Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 [Autoconclusivo] Universo de Papel [+18]

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Tanith Blackwood
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Alias: Paradox
Nombre real: Tanith Blackwood
Universo: Marvel

MensajeTema: [Autoconclusivo] Universo de Papel [+18]   28th Diciembre 2016, 01:19



Como cada noche, contabilicé en mi cuaderno el rastro espiritual que me rodeaba. Todo en orden. Jack, cuya aparición trajo consigo un adelanto del invierno, se sentó a los pies de la cama con su libro entre las manos, preparado para la sesión de lectura antes de dormir. Sin embargo, yo no estaba muy por la labor. En lugar de cerrar el cuaderno, lo mantuve abierto por la página que acababa de llenar con un boceto bastante pobre de la habitación con rayas en diferentes sentidos, al igual que un niño dibujaría la lluvia. Me quedé mirándolo. Dándole vueltas al pensamiento que, asalvajado, había tomado mi mente de rehén. La sombra de una caricia que nunca se produjo, de un abrazo, de un beso, me quemó la piel, erizándose. El lápiz se me escurrió y rodó por el papel hasta caer a la colcha, y de ahí al suelo, cuando me abracé  a mi misma con las lágrimas saltadas.

Sentía un dolor muy distinto al que me abrumaba cuando me pasaba con las invocaciones, pero igual de desgarrador. Me apretaba el pecho como si me lo pisarán, dejando caer todo el peso. El papel se emborronó con el torrente de lágrimas que no frené. Me arañé el cuero cabelludo al llevarme la mano a la cabeza en un gesto desesperado. Un gemido gutural surgió de mi garganta.

De pronto, el espacio a mi alrededor de ensanchó, el mundo de descubrió ante mí. Un cielo abierto hasta el infinito y yo sin gravedad. O dicho de otro modo: estaba sola.

- ¿Aye? -Jack me dio un toquecito en el pie.

 Estaba tan muerto como los demás. Negaba lo evidente porque, de otra forma, me sumaría en el estado en el que me encontraba entonces. Mi única compañía eran almas para las que, en su mayoría, yo sólo era una herramienta. Jack intuyó lo que se avecinaba y desapareció dejando un rastro de escarcha tras de sí. La pena venía acompañada de la mano por la ira. Arrojé el cuaderno contra la pared, me levanté y me fui al baño a cambiarme. Me puse la ropa que tenía más a mano, y por primera vez en mi corta vida consciente, me detuve frente al espejo para acicalarme un poco. Iba a estrenar las lentillas de color, para que el rojo se mezclase hasta ser verde.

Salí de casa dando un portazo, perdiéndome en la noche. Al apagarse el sol, la vida diaria cedía el terreno a la vida juvenil, que celebraba las horas sin obligaciones como una bocanada de aire fresco. Se movían en grupos o en parejas; raro era verlos solos. Con las manos medidas en los bolsillos del abrigo, seguí a unos y otros, desfilando por delante de varias discotecas y bares llenos a rebosar. Ninguno me daba motivos para entrar, mucho menos quedarme. Hasta que di con el Cotton Club.

Era el único pub sin matón a la entrada, sin largas colas en la puerta, y cuya música era eso: música, y no ruido demencial. La fachada la componían dos cristaleras a través de las cuales se entreveían las mesas y a sus ocupantes, salpicados por columnas de ladrillo pintadas de rojo. Dentro, la sala de dividía en tres partes: ambos lados para mesas y sillas tubulares, con la barra a la derecha, tras la cual se mostraba el licor que tenían en inventario en múltiples estantes; y la franja central de dejaba libre al paso, con un escenario reducido al fondo. Todo bañado con luz ténue.

En el momento de mi entrada, sonaba una melodía propia de otra época, traída de la mano de una banda que lo daba todo sobre el escenario. Estaba concurrido, pero vislumbré mesas libres para elegir. Aún así opté por sentarme en la barra, compartiéndola con un grupo de amigos a mi izquierda de cinco componentes, dos de ellos en pie, abstraídos en los artistas de turno.


- Buenas noches. ¿Qué te pongo?

