a quedarse ahí durante mucho tiempo e incluso podría dejarle secuelas permanentes. Frunció los morros. - Dame un segundo. - Dejando a la doliente en el sofá, se acercó a donde tenía la farmacia, buscó una pomada que le sirviera y volvió con Garnet. Abrió el pote y ésta pudo ver que se trataba de aloe vera. No era una pomada que pudiera curar esa contusión, pero en cambio era un buen canalizador para lo que iba a hacer el mago. Se pringó dos dedos de la mano derecha y extendió el mejunje por la herida haciendo movimientos circulares, casi en espiral, mientras iba recitando algo en una lengua muerta, casi como un susurro. Al terminar se limpió los dedos con las vendas que iba a usar e hizo los mismos susurros. - Intenta no darme un puñetazo por ésto. - Vendó la herida de Garnet lo mejor que pudo. Terminó haciendo un pequeño lazo para sostenerlas y esperó a que los efectos calmantes aumentados con la magia hicieran su trabajo. Con ésto seguramente le habría quitado un par de días, tal vez. Quizás tres días. No estaba del todo seguro.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   29th Febrero 2016, 01:24

Hay miles de cosas que pueden esconderse tras una sonrisa. La fuerza de seguir adelante aunque las cosas vayan mal, una insinuación, un secreto, la gratitud, una travesura. Había sonrisas tan sinceras que no podías hacer otra cosa que devolver, sonrisas cuyo eco llega a resonar en tu alma y simplemente la devuelves porque eran capaces de transmitirte la misma felicidad que las lleva a aflorar en los labios de quien la esgrime.
Existen sonrisas crueles, aquellas que muestran intenciones y se regocijan en el dolor que pueden transmitir, en el conocimiento de lo que está por ocurrir. Hay sonrisas inocentes, que brillan precisamente por la ausencia del dolor en sus comisuras, y sonrisas falsas, una pauta, un guión para cuando nos quedamos sin opciones. Estaba la sonrisa de bobalicón de Johnny Storm, y la sonrisa truhán de John Constantine, y luego estaba la mía. Nacía en los labios pero se escondía en el verde de mis ojos, y seguía cada uno de los movimientos.

Mientras yo me quitaba todas las vendas, John se retiró y fue a buscar mi botiquín, dejándome un vaso de alcohol cerca del que di buena cuenta en cuestión de segundos. Para cuando volvió, mi sonrisa no había hecho si no ensancharse, azuzada por el alcohol.

Y para cuando volvió, estaba siendo obediente como un corderito, dejando que John colocara las vendas alrededor de mi torso y las veces que sentía dolor no eran capaces de borrarme la sonrisa, por más que me hicieran cerrar los ojos. Seguía ahí, presente y danzante, la sonrisa de quien ríe una broma que sólo él entiende, encerrando una pequeña travesura. Para cuando él hubo terminado, se me escapó un leve suspiro, satisfecha, y coloqué mis manos sobre las de John antes de que pudiera retirarlas del nudo, y una de ellas la deslicé hasta mi cintura y finalmente el muslo, donde había una segunda herida que esperaba la atención del rubio.

Mientras tanto dejé reposar la cabeza en el respaldo del sofá, todavía con la sonrisa presente en mis labios. Vi el cigarro en los labios de John y estiré un brazo para quitárselo. Busqué un mechero y le robé la primera calada, prendiendolo antes de dejarlo reposar de nuevo sobre sus labios.

Era incapaz de decidir si habíamos parado por culpa de mi distracción, por haber hablado de temas personales, o porque mi terrible maestro había decidido darme un tiempo para descansar, pero el caso era el mismo. Aunque persistía un leve dolor de cabeza, había logrado apartar mi mente de los libros, y las letras, y cabe decir que el vendaje de John era muchísimo mejor que el mío y ahora, a parte de estar limpia gracias a la ducha, olía divinamente a aloe vera.

Any debe estar al caer. — Comenté como si nada. — ¿Te vas a quedar a cenar con nosotras?

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   29th Febrero 2016, 17:13

John conocía bien esa sonrisa. La había visto ya varias veces en el rostro de la pelirroja y en el espejo, cuando al mago se le ocurría una travesura que podría ser tan divertida como peligrosa, pero altamente provechosa. No el tomó de improviso que Garnet le cogiera la mano, y no se estremeció cuando hizo que ésta le recorriera la cintura hasta llegar a su muslo. La mejor arma de una mujer no es su cuerpo, ni su sonrisa o las palabras que use: la mejor arma de una mujer es la sutileza. Se puede usar de muchas formas, y si se hace bien, funciona mejor que una puñalada bien dada o un lazo bien fuerte.

