Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 [15-Nov-2018] A veces el hambre es la mejor especia (Death)

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Papa Legba

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MensajeTema: [15-Nov-2018] A veces el hambre es la mejor especia (Death)   31st Diciembre 2016, 14:27

Habían pasado dos semanas… Dos desde ese encuentro tan complejo y difícil de comprender. Pudo sentir quién era desde que la vio sobre la lápida, llorando frustrada como si fuese una niña que ha perdido a sus padres. Volver de aquel encuentro fue una tarea dura para él. Ni siquiera pudo mirarla a los ojos después de que sus labios de obsidiana repartiesen besos y caricias sobre las cicatrices de su maldición. ¿Cómo mirarla cuando había conocido eso de él? Los esclavos no deberían tocar a las princesas.

Se remueve en el trono, se frota el rostro tratando de encontrar una respuesta sobre por qué el concepto que había temido tanto ahora tenía esa personificación por quien le daba igual morir. Él… ¿Había hecho el pacto en vano…? ¿Habría hecho mejor Esobala convirtiéndose en polvo hace cientos de años…?
Se mira las manos, con un gesto triste en el rostro como si contemplase la foto de un familiar cercano fallecido. Las cicatrices ganaban volumen sobre las arrugas de sus manos maltratadas. - Esto es lo que soy…- se dice a sí mismo mientras desvía el rostro a un espejo, viendo su cuerpo adquirido musculoso y sin defectos. Observa sus rastas perfectamente construidas, los mechones de pelo suelto que caen sobre estas, sedoso y suave. La voz masculina, grave, dulce y seductora. Y esos ojos y la calavera formando uno con su cuerpo, memoria y recuerdo de un contrato que ahora piensa que no debió firmar…

Se levanta y mira a su alrededor. La sala del trono estaba totalmente vacía salvo por su presencia y esa sensación de soledad solo hacía más que hacer más real la lentitud del tiempo. Dos semanas habían parecido dos años y la incertidumbre le mataba por dentro. Ella con total seguridad no habría sentido lo que el dios sintió, pero hizo por él más de lo que ningún otro ser mientras él no se atrevía a tocarla por miedo a importunarla.

Se queda mirando su cuerpo al espejo una última vez mientras empieza a vestirse informal. Unos pantalones de traje granates con finas rayas de seda, los mismos zapatos que llevaba aquel día, una camisa crema de tiempos pasados y el sombrero que ella le dió. Una vez la ropa estaba lista se armó con sus talismanes, amuletos y repelentes lo mejor que pudo. Pulseras de cuero de una res de sacrificio, plumas de las aves de paraíso que habían sufrido el desamor, la cadena de calaveras minúsculas a un lado de su muslo y por último… las vendas en sus manos.

Se dirigió al orbe que levitaba junto al trono, cuya función era cumplir como globo terráqueo y llave de portales. El humo negro se movía agitado dentro del falso cristal y cuando el dios lo tocó el contorno de las fronteras brilló en dorado. -Nueva York…- amplió los Estados Unidos con un gesto sencillo de dos dedos y cerró los ojos, concentrándose en visualizar esa calle donde la vió salir una vez. La imagen en el globo se amplió aún más a Nueva York y ahí a uno de los barrios más conocidos de la ciudad. El dios introdujo dos dedos en el humo negro del orbe y empezó a materializarse lentamente en humo, ya en ese callejón.