La música sonaba sin molestar a nadie, así que el camarero, joven y guapo, habló sin verse en la necesidad de alzar la voz. Pedí lo primero que se me pasó por la cabeza, un vodka, y el chico tardó poco en servirle, yendo a atender a una pareja que se levantó de la mesa para pedir algo más. Contemplé el escueto vaso, con la cabeza en otra parte. ¿No quería compañía? Pues hala. Ahí estaba, rodeada de gente que tendría la misma edad que yo aparentaba, o poco más. Ahora a socializar. Busqué en derredor, pero todo eran grupos ya formados. Un leve tintineo reclamó mi atención: estaba temblando y el vaso estaba pagando el pato. El primer trago me hizo entrar en calor. Había dado un gran paso, me repetía. Con el segundo, la música entró mejor. Cambiaron de tema, y aunque seguía siendo del mismo género, no era tan experimental como la primera. Asistí a su concierto como una más, haciendo tiempo para tomar el tercer y último trago.

Desde esa noche, la rutina diaria no me resultaba tan pesada. La sensación de soledad no iba a dejar de estar ahí, por supuesto, pero ahora guardaba con celo una pequeña esperanza: volver al Cotton Club el sábado por la noche. Añadí estas salidas a mi rutina, a las que era tan fiel como a la de repartir mi currículum cada mañana. En ninguna de mis visitas cruzaba una palabra con nadie, salvo con el camarero. Poco a poco, descubrí quienes eran los habituales, y que el grupo que tocaba aquella noche repetían todos los sábados. Me fui haciendo a sus canciones, que a fuerza de repetirlas, acabaron gustándome.

El placebo funcionaba bien, manteniendo a distancia la desesperación por la realidad que me tocaba afrontar. Más temprano que tarde, Sophie cumpliría con su palabra, y sin un trabajo con el que ganarme un sueldo para afrontar el alquiler, me dejaría de patitas en la calle. O peor, de vuelta a uno de sus orfanatos. Por eso, me alegré cuando recibí una llamada al móvil desde el teléfono de una de las tiendas donde había dejado mi currículo.

- Muy buenas tardes, ¿esta la señorita Blackwood? -la voz al otro lado del auricular sonaba cascada, y de cuando en cuando se oía una breve interrupción en la línea parecido a un chisporroteo que apenas duraba una milésima de segundo.

- Si, soy yo. ¿Con quién estoy hablando?

- Soy Stroud, de la librería "Universo de Papel". He leído su currículum y me preguntaba si le vendría bien pasarse mañana para realizar una entrevista... ¿Sigue por ahí? -añadió cuando paso el tiempo y yo no respondía.

- Si, si -me froté el entrecejo, sin saber muy bien lo que debía decir. Quería aceptar y no parecer una desesperada, pero estaba desesperada. Claro que una entrevista no significaba necesariamente que el trabajo fuera a ser mío -Me viene bien, pero depende de la hora.

- ¿A las ocho de la mañana le parece bien?

Muy temprano quería poner la cita ese hombre. Imaginé que lo hacía así para quitarse la molestia cuanto antes.

- Si, esta genial.

- Muy bien, señorita. Pues la espero mañana por la mañana. Que pase una buena tarde.

- Si, igualmente... -me chocaba el tratamiento tan sobradamente educado, y me daba miedo colgar primero.

Cuando oí los tonos, colgué a la nada. Con la vista en un punto fijo de la pared del salón. A mi lado apareció Jack, arrancandome el aliento. Solía enterarse de estas cosas en tiempo real. Para celebrarlo, la criatura se abrazó a mi pierna, y el frío polar que me escapó por la piel me hizo castañear los dientes.

- ¡Aye!

Le cogí en brazos y me alcé por encima de mi cabeza, girando sobre mi misma.

- ¡Una entrevista, Jack! ¡Mi primera entrevista! -volví a dejarlo en el suelo, agachándome frente a él para quedar a su misma altura - ¿Sabes lo que eso significa? -se llevó el puño a la boca, pensativo -¡Que si consigo ese trabajo, nos quedamos aquí!