El mago siguió la pauta marcada por la ladrona, examinando con una sonrisa la herida de bala. Tenía mucho mejor aspecto que la contusión, por lo que no sería necesarias sus artes mágicas para que ésta se curara. Sus dedos aun contenían algo de aloe vera, por lo que el tacto con sus dedos debía de ser refrescante y erizante.
Con mucho cuidado cogió las vendas y rodeó el muslo, con cuidado, acentuando sus caricias con quizás demasiada soltura. La herida no se encontraba en su muslo interior, ni le recorría por completo la pierna. Como recompensa por sus tratos y siguiendo el juego, Garnet le robó el cigarrillo para devolvérselo sin su primera calada. Uuuh... qué crueldad por su parte.

Terminó el vendaje con un copioso lazo, pero los cuidados no terminaron allí. La pelirroja ya estaba completamente sanada, pero las manos de John buscaban algo más allá de curar su cuerpo. Los libros se habían quedado apartados. Al final, el mago había caído en la tentación de la pelirroja, y tal vez sería buena idea tomarse un descanso para no avasallar a su alumna. Esos libros no se iban a ir a ningún sitio a menos que los lanzaran por la ventana, y algo le decía al inglés que eso pasaría si seguía presionando a la pelirroja.
No, mejor asegurarse. Estudio y compensación con su merecido descanso. Esa es la mejor forma de enseñar, ¿no es así?

Garnet advirtió que Anya estaría al caer, y que si se quedaba a cenar. John miró hacia el ascensor: estaba en silencio. Quieto.

- Podría quedarme. Pero me gustaría empezar por el postre.

John se acercó hasta donde tenía el rostro la pelirroja, con sumo cuidado de no hacerle daño, apoyando las manos entre su cuerpo y el sofá. Si Anya iba a llegar, no quería perder el tiempo, por lo que terminó de recorrer el camino hasta los labios de Garnet.
El postre estaba servido...

... Poco después, el ascensor salió de su silencio, anunciando que alguien estaba subiendo. "¡MIERDA!" Eso le pasaba por querer más de lo que podía coger. Garnet ya le había advertido que Anya estaría al caer, lo que significaba que no tenían mucho tiempo libre. Pero John se hizo el sueco, gracioso por ser inglés, y siguió adelante.
Se apartó de Garnet, vistiéndose tan rápido como pudo. La emergencia y la rapidez no eran buenas compañeras para situaciones como aquellas, por lo que cuando el rubio terminó de abrocharse el pantalón y sentarse junto a Garnet, se dio cuenta que iba demasiado suelto para estar vestido. Con el pie descalzo palpó por el suelo, notando la prenda que le faltaba y, sin tiempo para volver a ponerla en su sitio, la puso bajo el sofá.

El ascensor terminó por abrirse, y John batallaba con dos sensaciones bien contrapuestas: la de cabreado por la interrupción, y la de la risa interna por la situación típica de cualquier serie de humor de la tele pública.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   29th Febrero 2016, 18:42

La convivencia con Brooks iba de viento en popa, era tranquila, desinteresada, y me suscitaba mucha seguridad. Seguridad en que habría alguien que me esperaría al llegar a casa, que me echaría de menos, que se preocuparía mí... O al menos, así lo veía yo. Suspiré mientras miraba la etiqueta de una salsa de tomate que no me convencía mucho. Ah, no están pelados, por eso tiene esos grumos extraños... Me encogí de hombros y lo metí a la cesta. Con eso lo tenía todo, desde los cleenex hasta las botellas de alcohol, que fue lo primero que cogí al entrar al mercado.

Llegó mi turno para pagar y los nervios me invadieron, lo sabía porque me conocía y porque me temblaban las manos como no me habían temblado en mucho tiempo, como si estuviera usando un dinero robado. Era el dinero de Brooks, pero no era mío. Quizás por eso reaccioné así.

-Gracias, que tenga buena noche- me despedí de la cajera guardando las vueltas del dinero en el bolsillo del abrigo de Brooks.

. . .

En el vestíbulo del edificio donde Brooks vivía saludé al portero con una sonrisa y un movimiento de cabeza, sin pararme y pasando de largo hasta el ascensor. Me dio rabia no saber su nombre. Desde que me instalé con Brooks hablaba con él diariamente y como si nada, y ya me daba reparo preguntarle su nombre. En el ascensor empecé a tararear la melodía de mi familia, tamborileando con los dedos y moviéndome nerviosa, con ganas de llegar al ático y estar con Brooks.  
Se abrieron las puerta del ascensor y caminé directa al salón para saludar a mi compañera de piso antes de dejar todo en la cocina.

-¡Cariño, ya estoy en casa!- me permití la broma en confianza con Brooks, dejando las llaves en la mesita destinada a guardarlas sin alzar la vista y con una sonrisa de oreja a oreja. Se me arrugó la nariz cuando un olor a tabaco me golpeó en toda la cara. Brooks fuma mucho pero no huele así ni de lejos, además, era un olor como... como... Alcé la vista al salón en busca de la pelirroja.