En una calle trasera de basuras pudo cumplir la aparición total y tras comprobar que se trataba de ese edificio con un vistazo hacia el cielo, movió el brazo hacia arriba y hacia abajo, pasándolo por delante de su cuerpo para adoptar el aspecto de una chica respetable, guapa y de aspecto inteligente que paseaba por la gran manzana. Un cuerpo atractivo de piel oscura, cejas gruesas, pelo arreglado y unas gafas espesas para darle un toque más intelectual se presenció en la puerta del edificio donde creía que estaba su apartamento. Justo cuando subía las escaleras que daban acceso a la puerta, salía una señora que afianzaba una bufanda densa sobre su cuello. -Disculpe la molestia y mi intromisión… ¿Sabe si vive aquí una chica joven con el pelo negro, alborotado, parecido al mío? Siempre lleva maquillaje negro y es más o menos de mi estatura- dice dulce con voz melosa mientras se lleva una mano a la frente como medidor de altura. La anciana frunce el ceño mientras lo piensa, abrochándose bien el último botón del abrigo y niega con la cabeza, bastante convencida. No recordaba nadie con ese aspecto -Qué mala pata, debo haberme perdido… ¿De casualidad hay algún piso que esté vacío? Pensaba mudarme pronto por la zona y me interesaría…- dice sonriendo y colocándose las gafas con dos dedos. La anciana sonríe amable y le indica con un dedo huesudo las escaleras mientras le nombraba el piso vacío. -Muchas gracias, es usted muy amable, permita que le abra la puerta- dice mientras así lo hace, dejándola salir primero a ella, y cerrando en cuanto lo hace. Ya dentro del portal, dejando los buzones atrás empieza a subir las escaleras, recuperando su cuerpo habitual con pequeños trazos de humo y cargando una caja de madera bajo el brazo, con ingredientes de primera calidad en ella.

Sube con calma al piso indicado y se queda plantado en la puerta. Si esa anciana con alzheimer no la recuerda y está convencida del piso vacío debe ser porque Death no lleva mucho viviendo aquí… Mira una última vez su diestra vendada y luego a la puerta. Se esfuerza por sonreír hasta que el recuerdo de su rostro le viene a la mente y sonríe de verdad. Prepara los nudillos y llama a la puerta tres veces, con fuerza suficiente para que suene potente sin resultar molesto y espera, mostrando el blanco de sus dientes.

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MensajeTema: Re: [15-Nov-2018] A veces el hambre es la mejor especia (Death)   31st Diciembre 2016, 22:20

Una, dos, tres hojuelas y...- ¡Slim! No le quites su comida a Wandsworth...- Meto una cuchara larga que siempre tengo a un lado de la pecera y separo a Slim de las hojuelas de Wandsworth. Uno es un glotón y el otro un remolón al comer, eso complica mucho las cosas entre ellos, como cuando los mortales tienen distintas maneras de aproximarse a la misma situación. Respiro aliviada cuando Wandsworth se come su última hojuela, lo más contento que puede verse un pez dorado. Dejo la cuchara larga en la mesita donde tengo la pecera y me acerco a la ventana, apoyándome en ella. La calle está ajetreada ese día, pero no veo nadie entre el tumulto, ningún poder extraño o presencia perturbadora, por el día de hoy, todo parece tranquilo. Una ilusión, claramente, porque mi antebrazo tiene una cicatriz negra enorme de hace unos días, cuando me propuse salir a dar un paseo a Central Park y unas cazadoras intentaron emboscarme. Por suerte, pude evitarlas sin lastimarlas, pero una me atravesó con su lanza para inmovilizarme. Artemisa, los símbolos en sus armaduras estaban muy mal disimulados, incluso dioses importantes están dejando de tener cuidado, o bien puede ser que sea una facción, no lo sé, son demasiados los que me atacan como para indagar en sus motivos.

Cierro los puños repentinamente, apoyando mi frente en mis brazos. Otra vez las emociones se agolpan como un torbellino, otra vez mi hermana presionándome el pecho, pero solo es su mano tocándome, ella no viene. Si existen aún, ninguno ha venido a mí. - Por favor, quien sea...cualquiera de ustedes, hermanos...- Cierro los ojos con fuerza, y se me escapan unas lágrimas que ya no puedo seguir escondiendo detrás de una fachada de indiferencia por lo que me sucede. No tengo mi galería aquí y no puedo crear una, salir de este planeta sería demasiado arriesgado en mi condición. Incomunicada, impotente, me siento como ellos dos, encerrada en una pecera, como solo pudiendo ver hacia afuera desde una ventana, a través de un cristal insuperable. Sigo sollozando, mi existencia son esas hojuelas, pero yo no soy Slim, el mundo lo es, y yo un pobre Wandsworth que solo quiere comer su comida en paz. Tengo claro que Slim nunca va a dejar a Wandsworth comer en paz. Mientras esté atrapada en este plano, hay una realidad de la que no puedo escaparme: Soy una fugitiva. Una presa escapándose de multitud de cazadores, y de un enemigo que no puedo ver. Una pececita dorada que no sabe de dónde vendrá la cuchara larga a separarla de las hojuelas.

