Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 El tesoro hundido [ahri´ahn]

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Rebecca Logan
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MensajeTema: El tesoro hundido [ahri´ahn]   22nd Mayo 2017, 18:57

[23 de febrero del 2019]

El sol descendía poco a poco hacia el oeste, dejando paso a una noche escampada y fría, natural de la época. La sensación térmica era aún mas baja, a causa del viento que soplaba arrastrando alguna que otra hoja, y la porquería que alguien había tirado al suelo, al lado de la carretera. Polina se mostraba tranquila, mientras avanzaba en dirección a la casa del anfitrión, comandada por la Sheriff. Piernas en los estribos, y manos en las riendas, avanzaba en la dirección a la que se dirigían todas las limusinas y coches de lujo, que alumbraban la carretera con los faros. Todos ellos compartían destino. La oscura mansión del viejo Childhood. Un hombre apoderado de Gotham cuya familia llevaba allí varias generaciones, y de las que se contaban mil historias de terror en los salones engalanados de la podrida ciudad negra.

La mayoría de ellas hacían referencia al extraño afán coleccionista del viejo, cuya vida social se limitaba a las subastas. Sólo eso le sacaba de casa. Pasaba años comprando piezas exquisitas, de la mayor calidad, pero jamás las cedía a museos, hacía exposiciones o les daba ningún tipo de rodaje. Pero una vez cada cierto tiempo, que podía variar quizá por su carácter excéntrico o su falta de dinero, el anciano ermitaño abría las puertas de su gran mansión, invitaba a algunas de las personas mas influyentes o ricas de la ciudad, y vendía las piezas que con tanto mimo había procurado conseguir los años anteriores. Nadie sabía qué le llevaba actuar de ese modo, y ese tipo de comportamientos le habían hecho ganarse apelativos nada agradables como “senil” o “loco”.

Era una hora extraña. Tardía para una subasta, pero la flor y nata de Gotham estaba más que acostumbrada a que sus fiestas se alargaran hasta horas intempestivas, y por lo que podía ver dada la afluencia de coches, y el solar que habían tenido que habilitar a efecto de aparcamiento, nadie pensaba perdérselo. La Sheriff dio una pequeña orden, dando un toque con sus espuelas a la suave panza de Polina, que aceleró el paso con cierta urgencia. Como el recorrido resquebrajado de la seca cubierta del suelo árido, las personas se adentraron a través de las inmensas puertas de entrada labradas en madera de nogal, que dejaban entrever el nivel de exquisitez que cabía esperar de una mansión tan señorial. A pesar de los intentos de su dueño por hacerla ver acogedora alumbrándola con grandes luces, lámparas de araña y ornamentos, nada encubría la impresión de que a esa mansión la estaban devorando desde dentro los grandes huecos, las sombras y  su decoración extraña y retorcida. Sin duda, para cualquiera, ese lugar transmitía una sensación de desasosiego.

Pero no para la mujer cuyas botas vaqueras atravesaban el umbral en ese mismo momento. Su atuendo no solía variar mucho, si bien es cierto que había escogido para la ocasión cada detalle de su indumentaria. Una camisa blanca de algodón de puños anchos, con corte en triángulo y lazada frontal, que le permitía comodidad, y aunque lo ignorara, invitaba a la mirada a colarse a través de su canalillo generoso. Unos pantalones rallados en gris de lana negra se mantenían bien unidos a su cintura gracias al fajín de colores que la envolvía, como muestra del ambiente festivo. Los cobertores de cuero marrón de las botas con espuelas y las pistoleras cargadas con sus revólveres antiguos bien pulidos y abrillantados para la ocasión, combinaban a la perfección con al abrigo de piel desgastado que daba la impresión acertada de ser una reliquia histórica. Los ojos de los hombres en traje, y las mujeres vestidas con sus vestidos largos se giraban para ofrecerle todo el desdén que sus miradas clasistas podían exudar. Pero para la Sheriff, su vestimenta era la ideal. Mucho mejor ahora que cuando se veía obligada a llevar el exoesqueleto, aunque había incluido entre sus gustos los abrigos largos, a causa de ese suceso. Paseó a través de la gran entrada, observando a su alrededor con velado interés, poniendo en práctica la investigación, para sacar conclusiones de cuales debían ser sus movimientos. Nadie sabía qué se subastaría, pero a juzgar por todo lo que podía verse, algo hecho a mano, muy antiguo, y con una gran calidad. Se detuvo frente a un gran mural que tenía espadas de diferentes épocas: espadas españolas y floretes, puñales, estoques, alfanjes, e incluso alguna que otra hacha. Aquello era propio de la comunidad india americana, y estaría dispuesta a pagar una buena suma si alguno de esos objetos era subastado. Por otro lado, quien tenía gusto por las armas, lo solía tener también por las de fuego, y si tenía que elegir, sin duda ese sería el caballo que se llevaría su dinero. Se dirigió a una de las mesas en las que tres hombres enjutos, que parecían demasiado mayores para pertenecer al servicio de una casa y continuar en activo estaban tomando nota de los datos de los presentes.

- Rebecca Logan. - dijo, mientras se retiraba los guantes de cuero blanco, y los guardaba en el bolsillo del abrigo.

- Señorita Logan... número 128.- dijo el hombrecillo trajeado, tendiéndole la pala con su número, y mirando después sus armas. - ¿Puedo preguntarle porqué ha traído armas a una subasta?- preguntó el hombre, incisivo.

- Porque a menos que me equivoque, ganamos la guerra de secesión. O sea que es un país libre. - contestó la Sheriff con una media sonrisa, pero con mordacidaz juvenil. El hombre levantó ambas cejas, y luego frunció el ceño. La vaquera le dio la espalda y se dirigió al gran salón, predispuesto con unas grandes hileras de sillas. En las paredes, colgaban expositores plagados de objetos, que la gente observaba con creciente interés. Se detuvo frente a uno que tenía una pequeña placa con números de cuatro cifras. Eso era todo. En el interior, podía verse un arma extraña, parecida a una lanza, pero con tres puntas.

- Que se desate el infierno. ¿Quién iba a pelearse con un tenedor gigante?- murmuró por lo bajo, mientras miraba el tridente. Menuda arma. Si es que era un arma, cosa de la que la Sheriff no estaba segura.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   26th Mayo 2017, 12:18

Inicialmente le había sorprendido que el primero de los objetos que se necesitaba para llevar a cabo el ritual de resurrección que le había entregado Rip fuese una horca. Es decir... por fuerza había de tratarse de un objeto mágico, ¿y para qué iba nadie a encantar una horca? Habría que tener un sentido del humor muy particular para ello. Así que se había puesto a repasar el pergamino original, escrito en sánscrito, y había constatado que se había tratado de un error de traducción, pues la palabra tri-shula significaba tridente, no horca.

Y no un tridente cualquiera, sino el mismísimo tridente de Shiva, dios hindú de la reproducción y la destrucción y esposo de Kali. Había realizado entonces los hechizos de clarividencia, consultado los augurios buscadores y, oh, sorpresa, había resultado que el tridente de Shiva estaba allí mismo, en los Estados Unidos, en una vieja mansión situada a las afueras de una ciudad llamada Gotham en la que, para más inri, iba a celebrarse una subasta la noche posterior a su encuentro con la hechicera. A menudo Arión pensaba que las parcas tenían un sentido del humor de lo más retorcido, pero en aquél caso no podía negar que la situación era inmejorable para él.

Apareció volando a la hora acordada y descendió justo ante las puertas de la lóbrega mansión, traspasando sin temor el umbral, pues su sentido del peligro permanecía tranquilo y en calma, lo cual significaba que, al menos por el momento, no debía preocuparse por ninguna amenaza.