Jack aplaudió con entusiasmo. Por eso, nuestra salida al parque fue más jovial que se costumbre, cayendo en el cuento de la lechera y haciendo planes de futuro contando con que el paso de la entrevista ya estaba superado. Para celebrarlo, además, decidí salir aquella noche de jueves, hacer una visita a mi pub favorito para recoger fuerzas y ánimos que guardaría en la reserva para el día siguiente.

Pedí lo de siempre. Para mi sorpresa, el local estaba tan lleno como los sábados por la noche, así que por primera vez, con el valor que me daba ese golpe de suerte, entablé una conversación con el chico de la barra más allá del "ponme un vodka, por favor":

- ¿Mañana es fiesta? Veo a mucha gente trasnochando aquí hoy.

Se encogió de hombros.

- Tampoco se te ve aquí entre semana. Los universitarios suelen pasarse a partir del jueves por la noche.


Asentí y me tomé el primer trago de la noche. La banda de los sábados no cubría turno sobre el escenario aquella noche, sino otra distinta que no me sonaba de nada. Una de las cosas que más me gustaban del sitio era que la gente que iba allí no lo hacía para gastar hasta la última gota de sus energías en movimientos espasmódicos, sino que permanecían en sus sitios con charlas más o menos cuotas, reflexiones varias, con un ambiente más relajado. Con la tontería de la celebración, me terminé el primer vaso antes de darme cuenta siquiera, y pedí otro. Las conversaciones que se acumulaban a mi alrededor se movían en el mismo espectro sonoro que las voces que siempre me acompañaban, sumándose de forma armoniosa. Con todo, los defensas bajaron a cero, y bebí algo más de la cuenta. Las voces no me abandonarían en esa fina línea entre el punto en el que todo adquiere un tono más optimista y en el que carecía de voluntad y equilibrio. Los movimientos bruscos me mareaban, así que me movía despacio, y mi mente redujo las marchas para ir a la par.

 Alguien entró y se sentó en la barra, a mi lado, dejando un asiento de separación. Por el rabillo del ojo le reconocí como uno de los chicos que conformaban un grupo de cinco en la misma barra la primera noche que pasé por allí, y al que veía en cada visita al Cotton Club. Iba sólo, y por la ausencia de miradas nerviosas al reloj o al móvil, deduje que no esperaba a nadie. Una extraña sensación me recorrió el estómago, unas cosquillas cálidas. Sentados a la misma altura, era una cabeza más alto que yo. Se peinaba el tupido pelo rubio a conciencia y vestía con sencillez: un jersey verde y unos pantalones marrones. El único detalle que consideré estrafalario fueron las gafas de montura de pasta, algo muy de moda. Así a simple vista, bajo la tenue luz de los focos repartidos por todo el local, debía de tener veintipocos años. Me mordí el labio sin darme cuenta durante el escrutinio, y el gesto le llamó la atención, fijándose en mí por primera vez. Tras las gafas, unos ojos azules me estudiaron con la misma intensidad, algo tímidos al principio. Debió de gustarle el resultado, porque me dedicó una sonrisa.

- Yo a ti te he visto antes por aquí. Sueles venir los sábados por la noche, ¿verdad?

Asentí con un gesto de cabeza. Era plenamente consciente de mi estado, y no quería fastidiarlo todo por decir algo de más. Le devolví la sonrisa, que seguro que no sería tan perfecta. El camarero, que hasta entonces había estado atendiendo a un grupo, interrumpió nuestra conversación pendiente. Exigió, textualmente, "lo mismo que había pedido yo", y cambió de sitio por el que antes había dejado vacío, justo a mi lado.

- ¿Y si me ha dado por beber lejía? -bromee para salir de la estupefacción. Ya está, comentario estúpido, fue lo que pensé inmediatamente después de que el daño ya estuviera hecho.

- Somos 75% agua. La lejía es agua. No puede ser tan mala.

En ocasiones, las piezas encajan cuando no buscas que lo hagan, cuando te has cansado de buscarlas. Él no podía saberlo, era la primera vez que hablábamos. La naturalidad con la que lo dijo no daba a entender medias tintas. Eso, o la cantidad de alcohol en sangre en mis venas me impedía ver más allá. Tampoco disponía de la voluntad de dudarlo. Seguimos hablando, aunque las palabras se convirtieron en prendas de las que nos íbamos deshaciendo hasta llegar a la verdad del silencio.