El primer golpe en la puerta me yergue, el segundo me hace girarme de un ligero saltito, como si tuviera resortes en el cuerpo, y solo con el tercero me puedo calmar y sentir quien está del otro lado. Mi pecho sube y baja, mi respiración está agitada, ya tenía mis manos rodeadas de estelas danzarinas de cenizas en caso de que tuviese que defenderme. Respiré hondo y me calmé, revolviéndome un poco el cabello, desde hace meses que he entendido el concepto mortal de temer por la propia vida, es terrible. - ¡Ya voy! -  Paso rápidamente por la mesa y acomodo mi fuente con frutas frescas y el sombrero que él me había regalado en aquella hermosa noche en México, es lo primero que me han regalado en mi vida, en seguida me hace brotar una genuina sonrisa.

Para cuando le abro la puerta, ya me he secado las lágrimas y tengo mi habitual sonrisa, quizás, un poco más aguda que de costumbre, es él. - ¿Has venido hasta aquí a visitarme, Bon? - Me quedo en la puerta, quieta, mirando en sus ojos rojos, y en un instante, los recuerdos de aquella noche regresan a mí: aromas, sensaciones, la danza entre las tumbas, todo vuelve como si estuviese reviviéndolo en un instante. - Oh, sí, pasa...- Y es por ese asombroso poder de la memoria de llevarnos a revivir lo que disfrutamos que es tan fácil perderse en su laberinto. Cierro la puerta detrás mío y lo alcanzo, no es un apartamento espacioso, pero sus zancadas nada tienen que ver con mis cortos pasos. - Bienvenido a mi hogar, y disculpa que no estuviese preparada...- Apenas si tengo mis jeans y mi tank top negros, estoy descalza y sin mi chaqueta, aunque no parece importarle, tiene ese brillo remoto y único que siempre tiene cuando me mira.

- ¿Que traes en esa caja? ¿Es comida? Tengo una cocina, puedes dejarla ahi...- Tiendo la mano para tomársela, y tarde me doy cuenta de que aún tengo la horrible cicatriz negra. - ¡Disculpa! No me di cuenta...- Paso mi mano izquierda sobre mi antebrazo derecho, borrando la cicatriz, que se deshace en cenizas en el ambiente. - Me la hicieron hace unos días, pude escapar de la emboscada, pero dolió durante unas horas, a veces...- Miro mi antebrazo un momento, acariciándomelo suavemente, repasando el lugar donde había estado la herida. -...tenerlas un tiempo más me ayuda a reflexionar...- Inspiro y vuelvo a mirarlo, con la misma sonrisa de siempre, no puedo no estar radiante si él está aquí, me quiere como nadie, eso lo demostró aquella noche. - Y dime, ¿Necesitabas ayuda? Aún no puedo hacer mucho por ti, pero si necesitas que yo...ugh...- Me llevo una mano al estómago, que hace un sonido potente, que alcanzará sus oídos con seguridad. Resoplo ligeramente. - Perdóname, desde que estoy así, tengo...hambre, pasa cada cierta cantidad de horas, casi como los mortales...- Me acerco a la mesa donde están la fuente y su sombrero y tomo una pera de la primera antes de ponerme el segundo, no había pasado desapercibido que llevaba puesto mi regalo, hace que mi pecho se sienta cálido, tanto, que por un instante deja de arder la herida.

- Peras, si no las has probado, son fantásticas, solucionan cualquier problema de hambre en un instante...- La muerdo y el jugo inunda mi boca junto con el trozo de fruta, mastico lentamente y trago, deliciosa como siempre, digna competidora de la manzana. - Si quieres puedes tomar una...- Voy hasta el refrigerador y tomo mi juguera, poniéndola sobre la mesada y volteándome a mirarlo. -...o beber de mi jugo, son naranjas frescas, y puedo trepar y buscar un vaso más para ti de las alacenas - No porque necesite hacerlo, pero me divierte, ahora que no puedo hacer mi trabajo y tengo que pasar la mayoría de mi tiempo encerrada aquí para que no me cacen, empiezo a descubrir que el aburrimiento es algo tan oprobioso como constante. En cierto modo, has vuelto a salvarme de la desesperación, Bon.

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