Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]

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Rebecca Logan
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MensajeTema: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   4th Junio 2014, 20:08

Estuvo preocupada durante el trayecto en la ranchera. Los animales son muy delicados y no le gustaba la idea de tener que sedarlos en el viaje. Acorde con las indicaciones del equipo, había consentido en administrarles un calmante suave un par de horas antes de ponerse en marcha. Todo estaba preparado, ambos animales estaban sujetos en sus respectivos cajones, estaban limpios, seguros y listos. También había tenido que adaptar la agenda en función del gran evento, había contratado a uno de los mejores capataces de su padre (al cual le había molestado bastante tener que quedarse sin él) para que vigilara el rancho durante un periodo bastante largo, pero confiaba en que todo estuviese correcto a su vuelta. La última vez, el escarmiento había sido suficiente como para que le quitara el sueño incluso el problema más minúsculo. Cuidaría bien del rancho. Eso seguro.

Ella se había limitado a un par de petates. Llevaba dentro todo lo necesario para pasar las dos semanas que duraría el periodo de adaptación. Aunque confiaba en que todo se realizara relativamente rápido y si contratiempos. Llevaba también un maletín de ejecutivo de cuero natural color tostado, en cuyo interior estaba todo el papeleo necesario para la transacción, que parecía desentonar con los gastados sacos de su equipaje, pero que combinaba con su vestimenta gracias a la hebilla, las espuelas, y el pequeño acabado del sombrero especialmente escogido para la ocasión. Aquel era un negocio muy importante, y desde luego no iba a perder la oportunidad de aprovecharlo.

Una vez se aseguró hasta la saciedad de que los animales eran tratados con el tacto y mimo que necesitaban, subió al avión privado que iba a llevarla al otro lado del charco, rumbo a la carrera más importante que se celebraba en todo Reino Unido una vez al año. Al sentarse en el butacón, se reclinó en él suavemente, mientras contemplaba la pista, pero con la mirada perdida en sus propios pensamientos. Aún no se creía su suerte. Nada mas y nada menos que...

El Grand National...

------------- Días después-------------

Los viajes en avión ahora eran de locos, con todo aquello de los mundo entrechocados. Menos mal que aquello había pasado, y ahora se encontraba a punto de cumplir uno de sus más vivos anhelos. Lord Joan de Sussex, educado caballero inglés, famoso entendido del mundo equino y actual descendiente de poderosos aristócratas, se había encaprichado hacía tiempo de cierta raza con la que ella a veces trabajaba. Lo que no sabía es que iba a llegarle una oferta por un ejemplar pura raza que aún no había salido al mercado. Sin duda, había tirado de contactos para enterarse, y no había querido esperar a la subasta. Le hizo una oferta de lo más jugosa, que incluía estancia y pase para el mayor evento ecuestre de Londres. La carrera del Grand National.

Sólo en apuestas se movía tanto dinero que el perder aquel evento era impensable para la banca inglesa...

Había llevado a ambos caballos a las cuadras, y después de unas intensas sesiones de entrenamiento, adecuándolo al terreno y acostumbrando al animal a su nuevo ritmo de vida, había sido capaz incluso de ser montado por el Jockey. El que se convertiría en su dueño estaba extasiado con el animal, y muy impresionado con sus métodos de doma, hasta tal punto que insistió en que le acompañara al palco, oferta que tuvo que rechazar educadamente. Si sitio estaba en las cuadras, junto a los campeones, no con el culo envuelto en seda junto a un montón de estirados. Cual sería su sorpresa, cuando vio el nombre del semental negro en las opciones de las apuestas, fue como para que retumbara el hotel en el que se alojaba. Joan debió mover algunos hilos, claro que no era el único caballo que corría de la casa de Sussex, pero aun así, aquello fue todo un honor.

Llevaba despierta desde el alba, y había pasado la noche junto al animal. Se trataba de un Mustang negro zaíno, al que ella había nombrado "Black Apalachi" ("Apalache Negro") en honor a sus raíces. Se sintió agradecida de que decidieran dejarle ese mismo nombre. Ella misma hizo su rutina, lo alimentó temprano, lo cepilló y se aseguró de que todos sus apeos estuviesen correctos. Las sillas de montar de Jockey eran minúsculas, casi un chiste, pero era otro modo de practicar la equitación. Allí primaba velocidad y destreza en salto.

Apenas se separó del animal para tomar el desayuno, que consistió en un café negro, unas judías con tomate y un par de salchichas. Los ingleses tenían una pasión por el pescado que casi se equiparaba a la suya por la carne, pero ella seguiría diciendo que no había color entre un buen bistec a la barbacoa y un "fish and chips" de esos. Las horas se iban deslizando por el reloj con cuentagotas, y ella se mantuvo expectante cada segundo de ese tiempo. Hasta el momento mismo en que comenzaron a llamar a los jinetes para llevar a cabo el clásico análisis. Contemplaba a los miembros del equipo barrer la arena de la pista. Jardineros expertos habían estado días trabajando en los grandes obstáculos. Cada instante que pasaba, ella estaba más excitada. Para cuando comenzó la ceremonia de apertura, casi se la llevaban los demonios, y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no saltar por ahí como una colegiala cuando el chico que le pone sonrisitas estúpidas. Se recordó a sí misma que era una Sheriff, pero aún así, tuvo que esmerarse.

Todo aquello era algo que no le interesaba especialmente. Los ingleses disfrutaban aquello de otra manera, cierto que lo trataban como un deporte de reyes, pero ese día, se permitían sacar el fuego que llevaban dentro, apoyando a sus favoritos con fervor, y si podían llevarse unas libras al bolsillo, tanto mejor. Mientras todos se ponían en pie para escuchar el himno de Inglaterra, y el comentarista no paraba de hacer crecer la expectación, ella se apoyó en la salida de las cuadras, en las que no quedaba ya ni un alma. Todos estaban fuera, y ocupaban posiciones allí donde podían para contemplar el espectáculo. Ella negó con la cabeza, al tiempo que se metía en las cuadras que un momento antes, habían ocupado los participantes, de los que solo uno se coronaría entre las flores como el campeón. Imagino a Black Apalachi viviendo aquel momento... y se estremeció. Aquella sensación le hizo sentir un escalofrío, que hizo que se le pusiera la piel de gallina.