Los tres ancianos que tomaban nota de los presentes a la subasta alzaron la mirada con genuina sorpresa hacia el recién llegado, y no era para menos, pues parecía salido de otra época. El hombre alto y apuesto que caminaba con dignidad hacia la mesa llevaba una casaca roja larga hasta las rodillas con pliegues en los laterales y el extremo de las mangas vuelto y decorado con botones encima de una chupa de tafetán de seda anaranjado que dejaba al descubierto la camisa con chorreras y una ostentosa gema roja en el cuello. Las calzas negras prácticamente desaparecían en el interior de unas botas altas que llegaban hasta más allá de la mitad del muslo. El largo y sedoso cabello castaño le caía armoniosamente por encima de los hombros. Sin duda era extravagante, pero la nobleza de Gotham también lo era, así que no le dieron mayor importancia más allá de la sorpresa inicial.

- ¿Cuál es su nombre, señor? -inquirió uno de los ancianos.

- Soy el vizconde Jean-Simon Giscard d'Arion -se presentó utilizando su título humano.

- Mmmm... no figura en la lista -dijo revisando el papel.

- Estoy buscando un objeto, muy importante para mí, y recientemente ha llegado a mis oídos que va a ser subastado ésta noche, así que desearía participar.

El anciano intercambió una mirada con uno de sus compañeros, que acababa de comprobar el nombre que había dado Arión en su tablet. Después de constatar que efectivamente era quien decía ser y que poseía una mansión a las afueras de París, así como una más que considerable riqueza, le hizo un gesto de asentimiento al primero, quien le entregó un número a Arión.

- Perfecto. Número 135, puede pasar.

Arión recogió lo que acababan de entregarle, aunque a priori no comprendía muy bien lo que se suponía que tenía que hacer con ello. Entendía el significado del verbo "subastar" pero nunca había estado en una subasta. Aunque bueno, aquello era lo de menos, lo importante era que estaba dentro, y su capacidad de percibir las fuentes de emisión mágica le condujo directamente hacia la vitrina en la que descansaba el codiciado tridente. Allí estaba... exactamente igual que en la ilustración del volumen que había consultado... el tridente del dios Shiva. Pasó sus dedos con veneración sobre la superficie del cristal. Tres puntas; una para crear, otra para destruir y la tercera para regenerar. Se decía que quien lo tuviera en su mano podría controlar los tres aspectos... justo lo que necesitaba para completar el ritual.  

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   26th Septiembre 2017, 01:36

Tras una última mirada de reojo al extraño artefacto, continuó caminando en torno a la sala, haciendo tintinear con energía las espuelas. Observaba las numerosas piezas de arte que salpicaban las paredes, acumuladas en algunas zonas de un modo tan milimétrico que apenas se veía la pared. Pero al Sheriff no le interesaban en absoluto los exquisitos jarrones de dinastías orientales, o las piezas de arte francés arrebatadas durante la revolución, los cuadros plagados de caras que sólo historiadores especializados conocían, o las pequeñas figuras de porcelana fina pintadas a mano y ribeteadas con polvo de oro. No. Para ella, lo valioso estaba en unas cuantas vitrinas que estaban justo al final del recorrido que le llevaba de nuevo hacia el lugar por el que había entrado. En su interior, cuatro cofres que mostraban en su interior armas de fuego de diferentes calibres se exponían sobre un tapizado ajado por el tiempo, algunas de ellas conservaban incluso algunas muestras de la munición original. Al posar las manos sobre el cristal y observarlas con detenimiento, sintió un estremecimiento bastante similar al que solía preceder al instante en que arrastraba del tirante a alguno de sus mozos de cuadras hasta su catre, después de haber tenido un buen día. Se mordió el labio fascinada por las empuñaduras de madera oscurecidas por la suciedad de otra época, fijadas a los recovecos porosos de la misma a causa de la grasa y el sudor de las manos de los pioneros que habían tenido el privilegio de vivir el apogeo de la magia del oeste. Suspiró como una mujer enamorada, cuando deslizó la mano a través de la vitrina, reticente a alejarse de esas cuatro bellezas.

Sobre esa vitrina, había una colgada en la pared que tenía varias piezas indias. Un poco de artesanía, algunas puntas de flecha, un arco, y lo mas importante, un penacho original de jefe indio. Seguramente de algún tipo de Sioux, como los Timicua. O quizá, los Biloxi. Tendría que estar atenta, procurar que no se elevaran las apuestas a su favor, y tratar de jugar inflando los precios de los demás. Iba a resultar una tarea ardua conseguir lo que quería, pero de entre todo, tenía que seleccionar alguna de las piezas como indiscutible y estar dispuesta a ceder las demás de ser necesario. Siempre escogía de entre todo lo que quería algunas piezas innegociables. Incluso había llegado a comprar la información del pujante, para renegociar, en alguna ocasión. Esa subasta sería encarnizada. Aún no había recibido el orden de catálogo de objetos, y conociendo al viejo Childhood, no lo entregaría, como era habitual en las demás. Le encantaba ver como esos desgraciados se mataban por arrebatarle sus posesiones. Había llegado a pensar que era en eso en lo que encontraba disfrute. En arrebatar las cosas a los demás, y después de acumularlas, cederlas para ver como se abalanzaban a por ellas, como buitres buscando la carnaza reseca de algún hueso desecado al sol. Ella había tenido el placer de haber presenciado ese acontecimiento natural en alguna ocasión. De primera mano, en pleno desierto, y podía llegar a comprender al viejo. Es cierto que tenía algo de cautivador.

Aunque el modo en que lo conseguía el magnate de Gotham incluía ese ademán retorcido.

Elevó la vista para encontrar en ese instante, entre la turba de esmoquines y vestidos de gala, a un hombre que posaba la mano sobre el gran tenedor. Incluso aunque su ropa resultaba del todo ridícula; algo que cobraba un sentido crucial teniendo en cuenta el entorno en que se encontraban, puesto que las altas esferas de Gotham tenían una capacidad tan incalculable para el excentricismo como para sus fortunas; algo en ese extraño hombre atrajo la mirada de la Sheriff, como una luz a una polilla. A través de su variopinta vestimenta se adivinaba una musculatura bien formada, su cuerpo era de gran tamaño, y sus proporciones acorde le hacían atractivo. Su expresión era varonil de una manera en la que la Sheriff jamás habría reparado, pues sentía atracción por los hombres de apariencia mas ruda. El vello facial era un rasgo que siempre le había llamado la atención. Ese hombre carecía de él, y a pesar de eso, la masculinidad en la forma de la cara se transmitía a través de sus pómulos altos y pronunciados, su mirada profunda enmarcada por sus cejas oscuras y la prominente nuez que asomaba por su cuello. La melena larga tampoco era del todo gusto de la vaquera, a menos que viniera acompañada de una larga barba, y sin embargo, en ese hombre parecía adquirir una variedad nueva de sentido para la palabra "indómito". Sin reparo, le repasó por completo con los ojos, a través de los invitados que continuaban pasando al salón de subastas.

Después, caló el sombrero sobre su cabeza y caminó en su dirección, haciendo sonar las espuelas hasta ponerse a su lado, contemplando de nuevo esa pieza que para ella no tenía ningún atractivo o misterio.