Y la encontré.

-John- saludé al inglés. Lo que estaban intentando ocultar era evidente a ojos de cualquiera que hubiera estado en esa situación antes, y conociendo a Brooks... Tenía la corbata de John, estaban sonrojados, y al mago se le veía en sus azules ojos lo molesto que estaba por mi llegada. Oh, bueno, disculpa. Soy yo la que vive aquí. En mi cabeza le saqué la lengua y me hacía la digna. -Tranquilos, estaré en la cocina- fue un intento un poco pobre de suavizar la interrupción y darles a entender que podían seguir haciendo lo que fuera que estaban haciendo, pero es lo primero que se me ocurrió.

Dejé las bolsas de la compra con pesadez en la encimera y empecé a guardar todo en su sitio, pensando en qué íbamos a cenar esa noche, con el ceño fruncido y sonrojada. Si mi interpretación no fue errónea, menudo corte para todos.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   29th Febrero 2016, 20:13

Me lo permití.

Me permití dejar de estudiar y olvidar los libros, me permití desear a John y lo que estaba por llegar y le permití tomar las riendas del momento. Mi casa, mis normas. Ese hecho parecía latente en los gestos, porque le permitía seguir adelante, pero siempre bajo mi atenta mirada y mi permiso. Porque me sentía como si tuviera la situación bajo control, y eso me divertía, me calmaba y... me hacía sentir segura.

Las cosas iban bien, siempre y cuando yo tuviera la sartén por el mango. Y en mi mente ya contaba con la interrupción de Anya, convencida como estaba de que faltaba poco para su llegada, y aunque me sorprendió que John quisiera terminar el juego allí mismo, sin dar siquiera la oportunidad de trasladarnos a las habitaciones, no moví un dedo para detenerle. Y en lugar de avisarle, había sido más divertido dejarle seguir, con la sonrisa bien cincelada sobre mi rostro.

Así que cuando escuché el ascensor y vi la cara que puso John, me entró un ataque de risa, cuyas contracciones en el pecho me daba pinchazos de dolor sobre las costillas. Y reía, colocando un brazo sobre mi torso en un vano intento de mantener las costillas inmóbiles mientras me reía, un par de lágrimas escapando de mis ojos para ir a perderse en mi pelo. Al fin me incorporé y empecé a vestirme, aunque con mucha más parsimonia que él. Ambos me habían visto desnuda, así que no me quedaba nada por esconder.

-¡Cariño, ya estoy en casa!

¡Bienvenida, mi amor! — respondí, feliz de escuchar su voz, contenta de que bromeara conmigo y todavía acalorada por la risa y la situación.

Tal vez no tan contenta cuando vi su rostro y el reparo de haber encontrado a John conmigo. Pero en el fondo me sentía... eufórica. Era feliz. La situación de tenerlos a los dos cerca, a los dos conmigo, me gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a aceptar. Cuando Anya se fue a la cocina, volví a colocarme frente a John y sostuve su rostro entre mis manos, mirándole fijamente a los ojos.

Estás invitado a quedarte. Lo sabes. Lo entiendes. — Le susurré, y se me escapó media sonrisa ante la última palabra. Estaba convencida de que John entendía la amplitud de la invitación. Y por si acaso no la había entendido, me incliné levemente y le mordí el cuello, bajo la mandíbula.

Tomé la botella por el cuello y di un largo sorbo. Luego salté sobre el sofá, junto a John y al respaldo, y de ahí otro salto. Mis pies descalzos dieron un leve golpe sordo sobre el suelo de baldosa antes de corretear felices hacia la cocina, a los que acompañaba con suaves "aus" cuando hacía gestos innecesariamente bruscos.
Vi a Anya, colocando todos los alimentos en su sitio y la abracé por la espalda, poniéndome de puntillas para poder frotar mi mejilla contra la suya, la botella todavía prisionera entre mis dedos.

Any~ — me quedé abrazada a ella, aunque eso fuera a dificultarle un poco el trabajo. — Le he dicho a John que se quede a cenar. Tal vez a dormir. Así que, ¿te apetece que hagamos algo esta noche? Podríamos pedir pizzas, o chino, o... Cualquier cosa en realidad. — Acerqué mis labios a su oído. — Pero nada de Jacuzzi. Hay cosas que sólo quiero compartir contigo.

Di otro sorbo antes de mostrarle la botella.

¿Quieres?