Estaba a punto de entrar al interior, para charlar un poco con "Goldglint" ("Fulgor dorado"). Era uno de sus mejores sementales jóvenes, y lo había llevado por una razón. Su expresión era despierta, su porte elegante, y el color dorado de su piel atraía las miradas por lo atípico del tono, que era brillante y definido. Como suele decirse, "Oro llama a oro". No había ni comenzado a darse la vuelta para dirigirse dentro cuando escuchó repentinamente un relincho excitado. El ruido fue repentinamente ahogado por el furor de los aplausos del público, pero dibujó en su rostro un matiz decidido, pero preocupado. Entró lentamente dentro, haciendo sonar sus espuelas, pero incapaz de oírlas entre los bramidos del público que rebotaban en el interior de las cuadras. Esperaba que Goldglint estuviese bien...
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   5th Junio 2014, 11:51

"El Gran National… una competición de caballos. Menudo coñazo", pensó Hellboy mientras recorría los campos ingleses. La B.P.R.D había registrado actividad sobrenatural en esa zona de Inglaterra, en torno a la gran competición conocida mundialmente. Gente de todos los países llegaban a contemplar las emocionantes carreras, apostando al que ellos consideraban el caballo ganador, mientras bebían té a las cinco y se limpiaban sus monóculos. Todos esos capullos arrogantes sin tener ni idea de la que se les puede estar viniendo encima. Los niveles de peligro habían saltado hasta el rojo (buen color, por cierto) ante los registros que el satélite había conseguido. Era una misión para el mejor agente de la organización: Hellboy. El enorme demonio se había enfrentado ya a varios códigos rojos como aquel. Le gustaban. Cuanto más grande y duro fuese su enemigo mejor.

El helicóptero de la organización aterrizó a varios kilómetros del lugar donde se llevaban a cabo las carreras. Su enorme gabardina y un gran sombrero tapaban gran parte del aspecto de "Rojo". Sin embargo, sus dos metros y poco de altura no eran algo que pasase del todo desapercibido. Se tapó casi toda la cara con una enorme bufanda inglesa, la cual se negó en rotundo a ponerse al principio. Sin embargo, terminó por ceder. Tampoco era plan de que los lores ingleses se acojonasen al ver al demonio.

Llevaba ya un par de horas andando, y tenía los pies calados hasta las rodillas. El ambiente inglés era demasiado húmedo para el demonio. La hierba alta, cubierta de rocío, descansaba en una pequeña bruma que se veía hasta donde alcanzaba la vista. Algúnos árboles perdidos decoraban el paisaje cada pocos metros. El cielo, gris, comenzaba a mostrar las primeras señales del amanecer. Pronto empezarían las carreras así que debía darse prisa si quería echar un vistazo a la zona antes de que pudiese liarse más de la cuenta. Revisó sus cartuchos y "El Samaritano". Todo en orden. Apresuró el paso. No tenía ni la menor idea de lo que podría encontrar allí. Le pareció hasta raro. ¿Un código rojo en una competición tan importante y conocida? Por regla general los códigos rojos se encontraban en cuevas o en las montañas, lejos de la población. Al menos antes de acercarse a ella. Los investigadores de la organización siempre los encontraban antes de que les diese tiempo a acercarse o ser vistos. Pero esta vez había sido de repente, como salido de la nada. Tal vez alguien estuviese jugando a ser dios con invocaciones.

Al cabo de un rato llegó a los establos. Era mejor entrar por allí, pues pasaría más desapercibido. Además, posiblemente encontrase allí a la criatura que se había colado. Entró discretamente y un delicioso aroma le invadió. Aquello olía peor que los huevos que comía Abe. Instintivamente se llevó la mano a la nariz para tapársela.- ¿Qué os pasa macho, os comisteis algo y se os murió dentro? ¡Qué peste!- A pesar de ser un demonio, su naturaleza bondadosa no asustaba a los animales como hacían otros seres sobrenaturales. Se acercó a uno marrón y lo acarición suavemente. Este relinchó con gusto mientras agitaba la cabeza.- No parecéis muy peligrosos… Lo único que podrías hacer es darme una coz, y ni siquiera creo que me hiciese daño.-

Hellboy se puso a comprobar que todo allí estuviese en orden. Algunas sillas de montar, cubos y palanganas, pero nada fuera de lo común. De repente, a su espalda uno de los caballos relinchó con fuerza y se encabritó. "Rojo" se acercó a él y lo calmó acariciándolo y susurrándole unas palabras al oído. Afortunadamente para él tenía una fuerza descomunal, y de haberse escapado el caballo podría haberlo parado y llevado de nuevo al establo. El corcél pareció relajarse un poco, cuando resonó la puerta tras de él. Allí, una chica rubia vestida de vaquera miraba al demonio perpleja, como quien acaba de ver un fantasma.

- He escuchado que los caballos estaban algo nerviosos y me he acercado a ver qué les pasaba… ¿Buscabas algo?-

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   5th Junio 2014, 20:58

Su paso la adentraba cada vez más y mas. El aroma a estiércol, a heno y a animal la mantenía tranquila y con la mente centrada. Para ella, ese ambiente era estar en su salsa, pero se estaba temiendo que no podía salir a ver la carrera, si acaso se encontraba con alguno de esos problemillas que tanto intentaban colarse en esos lugares. "Cling, Cling, Cling" iban cantando las espuelas a su paso, mientras se rendía por un momento a las elucubraciones de su mente. Si encontraba lo que creía en aquel sitio, se iba a enfadar, y el pobre diablo que hubiera tenido la mala idea iba a lamentar haber nacido en esta vida y en la siguiente.

Detestaba muchas cosas en la vida, y entre ellas, a los tramposos. Pero más los detestaba si sus trampas se basaban en sabotear a los demás. Había más de un capullo retorcido dispuesto a romperle los cascos a tu caballo para evitar que corriera. Esas lesiones eran fáciles de provocar y sobretodo, difíciles de diagnosticar para encontrar un origen. Levanto el sombrero con el dedo índice, y descubrió bajo el ala un rostro decidido, sus ojos centelleaban como un revolver a la luz de mediodía. Una de sus manos se posó instintivamente en el mango del látigo. Había tenido que renunciar a sus revólveres, pero no era un problema. Era rápida de reflejos, se las apañaría.

Para cuando quiso darse cuenta, sus botas ya estaban en la entrada del establo principal. Sus ojos captaron, antes de que se él se percatara, la figura que tenía una mano sobre el cuello de su animal dorado, y sobre su pelaje de oro, aquella mano roja destacaba como la sangre sobre una camisa blanca. Lo que quiera que fuera aquello se dio la vuelta y quedó frente a ella, mientras lo observaba, asombrada de su altura. Llevaba una gabardina, una bufanda y el sombrero más ridículo que había visto en un hombre de semejante talla. Desde luego si lo que había pretendido con ese atuendo era no llamar la atención, fallaba estrepitosamente. Era el peor intento de disfraz que había visto desde las gafas Groucho.

Tuvo que reconocer una cosa, sin embargo, y era que le impresiono bastante la voz que salió de debajo de aquel ropero vuelto del revés. Era grave como nunca había oído, como si alguien tirara una tonelada de grava al pozo más profundo de la tierra...

- ¿Y tú?- respondió inquisidora, apoyando una de las manos junto a la hebilla de su cinturón. El cuero, teñido naturalmente de azul profundo, levaba engarzadas varias tachuelas y una piedra central de cuarzo azul con betas negras, sobre labrados de plata. Se lo había comprado a un hombre que las hacía a mano, y combinaba con el color de sus ojos, que ahora, serenos y fríos como el hielo, no perdían de vista al individuo.