- Yehaw, forastero. - le saludó, ladeando la cabeza, mirándole de lado con una media sonrisa provocadora, enarcando una ceja. Se sumergió en sus ojos verdes sin ninguna reticencia, con una mirada cálida e inquisitiva. - No habrás cruzado el Mississipi desde tan lejos, sólo para llevarte eso, ¿no? - preguntó incisiva, señalando con la cabeza con un gesto enérgico, para volver a mirarle de nuevo, esperando una respuesta. - Has escogido tu esa ropa, ¿O es que a ti también te subastan hoy? - sonrió ladeándose con seguridad, afianzando una mano en el cinturón a la altura de su cadera, donde había insertado el mando de la pala que mantenía pegada al cuerpo y mostraba el número 128. Le tendió la otra mano abierta. - Soy Rebecca. Pero suelen llamarme Sheriff. - se presentó, esperando que el hiciera lo propio.

De repente la subasta se había vuelto mucho más interesante.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   26th Septiembre 2017, 10:42

Ladeó la mirada hacia quien así le hablaba para encontrarse con una muchacha de apariencia juvenil, aunque sus intensos ojos azules transmitían una fiereza y una seguridad en sí misma que desmentían su edad aparente. Llevaba un atuendo peculiar que no había visto llevar a nadie más en aquella época, pero no se podía decir que le quedara mal; el colorido corsé afirmaba y realzaba su busto, apenas levemente insinuado por la camisa sugerentemente desabotonada. Por debajo del sombrero negro de ala ancha escapaban mechones de cabello de hermosa tonalidad dorada que enmarcaban un rostro proporcionado de nariz respingona y labios carnosos y apetecibles. Del cinto le pendían dos ornamentadas fundas destinadas a albergar las famosas "armas de fuego" de las que Tony le había hablado y que tan comunes eran en el mundo actual. Guardaban cierta semejanza estética con los fásers de la antigua Atlántida, sólo que éstos eran mucho más primitivos... aunque no por ello menos eficientes. Una gastada gabardina larga hasta el suelo junto con unas botas hasta la rodilla por encima de los pantalones de lana completaban el conjunto.

- ¿Disculpadme? -inquirió, confundido, cuando ella habló de su vestimenta-. No estoy seguro de haberos entendido bien... La ropa no la escogí yo. La verdad es que no suelo otorgar mucha importancia a éste tipo de cuestiones estéticas, y aunque así fuera, tampoco sé cómo viste la gente hoy día. Aunque, si no me equivoco, vuestro estilo tampoco es el habitual, ¿no es así? -hizo una reverencia ante la dama y, tomando con delicadeza su mano, la besó en el dorso-. Encantado, Sheriff. Yo soy el vizconde Jean-Simon Giscard d'Arion, pero podéis llamarme Arión. Es como me llaman todos. El nombre completo es... engorroso y difícil de pronunciar...

El nombre de hecho sonaba a francés, pero si la joven prestaba atención podría comprobar que no se detectaba ninguna clase de acento en el castaño. Se trataba de una forma de hablar perfectamente correcta y neutra, aunque algo anticuada en la elección de las formas y palabras.

Los organizadores dieron el aviso de que la subasta estaba a punto de comenzar y la gente comenzó a dirigirse hacia las sillas del gran salón y a tomar asiento en ellas. Arión hizo un gesto gentil a la vaquera para que le acompañara y ambos se dirigieron hacia los asientos de madera.

- Respondiendo a vuestra pregunta, en realidad no he tenido que viajar tanto -respondió con una sonrisa encantadora y amable-. Me encontraba en Louisiana atendiendo a unos asuntos de negocios cuando me enteré de que se iba a subastar esa pieza... Haríais bien en no subestimarla, mi dama... Se trata de un tridente y, si los viejos grabados no se equivocan se trataría, ni más ni menos, que del tridente del dios hindú Shiva... Toda una pieza de colección, ¿no os parece?

Una vez junto a los asientos, retiró una de las sillas en un anticuado aunque caballeroso gesto para invitarla a sentarse, tomando asiento a su lado justo después.

- Y decidme... -inquirió en un susurro mientras los organizadores comenzaban a presentar el primero de los objetos-. ¿Para qué se supone que sirve ésto? -y le mostró la paleta con el número. Normalmente cuando a alguien le interesaba algo en Atlantis, se ofrecía su precio en oro, pero allí la gente estaba diciendo en voz alta cifras de cantidades que Arión no entendía y los miembros del público iban levantando por orden sus paletas. Todo aquello le desconcertaba.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   26th Septiembre 2017, 21:18

- Tu ropa. Eso que llevas puesto. - respondió la Sheriff sin perder oportunidad. - Creo que junto con las cosas que subastan, es lo mas antiguo que hay aquí. - alzó una ceja al escucharle. No le extrañaba nada. Muchos de esos nuevos ricos se ponían en manos de expertos, y toda su imagen dependía de lo que esos desconocidos decidían ponerles cada día. Pero desde luego, el que tuviera contratado se había pasado. - ¿Así que alguien ha decidido que ese es el mejor aspecto que podías tener?- silba, negando con la cabeza, y elevando el ala del sombrero, para volver a mirarle de una manera descarada de arriba a abajo. - Sus ojos harían mejor servicio alimentando a los buitres en el desierto. - sonrió, justo cuando el hombre se inclinaba, y a ella se le escapaba un suave levantamiento de cejas sorprendido. Aunque era contraria a esos modos, poco a poco el trato con el pingüino la había ido suavizando a ese respecto. Acercó la mano a sus labios y le depositó un beso en los nudillos. - Que modos tan suavecitos. - sonrió entrecerrando los ojos. - seguro que eres de los que ronronean. - susurró entre dientes, y lo miró de nuevo a los ojos tras levantarse. - Arión. todo un placer, vaquero.

En ese momento el auditor pidió a través del micrófono que los asistentes tomaran asiento. Con un gesto de la mano propio de un caballero le ofreció acompañarle, lo cual hizo con gusto con un sugerente movimiento de cadera que se realzaba aún mas con el lugar que ocupaba su equipo prendido del cinturón, justo a la altura idónea a la que mirar si querías perder unos segundos en observar el hipnótico balanceo que producía al andar.

- ¿No? Habría apostado mi mina de oro a que eras forastero. - dijo, mientras los asientos iban llenándose poco a poco de ricachones repletos de ganas de gastar, con los talonarios ardiendo en sus chaquetas. - ¿Tridente? hubiera jurado que era el tenedor de pescado mas grande del mundo. - comentó, campechana. Algo que la mayoría de personas que estaban en la sala habrían considerado deshonroso y vulgar. Pero por cómo se comportaba la Sheriff, era más que evidente que ese tipo de opiniones no le afectaban ni lo mas mínimo. - ¿Así que vas a la caza de antigüedades orientales? Puedes quedártelas todas. Yo vengo con objetivos muy concretos. - dijo ofreciéndole paso al llegar a la quinta fila de sillas, dejando que él pasara primero, sentándose ella en la que daba inmediatamente al pasillo. Aunque no solía gustar ese punto, pues por el pasillo se daban carreras, se movían algunos objetos y había distracciones de gente levantándose y sentándose, para ella era todo un ejercicio de investigación. Desde ahí, si se levantaba para permitir el paso, lo cual sucedía varias ocasiones durante la subasta, podía localizar a los compradores mas fuertes, a sus potenciales competidores, y observar a quienes estaban fuera, todo ello desde una cobertura de gesto casual que facilitaba sus decisiones sin que los demás lo supieran. - Pero debes saber algo de mi, vaquero. Donde pongo el ojo, pongo la bala. - dijo, retirando la pala con un movimiento enérgico de su cinturón y tomando asiento sin delicadeza, dejando las piernas abiertas en un ademán poco femenino, que en ese ambiente era abiertamente un modo de rebeldía al convencionalismo. - ¿Es que nunca has venido a una subasta?- preguntó, sorprendida. Aquello si que era atípico. ¿Un excéntrico como ese no había acudido jamás a una subasta? Sin duda su teoría de que se trataba de un nuevo rico se confirmaba. - Levántala y lo verás. - sonrió, agarrándole del codo y elevando su brazo en un gesto ágil y determinado. El subastador alargó la mano hacia Arión, asintiendo con la cabeza.