*     *     *

Decir que poseía un reloj interno que me despertó puntual pese a contar con tan sólo dos horas de sueño, sería mentir. Lo que me despertó fue una caricia leve, un suspiro en el oído. Abrí los ojos lo justo para comprobar que el amanecer tiznaba la habitación de colores pastel. Me mantuve en estado de duermevela un rato, ralentizando el tiempo con tal de seguir en el pequeño remanso de paz que pronto estropearia la conciencia. El dolor de cabeza compartía espacio con las voces, que nunca habían callado. Recordé mi entrevista, tapando con la obligación los retazos que acudían a mi mente de la noche anterior. Cada respiración chocaba contra la piel de mi nuca, y se aferraba a mí con la firmeza de un ahogado a un salvavidas.

- Eh -le llamé en voz baja -Son las siete de la mañana.

Se removió un poco, tirando de mi. Se resistía.

- Oye...

《Tengo cosas que hacer》sonaba fatal, pero no encontraba una forma más delicada para decirle que debía marcharse. Es más, dudaba de que realmente quisiera que se marchara. Si cerraba las persianas, podía sumir mi apartamento en una noche perpetua, sin Sophie, sin invocaciones, sin voces, sin... me estaba engañando a mi misma. Seguirán ahí. Siempre estaban ahí. Las opciones se reducían a obviarlas y seguir adelante. Era realmente incómodo abrir los ojos al día siguiente y ver que los hilos estaban ahí, que nunca se habían ido, que podían verlo todo. Me arrebujé en las mantas y le golpee la rodilla con el pie.

- ¿Hum...? ¿Qué...? ¿Qué hora es?

- Te lo he dicho antes. Son las siete.

La información, al segundo intento,  le despertó del todo. Se levantó de la cama de un salto, tanteando en busca de sus gafas.

- ¡Mierda! Voy a llegar tarde a clase -durante la noche me había quitado las lentillas, amparada por la oscuridad. Cerré los ojos para evitar que descubriera su auténtico color. A partir de entonces, deduje sus acciones por el ruido. Caminó un poco, desorientado y tropezando con el rastro de ropa que, como miguitas de pan, conducía desde la puerta hasta la cama. Podía oír su respiración, o más bien, la momentánea ausencia de ella -¿Puedo usar el baño?

Me encogí de hombros por toda respuesta, y tardó poco en encerrarse ahí dentro y dejar el agua correr. En cuanto acabase se iría, y yo podría recuperar mi vida rutinaria. Aprovechando que estaba fuera de escena, Jack se auto invocó sentado en la barra de la cocina, mirándome fijamente desde ahí y moviendo las piernas, suspendidas en el aire. El agotamiento ralentizó mi tiempo de respuesta, y anuló mi fuerza de voluntad para expulsarle del plano. Envuelta en la manta, me lancé hacia el muñeco de nieve para esconderle antes de que el joven saliera de la ducha. El breve lapsus de tiempo bastó para que mis temores se confirmasen.

Peor incluso. Porque se topó frente a frente con la inexplicable criatura y mis ojos rojos.

Nos miramos en silencio, con el corazón latiendome a la altura de las sienes. Las voces mantuvieron su tono monocorde, quedándose apartadas de la escena, pero tan presentes como de costumbre. Un chirrido me recorrió la cabeza de parte a parte, y durante el transcurso de su viaje tuvo tiempo de ser testigo de cómo él, ya vestido, abría los ojos como platos, y su boca se entornaba formando una 《o》.  Se me cayó el alma a los pies. Sentía la necesidad de que aquello acabara bien.

- Es... puedo explicarlo -incluso a mi me sonó más a una súplica que a una justificación.

Despacio, pegó la espalda contra la pared, apartándose de mí y de Jack, que no entendía la gravedad de la situación. Se desplazó guardando la distancia en todo momento, acercándose peligrosamente a la salida.