Aunque no lo pareciera, sus cinco sentidos estaban analizando la situación, se percataban del más ligero sonido, del movimiento. Se percató de que aquella presencia no era ni mucho menos el motivo que había llevado a su caballo a relinchar. Ellos parecían tranquilos en su presencia, y eso decía algo de él. Por otro lado, los animales tienen una inocencia genuina que les hace confiar, a veces, en quien no deben.

- ¿No deberías descubrirte ante una mujer, vaquero?- dijo usando un desacostumbrado modo para definirse a sí misma. Tenía que verle la cara, porque si había ido a sabotear a los caballos, su mejor arma era el anonimato, y ella no pensaba tolerarlo. Si se enteraba de que había tocado un sólo pelo a esos animales, le haría maldecir su estampa, pero para eso, tenía que verla primero... y estaba tardando mucho. - - Tranquilo, yo te ayudo. - añadió, haciendo que su comisura derecha se elevara solo un instante. Su expresión pareció casi magnánima.

El estallido sucedió rápido, menos de lo que dura un parpadeo. Para cuando quisiera darse cuenta, su látigo descansaría lánguido en su mano derecha derramando su cola hasta el suelo, y el sombrero de esa mole descansaría justo a sus pies, sin haberle hecho a él, eso sí, ni un solo rasguño.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   6th Junio 2014, 11:16

El sonido del látigo resonó en el establo casi como un disparo. Hellboy cerró los ojos instintivamente pero no se movió. Le pitaba un poco el oído. A juzgar por la cara de la chica no se esperaba ver a alguien con su aspecto. ¿Tal vez los cuernos? ¿El color rojo? Fuera lo que fuese dejó a la chica un poco bloqueada. El demonio agarró la bufanda con la mano izquierda (la derecha es la de piedra acuérdate xP) y tiró de ella con fuerza.

- Casi debería estarte agradecido, esta maldita bufanda estaba empezando a darme el coñazo… ¿Ocurre algo? ¿A quién esperabas encontrar, a Papá Noel?- la chica no dijo nada. Hellboy se acercó a ella y le colgó la enorme bufanda del hombro.- Sujétame esto, quieres bonita…- No recogió el sombrero. Era cuestión de segundos que la chica se pusiese a gritar o avisase a alguien. Pero para sopresa del gigantesco demonio no fue así. Ella no se sorprendió tanto como habría esperado. Eso en parte le desconcertó. ¿Podía ser aquella chica el código rojo que habían localizado? Nah, no lo parecía desde luego. Pero por si acaso no bajaría la guardia.- Bueno, ha sido una conversación muy agradable, si esque podemos considerar esto conversación, pero tengo cosas que hacer. Cosas que por cierto podrían ser peligrosas para ti. Te recomiendo que tengas cuidado. Incluso te diría que si aprecias tu vida salgas de este lugar. Así que si me disculpas…-

"Rojo" se dirigió al otro lado del establo. Tenía que buscar pistas o algo que le condujesen al origen de las señales. Todo parecía en orden en el establo, por lo menos en el trayecto desde la chica a la otra puerta. Los caballos no parecían más asustados que lo que habrían estado en cualquier otra situación. En cualquier caso, ¿quién querría atacar una carrera de caballos? El enorme demonio no vio ningún tipo de runas ni nada por el estilo allí en el pequeño cobertizo de los caballos. Tampoco sentía la presencia de ningún ente sobrenatural ni criatura extraña. Metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó unas extrañas gafas. Eran unas gafas especiales, diseño de Johann Krauss, gracias a las cuales podía ver a las criaturas y demás seres en su verdadera naturaleza. Estas resultaban extremadamente útiles para encontrar seres cambiantes con capacidad de camuflaje como ciertos trolls o ogros, y también para distinguir fácilmente a los que tenían a paciencia humana, como vampiros, brujas y hombres lobo. Los caballos eran todos normales, igual que la chica. No había nada extraño allí.

Entonces lo vio. En medio del establo, había dibujado un pentagrama demoníaco, cuyos bordes ondeaban como si estuviesen hechos de fuego. Esto no le gustó ni un pelo a Hellboy. Una invocación demoníaca siempre era bien jodida de frenar, y más aún si estaba hambrienta. Si aquello estaba allí es que ya lo habían invocado. No disponían de mucho tiempo y las carreras estaban a punto de empezar. Debía darse prisa si quería parar lo que fuese que había salido de allí.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   7th Junio 2014, 02:20

Sus mirada se posó en el rostro hasta hace un momento oculto por el sombrero... y en un gesto minúsculo, sus ojos se abrieron sutilmente en un pequeño y rapidísimo tic, sus pupilas se dilataron como las de un gato que ve algo moverse tras la hierba, sin saber si será ratón o serpiente, pero con ese afán imparable del instinto animal, que indudablemente le llevará a averiguarlo. Su respiración se hizo profunda, hinchando su tórax y haciendo que el aire saliese lentamente, como si quisiese contenerlo para siempre. En su cerebro se desencadenó una reacción vertiginosa, fruto de su imparable imaginación, y retazos de recuerdo se colaron entre esas imágenes vívidas que casi le complicaban la función de escuchar lo que le estaba diciendo aquella mole.

A su memoria llegaron resquicios lejanos de su educación de catequesis, casi parecía de una vida anterior, donde la habían obligado a aprender los salmos, las frases, los rezos y el resto de esa monserga, que a cierta edad dejó de ser reconfortarse para, a sus ojos, convertirse en la gran mentira. Las lecturas pasaron por su mente, y aunque su madre, que Dios la tenga en su gloria, se habría santiguado sólo con la mención de algo similar a lo que ahora estaba delante...¿Dejando una bufanda sobre su hombro? ella no pensaba hacerlo.

Ahora todas sus sospechas se habían volatilizado de un plumazo, y sólo podía pensar en una cosa. La estructura que tendría que haber estado en el lugar donde estaban esos segmentos de hueso descubierto de intenso color rojo. Miró fijamente aquellas joyas, imaginando el tipo de maravilla natural que habría coronado la enorme cabeza de lo que fuera aquello que parecía el mismísimo demonio hecho carne, justo ahí, delante de ella. ¿Sería cubeto, playero o Watusi? ¿Estarían enrollados hacia atrás, o se abrirían hacia delante, capaces de atravesar el torso de un hombre? Sus ojos experimentados dibujaron sobre su cráneo todas las posibilidades, fantaseándo hasta un nivel en que hasta su percepción se vio afectada, y no se dio cuenta de que se movía, y que estaba haciendo algo.