- 3.500 ofrece el Vizconde D´Arion. - sin embargo, su intento de puja se esfumó cuando continuaron elevando las paletas, y mentando nombres, nombres y mas nombres de la aristocracia de Gotham. La vaquera le devolvió una sonrisa fresca y divertida, tras elevar su sombrero para que la sombra que producía el ala no le cubriera los ojos. - ¿Ves qué fácil? - volvió a calarse el sombrero y se reclinó sobre su silla, resbalando un poco por el respaldo. - Hay un precio de salida, que es el mínimo por el que se vende el objeto. Si nadie lo quiere, puede conseguirse después en negociación privada con el dueño, suele pasar cuando el precio de salida se considera muy alto. Si alguien lo quiere, levanta su pala. Esa pala tiene el número que representa a cada uno de los pujadores. Nosotros. Cada vez que levantas tu pala, ofreces una cantidad mayor que la última que se ofreció por el objeto, sumando quinientos dólares americanos al último precio. Si quieres variar esa cantidad, levantas la pala y dices la cifra en voz alta. - explicó, sin ímpetu, mas bien como quien habla del clima. Quien se lo iba a decir. Explicando uno de los rituales más decadentes de la riqueza a un "alta alcurnia" en el mismo corazón de Gotham. Durante un momento se le revolvió el estómago, pensando en lo orgulloso que su padre se sentiría de ella si se enterara. - ¡6.750!- levantó la pala y exclamó entonces. El hombre la señaló, y continuó la marcha por la pala alzada unas filas mas atrás. - ¿Que, lo ves? - bostezó, con una franqueza mas propia de un niño que de alguien intruído en el protocolo. - Tranquilo, en algún momento dejarán de pujar. Siempre lo hacen. Así podremos dejar atrás ese estiércol de porcelana. Con suerte lo siguiente tendrá mas interés. - comentó desganaza alzando la barbilla.

El martillazo marcó el final de la subasta, y el comisario continuó el procedimiento. Apuntó el nombre, número y cantidad, y la puso en común con los dos supervisores del comisariado. Tras el visto bueno, etiquetó la pequeña escultura con los datos y el sello, dando por finalizada la primera subasta de la noche. La vaquera aprovechó la narración de la siguiente pieza, una especie de reloj de pared de oro horroroso, para girarse y mirar a su improvisado compañero.

- Verás, esto no es sólo lo que ves a primera vista. De momento, saber el funcionamiento básico te ayudará a conseguir lo que quieras, pero aquí hay mucho juego de por medio, y no siempre se gana. Así que aclárame dos cosas. ¿de verdad quieres ese tenedor? Y lo más importante ¿Tienes buen dinero para gastar?- preguntó, para asegurarse de que la idea que le rondaba la cabeza era factible. - Si quieres, te echo una mano, vaquero. Pero tienes que hacer lo que yo te diga. - le ofreció, alentada por su posible colaboración. Gracias a él, subiría las pujas del resto con más rapidez sin que se percataran. Con una buena pantomima encarnizada conseguiría elevar los precios, y sería mas probable que el dinero se agotara al llegar a las piezas que le interesaban. Tenía que arriesgar pero no demasiado. No quería gastar el dinero en un montón de angelotes de ojos llorosos que acabarían volando en pedazos de un tiro sobre la valla de su campo de tiro. - ¿Quieres apostar por el caballo ganador? - preguntó inclinándose hacia él y susurrando de un modo cómplice, irguiéndose en la silla y ofreciéndole una mano para que la estrechara, cerrando el acuerdo. Cuando lo hizo, aprovechó el gesto para colocar la mano de Arión sobre la rodilla izquierda, la pegada a él, y deslizó los dedos sobre el reverso mientras se acercaba aún mas cerca para susurrarle su estrategia al oído, con un tono suave y cómplice.- Mantén tu mano sobre mi pierna. Cada vez que haga esto. - dijo levantando el talón en un gesto rápido y sutil. - Levanta la pala. Si te acaricio la mano, sube doscientos cincuenta. Si ves que en algún objeto retiro la mano para cruzar la pierna, no pujes nada. ¿Entendido?- preguntó, con una sonrisa sugerente, que tenía como objetivo transmitir a los que estaban a su alrededor que ese hombre y ella estaban tonteando. No quería que pensaran que se habían aliado. Las alianzas eran algo que no gustaba en el mundo de las subastas, se veían como una especie de juego sucio. Como si se tratara de un "dos contra uno". - Que empiece el rodeo. - dijo colocando la mano en el muslo, cerca de la de Arión, por si tenía la necesidad de tocarlo, y colocando la pala en su otra mano. Tenía el teléfono móvil preparado en el bolsillo, con dos de sus trabajadores esperando. Pujaba tanto por teléfono como presencialmente. Quería cubrir todos los frentes, y ahora, gracias a Arión, tenía dos pujadores en persona. La Sheriff esperó a que retiraran el segundo objeto, e inició la puja con el tercero, subiéndola rápidamente hasta los 5.000 gracias a su improvisado compañero. Desplumaría a esos ávidos de gastar dinero, antes de que se diesen cuenta.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   28th Septiembre 2017, 01:11

- Ah, eso -una suave y agradable risa emergió de sus labios-. No, nadie la escogió para mí... Digamos que recientemente heredé el título, los terrenos y la fortuna de un familiar más anciano... Y con un cierto rechazo hacia todo lo moderno. Éste atuendo lo saqué de su guardarropa, así que, si debéis culpar a alguien... culpadme a mí.

Y en todos los sentidos, porque había sido su yo más antiguo el que había seleccionado toda la ropa, pero para explicarle todo habría tenido que perder muchísimo tiempo en relatar una historia que incluiría viajes en el tiempo y el inevitable anacronismo de alguien que llevaba existiendo 45.000 años. Quedaba patente que no se encontraban en el lugar ni el momento adecuado para una narrativa tan compleja como la que eso habría exigido, especialmente ante la necesidad que Arión tenía de conseguir ese tridente y la obligada atención extra que le demandaba una situación para la que no estaba en absoluto acostumbrado ni preparado.

- Aunque en mi defensa he de decir también que no encontré mucho entre lo que elegir -dijo tomándose un segundo para observar el llamativo decorado de las mangas como si no hubiera reparado hasta ahora en ello-. Prácticamente toda la ropa era del mismo estilo, y de todos modos no sé lo que se estila en ésta época. Quizá deberíais asesorarme para no llamar tanto la atención -añadió con una sonrisa amable que indicaba que su confianza en su criterio era sincera y que no se había tomado a mal el comentario de la vaquera. Había pocas cosas que podían molestar al atlante, y aunque tenía el alineamiento invertido las cuestiones estéticas no le importaban tanto como para darle mayor importancia a sus palabras, ni siquiera a las que vinieron después, aunque desde luego le sorprendieron-. ¿Perdón? -inquirió, enarcando una ceja ante su comentario acerca del ronroneo. No estaba seguro de haber entendido bien a qué se refería, y si era lo que pensaba, entonces desde luego aquella chica no se parecía en nada a las que había conocido hasta ahora.