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   1st Marzo 2016, 16:13

Hay un estado emocional que todo hombre sufre después de lo que popularmente se conoce como "coitus interruptus", el cual contiene un cóctel explosivo de a su vez varias emociones en grados justos para que éste no explote, entre los cuales se encuentra la ira, la frustración y en dosis menores pero insistentes, la risa. Y todo aquel que niegue haber sufrido dicho cóctel tras la interrupción de su hora feliz, es un puto mentiroso y se merece arder en el infierno.

Anya entró en el apartamento y al parecer no se esperaba encontrarse a John con Garnet. Y al parecer, también le costó poco atar cabos al ver cómo estaban los dos, la cara de John y cómo iba vestida la pelirroja. Les dedicó un comentario bastante cortante y se largó a la cocina. John la siguió con la mirada, para luego mirar a Garnet escapándosele una sonrisa entre dientes. Visto desde un punto objetivo, esa era una situación bastante divertida, aunque subjetivamente... si, también era bastante divertida.

Garnet se le acercó, proclamando algo que ya sabía.

- Lo sé. Lo comprendo. - Llamadlo oportunista, porque cuando Garnet se agachó para darle aquel mordisco, John subió una mano por su muslo y se lo acarició incluso por debajo de la ropa.

La ladrona se largó a paso ligero hacia la cocina, donde se encontraba Anya. El mago decidió dejarles un rato libre, a solas. Si se acercaba John igual encendía otra vez la chispa de su mecha y terminaba por explotar. Si Garnet era una mujer que se lo guardaba todo y mantenía siempre un pie por la ventana por si acaso, Anya era todo sentimiento, por así decirlo. No pudo escuchar si estaban hablando las dos o solo una. El inglés sacó el otro libro que había traído consigo y lo abrió por una página cualquiera, leyendo por encima. "A ver como consigo que se lean ésto..."

Cuando creyó que ya había dejado un tiempo suficiente para ambas, se levantó del sofá y se acercó a la cocina, con el libro entre las manos.

- Si vamos a pedir, aquí abajo hay un tailandés bastante bueno. O un poco de sushi tampoco iría mal. Por cierto Anya, te traigo trabajo para casa. - John le tendió el libro a Anya: era un libro escrito en latín, lleno de salmos. - Ahora es cuando me dices que no lees latín, y que no lo comprendes y yo te digo: "no tiene importancia mientras te aprendas las palabras"

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   1st Marzo 2016, 18:05

Dejé a la parejita detrás y me centré en lo que tenía que hacer: colocar cada cosa en su sitio. Llené las alacenas con rapidez hasta que Garnet me aprisionó por la espalda en un abrazo que culminó con nuestras mejillas frotándose.
Cogí aire y lo solté de golpe por la nariz, relajándome bajo sus brazos y sonriendo a lo que me decía. Pasé uno de mis brazos sobre los suyos y le di un pequeño apretón.

-Lo que queráis, ya estamos los tres aquí...- dije con voz algo cansada, resignándome. No tenía muy claro por qué me sentía así, supuse que porque pensé que Brooks me estaría esperando a mí y sólo a mí y, sin embargo, tenía a John. Joder... No me lo pensé y cogí la botella de sus manos y le di un trago largo, para dejarla sobre la encimera, mirando a la pelirroja que tenía delante frunciendo mi ceño.
Ahí obtuve mi respuesta. Estaba celosa. Estaba celosa de John. Me creí muy especial cuando quizás no lo era tanto, pensé que ocupaba un puesto muy elevado en la vida de Brooks, puesto que tendría que compartir con el inglés... De algún modo me lo esperaba, pero no quería aceptarlo: después de encontrar a alguien tan parecido a mí, que me entendía, que había pasado por lo mismo que yo más o menos, alguien con quien podía ser yo misma...

Sonreí recordando nuestra primera noche en el jacuzzi, la tranquilidad, lo ligera que me sentía, sin preocupaciones, sin tener que mirar a mi espalda... Ese sitio era nuestro, y seguiría siéndolo.

-Nunca he comido ...¿shusi? ¿Lo he dicho bien?- respondí a la voz de John a nuestras espaldas. Abracé a Brooks por encima de sus hombros y sonreí a John, provocándole porque en ese momento era yo la que tenía a Garnet entre mis brazos.

-¿Qué es?- solté a Brooks y terminé de colocar todo dentro de las alacenas mirando a John con confusión y a su libro con desconfianza. Me acerqué a él y lo cogí, pasando mis manos por su cubierta y acariciando el lomo. Alcé una ceja en dirección a John. -Vale, será como aprenderse una canción... Pero no me hagas despertar a Lucifer ni nada de eso... ¿Qué clase de libro es este?- pregunté, dejándolo en la mesa de la cocina y prestando atención al cuello de su camisa, que estaba mal colocado. Le sonreí con malicia y se lo arreglé, alisando la prenda para que tuviera mejor aspecto.

