Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 [Mini-Evento] La cura para uno mismo — (Hermanas Stavridis, Nethel, Gabriel LeBlanc, Roy Harper) — 8 de Marzo de 2019

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Moriyama Fuka
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MensajeTema: [Mini-Evento] La cura para uno mismo — (Hermanas Stavridis, Nethel, Gabriel LeBlanc, Roy Harper) — 8 de Marzo de 2019   14th Septiembre 2017, 16:19

Contempló cómo los cálidos colores del amanecer ahuyentaban las últimas estrellas, tiñendo el cielo de un tono pastel que poco a poco se volvía incandescente, cubriendo el horizonte de vida. Miraba las nubes, primero con la mente en blanco, dejando simplemente que el paisaje le empapara de la calma que le otorgaba su hogar. Había llegado el momento de abandonarlo, y sin embargo, dudaba.

Moriyama adoraba las noches estrelladas, y en aquella recóndita cabaña en mitad del bosque tan sólo los árboles privan sus ojos del cielo más maravilloso que podía contemplarse en la era moderna. A menudo vagaba por el bosque hasta encontrar un claro que le permitiera perderse bajo la luz de la vía láctea, y contemplar con una sensación, que para él no podía ser descrita de otro modo que amor, el vasto infinito perlado de astros.… O al menos, con lo más cercano al amor que el japonés había sentido en sus alrededor de treinta años de vida. El firmamento tenía algo mágico que le hacía olvidarse de cuanto había vivido y como toda bella ilusión, desaparecía con el amanecer.

Toda su vida se había centrado en mantenerse aislado, en dejar atrás la civilización para no poner a nadie en riesgo. Hasta ahora. Había llegado una carta, y en ella una noticia que le forzaba a ponerse en marcha…



Papara - Tahiti - Polynesia Francesa
Viernes 8 de Marzo de 2019, 08:43


Siendo una ciudad reconocida por las grandes olas y su predisposición al surf, Papara es una ciudad repleta de turismo. No es fácil que por donde sea que uno intente moverse, turistas y tendederos salgan al paso, pretendiendo vender distintos souvenirs, o pidiendo en varios idiomas que alguien sostenga una cámara y les saque una foto. Lejos del movimiento y las zonas más concurridas de la ciudad, se ha instaurado un pequeño “puerto” clandestino en una de las pequeñas islas, rozando la frontera con Mataiea.

James camina nerviosamente por la cubierta, de un a otro lado esperando a que lleguen sus invitados, pero están lejos de estar listos. Aun en la arena descansan varias cajas repletas de comida enlatada y secada, indispensable para el viaje que tenían por delante. Y pese al dinero que descansaba en su bolsillo y la promesa de recibir todavía más al llevar al grupo a su destino, James Morrison estaba intranquilo. La cantidad de ceros había hecho que se lanzara a firmar un contrato sin pensar dos veces en las consecuencias de sus actos. ¿Quién iba a pagar tanto dinero por un simple trayecto de ida y vuelta? ¿Qué implicaba el coste de ese viaje?
Tal vez estaba traficando con esclavos. Niños secuestrados y prostitutas.
Una fría gota de sudor bajó por su morena frente y fue a perderse en la descuidada barba. Sus ojos navegaban por el pequeño islote esperando ver al fin a los rufianes que iban a abordar su barco. Pero más lejos de la blanca arena y las altas palmeras, allí todavía no había nadie.
Sintió los nervios posarse en la boca del estómago y por un instante tuvo la sensación de sentir el mareo que algunos bien conocían como las náuseas que traían consigo las olas del mar. Ese pensamiento le hizo enderezarse y tomar una profunda bocanada de aire. Era el capitán de un navío, y no era su lugar, el sentirse enfermo sobre el mar. Hacía un día hermoso, de cielo despejado y el caluroso sol se reflejaba sobre el mar centelleando como si el agua compusiera un mosaico de piedras preciosas. Y alejada de la costa, donde los arrecifes de coral y superficial suelo marino no pudiera embarrarla, descansaba su orgullo.

Meherio era una nave hermosa, o más bien, un pequeño crucero. Había espacio de sobras para aquellos que tenían que abordarlo, suficiente para que la tripulación pudiera seguir llevando a cabo sus tareas sin importunar unos a otros. Y pronto sería recorrida por personas que hasta donde él sabía, no conocían los peligros del mar. Las olas de espuma lamían su embarcación, invitando a la promesa de una travesía agradable. Las camarotes que iban a alojar a los siete invitados estaban ya preparados a estribor y dispuestos a la espera de los equipajes que durante el próximo día acarrearía en ida y vuelta.