En Atlantis la sexualidad se vivía de una manera abierta, pues era vista como algo natural, sin censuras o represiones de ningún tipo. Eran habituales por tanto las proposiciones y comentarios directos y no estaba mal visto que una mujer o un hombre tuviera relaciones sexuales con un completo desconocido o desconocida si los dos se atraían y se mostraban de acuerdo, pero eso no era lo que Arión había tenido ocasión de observar en aquella sociedad. Allí, tanto hombres como mujeres se cubrían con ropajes que no dejaban prácticamente nada expuesto, como si se avergonzaran de sus cuerpos, y la sociedad tachaba de manera peyorativa a las personas que se atrevían a mantener relaciones por el simple y puro placer del sexo, sin que hubiera sentimientos de por medio. Por lo general, la gente se cortaba mucho a la hora de hablar de temas que eran considerados tabú, y por eso a Arión le descolocaba pensar que aquella frase, en labios de una muchacha tan joven, pudiera tener las implicaciones que parecía tener. ¿La habría entendido mal? A menudo le costaba entender los dobles sentidos y las palabras correspondientes a la jerga moderna. Y si realmente se había referido a lo que pensaba que se había referido... tampoco estaba seguro de cómo debía tomárselo.

Por otra parte, también era bastante tímido y en su caso particular no podía evitar que las alusiones sexuales le hicieran sentirse violento cuando se encontraba en público, defecto del que Chian se había aprovechado siempre vilmente porque le encantaba verle sonrojado, cosa que naturalmente sucedió en cuanto se le pasó por la cabeza la imagen que evocaban las palabras de Rebecca, cubriéndose sus mejillas de un leve y pasajero rubor que, con la torpeza habitual que le invadía en esa clase de situaciones (y que a Chian siempre le había resultado tan divertida), no supo cómo disimular, por lo que resultó claramente visible hasta que agachó la mirada, lo cual en su momento pudo parecer una buena idea pero demostró no serlo cuando se encontró atrapado por el sensual contoneo de las caderas de la muchacha. Una sensación súbita de calor se extendió por su cuerpo, incrementando su sonrojo cuando finalmente se sentó a su lado.

- Bueno, en realidad no andáis demasiado errada en vuestra suposición -comentó, ligeramente azorado-: soy de Atlantis, pero los terrenos que he heredado recientemente están en París, aunque, como ya dije, la fortuna quiso que me encontrara relativamente cerca de aquí cuando me enteré de la subasta. ¿No os ha pasado nunca que estábais en el lugar adecuado en el momento correcto?

Al castaño no pareció importarle la manera en la que la rubia se sentaba en la silla; de donde él venía las mujeres no eran tímidas damiselas delicadas que esperaban en su torre a ser rescatadas. La mayoría de las mujeres que había conocido eran guerreras fuertes que superaban en habilidad e incluso fuerza a muchos hombres, así que no le escandalizaba en absoluto que Rebecca no se plegara a lo que la sociedad demandaba de ella. Es más, le gustaba la seguridad en sí misma que derrochaba y lo decidida que parecía.

- No, nunca he estado en una subasta. En el lugar de donde vengo el mercado tiene un funcionamiento mucho más simple.

Hizo lo que ella le indicaba y poco a poco fue entendiendo cómo funcionaba aquello.

- Entiendo... de ésta manera los compradores pueden llegar a pagar mucho más de lo que el objeto podría llegar a valer en una tienda. Cuanta más gente desea el producto, más caro se vende.

Parecía bastante sencillo, pero su siguiente explicación le dio a entender que no era tan simple como aparentaba.

- Ese... "tenedor", como así lo llamáis, me es muy preciado, sí -asintió, esbozando una sonrisa al pronunciar el peculiar apodo que la dama le daba al arma sagrada de Shiva-. Y sí, tengo bastante dinero, y posesiones.

No sabía cuánto exactamente porque nunca se había interesado lo suficiente como para preguntarle a Trykhun, pero después de 45.000 años acumulando riquezas, antiguedades y obras de arte estimaba que debía de ser muchísimo, aunque hasta ahora no había tenido necesidad de recurrir a su fortuna. Quizá ahora demostrara servir para algo.

La muchacha le ofreció su ayuda y, cuando él aceptó, le tomó la mano para colocarla encima de su rodilla al tiempo que deslizaba sus propios dedos por el dorso para acercarse más a él y susurrarle la estrategia al oído. Arión estuvo a punto de no escucharla por culpa de los latidos de su corazón, que sonaban tan fuerte que casi temió que la vaquera pudiera oírlos.

Su mujer llevaba muerta 60 años cuando su álter ego le informó de la necesidad de hacerle viajar en el tiempo hasta el futuro a causa de la Colisión, pero Chian tenía cerca de 90 años cuando murió, y él había hecho envejecer su cuerpo al mismo ritmo que el de ella para no sentirse acuciado por los impulsos y anhelos de la juventud, lo cual significaba que llevaba bastante más tiempo sin acostarse con una mujer. Lo que le había pasado en China no contaba... Aquello no había sido placentero ni agradable para él, pues se encontraba drogado y bañado en sangre cuando ocurrió y, además, no había sucedido por su propia voluntad.

A pesar de eso, no entendía lo que le ocurría. Aunque siempre había sido un hombre pasional y ardiente nunca había tenido dificultades a la hora de trascender los asuntos de la carne cuando la situación lo requería. Arión no podía saberlo, pero desde que su alineamiento había sido invertido le costaba mucho más no ceder a sus deseos e impulsos naturales, y, en aquellos momentos tenía que hacer un gran esfuerzo de voluntad para no pensar en la piel suave y cálida que se ocultaba bajo la lana basta de aquellos pantalones.

- Adelante... -asintió tratando de que no se le notara-. Que empiece el juego.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   3rd Octubre 2017, 02:16

Se atragantó con la frase como si fuese un hueso de pollo que se le había pasado por alto al comer demasiada carne. Eso produjo una suave sonrisa en el joven rostro de la Sheriff, que se tradujo a una suave carcajada musical cuando el color de sus mejillas delató lo que el comentario había producido gracias a la imaginación en la cabeza del hombre al que iba dirigido. en general, los machos de cualquier especie tenían un instinto de lo mas básico y predecible. Por su experiencia, tanto con jóvenes como con maduros, era difícil que no respondieran a ciertas provocaciones, por veladas que fueran, pero en ese caso, debía admitir que el modo de reacción le había resultado de lo más divertido. No era algo que se esperara conseguir sólo con una frase que a ella le parecía de lo mas natural. Había sido una impresión, ni siquiera podría considerarlo una provocación en ese aspecto. Pensando en ello, se dio cuenta de que con un poco de presión, podría hacer un par de comentarios que le arrancarían un sonrojo tan fuerte como para iluminar toda la sala sin necesidad de electricidad o velas.

- ¿Atlantis? ¿No querrás decir Atlanta? - preguntó, alzando una ceja, con cierta duda. Aunque el caso es que el nombre le sonaba de alguna cosa. ¿De alguna noticia quizás? No podía recordarlo, aunque tampoco le dió mayor importancia en ese momento. Tenía que estar centrada en juego. - Desde luego, vaquero. Me está pasando ahora mismo. - sonrió de medio lado, y se permitió guiñarle un ojo, antes de ocupar sus asientos. - Esto no se hace con todo. Solo con bártulos raros, antigüedades históricas y otras zarandajas. Cuanto mas exclusivo sea, más se paga. - él le dió un resumen bastante aproximado de a lo que se refería. - ¡Diana!- asintió. La verdad es que ese modo de explicarlo se aproximaba bastante.