Otra visión más potente interrumpió a esa primera, retorciéndose desde el fondo de su mente y emergiendo como un géiser hacia su conciencia. Se vio a sí misma con aquella criatura entre las piernas, encaramada a la portentosa musculatura que cabía esperar de un cuerpo de semejante envergadura, las espuelas clavadas a sus costados, y su melena rubia refulgiendo al sol del mediodía, mientras sujetaba con una mano la correa y con la otra, el sombrero. Se vio a si misma montándolo y doblegándolo como ya había hecho con otros titanes de grandes cuernos, antes que él. Esa mera imagen le produjo un cosquilleo que ascendió desde le base de la espalda por toda su columna, y le sacudió el cerebro como sacudía su crótalo una serpiente de cascabel.

Observó a la criatura, su mirada aún nublada tras un velo de fantasía. Se lamió los labios, al tiempo que su mano derecha comenzaba a moverse, haciendo ondear el látigo suavemente en silencio. Podía hacerlo. Sería muy fácil, pero tendría que encontrar el modo de atarlo a la pared, para poder encaramarse a él. No tenía jaula para retenerlo. También estaba la opción de enlazarlo, como a la vaquilla de un rodeo. ¿Tendría tiempo de hacerlo, antes de que encontrara el modo de liberarse?...

Un estímulo la arrancó repentinamente de sus dulces pensamientos, haciéndola sentir por un instante mitad consciente, mitad confundida. Vio el mango del látigo en su mano, y tardó un segundo en reaccionar, enrrollándolo con rapidez y colgándolo de su cinturón. Luego rápidamente se dio la vuelta y se asomó por una de las numerosas ventanas de la cuadra. El griterío y el sonido de los cascos le dieron un claro indicativo de qué había sucedido.

El disparo de salida...

-¡Maldita sea!- gruñó, dando un golpe con las dos manos al quicio de la ventana, mientras buscaba con avidez el número de su caballo entre el pelotón de rayos blancos, grises, azabaches y zaínos que se precipitaban como rayos por la pista.

Miró por un instante a la criatura rojiza que tenía detrás, apoyada en la jamba de la ventana y luego volvió a la carrera. No podía creerlo. Estaba indecisa, como una criatura que no sabe qué regalo de navidad abrir primero. ¿Porqué le habría venido en ese momento a la mente la imagen de la navidad, si no tenía nada que ver?...

Bueno, es igual. En cualquier caso, al final cedió a su interés por la carrera, y observó como el pelotón se acercaba al primer obstáculo. La mayoría de los equinos solventaron el obstáculo sin problemas, pero no así los jinetes que se supone, debían mantenerse sobre ellos. Pudo ver que al menos tres se desestabilizaban cuando las patas traseras del caballo aterrizaban en el suelo, donde instantes después rodaban ellos. El grueso del pelotón solventó los cinco primeros obstáculos y continuó hacia la curva, donde ya empezaron a distanciarse los más veloces. Ni corta ni perezosa y tomando impulso con las manos, asomó la mitad del cuerpo fuera de la ventana, para que le permitiera tener mejor visión de la zona más alejada del recorrido. Apoyó el abdomen contra el alféizar, doblándose hacia delante, permitiendo a quien se asomara por detrás una visión perfecta de su trasero modelado por los vaqueros. Los primeros jinetes tomaron la curva y se adentraron en la segunda tanda de obstáculos.

La carrera sucedía a un ritmo vertiginoso, pero para ella cada zancada de los caballos era un sin vivir. Finalmente, tras entrar en el tercer salto, reconoció la figura de su maravilloso animal y contempló que Apalache Negro se encontraba junto al grupo de cabecera. Al darse cuenta de ello, su rostro se iluminó de tal forma que no pudo contener una sonrisa amplia, que se abrió paso entre sus rechonchos labios encarnados por la emoción, mostrando un precioso y pasajero momento de felicidad genuina.

- Vamos, vamos, vamos...- murmuraba, dando pequeños revotes en el sitio, mientras seguía la carrera de un modo tan febril que se le olvidaba hasta pestañear. Fue precisamente cuando tuvo que hacerlo, cuando sus ojos se desviaron de su animal y se posaron de manera aleatoria sobre otro, al abrirse.

Iba a retomar la búsqueda de su animal, pero entonces observó a esa criatura, e instantáneamente se le cerró el estómago. No sabría decir que era, pero hizo que se le erizara el vello de la nuca. En ese momento Goldglint piafó, nervioso, pero no pudo prestarle atención. Se irguió de nuevo en pie, apoyando ambas manos sobre la repisa de la ventana que instantes antes había usado para apoyarse. El grueso del pelotón pasó en la segunda vuelta. Algunos de los caballos habían sido expulsados de la pista, al perder a sus jinetes. Otros seguían corriendo sin ellos. Pero ya no podía fijarse en eso. Algo la había atrapado. Se inclinaba lentamente hacia delante sin saberlo, observando el animal grisáceo en el que ahora tenía puesta toda su atención. Corría en el pelotón de retaguardia, y cabeceaba. Iba al paso, dando pequeños saltos, como si fuese incapaz de controlar su cuerpo. Observó al jinete, cuya expresión era de máximo esfuerzo. No podía mandar al caballo. Doblaba las patas de pronto en exceso, caminaba en el sitio, como haría en una exhibición y luego arrancaba a correr como si le fuese la vida, saltaba el obstáculo y cuando aterrizaba, parecía soltar una coz con una de sus patas traseras, que cojeaba unos instantes, antes de volver al ritmo habitual. Estaba fuera de control. La voz estridente del comentarista le llegaba distorsionada a los oídos. Cuanto más observaba a ese caballo, más acuciante era la sensación de que algo iba mal...

- ¡Los caballos del cuerpo principal van a saltar la última recta de obstáculos... - bramaba el comentarista. El caballo pegaba el hocico hacia el pecho.

Algo iba mal...

- ¡Entran en la curva, Grasshopper Nº4 en cabeza, seguido de Don Giovanni Nº 47, Little Helper Nº 26, Roxie Nº16, Tormenta el 61 y los dos ejemplares de Sussex Duque de Pesto con el 12 y Apalache Negro  con el 18...

El ejemplar gris arqueó el lomo enfurecido, levantó en tres pequeños saltos las patas delanteras del suelo, deteniendo el ritmo, haciendo que otros corredores tuvieran que esquivarlo al llegar a su altura. La Sheriff se mordió el labio, sin ser consciente de ello.

Algo iba mal...

- Eh, un segundo...- dijo ella con la voz tensa, como pidiendo un instante más a quien te apunta con el revolver y tiene el dedo en el gatillo.

El caballo gris relinchó con fuerza... tanta que hasta ella lo oyó desde su posición, aunque eso era prácticamente imposible. Sintió que era capaz de distinguir ese animal entre todos los demás, hasta el punto de que podía percibir el brillo de su mirada.

Algo iba mal...