Caminó hasta la popa y de un salto, bajó del barco. El agua fría le ayudó a despertar de aquello que se les venía encima y dobló el torso para que el líquido cristalino cubriera sus manos en forma de cuenco, para luego mojar su cuello y nuca. El mar le hacía sentir vivo y le daba fuerzas, y con un aire reanimado, caminó hasta la arena, sentándose a esperar el resto.

Lo que no sabía James, era la naturaleza de su misión. Cualquier cosa que pudiera imaginar, se aferraba estrechamente al concepto de mundo que tenían antes del incidente de la colisión. Pero no, eso iba mucho más allá. En una isla cercana se escondía una base subterránea que se extendía durante un par de kilómetros bajo el suelo marino, donde una organización llamada Essentia Verum había encerrado contra voluntad a cientos de niños y adultos de todas las razas y géneros con una única cosa en común. Un don, bien innato o adquirido, que les permitían hacer cosas únicas y excepcionales. Pero ese lugar no era una cárcel, no era un recinto donde apartar a monstruos. Eran unos laboratorios, cuyo objetivo era aislar el gen humano que portaba aquellos poderes y encontrar un modo de neutralizarlos. Alguien sabía que eso era así, y peor aún, que estaban a punto de lograrlo. Y por ello habían extendido su influjo, valiéndose de contactos y su poder político para ponerse en contacto con varios grupos, a la espera de poder reunir un grupo de gente que pudiera detener a Essentia Verum, antes de que su “suero” pudiera caer en malas manos. Así contactó una mujer llamada Nia con ShadowPact y Shield, a la espera de que pudieran asistirle en robar y destruir esa vacuna.
Si alguno de los miembros de este improvisado grupo fuera a traicionarla, y quedarse para sí el experiento, tendría que ser la propia Nia quien les diera caza… Pero esperaban que las cosas no llegaran hasta ese punto.

El primero en llegar fue un hombre adulto, de largos cabellos enmarañados y un aspecto más bien andrajoso. ¿Quién vestía totalmente de negro en esa isla, a pleno sol y con un tiempo tan caluroso? Aun así el hombre se acercaba a pasos lentos y con el aire perdido de quien no está del todo seguro de lo que dice o lo que hace. Morrison estaba preparándose ya para mandarle de vuelta a su casa cuando el extraño habló en una voz ronca.

- ¿Tetiaroa?

Morrison asintió, sin terminar de entender qué hacía aquí aquel hombre. Pero antes de poder preguntar, el moreno caminó dentro del barco y se instaló. Todo estaba preparado. Tan sólo quedaba esperar. Poco a poco llegarían aquellos que habían acudido a la llamada, bien ante la promesa del dinero ofrecido a cambio, de ganarse el favor de alguien que según Nia, era un formidable aliado con poder e influencia en varios países, o con el objetivo propio de sacar algún beneficio de aquél laboratorio.

La siguiente en llegar, fue la propia Nia. Una joven de rasgos asiáticos, cabello largo y negro, liso y ojos violetas. Llevaba una chaqueta negra con capucha y una katana colgada a su espalda que era casi más larga que ella. James la repasó de la cabeza a los pies, curioso por su arma y el aspecto discordante de la mujer. Sin embargo ella se movía con la calma de quien está acostumbrado a ese tipo de trabajo y no pareció sorprenderle en absoluto la mirada inquisitiva del capitán, o el extraño aspecto del hombre que había subido antes que ella.

- Morrison - preguntó la joven con un marcado acento japonés, a la par que sacaba un sobre del bolsillo. - El resto del pago. Saldremos de inmediato en cuanto lleguen todos los demás. Sin preguntas.

James no estaba acostumbrado a recibir órdenes. Pero tampoco era de aquellos que se arriesgaba a perder un negocio por orgullo y sus ojos avariciosos contemplaron el grueso sobre que sostenía la asiática.

- Sin preguntas. Pero dentro del barco, se hace lo que yo diga. Mi nave, mis órdenes.

Nia sonrió abiertamente, quitándose la capucha y sentándose en otra de las cajas que descansaban en la arena, a la espera de ser cargadas en el barco.

- Lo que usted diga, capitán.