- De verdad, escucha... -desconocía su nombre, igual que él el mío -. Es... lo de los ojos... Jack... -No se me ocurría una excusa razonable. Me pasé la mano por el pelo, presa de la desesperación.

Por favor, no te vayas. No me dejes sola con ellos...

 Di un paso, un solo paso tembloroso hacia él.

- ¡No te acerques! -dijo con voz estridente. Me quedé petrificada en el sitio del susto -¡No te acerques a mi!

Balbuceé unas disculpas, una excusa, una justificación, una súplica; todas ellas apelotonadas y sin sentido, chocando contra la puerta que se cerró a sus espaldas en cuanto se marchó a todo correr. El portazo sonó como una explosión en mi cabeza, alargando la agonía, rompiéndome el alma en mil pedazos. Me llevé la mano a la frente, mordiéndome el labio con saña. No me tendría que importar. Había sido algo fugaz, ambos lo sabíamos desde el principio. No me tendría que importar. Tenía cosas mejores que hacer, cosas de las que preocuparme de verdad. Lo único que busqué en él fue una solución transitoria ante un problema transitorio. Tuve un momento de debilidad, y nada más.

Jack asistía en silencio a mi debate interno. Sus ojillos se clavaron en mí como agujas incandescentes, y el frío me hacía tiritar. Necesitaba aferrarme a algo, lo que fuera, y sólo se me ocurrió la entrevista de trabajo en la librería. Disponía de media hora para arreglarme y llegar, por lo que tenía que darme prisa. El agua de la ducha, que la presencia de Jack enfriaría, serviría para borrar todo rastro de huellas, en piel y alma. Me convencí a mi misma, repasando las posibles preguntas, las respuestas plausibles... y de repente, la intromisión del vívido recuerdo, que se aferraba a mi con uñas y dientes, afiladas como cuchillos. ¿Por qué no hacían lo mismo las memorias de antes del hospital?

Apacigüe mis dolores con un café del día anterior, saliendo de casa deprisa y corriendo, con las lentillas puestas y la ropa más formal que tenía: un vestido negro con el dibujo de una flor en el costado y el abrigo blanco por encima. Jack trotó a mi lado, sin un "aye". Supuse que era su forma de reprochármelo, retirando la palabra hasta vete tú a saber. Con la hora pegada al trasero, caminé a paso ligero y con la carpeta bajo el brazo hasta llegar a la librería. El propietario estaba levantando la cancela y eso me dio tiempo suficiente para estudiarle: un señor mayor, entre sesenta y setenta años, alto y con el pelo blanco peinado hacia un lado para ocultar la calva. Vestía de forma sencilla, con unos mocasines y zapatos de color camel y una camisa de cuadros azules y blancos.

- Recuerda que tenemos un trato -le dije a Jack antes de desconvocarle.

Tras respirar hondo, me acerqué.

- ¿Señor Stroud? -olvidé sonreír por culpa de los nervios. De un plumazo, había conseguido deshacerme de la inquietud y el malestar por lo ocurrido esa mañana, pero en cuanto los profundos ojos azules buscaron los míos, recordé al chico, y...

- El mismo -respondió con una mueca amable. Las arrugas alrededor de sus ojos y boca se acentuaron. Sobre el pecho pendían unas gafas desmontables, sujetas a una cuerda alrededor de su cuello -. Acabamos de abrir, así que pasa y te atiendo, tesoro.

Me sonroje. ¿Me había llamado "tesoro"?

- Ehm... No, verá, vengo por lo de la entrevista...

- ¡Ah! ¿La señorita Blackwood, no? -me estrechó la mano con firmeza -Perdona el despiste. ¡Con lo guapa que sales en la foto del currículum!

- ... -¿me estaba haciendo la pelota? ¿Tan pronto? Lo que estaba consiguiendo, sin duda, era incomodarme. No estaba acostumbrada a semejante tratamiento tan de sopetón.

Me invitó a pasar a la tienda, quedándome impresionada en cuanto la puerta giró sobre sus goznes y, en clara metáfora bíblica, el anciano hizo la luz por secciones. Se descubrieron estanterías hasta donde alcanzaba la vista, recluidas en muy poco espacio y formando entre sí un laberinto de caprichoso contorno, salpicado por pilas de libros que no disponían de espacio entre las baldas. Rezumaba un olor delicioso, hipnótico, una mezcla entre página satinada y tinta, a manuscrito e impresión. Descubrí que me gustaba, y que se me antojaba un santuario que yo iba a profanar con mi presencia.