Cuando el animal estalló en una nube de humo blanco, los gritos lo cubrieron todo. En el lugar en que había estado el animal grisáceo había solo una nube de escombros, que había derribado obstáculos, jinetes y otros caballos. En un sólo segundo, todo se sumió en el caos y la confusión, todo sumergido de forma turbulenta en la mirada azulada de la Sheriff.

La gente corría en desbandada, aplastándose unos a otros, tratando de huir con toda su alma de lo que sus ojos eran incapaces de admitir que estaba allí. En medio de la pista, una criatura similar a un caballo, pero que sobrepasaba a cualquier raza que hubiera visto al menos por doble de altura, quizá algo más, observaba lo que había a su alrededor como si acabara de despertar de un mal sueño. De algún modo, comprendió sus intenciones cuando su rostro se encaró hacia donde corrían el grupo que estaba en cabeza. El animal, enfurecido, piafo por la nariz sacando un denso humo blanco, rascó la pezuña delantera izquierda contra el suelo levantando la tierra, los cuerpos y los escombros de su alrededor, y se encabritó, con un nuevo relincho. Luego, arrancó a correr con un aceleración increíble en dirección a donde estaban los corredores, siguiendo el recorrido. Cuando se encontraba a alguno a su paso, y a menos que estos salieran de su camino, prácticamente los atropellaba, los empujaba, los pateaba o los lanzaba por los aires sin control. Todo aquello sucedió en apenas unos segundos, pero sólo necesitó una décima más para darse cuenta de lo que venía a continuación. Supo lo que iba a pasar.

- ¡NOOOOOOOOOOO! - gritó, verdaderamente desesperada.

Ni siquiera tenía conciencia de cómo había llegado hasta allí. El viento le golpeaba la cara, mientras cabalgaba sobre el lomo de Goldglint, en dirección a la pista. Tenía que detener a esa bestia. El sol la cegó por un segundo, pero no la detuvo. Espoleó a su semental dorado con más fuerza. A la luz del día, el pelaje de aquella cosa resplandecía...

Blanco tan puro como la nieve virgen...


Última edición por Rebecca Logan el 7th Junio 2014, 20:46, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   7th Junio 2014, 12:16

El demonio se quitó las gafas y se dio cuenta de que la chica ya no estaba en la puerta, sino asomada por una ventana. Tenía todo el culo en pompa y el demonio tuvo la sensación de que se iba a caer hacia adelante. Un disparo lejano le advirtió de que la carrera había empezado, y por tanto mucha gente corría peligro. Guardó las gafas y sacó "El Samaritano", su gigantesco revolver, y lo cargó con varias balas bendecidas o rellenas con objetos sagrados. Era la mejor forma de enfrentarse a las criaturas malignas que había en el mundo: balas de plata, rellenas con tréboles de cuatro hojas, reliquias de santos, dientes de ajo, agua bendita… Cualquier cosa capaz de quemar y herir a las criaturas que asolaban y golpeaban el mundo.

-¡NOOOOOOOOOOO!- gritó la muchacha. "Rojo" no levantó la cabeza. Seguía preparándose para cualquier peligro e intentó calmar a la rubia.

- Escucha vaquerita, lo mejor será que busques un sitio donde esconderte o protegerte, porque esto no…- El sonido de un caballo le hizo levantar la vista para ver cómo la rubia salía disparada del establo en dirección a la pista.- ¿Pero qué…?

El demonio salió a toda prisa del cobertizo y miró a la pista. Allí, dirigiéndose a toda velocidad a la línea de meta había un caballo blanco. Pero era un caballo distinto a los demás. Era enorme. Debía medir como dos caballos de alto. Sus gigantescas golpeaban el suelo con una fuerza incomparable. Sus ojos brillaban como dos faros verdes, y a su paso, un rastro humeante blanco y verde dejaba la tierra marchita y podrida. Hellboy apretó los dientes. Sabía de sobra qué era ese animal. Lo estudió muchos años atrás, cuando él y su compañero Abe pasaban horas en la biblioteca del B.P.R.D memorizando todas las criaturas que existían. Un gigantesco caballo, de color blanco y ojos verdes, cuyo paso dejaba la tierra y vida enfermas y podridas. Una criatura bíblica, peligrosa e inestable como pocas. Algunos lo llamaban desolación y desesperación, a Hellboy le gustaba llamarlo "Peste".

No era muy fan de los caballos, y su peso no ayudaba, así que decidió salir a la carrera hacia el lío que se estaba montando y dejar lo de cabalgar para la rubia. ¿En qué estaba pensando esa chica por cierto? Se había lanzado a por "Peste" como si creyese que iba a poder domarlo o algo por el estilo. Aquella criatura era de las cosas más fuertes a las que se iba a enfrentar el demonio. Y esa chica, una simple humana, cabalgaba hacia él como si fuese una nueva pieza para su colección de ponis. La gente ya corría en todas direcciones y gritaban como posesos, asustados ante la aparición del gigantesco rocín. Mejor para él. Siendo honestos, con un caballo de unos cuatro metros de altura pasaba bastante desapercibido, por muy rojo y alto que fuese.

El caballo se dirigía a toda velocidad a la línea de meta con la fuerza de una locomotora. Los otros jinetes caían aterrados o huían de la pista a su paso. Hellboy corría en dirección contraria, acercándose al enorme monstruo que se abría paso como una presa desbordada. Un espeluznante relincho, proveniente de las profundidades del averno, cubrió el cielo. Como si resonase por las paredes de un desfiladero, una mezcla entre metal y bramido heló la sangre de los presentes. Incluso a Hellboy se le erizaron ligeramente los pelos de la nuca, y eso que ya se había enfrentado a criaturas como un Kraken o demonios que capaces de partir la tierra en dos. Pero aquella criatura estaba hecha para arrasar la tierra y que todo lo vivo que hubiese en ella enfermase. Su hermano "Muerte" era quien se cobraba las vidas, pero "Peste" le allanaba el terreno.

"Rojo" se detuvo en medio de la pista. Sacó su enorme revolver y apuntó al caballo. Aún estaba a bastantes metros de él, pero su puntería no era lo que se dijese perfecta. La chica rubia cabalgaba al lado del enorme monstruo, y no quería dispararle a ella. Su mejor opción era disparar a una de las patas para detener la carrera. A esa velocidad, por muy fuerte que fuese su disparo, si le golpeaba en el pecho sería como tirar una piedra a un coche.