Hecho eso le guiñé un ojo y volví de lleno al libro, hojeándolo y pasando páginas con concentración.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   2nd Marzo 2016, 01:30

La reacción de Anya me hizo sonreír como una niña a la que acaban de dar un caramelo y no pude si no apretar el abrazo entorno a su figura, deleitándome en sus bromas, deseando que no acabaran nunca. Me quedé en un segundo plano cuando John entró y le entregó un libro a Anya.

Un libro. Anya no lo sabía.

Estoy aprendiendo a leer. — mencioné como de pasada. — Aquí Constantine ha decidido que si he aceptado estudiar con él, tengo que aprender si o si puesto que es un mal maestro y voy a aprender de libros.

Le sonreí. No sólo por el hecho de que estuviera aprendiendo, si no porque había aceptado estudiar bajo la tutela de John. Porque esperaba que recordara que el motivo que hizo decantar la balanza era ella. Iba a ayudarla. Iba a salvarla. Lo había decidido aquella noche en el jacuzzi y pensaba llevarlo adelante hasta el final.

Sentí un leve rumor en la boca de mi estómago y di gracias de que hubiera sido tan discreto. No quería meter prisa a una situación importante porque mi tripa hubiera decidido reclamar la atención de todos los presentes en una demanda de atención. Así que discretamente y mientras Anya ojeaba el libro di un paso hacia atrás y dejé que mi cuerpo se deslizara suavemente al estado intangible. Le guiñé un ojo a John, mientras a espaldas de Anya flotaba lentamente hacia al techo, perdiéndome tras atravesarlo. Una vez arriba, rebusque entre mis cajones hasta encontrar la caja donde guardaba mis ahorros. Todavía había suficiente, podíamos aguantar unos meses sin que nos faltara de nada. Me calcé las botas, sin molestarme siquiera en buscar unos calcetines y puesto que Anya llevaba mi cazadora de cuero, yo me apropié de otra chaqueta que rondaba por mi armario. Era larga y negra, cubriendo justo por debajo de los shorts, con un cinturón y varias hebillas en los hombros. Pero la había comprado por la capucha, de estas cuya costura estaba cubierta de un pelo sintético en tonos blancos y grises.

Con el dinero y las llaves en el bolsillo, calzada y abrigada, volví a bajar a la cocina, siguiendo el mismo sistema rápido y eficiente que había utilizado para subir, quedándome sentada en el mármol de la isla y esperando a que Anya se percatara de mi presencia.

Para cuando lo hizo, sonreí y haciendo balancear levemente los pies.

¿Vamos a por la cena? He estado tentada a proponer de ir a algún otro lado, pero mi peque es un dos plazas. Voy a tener que apropiarme un coche más grande sí quiero hacer cosas con vosotros.

Sin esperar su respuesta bajé de la mes a y pasé entre ellos de camino al ascensor, convencida de que me seguirían. Caminé hasta la entrada, recuperando por el camino mi paquete de tabaco y el mechero, y pulsé el botón del ascensor, mientras preparaba en mi mano tres cigarrillos. No era partidaria de fumar en el ascensor, pero pensaba darles uno a cada uno al llegar abajo.

El tailandés no quedaba lejos, pero me apetecía estar con ellos un rato

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   4th Marzo 2016, 16:38

John abrió la boca, pero Garnet se la llenó de silencio cuando contestó por él algo que Anya no había preguntado pero que tarde o temprano sabría. Que la pelirroja fuera analfabeta no era un secreto para los dos nuevos inquilinos del ático, pero que el tipo que lo habían catalogado como un fracaso de maestro intentara enseñar a leer a la ladrona en cuestión... Bueno, eso sí podría ser una sorpresa para la rusa.

- Tres cuartas partes de lo mismo para ti Anya y no, dejemos a Lucifer donde está. - Un pequeño escalofrío le recorrió la espalda al pensar en el ángel caído y su último encuentro con él. Seguramente Lucifer se la tendría jurada después de su... "juego de manos a tres bandas" y las consecuencias que tuvo en el Infierno. Era un secreto a voces que John no tenía ningún interés en acelerar el contacto con las criaturas del infierno, y mucho menos cuando se trataba de Lucifer. Se dice que los gatos retienen su rencor hacia una persona más allá de sus nueve vidas... pero eso era porque jamás se habían topado con un demonio y su orgullo.

De reojo, el mago vio como la ladrona se iba apartando de los dos para dejarlos hablar, saliendo del cuadro y flotando por detrás de Anya, hacia el techo. Le devolvió el guiño mientras Anya estaba distraída y, una vez obtuvo de nuevo su atención, prosiguió con los preámbulos de la lección.