Tras los cinco primeros objetos, la subasta continuó, con un ritmo bastante más acelerado. Los primeros solían ser aquellos que tenían compradores concretos, o que se habían sacado a subasta con anterioridad. Así permitían que los presentes tuvieran tiempo de ir visualizando su estrategia, optimizando sus recursos y ganando ritmo de puja. La emoción se extendía entre los presentes como la pólvora. El sexto objeto llamó la atención de la Sheriff. No lo había visto, quizá por que no estaba expuesto en esas vitrinas. Se trataba de un viejo cinturón de cuero de caballo con espacio para guardar la munición. Estaba datado de la época de la fiebre del oro, y tenía consigo el documento notarial que acreditaba su autenticidad. La mujer esperó a que se alzaran las primeras pujas. Esperó a que los pujadores elevaran el precio hasta el aproximado, en base a subir 250, y cuando se hizo, ella levantó la pala. La última cifra era de 4.500.

- ¡6.000! - exclamó la vaquera, haciendo que a su alrededor se alzaran exclamaciones de estupor durante unos segundos. Era una subida de precio enorme respecto a la anterior. Ese tipo de estrategias jugaban a su favor. Ella ya había decidido un tope en 8.000, pero el resto debían valorar en unos pocos segundos si les merecía la pena continuar subiendo tras ese repentino alzamiento del precio. Era también una demostración de "fuerza" por su parte, evidenciando un poder adquisitivo que le permitía subidas de precio.

-¡6.500!- exclamó en el último momento un hombre con un marcado acento sureño.

- ¡7.500!- exclamó elevando la pala de nuevo.

- ¡8.500!- exclamó el hombre, exacerbado.

Ella hizo una analizó la situación... y lo dejo pasar. Sonrió e hizo un aspaviento con la cabeza. Aquel viejo se había puesto difícil. Por otro lado, en base a pujar alto, había elevado el precio. Eso significaba un buen dinero que quizá, tuviera que valorar cuando fuera a pujar en el futuro.

- Vaya con el viejo. ¡Tiene mas ímpetu que caballo loco!- exclamó, mientras sacaban el objeto y ponían el siguiente. Se ladeó hacia Arión, apoyando el codo más cercano a él en el respaldo de su silla y agarrando con cada mano un extremo de la pala. su pecho se ahuecó haciendo más obvio el canalillo que se intuía bajo su camisa de algodón. - ¿Vas a esperar a tu tenedor, vaquero?- sonrió, antes de echar un vistazo sobre el hombre sentado delante de ella, levantándose un poco incluso de la silla, para comprobar que lo siguiente se trataba de otra pieza de porcelana. Con un resoplido de disgusto, volvió a echarse sobre la silla, y con un suspiro profundo dejó claro su aburrimiento, mientras los objetos corrían uno tras otro. Y después de la primera veintena, se realizó por fin el primer descanso. Con un golpe de martillo, dieron por finalizada la primera sesión.

La vaquera bostezó sin miramiento, y luego, cogió la mano del atlante y le retiró de su rodilla. Se levantó, se estiró y salió al pasillo, donde todos habían empezado a dispersarse.

- Venga, vamos a estirar las piernas. - le dijo, haciéndole un gesto con la cabeza. - Y ni se te ocurra soltar la pala. - añadió, mientras miraba a su alrededor como si todos llevaran una derringer en los bolsos de fiesta y en las chaquetas de esmoquin. Con un gesto rápido, que evidenciaba su maestría, guardó la pala de nuevo enganchada en el cinto, y puso camino a la salida. En el extraño salón donde se había llevado a cabo el recuento de participantes, ahora se repartían camareros que daban ronda entre los invitados ofreciendo bebidas espirituosas y algunos canapés, lo cual estaba haciendo las delicias de esos ricachones que se pasaban los días ensayando como coger las copas con elegancia. Mientras salían, detuvo a un camarero, que la miró sin poder disimular su sorpresa, a pesar de su profesionalidad. - ¿Sólo sacáis champan? - preguntó ella, alzando una ceja.

- No Madame, también dispone de vino blanco, tinto, y de martini. - le explicó el hombre, mientras ella ponía una expresión que dejaba clara la escasez de variedad desde su punto de vista.

- Dime, ¿Crees que puedes conseguirme un Whiky doble, hijo?- preguntó ella, haciendo que el camarero la mirara con aún mas sorpresa. Asintió, con los ojos muy abiertos, y solo entonces, la Sheriff sonrió, y se apartó del gentío, dirigiéndose a un lateral. Por el camino pescó un par de canapés, que mordió y masticó, sin deglutir con la sutil feminidad con que se esperaba que las mujeres tragaran esos diminutos bocaditos. - Mm. Ashi que. - empezó, aún masticando, para hacer una pausa, tragar, y mirar a Arion a la cara.- Has heredado de un pariente rico. Una pena que tus tierras estén al otro lado del mundo. ¿Estás disfrutando tu estancia en Estados Unidos?- le dijo para meterse el otro canapé a la boca. La mermelada de tomate se depositó en su comisura, que limpió con el dedo pulgar mientras terminaba de masticar con la boca cerrada. Tragó, lamió su dedo introduciéndolo entre los labios, brillantes de saliva, y después los relamió metiéndolos hacia dentro y asomando después un poco la lengua , para asegurarse de que no quedaban restos. Repasó el interior de su boca con la lengua, y tras chasquearla y asegurarse de que no quedaban restos de comida, agarró a Arion por la pechera de la túnica, para atraerle más cerca de ella, a una distancia en la que pudieran hablar en voz baja.

- Venga, cuéntame el secreto del tenedor. Seguro que tiene algo interesante. - comentó soltándole y apoyando ambas manos en el cinturón cerca de la hebilla, mientras le observaba con atención, y a su vez vigilaba por el rabillo del ojo las cercanías de sus contrincantes. Muchos de ellos le eran conocidos del entorno de su padre. Pero no tenía el menor interés en perder tiempo saludándoles. Esa noche no.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   14th Octubre 2017, 00:31

- Ni siquiera sé lo que es Atlanta, mi señora -respondió el mago para, seguidamente, atender a sus explicaciones.

A medida que la subasta se continuaba le iba resultando más claro su funcionamiento; al final resultaba que no era nada complicado, simplemente algo que le había resultado inusual en un principio.

Por más que su ingenuidad podría dar la impresión equivocada al conocerle, lo cierto era que Arión era un hombre observador e inteligente, así que se dedicó durante todo el tiempo a mirar, escuchar y aprender, sin perderse detalle cuando su compañera decidió participar a su vez de la puja, tomando nota mental de la manera en la que había incrementado sustancialmente la cifra final. Lo que Arión había observado era que normalmente las cantidades no se elevaban demasiado de una puja a la siguiente, a menos que el comprador tuviese realmente mucho interés en el objeto en sí y no quisiera correr riesgos, pero si no era así no tenía sentido ofrecer 6000 cuando a lo mejor podrías llevártelo por 5000. ¿Qué habría visto la Sheriff en aquél viejo cinturón? Ni siquiera era mágico.

La pugna entre los dos continuó hasta que el sureño ofreció 8500, momento en el que la vaquera decidió recular.

- Vaya con el viejo. ¡Tiene mas ímpetu que Caballo Loco! -en otras circunstancias quizás le habría preguntado acerca del tal Caballo Loco, pero en aquél momento tenía otras cosas más agradables en mente, como la vista que la vaquera había colocado inadvertidamente ante él y que dibujó sin querer una sonrisa en sus labios-.  ¿Vas a esperar a tu tenedor, vaquero?

- Bueno... no tengo prisa, ¿y vos? -inquirió, divertido ante su gesto de aburrimiento.

La paciencia era una cualidad necesaria para un mago, especialmente si dicho mago era inmortal. Todas las experiencias nuevas y desconocidas que estaba viviendo en aquella era le resultaban interesantes, así que le causaba curiosidad observar el proceso en su totalidad.

Cuando se produjo el descanso la siguió hasta la zona en la que los camareros estaban sirviendo el catering y se hizo con una pequeña tosta que llevaba una gamba sobre un nido de lechuga bañada en salsa rosa mientras la vaquera conversaba con el camarero.