- Vamos precioso, acércate un poquito más, sólo un poquito más. Deja que papá "Rojo" te ponga la vacuna.- Ya estaba a cincuenta metros de él, distancia suficientemente prudente como para disparar. Apuntó con cuidado, y apretó el gatillo. Con un ruido sordo y potente, una bala rellena con un hueso de santo surcó el aire a toda velocidad en dirección a la pata derecha delantera del caballo. Sólo esperaba que el impacto fuese lo suficientemente fuerte como para frenarlo, pero no como para arrasar todo lo que había delante y a sus lados, incluyendo a la vaqueriza rubia del establo.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   7th Junio 2014, 22:15

Ese caballo tenía una velocidad asombrosa, y una bruma verde lo envolvía arrancando destellos verdosos que sólo podían deberse a algo que no era de ese mundo. Como una niebla nauseabunda, que hacía que secciones enteras del suelo se pudrieran al contacto con los cascos. Espoleó a su animal dorado haciéndole saltar la valla de seguridad que en otros casos retenía a los caballos en el interior del recorrido. La respiración bramaba del esfuerzo al que estaba sometiendo al joven semental, y pudo percibir en su modo de acercarse a aquella aberración totalmente blanca que estaba aterrado. Aún con todo, cuando ella le dio la orden de acercarse hacia él, el animal obedeció sin ánimo de duda.

Hasta ese punto se había ganado su respeto...

Consiguió llegar hasta aquella cosa, si ciertamente era más alto y muy veloz, los obstáculos que suponían el terreno y los saltos lo retrasaban, porque estaban adaptados a caballos normales, y él se veía en la obligación de atravesarlos o saltarlos pisoteando algunos de camino. Aquel freno fue lo que ella aprovecho para adelantarlo y situarse en el pelotón de cabecera. Sin asomo de duda amarró las bridas a la silla, y con un rápido movimiento desenfundó ambos látigos. A su alrededor, los caballos se precipitaban saltando la valla de seguridad, algunos intentando ir hacia las gradas, lo que fuera con tal de evitar a aquel ser que se abalanzaba hacia la meta como si le fuera la vida en ello. Los caballos caían al suelo, aplastando a sus jinetes, y los gritos, bramidos y relinchos de aquellos que eran embestidos reverberaban, taladrándole el cerebro, haciéndolo arder como una marca al rojo vivo que se quedaría por siempre en su memoria.

Entonces, alzándose lo que pudo sobre la silla del semental dorado, y haciendo presión con las piernas en torno al cuerpo de su montura hasta que sus músculos se agarrotaron del esfuerzo, liberó las colas de sus látigos, que restallaron en torno a ella. Los caballos que corrían alrededor respondieron inmediatamente, y sus orejas se pusieron enhiestas, sorprendidos encontrar en ese momento de pánico absoluto una señal familiar.

Con la mirada encendida de un espíritu casi tan sobrenatural como aquello que venía pisándoles los talones, un ballet inimaginable brotó de los brazos de la jinete, sus trenzas doradas sacudiéndose al viento, el cuerpo de formas sinuosas tensado ahora hasta los límites de lo humano, mientras sus caderas acompañaban cada movimiento del trote como si no tuvieran que responder a las limitaciones de sus huesos, convirtiéndose en una marea de piel cuyo oleaje provocaba la intensa marcha. Los látigos restallaban a un lado y a otro, se deslizaban sobre su cabeza, con una coordinación cuasi perfecta, golpeando de tal forma que los caballos, como hiciera Moisés con el mar muerto, comenzaron a abrirse haciendo dos grupos, dejando un inmenso espacio en la calle central, por donde acto seguido apareció apretando el paso aquella inmensa aparición blanca, que expulsaba una nube de humo cada vez que jadeaba mientras llegaba a la meta.

La mujer, reconvertida en una suerte de valquiria abrumada por el salvaje sentimiento de una lucha encarnizada, se asomó hacia atrás, observando el avance de la bestia monumental. Tuvo el tiempo justo de apartarse hacia un lado cuando la criatura llegó a la recta terminando el último obstáculo. El tramo en que pensaba recuperar la distancia. Entonces volvió a mirar hacia delante, y sus ojos ubicaron la presencia del demonio, que miraba en su dirección, apuntando con un revolver inmenso hacia ellos. Sus ojos se encontraron en un instante de comunión que superaba toda vivencia, explicación o idioma, justo en el momento en que aquel caos blanco se ponía a su altura. Ella ladeó la cabeza para observarlo, con la mirada cargada de furia.

El tiempo pareció helarse durante un instante, y sus ojos se posaron en la criatura, verdaderamente, por primera vez. Los girones de humo se desplazaban sobre él, pero era incapaz de ver el final de esa niebla y el principio de lo que tendría que ser la piel blanca del animal. Ahora a su lado, parecía casi intangible, como una nube de humo con forma. De no ser por el hecho de que arrancaba tierra a su paso, habría jurado que no era sino un espectro. Pero pudo contemplar también un detalle que hasta entonces le pasaba desapercibido...

Las dos finas líneas de humo que ondeaban en torno a su cuello, que se unían a ese extraño bulto informe de su espalda, pero a su diestra, encontró aquella cosa que se le grabó en la retina, y que a medida que miraba con más insistencia, una forma más clara adquiría a sus ojos. Al final, fue capaz de distinguir hasta las plumas que estaban unidas al final de las flechas. Aquella maldita cosa era un carcaj...

Un estallido la hizo salir de su ensimismamiento, y golpeó al blanco caballo colosal en plena pata. Un relincho con trazas de metal ardiente se elevó desde la garganta del animal, al tiempo que parecía desvanecerse en el aire, mientras ella ganaba terreno y el resto de animales escapaban del recorrido por las aberturas próximas a la meta. A pesar de todo continuó corriendo, mientras unía los pomos de los látigos en su mano y los enrollaba en torno a su cuerpo. Se sentó de nuevo apoyándose en la silla del caballo, notando el quejido de sus muslos. Estaba a punto de reducir la marcha.

¿Lo habían conseguido?...

Otro bramido sacudió el aire, y la nube que parecía desvanecerse volvió a hacerse corpórea. Los ojos verdes de aquella bestia retomaron su ubicación dentro del rostro alargado, y la tierra volvió a resquebrajarse, notando el peso de su contacto. Ella volvió a dirigir su rostro hacia delante, en el momento preciso en que se cruzaba con el Diablo. No lo observó, pero notó su presencia física ardiendo en el rabillo de su ojo con aquel intenso color rojo sangre, durante tanto tiempo que le pareció inacabable.

Entonces, su instinto...

Una idea, una inspiración, o como quisieran llamarlo se apoderó de ella, y en lugar de salir del recorrido, cogió la curva y espoleó de nuevo al semental dorado, que obedeciendo las exigencias de su jinete continuó corriendo a pesar de los espumarajos blancos de saliva que brotaban de su morro. La vaquera ladeó su rostro un momento, y se encontró con aquellos ojos verdes que la observaban intensamente. Creyó leer en ellos confusión mientras ella iniciaba una nueva vuelta. El caballo estaba prácticamente encima del demonio, al que más le valía esquivarlo si quería salvar la vida.

No fue capaz de ver lo que hizo, porque contempló que el caballo gigantesco se disponía a tomar la curva que ella había tomado. Quería continuar corriendo con ella. La estaba siguiendo...