- Digamos que, lo que tienes entre las manos es vuestro cinturón de seguridad para el viaje al que acabáis de subiros, y aviso que el coche es de tercera mano y no es muy estable que digamos. - "¿Ahora te da por hacer metáforas, John? Qué refinado..." - Como le decía a Garnet, es indiscutible que las palabras contienen poder, seas o no creyente, sobretodo éste tipo de salmos. Los fantasmas están ligados a la creación: vida y muerte y toda esa mierda. Vosotras como mediums sois una puerta abierta de una casa de chucherías para los espíritus, más si no sabéis cómo abrir y cerrar esa puerta o ponerle seguro. Aprenderos éstas "canciones" os ayudarán más de lo que crees a expulsarlos o mantenerlos a raya. No tienes por qué creer en Dios o ser una monja de clausura para que funcionen: tan sólo cree en ti misma y en las palabras que estás recitando. - Así era como funcionaba la fe. La fe no era precisamente un arma de la iglesia para atraer a sus corderos. La fe está en todos, y sólo hace falta redireccionarla hacia alguna parte.

A la fe también se la llamaba de otra forma: la llamaban voluntad.

Garnet volvió con ellos, preparada para salir a cenar. A John sólo le faltaba la gabardina, y la tenía de camino a la salida. Hizo el gesto de llevarse un pitillo a la boca pero entonces se acordó del que dejó en el cenicero cuando... Pero ya se había consumido del todo. Dejó el paquete donde estaba, siguiendo a la ladrona hasta el ascensor y... oh si, una mujer muy "atenta".

- Mi impecable estilo inglés me obliga a dejar a las damas escoger dónde vamos a ir a cenar... Y si tenías algo en mente Garnet, resulta que yo tengo un cinco plazas.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   4th Marzo 2016, 18:04

-Así que hay un Lucifer...- sonreí a John con malicia y seguí leyendo los salmos que había escritos en las hojas del libro que me había dado. Alcé una ceja hacia él. -¿Enseñar a leer a Brooks? ¿Tú?- mi voz sonó un poco más despectiva de lo que quería, pero me giré igualmente para hablar con Garnet, quien ya no estaba detrás de mí. Puse los ojos en blanco y escuché lo que el inglés tenía que decirme.

Fruncí el ceño y ella apareció de pronto a mi lado, sentada en la mesa de la cocina. Me coloqué bien la chaqueta pensando en lo que me había dicho John sobre la fe. Pf, fé. ¿De qué me había servido tener fé? ¿De qué le había servido a mi familia? Sonreí sin ganas y fui hasta el ascensor con Brooks.

-Supongo que el tailandés ese estará bien, me da igual mientras no haya brocoli- bromeé con los dos sacando la lengua. No podía evitar sentir que estaba en medio de los dos, así que qué menos que rebajar el ambiente un poco, ¿no? Aunque quizás la tensión la sentía yo sola. No sabía la respuesta a esa duda, así que lo ignoré y seguí como siempre.

Una vez abajo acepté el cigarro que Brooks me ofreció y me lo fumé en silencio, pensando que desde que estaba con ella mi consumo de tabaco y alcohol habían incrementado notablemente, igual que mi ingesta de comida y mi falta de ejercicio. Una de las cosas buenas de vivir en la calle era que estaba siempre de arriba para abajo, lo que me ayudó en cierto modo a mantener un "buen físico". Me miré las caderas y pensé que ya le contaría a Brooks mi plan de hacer ejercicio má seguido.

-Os sigo: yo no sé dónde está el sitio.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   8th Marzo 2016, 00:41

En el momento en que mis pies dieron el primer paso sobre el asfalto, cambió mi actitud.

Aquél deje despreocupado y más juguetón se había quedado atrás en el ático. De nuevo en la calle, volvía a cubrirme por la máscara de arrogancia y desinterés que solía llevar a todas partes. Caminaba altiva, sin bajar nunca la mirada a mis pies, sin volver la vista atrás. Dejé ambas manos reposar en mis bolsillos mientras guiábamos a Anya al Tailandés. Personalmente no me hubiera importado ir a cualquier otro sitio, pero ella había decidido que este sitio ya le iba bien, así que entré decidida en el local y sostuve la puerta para que me siguieran mis acompañantes.

Algo había cambiado ese último día. Como esas pequeñas obsesiones que le dan a veces a la gente. Te convences de que el número 43 esta terriblemente presente en tu vida y de repente, lo ves en todas partes. En la hora, en las mátriculas, en las puertas de la calle, en la televisión...

Eso me pasaba a mí ahora con las letras. Hasta entonces, nunca me había dado cuenta de hasta qué punto había letras en la vida diaria, y de repente estaban por todas partes. En las puertas, en las mesas, los servilleteros, hasta en los baños, aunque intentaba no quedarme mirando las grafias durante demasiado rato. Al fin y al cabo, tenía hambre y cuanto antes pidieramos, antes íbamos a cenar. Así que entré decidida hasta el mostrador donde íbamos a pedir la comida, y sin decir nada tomé uno de los menús que tenían ahí y abrí la primera página.