A la izquierda, muy cerca de la puerta, estaba el mostrador, cubierto de libros. Ni rastro de ordenadores o tecnología. ¡Bendito mundo analógico! El señor Stroud bordeó el mostrador y me hizo una seña para que le siguiera. Fuera de la vista, dispuso dos sillas, una frente a otra, y me ofreció una de ellas. Él se sentó en la de enfrente, rebuscando entre las páginas acumuladas hasta dar con la copia de mi currículum que entregué tiempo atrás. Tragué saliva, temiendo lo peor. ¿Era necesario? Quiero decir, llamarme para preguntarme por qué mi currículum, lo que se suponía que recogía mi vida util, estaba vacía a excepción de dos o tres detalles personales como nombre, edad (falsa, por supuesto), forma de contacto... Se puso bien sus gafas para contemplar el ordenado espacio en blanco de la hoja. Con las manos en las rodillas, yo ya estaba temblando.

- Veamos, señorita Blackwood... -lo veía venir. ¿Por qué tenía que marcar tanta pausa? -¿Te gustan los libros?

Me pilló desprevenida.

- ¿Disculpe? -parpadee.

- Que si te gustan los libros.

- Si... -los ratos libres de los que disponía los llenaba con lecturas en voz alta para Jack, libros que sacaba de la biblioteca y que ambos disfrutamos. Así que repetí mi respuesta, pero con algo más de seguridad -Si. Me gustan mucho.

Me miró por encima del papel y de las gafas. Ahora, ahora haría la pregunta del millón, se reiría en mi cara... ¿Por qué tardaba tanto en hablar? Vamos, venga, que no tenía todo el día.

- Contratada.

Me quedé sin habla. Boquee. Interpretó mi expresión de idiota a la perfección.

- Que estás contratada, guapa. Ya no puedo estar mañana y tarde dedicado al negocio, necesito unas manos jóvenes, una mente lúcida y una cara bonita para recibir a los clientes.

- Pero no tengo estudios...

- ¿Y? En ningún colegio ni Universidad enseñan cómo cuidar de un libro, o cómo buscarlo.

- Tampoco tengo experiencia.

- Lo que te convierte en un diamante en bruto -me guiñó un ojo -. Menos resabiada estas.

Desarmada. Por completo. Ya sólo me quedaba como argumento contarle todo el rollo de las invocaciones, cosa que no hice. ¡Que acababa de conseguir un trabajo! ¡Así de fácil!

- ¿Dónde está la trampa? ¿En el contrato?

- En absoluto. Mi nieto me ayudó a redactarlo -sacó del mostrador otro folio que me entregó -.  Si no estás de acuerdo con alguna cláusula, podemos discutirlo. Cuento con que empieces desde este mismo momento.

Volví a estudiarle con más detenimiento por encima del papel. Tan jovial, tan risueño... alguna trampa, algo oscuro tenía que haber detrás. No podía tener tanta... 《suerte》. Leí el contrato de cabo a rabo, tres veces. Disimuladamente lo alcé para verlo a contraluz. A simple vista todo parecía en orden. Las cláusulas indicaban que estaría allí trabajando a jornada completa, de lunes a viernes, y un sábado al mes. Cobraría el salario mínimo, y entre mis tareas figuraban la venta al público, limpieza, inventario... era una lista extensa para un sueldo que me daría para vivir sin caprichos.

Vivir. Sin depender de Sophie.

- ¿Tiene un boli?

- ¿Estás de acuerdo con todo?

Asentí. Ahora lo pienso, creo que debería haber exigido más salario, pero en aquellos momentos, la idea de pagarme el alquiler y quitarme de encima la irritante voz de Sophie era más fuerte. Firmé sin poner una sola pega, y sellamos el contrato con otro apretón de manos. Al señor Stroud le brillaron los ojos.

- Bienvenida, señorita Blackwood.