Con aquella imagen, se olvidó por un momento de lo que le hubiera ocurrido al tipo rojo, porque se percató de que había comenzado a percibir una sensación que no le hizo ninguna gracia, reptando en lo más profundo y oscuro de sí misma. Era imposible. Ella era la Sheriff. Era imparable. Indestructible. Todopoderosa...

¿Y sin embargo, no era miedo aquello que se arrastraba por el fango de su personalidad, ensuciando todo lo que ella era? ¿todo lo que representaba?

¡No, NO! resonaba con fuerza en su mente, ahogando aquel instante de duda en el mismo lodo del que pretendía salir. Sujetó con fuerza las bridas y se acercó a velocidad vertiginosa hacia el primer obstáculo que saltó con la elegancia de quien lleva años montando, a pesar de lo temerario de la situación en la que se había inmiscuido. No necesitaba mirar atrás. El estrépito le bastaba para saberlo...

El coloso blanco se había apuntado a una última vuelta, y corría detrás de ella...

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   8th Junio 2014, 16:52

El disparo impactó de lleno en la pata del caballo. Trastabilló un poco, pero en seguida volvió a resurgir en medio de aquella nube verde de peste y enfermedad con un poderoso bramido. No iba a cesar su marcha, al menos no tan sencillamente, tenía que pensar en algo más fuerte para frenarlo. Pero, ¿el qué?

Hellboy se giró y los caballos pasaron a ambos lados. En medio de la carrera pudo ver a la chica rubia, concentrada y decidida a parar a esa gigantesca criatura. Apenas fue medio segundo, y el demonio quedó en medio de una nube verdosa de moscas y siseos del agua evaporándose en el fango.- Joder, ahora entiendo por qué te llaman "peste".- dijo mientras se tapaba la nariz con la mano izquierda y con gran mano de piedra intentaba airear su cara. La última vuelta. Tenía una nueva oportunidad, o eso quería pensar, de conseguir frenar a esa criatura antes de que huyese, antes de que comenzase a sembrar la destrucción por todos sitios. Giraron y vio cómo la chica rubia, en un acto de bravura y tal vez algo de temeridad, adelantó al gigantesco caballo y se puso delante de él.- Será hija de...-

No tenía mucho tiempo para pensar. Se dio la vuelta y comenzó a correr a toda velocidad en dirección contraria a los caballos. Guardó el revolver para ser más rápido. Esta vez iba a intentar pararlo él mismo. La idea, coger toda la velocidad que pudiese y con la mano de piedra golpearle en todo el pecho con una fuerza imparable. Tal vez así conseguiría frenar al caballo. Aunque quién sabe, lo mismo lo único que conseguía era cabrearlo aún más.

Los piés se le hundían en los charcos del lodo formado en la pista. Los sonidos de estos al golpear el agua resonaban lejanos, casi imperceptibles. Lo único que ocupaba su mente en ese momento era el gigantesco monstruo, el cual cabalgaba como alma que lleva el diablo detrás de la vaquerita. Aquella colisión iba a ser equiparable a dos locomotoras chocando entre sí, pero a "Rojo" no le importaba. Su brazo de piedra era prácticamente indestructible. Había golpeado metal y piedra, tanto normales como mágicas con él, y jamás había tenido ningún problema ni dolor por ello. Prácticamente era imparable cuando golpeaba con él. Pero el caballo pesaría al menos tres veces más que él. Tenía que golpearle en medio del pecho o lo arrollaría por completo.

Cada segundo que pasaba era una eternidad. Los músculos del demonio se tensaban y relajaban con una fuerza descomunal, y tenía los dientes apretados con una fuerza suficiente para partir una piedra. La chica rubia seguía cabalgando delante del enorme monstruo. Eso podía complicar las cosas. Si tenía que concentrarse en esquivarla además de en golpear al caballo no llevaría toda la potencia que le habría gustado. Pero eso ya no importaba, los caballos estaban a la vuelta de la esquina y no iba a frenarse ya. Lo único que tenía en mente era frenar a esa enorme criatura, costase lo que costase.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   8th Junio 2014, 18:34

Apretó la carrera del caballo todo lo que pudo, y cuando por fin salió de los obstáculos hizo lo único que se le ocurría para asegurarse algo de ventaja. Se apegó hacia la banda interior, a la que el otro animal por su portentoso cuerpo no podía acceder fácilmente. Así el recorrido era mas pequeño para ella, y no habiendo otros caballos cerca, puesto que prácticamente todos habían huido, no tenía la peligrosidad que habría adquirido esa jugada en una carrera normal, en la que podía quedarse sin sitio de maniobra y se habría visto obligada a frenar o chocar contra otro participante. Así también dejaba espacio para que la criatura corriera libremente, y viera en arrollarla más una molestia que una necesidad.

El caballo blanco salió de los obstáculos en el preciso instante en que ella ubicó al demonio, aún vivo, al otro lado de la pista. Observó que los miraba, luego miraba el frente, guardaba el revolver y comenzaba a correr hacia su dirección. Entonces contempló la mano derecha, a la que hasta entonces, no había prestado suficiente atención. Parecía un mazo de piedra capaz de derribar un bloque de pisos, si se hacía con la fuerza adecuada. Echó un rápido cálculo, al tiempo que oía el rugido que emergía de las entrañas de la aparición blanca cada vez que respiraba. Sólo necesitaba pasar saltando por el siguiente juego de obstáculos, ya que el resto se habían visto tan dañados por el paso de la criatura inmensa que podría atravesar al trote los agujeros que había hecho en ellos sin dificultad.

Siguió la trayectoria del demonio, que adquiría velocidad a medida que pasaba entre los obstáculos por los boquetes. Si pudieran, lo ideal sería que se encontraran en la cuarta recta, justo tras los terceros obstáculos, y más vale que ese mamotreto rojo tuviera un plan para parar a esa bestia incontrolable. La parte difícil era que para que aquello pudiera suceder, ella tendría que encontrar una forma de retrasarlo...

El animal iba algo mas lento que al principio, seguramente por el tiro que había recibido, pero aún así seguía siendo condenadamente rápido. Ella buscó rápidamente en su cerebro, y acudió a una opción tan válida como desesperada. Echó la vista atrás, viendo como se recortaba las distancias, hasta que le sacaba tan sólo un cuerpo de ventaja. Con la mano izquierda afianzada en las bridas y volviendo a levantarse sobre los estribos de la silla, liberó uno de los látigos que levaba en torno al cuerpo y lo mantuvo recogido en la mano derecha. Se acercaban rápidamente a los segundos obstáculos. De nuevo, volvió a saltarlos todos, plenamente consciente de que cada seto que saltaban era para ella como la cuenta atrás. Cinco, cuatro, tres, dos, uno...