Era terriblemente lenta leyendo, y en la mayoria de casos no entendía del todo bien qué plato sugería. Pero era la primera vez que entendía "algo" y el momento bien merecía algo de ritual. Al final, iba a pedir lo que había pedido siempre, lo que en mi primera noche en aquél local había sido un "Recomendadme" y el único plato que había probado de ahí, Satay de Pollo y Som Tam.

¿Queréis pedir para llevar a cenamos aquí?

A mi realmente me daba igual. Tan cómoda estaría en un lugar como en el otro, y les sonreí.

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John Constantine
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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   8th Marzo 2016, 23:28

Era extraño. Familiarmente extraño. Tres personas que se habían conocido llevados por los dejes del destino y lo sobrenatural estaban viviendo más o menos juntos y, en todo éste tiempo ni una sola vez habían salido a cenar o a comer fuera. Ni una sola. El mago había compartido algunos platos con Garnet en su ático y con Anya había tomado algunas copas la primera noche que se conocieron, ¿pero los tres juntos? Por ello el "familiarmente extraño".

Las puertas del ascensor se abrieron y allí estaban los tres, cada uno con un cigarrillo en la mano simulando un Reservoir Dogs de noche y con menos miembros que en la película.
John metió la mano en el bolsillo de las llaves del coche por si cambiaban de opinión, pero Garnet guiaba el camino y éste se alejaba considerablemente del vehículo, y apuntaba directamente al tailandés que tenían cerca. Así pues, esa noche tocaba comer algo picante y aromatizante.

Entraron. Les saludaron al hacerlo. Un saludo al cliente mostraba una buena educación y un excelente trato. Aquel primer contacto se estaba perdiendo mucho en los últimos tiempos, más en un país como Estados Unidos, donde las sonrisas y los apretones de mano vienen indiscutiblemente ligados con grandes cantidades de dinero o una posición respetable.
Tomaron asiento y John le pasó a Anya uno de los menús para que le echara un vistazo. Supuso que sería su primera vez en el local y estaba dispuesto a ayudarla... siempre que se lo pidiese. Por su parte Garnet ya estaba dándole un vistazo y... John no pudo sino sonreír elevando las cejas cuando vio que movía los ojos de un lado al otro. A una velocidad escasa, pero los movía. "Al menos se está esforzando."

- Ya que estamos sentados, podemos pedir y comer aquí mismo - Contestó el rubio ante la pregunta de la ladrona. Y ya que estaban quiso ir un poco más allá. - Oye Garnet, ¿te importa pedir por mí?

El mago se refería a que usara las lecciones que le había dado esa noche con el menú, pero sin borrar esa sonrisa de la cara y esa mirada desafiante. Se estaba metiendo en terreno pantanoso y lo sabía, o mejor dicho, la conocía, pero el riesgo merecía la pena, así que subió la apuesta. - O nos puedes escoger el menú para los tres - añadió, mirando a Anya a los ojos mientras se quitaba la gabardina y la colgaba en su asiento.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   9th Marzo 2016, 18:00

Seguí a mi compañera pelirroja hasta el restaurante tailandés en cuestión y entramos los tres. Una vez allí nos dieron mesa y nos sentamos para mirar el menú, momento en el que Brooks sugirió que si queríamos podíamos pedir la comida para llevar y, la verdad, ya que estábamos sentados allí tenía que darle la razón a John.

-Creo que John tiene razón, Brooks. Así vivimos más la experiencia, que aquí huele a especias que no veas...- reí y miré un menú, algo perpleja.

No sabía lo que llevaba ninguno de esos platos, pero me aseguré de leer la leyenda y qué significaba cada símbolo: vegano, vegetariano, picante... Uf, picante no quería. Miré a John cuando le pidió a Brooks que pidiera por él, lo cual me soprendió, no creía que Garnet pudierla leer... O sí. Estaba intentando leer como podía el menú, lo que me hizo alzar una ceja y sonreír a John, contenta. Me uní a su moción.

-Lo mío que no pique, por favor- le guiñé un ojo a Brooks y le robe el paquete de cigarros, delante de su cara, descaradamente... No podía llamarse robar, pero se lo quité de todos modos. -John, ¿te vienes? Así Brooks puede pedir con calma- le guiñé un ojo y le mostré unos cigarros para que me siguiera. Si no lo hacía, bien podía fumarme yo esos pitis y pensar un poco en la relación que quería llevar con ellos dos.