- Gracias, señor Stroud. Estoy deseando empezar.

Dicho y hecho. Toda la mañana la dedicamos a explicarme los entresijos del negocio, interrumpiéndonos de vez en cuando por algún cliente ocasional. La denominación "señorita Blackwood" duró dos frases más, antes de convertirse en motes afectuosos tipo "tesoro", "bonita"... Me trataba como a una nieta más que como a una empleada. Eso facilitó mucho las cosas, a la vez que me ponía en guardia. Demasiada familiaridad se convertiría en exceso de confianza. Me entraban ganas de contarle mis penas, y eso no podía ser. No era el sitio, el momento ni la persona adecuadas.

Disponía de una pausa para comer de tres horas, más que suficientes para echar de menos el sitio. La facilidad con la que había afrontado todo me daba fuerzas y me infundía de buen humor. Entré al turno de tarde dispuesta a comerme el mundo. Y como suele pasar cuando una se confía, el mundo me comió a mi.

- Buenas tardes, señor S... -mi voz se fue apagando y me detuve en seco a la altura del mostrador.

Tras él, un señor Stroud con gafas de montura gruesa y cuarenta años más joven palideció al verme. Incluso bajo la luz diurna fui capaz de reconocerle.

- Tu... -las palabras se me trabaron en la garganta - Anoche...

- ¡Tanith, tesoro! -el señor Stroud surgió del laberinto de libros ajeno a la complicada situación que acababa de florecer entre las cuatro paredes del "Universo de Papel" . Posó su mano en mi hombro -Buenas tardes. Verás, durante la primera semana estaré contigo mañana y tardes para ayudarte a hacerte con el negocio. Pero por cosas de la edad, me temo que después de eso, sólo estaré por las mañanas. Así que compartes el turno de tarde con mi nieto. Te presento a Rüdiger -con la mano libre le señaló -Rüdy, esta es la nueva empleada de la que te hablé: Tanith Blackwood.

En nuestro particular encuentro anterior, nuestros nombres sobraron. Teníamos muy claro, de forma tácita además, lo que queríamos. Jamás se me hubiera ocurrido que, con lo grande que era el mundo, fuera a dar con él. Allí. ¿Tenía escapatoria? Lo más sencillo sería tirar la toalla, dimitir y salir por piernas.

Pero estamos hablando de un sustento. No más Sophie. No más huidas hacia adelante. Algo seguro, algo fijo. Algo tangible, algo... normal.

- Es un placer -le tendí la mano guardando mis sentimientos tras una máscara formal.

Estuve aguantando con el brazo extendido lo que me pareció una eternidad, con "Rüdy" escudriñándome con los ojos entrecerrados. El dolor de cabeza, persistente pero en segundo plano hasta entonces, me recordó su existencia con el latir del corazón en las sienes. No quería que el señor Stroud lo supiera. Me leyera el pensamiento o no, acabó por devolverme el saludo.

- Estoy seguro de que vais a llevaros bien. Este negocio une mucho -pobre señor Stroud. ¿Pensaría lo mismo si supiera lo que hicimos?-  Estamos ya en plena campaña navideña, por lo que vamos a necesitar todas las manos posibles.

Dándome una palmada en la espalda con más fuerza de la que esperaría en alguien de su edad, regresó al laberinto de estanterías.

- Dime que esto es una broma pesada -farfulló Rüdy -No deberías estar aquí.

- Pues estoy -respondí con algo más de agresividad de la que realmente pretendía -. Así que finjamos que esta es la primera vez que nos vemos, y dediquémonos a trabajar.

- Como le hagas daño a mi abuelo...

La insinuación me ofendió.

- Tengo cosas mejores que hacer.

- ¡Tanith, tesoro! ¿Puedes echarme una mano? ¡Un alud se me viene encima! -me reclamó el señor Stroud desde el otro extremo de la tienda.

Tras una última mirada furibunda que le dediqué en primicia, acudí al lado del señor Stroud, acompañada de la sensación de tener dos agujas candentes perforándome la nuca. Tenía una oportunidad de enderezar mi vida, y a ella me iba a aferrar con los dientes si era necesario.


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