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Roy Harper
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MensajeTema: Re: [Mini-Evento] La cura para uno mismo — (Hermanas Stavridis, Nethel, Gabriel LeBlanc, Roy Harper) — 8 de Marzo de 2019   17th Septiembre 2017, 19:54

Su móvil sonó. Respondió con su habitual tono amable. La voz del otro lado de la línea le preguntó por un trabajo pasado.  La llamada le resultó un tanto extraña. Se removió algo en su interior, una suave nostalgia le invadió por un instante.  Parecía que de ese momento había transcurrido una eternidad. Ahora su vida era radicalmente diferente. No podía establecer cuál fue el momento en el que todo cambió de rumbo. Quizá fue el efecto Omega o quizá fueron sus esfuerzos por mejorar no lo podía asegurar con precisión absoluta. Quizá fuera una mezcla de ambas cosas. El pelirrojo no se esperaba que nadie le volviera a llamar por aquella labor del pasado. Un voz femenina le pedía colaboración para una arriesgada misión. El arquero estuvo tentado de responder negativamente pero la curiosidad le pudo y aceptó. Además el dinero nunca venía mal y se encontraba en un momento, que si bien no buscaba enriquecerse, cualquier dinero extra le venía bien. Le había  llegado una pequeña sorpresa que le generaba un aumento de sus gastos. Para qué mentir también le gustaba sentir la adrenalina corriendo por sus venas cuando se enfrentaba a un peligro inquietante y posiblemente mortal.

En una caja de papeles entremezclados encontró una pequeña tarjeta. Un reducto de una época anterior.  Miró una y otra vez la tarjeta desgastada y arrugada. Pasó sus dedos por el logo y luego por el número de teléfono. Esa propaganda que una vez inundó varias ciudades de Estados Unidos y que creis que ya estaba olvidada y enterrada. Hacia mucho tiempo que no veía ni aquel número ni pensaba en aquella empresa. Ren a Bat, RedArse (culo rojo) como la llamaba en la intimidad y de forma jocosa Roy, una empresa que había formado con su buen amigo Jason para ayudar y dar salida a sus trabajadas habilidades. Su actividad empresarial que había fracasado estrepitosamente y había fomentado la separación del equipo Red Hood & Arsenal.


Después de colgar la llamada se sintió un poco inseguro. Miró al bebé que dormía en la cuna, su principal preocupación en esos momentos. Su retoño. ¿Estaba siendo un imprudente al embarcarse en un misión cuyo riesgo era elevado? Suspiró. No quería repetir la historia de su padre. No quería dejar a otro Harper huérfano. Era aún muy pequeña pero en nada iba a necesitar muchas cosas y Roy no tenía nada ahorrado. Siempre se había fundido todo el dinero que disponía. No sólo era él dinero. Lo que más le importaba era el bienestar de los inocentes. Según había relatado la mujer del teléfono era una organización que raptaba personas para experimentar con ellos. ¿Podía vivir sabiendo que tenía la oportunidad de salvar a unas personas que estaban sufriendo y les había negado su ayuda? ¿Cómo iba a decirle a su hija que había que ayudar a los demás y luchar por un mundo mejor si él negaba su ayuda a esa gente? ¿Cómo iba a mirar a Liam a los ojos y educarla en los valores de cooperación y convivencia si cerraba los ojos cuando sabía que se estaba cometiendo una injusticia? ¿Cómo decirle que hay que enfrentarse a las injusticias si dejaba que se siguiera perpetrando aquel ultraje? No podía engañar a su pequeña. No se le daba nada bien mentir ni vivir ocultando cosas o en estados que él consideraba de hipocresía.  

Cerró fuertemente los ojos y se mentalizó. Había tomado un decisión un tanto irresponsable pero iba a volver a casa con su hija. Iba ir a aquella misión, iba a evitar tomar riesgos innecesarios, iba a preocuparse por su integridad física e iba a volver sano y salvo a su casa con su bebita. ¿Estaría bien dejarla al cuidado de otras personas algunos días? Acarició la carita de su niña. Y mejor una persona que no hiciera muchas preguntas ni cuestionase sus decisiones dejando patente que era un tanto imprudente y temerario. Oliver no, Dinah seguro que le reñía, sus amigos de los titans no deberían enterarse, ¿Jason? No, posiblemente ni siquiera pudiera hacerse cargo de un pez de colores  … Cogió el teléfono y llamó a Artemis. Su familia estaba formada íntegramente por villanos seguro que no le parecía muy mal su decisión.  Mejor decirse simplemente que necesitaba que cuidara a Liam unos días y ella pensase lo que quisiera: que era por su trabajo o que tenía un ligue, lo que fuera.

Habiendo dejado a su pequeño y lindo tesorito a buen recaudo, partió hacia el lugar donde estaba el lugar de reunión. Tomó un avión rumbo a aquel lugar. Allí conocería a sus compañeros de aventura y podría librar aquella cruzada. Se alegró de que el punto de encuentro fuera una playa en un lugar paradisíaco.

- Pues va a ser un problema porque yo hago muchas preguntas. Me ayuda a mantener los nervios a  raya.- comentó el pelirrojo con un matiz chistoso. Acababa de llegar y sólo había podido captar la respuesta de Morrison.