Quería hablar con él sobre qué íbamos a hacer con mis manos y mi maldición, y por algún motivo, no quería que Brooks supiera aún qué íbamos a hacer al respecto. Supongo que no quería preocuparla más con mis problemas.

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MensajeTema: Re: Maestro y alumna - (John Constantine) - 04-03-2019   10th Marzo 2016, 00:48

Sin alzar la mirada del menú, pero sonriendo, le dediqué un corte de mangas a John cuando me pidió que eligiera por él. Lo que me dolió fue que Anya le siguiera el juego. Eso sí me hizo alzar la mirada del menú y me esforcé en que mi rostro fuera inexpresivo, porque en ese momento no tenía muy claro qué cara poner. Ella sabía lo que significaba para mí leer. Sabía cómo trataba yo todas las cosas que habían estado ligadas a Brooks, pero no había dudado un instante en unirse a John. La facilidad con la que me había dejado caer la piedra con la que John jugaba a golpear mi tejado, picándome con aquello que sabía que me jodía. ¿Debía enfadarme con Anya? No quería, ella era importante para mí. ¿Tenía derecho a sentirme molesta? ¿Ofendida? Tal vez, pero tenía miedo a que eso pudiera cambiar la relación entre nosotras. Así que me aferré a la que había sido mi respuesta y mi actitud durante años. Fingir. Con alguien que me conocía tanto, era más difícil, aunque finalmente logré esbozar una sonrisa, tal vez más tensa de lo que realmente pretendía.

Bien, sin picante.

Me guiñó un ojo y me mordí la lengua para no decirle nada. Me quitó el paquete de tabaco. Luego le pidió a John que la acompañara a fuera y añadió un segundo guiño a su insinuación. Sentí... Lo mejor que puedo decir, es que sentí como si se me hubiera helado la boca del estómago. Me dió rabia, y como siempre que algo me molesta, lo escondí lo mejor que pude, así que dediqué la misma sonrisa afilada a John.

Ya has oído a la señorita. Largo. — Cabecee en dirección a la puerta y volví a centrar mi atención en el menú. — Eso si, no nos hacemos responsables de lo que cenéis y perdéis el derecho a quejas.

Apuntalé un codo contra la mesa y luego apoyé en él el mentón, mirando el menú por encima, aunque se me habían pasado todas las ganas de leer. Seguí intentandolo, realmente me esforcé, pero de nuevo al poco de estar siguiendo las letras sentí dolor de cabeza, una especie de presión tras los ojos y la sensación de que me costaba enfocar las letras del librito. Cerré el menú y tras asegurarme de que ya habían abandonado el local, dejé caer los hombros.
No era suficiente verme forzada a hacer algo que no sabía y no me gustaba que encima me dejaban sola cuando les había invitado a cenar. Aunque eso no era del todo cierto. Nunca estaba del todo sola... Pero así nos "sentíamos". Miré hacia la puerta y volví a sentir un pinchazo de envidia. Acababamos de fumar un cigarro, y lo habíamos apagado justo antes de entrar en el restaurante, así que descartaba que Anya tuviera mucho mono de otro cigarrillo, así que si descartaba eso... ¿Porqué había querido salir con John?

No quería pensar en ello. Podían salir demasiadas ideas absurdas, y podían ser todas falsas. Tal vez Anya sentía algo por John. Tal vez querían hablar de magia. Tal vez querían hablar de mí. Tal vez querían hablar del ático. Tal vez...
Tal vez se estaban aprovechando de mí. Ese era el tipo de pensamiento que quería evitar, y buscando huir de él volví a refugiarme en el menú. Quería confiar en ambos, debía. Lo necesitaba. Lo que no necesitaba, era leer. Y no quería, pero tenía que hacer algo con la cena. Volví a cerrar el menú y lo lancé a la otra punta de la mesa.

Nos dejo sin cenar a los cuatro. Pido como plato el silencio y la acritud. Espero que no pique demasiado. — susurré, aunque pareciera mentira, en un intento de calmarme. — ¿Qué mierdas se supone que tenemos que hacer ahora? Sabemos leer letras, pero ni idea de cómo se pronuncian juntas, no tenemos modo alguno de entender lo que pone ahí. Acabaríamos antes pidiendo todos los platos y probándolos uno a un-...

Me incorporé levemente en la silla, mirando el menu mientras arqueaba una ceja. ¿Cuánto podía costar pedir un plato de cada de todo lo que tiene un restaurante como aquél? No pude evitar pensar en el gesto como una pequeña travesura. Y una travesura, en ese momento, era precisamente lo que podía animarme. Había tenido una buena idea y me alcé de la mesa para dirigirme al mostrador y hablar con uno de los camareros, dedicando una sonrisa irónica a la puerta. Iba a sorprenderles con la cena, pero no podía esperar a verles la cara cuando llegara el postre.

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