- ¡Hm! -exclamó, impresionado. Nunca había visto servir comida en porciones tan exiguas. Por lo general los alimentos en el palacio del rey se servían en enormes bandejas durante los banquetes. Tampoco había probado nunca la salsa rosa, y su sabor le resultó refrescante y original-. A mí póngame una copa del mejor tinto que tengáis -le dijo al camarero cuando ya se alejaba con el pedido de Rebecca. Arión no era dado a beber alcohol, pero últimamente no le hacía ascos a una buena copa de vino de tanto en cuanto.

- Ashi que -empezó la rubia devorando a su vez un canapé a su lado-. Has heredado de un pariente rico. Una pena que tus tierras estén al otro lado del mundo. ¿Estás disfrutando tu estancia en Estados Unidos?

- Pues... no llevo más de 24 horas, pero diría... que lo estoy pasando bastante bien... -musitó mientras observaba la manera voluptuosa en la que Rebecca daba cuenta del segundo canapé.

Siguió el recorrido de la gota de tomate y del dedo que empleó para limpiarla, hipnotizado por el movimiento concupiscente de su lengua y por el brillo rojo de sus labios húmedos, teniendo una imagen mental muy clara de otras cosas que se podrían lamer con esa boca. Su mirada se enturbió ligeramente a causa del deseo, demorándose un tiempo en sus labios cuando ella le atrajo hacia sí, preguntándose a qué sabrían.

- Bueno... se llama "trishula" y simboliza las tres funciones de la tríada: la creación, dominio de Brahma, el mantenimiento, propio de Visnú, y la destrucción, obra de Shiva. Cuando se encuentra en la mano de Shiva indica que los tres aspectos están bajo su control. Como arma, el tridente representa el instrumento de castigo al malhechor en los tres planos: espiritual, mental y físico. Otra interpretación del tridente es que representa el pasado, el presente y el futuro. Pero decidme, Sheriff... ¿tenéis algo que hacer... después de la subasta? -sus ojos esmeralda se prendaron en los suyos al tiempo que sus dedos subrayaban la pregunta recorriendo de manera muy superficial, casi sin tocarla, la lazada que mantenía cerrado el escote de la camisa, dejando claro que sus palabras eran únicamente una oferta lanzada al aire, no una imposición. Jamás la tocaría a menos que ella quisiese-. Así podríamos seguir hablando de mitología... o dedicarnos a actividades más placenteras, lo que prefiriera mi señora.

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   31st Enero 2018, 22:20

La vaquera sonrió cuando le preguntó. Ese modo de hablar le hacía mucha gracia. En cierto modo, para el observador externo, resultaría muy extravagante. Era como ver dos épocas distintas conversar en un salón futurista que no encajaba con ninguno de los dos.

- Yo lo único que quiero es animarles a que continúen con el gatillo fácil. Así, me aseguro de que para cuando salga mi diana, estén sin cartuchos. - comentó en voz baja.

No era cuestión ir exponiendo las estrategias para que cualquiera pudiera oírlas. De hecho puede que tampoco comentarlas con el extranjero fuese del todo buena idea. Actuaba de un modo galán y encantador, y por experiencia, hay pocos hombres que se comporten así a menos que pretendan sacarte algo. Puede que sólo se estuviese haciendo el tonto para que no le viera como una amenaza. Para comprobarlo tendría que ver cómo se comportaba una vez el tenedor saliera a escena. Pero para eso podía quedar mucho tiempo que matar, y hasta entonces, era mejor tener a alguien divertido y excéntrico, que a un montón de viejos babeantes que le preguntarían por su padre para tener una excusa con la que asomarse unos segundos a su canalillo.

- Por las 58 muescas de Jhon Wesley Hardin. ¿Y lo primero que se te ha ocurrido para pasar el rato es meterte a buscar pepitas de oro en este meadero de ciudad?- preguntó sorprendida. Al terminar de tragar asintió con la cabeza. Entendía que no era el mejor sitio para estar, pero lo cierto era que si quería ese tenedor viejo con la misma fuerza con la que ella añoraba esas reliquias de la época dorada, no le extrañaba que su primera parada hubiera sido esa porquería de ciudad. Es habitual que el potro que más coces da sea también el que salta mas alto.

A medida que el hombre le explicaba todo el simbolismo y la jerigonza que traía consigo el tenedor, más alzaba las cejas la vaquera. Comprendía ese lenguaje, y había hecho bien en hablar con ese hombre. Sin duda se trataba del tipo de explicaciones retorcidas que le habían dado de vez en cuando en el B.P.R.D. Hellboy había hecho mucho hincapié en que debía entender el motivo por el que la ingenua explosiva dañaba a las criaturas por la madera con que se había realizado al mango. Al parecer provenía de la cruz de cristo. Al principio se había tomado eso como una bravuconada, hasta que había descubierto todo lo que guardaban bajo esa supuesta planta de reciclaje de basuras. Allí tenían multitud de artefactos, a cual mas raro, capaces de supuestos prodigios que el Sheriff había presenciado con sus propios ojos. Armas capaces de cortar la piedra de una gárgola, o de lanzar aire cortante, o incluso de invocar al trueno, al hielo y al fuego. Empezaba a preguntarse si ese hombre sería capaz de alguna de esas cosas, y si era el tridente el que poseía esas fuerzas extrañas o por el contrario, se trataba de una herramienta mediante la cual hacía uso de esos prodigios. Igual que lo era para ella un arma de fuego.

Estaba pensando en ello, pero la mano de él se dirigió al cordón de la lazada de su camisa, paseándose fugazmente, al tiempo que la miraba a los ojos al hacer su siguiente pregunta. No era una maestra en la seducción, de hecho, ignoraba la sensualidad de sus propios gestos. Quizá se debiera a la juventud, a su carácter fuerte, o a su físico que era atractivo según los cánones. Pero de lo que si sabía era de la tensión sexual, de rituales de apareamiento, y de la sensación de anticipación que el gesto de él había producido. Lo bastante como para olvidar el hilo de sus pensamientos.

- Nada mas allá de una buena cabalgada bajo las estrellas. - sonrió, dejando un claro doble sentido flotando en el aire. Era lo más a lo que la Sheriff podía aspirar respecto a sutilezas. - Pero si tu no tienes nada que hacer, podrías acompañarme. Mi rancho no está muy lejos. - alargó la mano hacia una de las bandejas, y masticó de un solo bocado otro de los canapés. Uno de gamba con salsa rosa. Pero en esta ocasión, no lamió su dedo, si no que lo posó sobre los labios de él, con la pretensión mas que clara de que fuera Arión en esta ocasión quien se ocupara de limpiar los restos de la salsa. - Lo único que espero es que tu no seas de gatillo fácil. - sonrió con picardía, antes de recuperar su dedo. - Otra cosa. Vas a tener que endurecerte un poco si quieres seguirme el ritmo...- se acercó a él, sin dejar de mirarle de una manera penetrante a los ojos. Sus labios lo bastante cerca para notar la respiración de él.- Así que olvida el royo ese de vos. - añadió entreabriendo los labios...

- Ejem. - la vaquera desvió la mirada para encontrarse al camarero azorado, y no sólo a él. Si no a un buen conjunto de gente que acto seguido retiró la mirada. El Sheriff adoptó una expresión endurecida, con el ceño levemente fruncido. Alargó la mano hacia la bandeja y cogió la copa de vino y el Whisky. El camarero, sonrojado, se retiró para continuar con su tarea.