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MensajeTema: Re: [Mini-Evento] La cura para uno mismo — (Hermanas Stavridis, Nethel, Gabriel LeBlanc, Roy Harper) — 8 de Marzo de 2019   19th Septiembre 2017, 16:16

Seguramente, si le pidieras a una persona cualquiera que describiera el lugar perfecto para unas vacaciones acabaría imaginando algo muy parecido a Tahiti. Playas de arena tan blanca que casi parecía nieve, acariciadas por la brisa marina y un sol que jamás se apagaba fuera del mes que fuera. Las palmeras, el mar lleno de peces de colores y coral... No era de extrañar que aquel pequeño rincón del Pacífico atrajera a tantas personas en busca de un descanso. No era el caso de Gabriel, sin embargo. En ese momento, el mutante miraba por la ventana con gesto distraído, repasando con sus falsos ojos verdes la forma de las olas. A miles de pies debajo de él, en el mosaico de islas que sus antepasados habían llamado Polinesia Francesa, estaba ocurriendo algo terrible. Algo que debía ser detenido, si es que la información que SHIELD había recibido era correcta: En algún lugar de ese archipiélago, alguien estaba buscando un suero que transformara a los metahumanos en seres humanos corrientes, sin poderes que los diferenciaran de las personas que los rodeaban. En principio, no era una mala idea. ¿Cuántos mutantes habrían deseado nacer sin el gen X? Ser diferente era una carga, y si había una manera de evitarla... El propio Gabriel, años atrás, habría tomado ese "antídoto" sin pensárselo dos veces. Algo que no sólo silenciara las voces que oía en su cabeza, sino que además pudiera dejar indefensos a los que usaban sus poderes para delinquir... No sonaba como algo malo. Pero el problema, como siempre, estaba en los medios que se habían tomado para lograrlo.

Según los misteriosa mujer que se había puesto en contacto con SHIELD, la organización responsable de esa investigación estaba experimentando en secreto con seres humanos. Eso era algo que no se podía pasar por alto, así que, tras hacer los arreglos pertinentes, se había resuelto intervenir lo antes posible. Ese era el motivo por el que él estaba de camino a Tahiti, vistiendo un traje táctico en lugar de una camiseta. Sus órdenes para aquella misión eran muy sencillas. Detener a Essentia Verum, rescatar a los metahumanos que allí estaban retenidos... Y, a ser posible, averiguar algo más acerca del suero y los motivos que habían conducido a su investigación. Nadie se embarcaba en semejante proyecto sin un buen motivo, y la experiencia había demostrado que había pocas cosas tan tenaces como una sociedad secreta obsesionada con una idea. Y si no, que se lo dijeran a los agentes que habían tenido que lidiar con HYDRA.

El jet comenzó a descender, dibujando una suave curva sobre el azul del cielo. Estaban llegando, y tenía que prepararse para conocer a Nia... Y a quienquiera que fueran sus otros compañeros de equipo. Normalmente, no tenía problema alguno para colaborar con quien hiciera falta por el bien de la misión. Pero, a lo largo del viaje, había dado vueltas más de una vez a las verdaderas razones por las que la asiática, o quien fuera que hablara a través de ella, se había interesado por Essentia Verum en primer lugar. No tardaría en descubrirlo, suponía.

No mucho después de que Arsenal hiciera su aparición en la playa, el Capitán Morrison pudo ver como una cuarta figura se aproximaba a su posición por la playa. No se adaptaba mejor que los anteriores al ambiente isleño: Su uniforme, de un color gris plomizo, venía acompañado de un cinturón y una especie de arnés repleto de bolsillos y fundas para diversas armas de fuego. Si supiera que aquel pasajero pensaba abordar su barco con los bolsillos llenos de bombas de humo, granadas cegadoras y de fragmentación, munición varia y una o dos cápsulas de ácido, seguramente no lo hubiera dejado subir. Era más que suficiente para causar daños serios en el Meherio, y precisamente por eso, Gabriel no diría una palabra acerca del tema en su presencia. -Buenos días.-Había cubierto sus ojos con lentillas de color verde para evitar que alguien lo identificara como un mutante. De momento, era lo más prudente, aunque quizás hubiera que cambiar de táctica más adelante. -Por mi parte, podemos empezar cuando queráis... A menos que tenga que venir alguien más.-Comentó, con una seriedad que contrastaba vivamente con la despreocupación de Roy. Sabía que no debía precipitarse, pero en el fondo no podía dejar de lado el hecho de que, no muy lejos de allí, había gente inocente sufriendo. Y eso era algo que Gabriel nunca había acabado de llevar bien.

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"Todo está en tu cabeza, Gabriel. Todo, menos yo. Yo soy real, y voy a acabar contigo."

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