- Tienen un don para sacarme de quicio. - aseveró, alargando a Arión su copa. Alzó ambas cejas y le ofreció el vaso de cristal grueso. - En esta segunda tanda tenemos que estar atentos. Es casi seguro que esta subasta será en dos tiempos. - comentó mirando el reloj de la pared. Parecía de nuevo la mujer que elucubraba con la pala en la mano cuánto podría exprimir a sus compañeros de puja, y no la seductora dominante que había visto segundos antes. Fué tan drástico que casi parecía un espejismo. Pero lo hizo por una buena razón. No le gustaba dejar las cosas a medias. En ningún caso. Pero cuando se trataba de un acto cometido con pura impulsividad, apetito o deseo, quería tener la certeza de que iba a llegar hasta el final. Pero de momento tenía que centrarse en su objetivo. Primero la ganancia, luego la celebración. - Así que sin duda, lo que buscamos va a estar en esta mitad. Prepárate y no seas muy obvio. Con un poco de suerte habremos terminado antes de que puedas decir: "Oh si, así, mas fuerte". - sugirió, con un entrepunto extraño entre la lascivia y la impasibilidad. En ese momento, avisaron de que la subasta comenzaría en quince minutos, y que debían acabarse el ágape para volver a los asientos, ya que no estaba permitido pasar ni comida ni bebida a la zona de subastas. En ese momento, la Sheriff recibió una llamada. Pidió disculpas a Arión con un gesto quedándose atrás, y escuchó la voz de sus trabajadores al otro lado, en una llamada a tres bandas. La vaquera dio unas cuantas explicaciones. Cuando colgó el teléfono, supo que en cierta manera, estaba a punto de invertir el dinero en un gran incentivo.

A pesar de la sorpresa de sus trabajadores, las órdenes habían sido muy claras: "Conseguidme ese tridente".

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MensajeTema: Re: El tesoro hundido [ahri´ahn]   14th Febrero 2018, 12:51

Sabía lo que eran los cartuchos porque Razor se lo había explicado y había visto a Hellboy usar su pistolón, por lo que pudo entender el símil que estaba aplicando la vaquera y asintió, sonriendo. Era la mejor opción que tenían en aquella situación a la que poco a poco estaba empezando a habituarse.

La siguiente expresión, totalmente genuina de la Sheriff, sí que le pilló más por sorpresa. No sabía quién era el hombre al que citaba y la pintoresca y florida manera que tuvo de describir la ciudad le resultó extraña.

- Hmmmm... No estoy seguro de haberos entendido... -respondió enarcando una ceja en una leve muestra de extrañeza-. Mi residencia habitual se encuentra en París y hasta ahora lo único que conocía de Estados Unidos es Nueva York, California y Metrópolis. He pasado brevemente por Louisiana antes de venir hasta aquí, pero se trataba inicialmente de un viaje de negocios, no de placer. No tengo intención de visitar la ciudad; sólo he venido porque me enteré de que se iba a llevar a cabo la subasta y deseaba adquirir ese tridente. ¿Tan horrible es Gotham, mi señora?

Una vez expuestos sus objetivos, ella reveló los suyos, que pasaban por una sugerente imagen a cielo descubierto bajo las estrellas seguida por un comentario que indicaba que todavía la noche podía acabar mejor si la cosa iba bien.

- Me encantaría -dijo con una sonrisa-. Hace décadas que no disfruto de una buena cabalgada.

Quizá tendría que haber añadido la palabra "voluntariamente".

Llevaba muchos años guardando luto por su mujer fallecida, pero, por alguna razón ahora el tiempo transcurrido se le hacía más pesado que nunca, y el consejo que le había dado Trykhun hacía tan sólo dos días regresó a su mente: salir de los confines de la mansión, relacionarse con otras chicas... Su viejo mayordomo opinaba que hacer vida normal y divertirse sería la mejor manera de... olvidar lo que le había ocurrido en China.

Una ligera sombra surcó su semblante al recordar lo impotente que se había sentido, la frustración de saberse un juguete en manos de otra persona, y se acabó de un sólo trago la copa de vino que tenía en la mano. Las viejas lágrimas de rabia pugnaban por aflorar de nuevo, pero se las tragó de la misma manera que había hecho con el alcohol y una quemazón amarga le descendió por la garganta.  

Se acordó de Rydia, la joven doncella con la que la fortuna le había hecho coincidir aquella misma noche a causa de un trágico acontecimiento en París. Ya se habían encontrado un par de veces con anterioridad, y en una de ellas habían hecho un buen equipo combatiendo juntos. Por algún enigmático capricho del destino se sentía atraído hacia ella, y había tratado de comprobar si el sentimiento era mutuo invitándola a cenar, pero no había obtenido los resultados esperados, y ahora se sentía... No sabía muy bien cómo se sentía, pero lo que sí tenía claro era que algo como lo que la vaquera le ofrecía era justo lo que necesitaba para sentirse mejor. Desde lo de Viper tenía la necesidad de sentir que controlaba aquél aspecto de su vida; que podía acostarse con quien él escogiera, de manera voluntaria y libre y sin que le forzaran a nada. Y sentía que hasta que no lo consiguiese no podría sentirse del todo bien consigo mismo.

El dedo femenino se posó sobre sus labios devolviéndole a una realidad llena de promesas mucho más satisfactorias que las pasadas experiencias vividas, y el mago no dudó en lamerlos, dirigiendo a la vaquera una mirada cargada de pasión y deseo. La salsa era dulce, y combinaba bien con el sabor del alcohol que aún tenía en la garganta dejándole con ganas de más... y no precisamente comida.

- Oh, créeme, no lo soy -cuando ella se acercó, le pasó el brazo por la cintura haciendo que sus cuerpos se aproximaran lo bastante para que ella pudiera notar su erección cuando sus labios casi se unieron a los suyos-. Y tampoco creo que vayas a tener motivo de queja acerca de mi dureza... o de mi capacidad para seguirte el ritmo -añadió con una sonrisa maliciosa, totalmente recuperada la confianza en sí mismo. Arión no tenía ninguna duda acerca de sus cualidades como amante, pues habían quedado demostradas en innumerables ocasiones en el pasado, y no era tampoco ningún novato en el arte de la seducción, no a aquellas alturas. Sabía lo que Rebecca estaba haciendo al provocarle, pero él también sabía jugar a ese juego con sus mismas armas y se aseguraría de que la mujer ansiaba tanto ese momento a solas como lo deseaba él.  

La inoportuna intervención del camarero por lo general le habría hecho retroceder avergonzado, pero eso era antes... Antes de lo de China. Ahora, la presencia oscura y despótica que estaba comenzando a germinar en su interior se agitó, molesta, y le hizo encararse con quien con tan mala fortuna había interrumpido su momento.

- La señorita y yo no tenemos más necesidad de sus servicios -dijo con sequedad en cuanto la vaquera hubo cogido las copas de la bandeja-. Así que no vuelva a acercarse a menos que así lo requiramos.

- Tienen un don para sacarme de quicio.

- No hay duda de que saben ser inoportunos -con una sonrisa plena de confianza, el Sumo Mago alzó su copa para brindar con la de ella y asintió a su consejo-. Regresemos pues -dijo, sin poder contener una sonrisa maliciosa ante su siguiente comentario-. Espero que termine pronto para que podamos retomar lo que habíamos empezado... Porque te aseguro que lo de después va a ser muuucho más largo. Y quien sabe... -se inclinó para retirarle un mechón de cabello tras la oreja y le mordió leve y fugazmente el lóbulo antes de susurrarle al oído-: quizá seas tú la que termine gritando...

En ése preciso momento sonó el teléfono de la vaquera, así que Arión simplemente se encogió de hombros y regresó a su asiento.

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El tesoro hundido [ahri´ahn]
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