Y salieron de nuevo, tras trazar la curva, hacia la tercera recta. No había hecho si no apoyar las patas delanteras su caballo, cuando trazó un arco con la mano derecha, liberando la cola del látigo. El caballo blanco apoyó a su lado las patas delanteras y el látigo chasqueó justo frente a sus cascos. La sorpresa en la cara de la Sheriff fue mayúscula al comprobar que el caballo, obedeciendo quizá al temor, o a la comprensión de ese sonido, variaba su rumbo y se orillaba un poco más hacia el lado derecho. Habría alucinado de su propio descubrimiento, si no hubiese tanto en juego. Buscó con la mirada al ente rojizo, que apretaba el paso en la recta llegando a los segundos obstáculos. Podía...

El látigo volvió a chasquear, obligando al animal a alejarse de su origen. Su comprensión de la situación, que hasta entonces había sido motivada por la necesidad de salvar a otros animales y destruir a aquella cosa, cambió radicalmente y adoptó una nueva forma en su cerebro, mucho mas nítida y urgente. Así, cuando el caballo blanco empezó a dejarle espacio, ella en lugar de mantenerse pegada a la valla, empezó a aproximarse a él. Observó la trayectoria imparable del demonio a la carrera, y a base de latigazos, consiguió que el animal fijara toda su atención en ella, corrigiendo su ritmo de carrera, decelerándolo, y también ubicando al animal en una nueva dirección de la que pareció no percatarse... justo en linea recta hacia el que venía corriendo.

Atravesaron, uno junto a otro, el tercer obstáculo a pleno galope, y salieron a la cuarta recta, justo donde debían encontrarse. El animal entonces volvió la vista hacia adelante, para contemplar como aquella mole rojiza se abalanzaba hacia él a una velocidad vertiginosa. Estaban a apenas unos metros y el impacto iba a ser brutal. Sólo esperó que ninguno de los dos muriera en el intento...

Su sorpresa fue mayúscula y tardó apenas dos segundos en tratar de reaccionar. Ladeó la cabeza y clavó las patas delanteras en el suelo, dispuesto a variar su actual posición, y en ese momento, con un último grito acompañando el gesto, la vaquera enrolló en un último chasquido el látigo en torno a su cuello y tiró de él, usando su fuerza, la de Goldglint y la de la propia carrera, para obligarle a permanecer en su posición actual. El látigo se tensó hasta sus límites con un crujido, advirtiendo de su resistencia limitada a una maniobra tan extrema como aquella. El animal bajó la cabeza, haciendo asomar la lengua y en ese instante, el puño de piedra se hundió en pleno pecho del portento níveo, con una fuerza descomunal. El relincho de dolor hizo que a la vaquera se le escapara una sola lágrima, al tiempo que la criatura blanca era arrojada hacia la derecha, se estampaba contra la valla de seguridad y luego contra las gradas. Ella y Goldglint fueron arrastrados un par de metros acompañando el movimiento que había hecho la aparición, hasta que el caballo dorado volcó, y ella salió despedida de la silla.

Durante unos segundos se sintió en plena ingravidez, mientras un torrente de dolor le recorría el brazo que mantenía sujeto el látigo. Luego el brazo se le durmió por completo, antes de golpearse estrepitosamente contra la panza del caballo titánico. Perdió la visión durante un instante. Se sintió desconcertada y dolorida durante unos segundos, y después de chocar, resbaló hasta el suelo. Al llegar allí, apoyó las manos contra el suelo, permaneciendo de rodillas. La bestia despedía un hedor que clamaba miserias, y la boca le supo a hierro, hasta que se dio cuenta de que estaba sangrando. Todo estaba cubierto de la intensa humareda verde y de partículas de polvo que no la dejaban ver absolutamente nada. Entonces algo chocó justo a su izquierda. Su mirada desenfocada no le permitió ver que se trataba de uno de los cascos del caballo hasta varios segundos después. Al darse cuenta del peligro, su cerebro se despejó, más por afán de sobrevivir que por otra cosa. El animal piafaba y empezaba a hacer aspavientos, buscando desesperadamente levantarse. Ella estaba justo junto a la panza oronda del animal, lo que la colocaba en una posición extremadamente peligrosa.

Buscó entre la nube de humo la enorme figura que había derribado al Portento albar de un sólo golpe. Cuando sus ojos llorosos lo ubicaron entre la humareda, no le dio ni un instante.

- ¡COGELE DE LAS BRIDAS!- gritó, al tiempo que hincaba una rodilla en el suelo, intentando hacer acopio de fuerzas para levantarse. Un hilo de sangre le calló de los labios, salpicando el suelo - ¡ESTA DOMESTICADO! ¡COGELE DE LAS CORREAS, VAMOS!- añadió con urgencias.

Ahora que el Demonio tenía la oportunidad de ver al equino de cerca, seguramente tendría la ocasión de comprobar lo mismo que ella. Aunque costase distinguirlo, aquella cosa estaba preparada para montar. La cabezada en su rostro, las riendas rodeando su cuello, esos bultos de la espalda, que conformaban una silla apenas visible, pero que ahí estaba.

No habría otra ocasión. Tenían que cogerlo ahora...

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   9th Junio 2014, 10:29

Los últimos metros y el choque habría llegado. Hellboy se preparó para saltar y propinar el gran puñetazo. La vaquera usó su látigo y unas fuerzas sobrehumanas para atar el cuello del gigantesco caballo y evitar que pudiese variar su trayectoria. El demonio saltó y golpeó con toda su fuerza el pecho del caballo. A pesar de que su mano era indestructible, notó el golpe como si acabase de dar un puñetazo a una montaña, y no pudo evitar apretar los dientes ante el choque. El caballo salió disparado contra las vallas y las protecciones del lateral de la pista, llevándose consigo en el tirón a la pobre muchacha que había demostrado una valentía y fuerzas descomunales. "Rojo" cayó de espaldas, y tras agitar un poco la cabeza y crujirse la mano de piedra se levantó, contemplando la escena. El enorme corcel yacía moviéndose con torpeza mientras intentaba incorporarse. La chica estaba apoyada en su vientre con la boca llena de sangre. El demonio se acercó lentamente hacia ellos mientras la chica trastabillaba para evitar ser golpeada con la enorme pata.

- ¡COGELE DE LAS BRIDAS! ¡ESTA DOMESTICADO! ¡COGELE DE LAS CORREAS, VAMOS!- Pero el demonio tenía otros planes. No pensaba que fuese posible domesticar ni cabalgar al caballo del apocalipsis. Aquella criatura ancestral sólo había sido creada para la destrucción y la propagación de la enfermedad. Era imposible cabalgarla como si fuese un poni de feria. Como a un caballo que ha perdido una pierna, Hellboy se preparó para sacrificarlo. Un simple tiro en el corazón (o tal vez dos) con "El Samaritano", y esperaba que todo hubiese acabado.

- ¿No pensarás que iba a ser tan sencillo, verdad Anung-Un-Rama?- Una voz gutural y metálica, acompañada de siseos y una especie de eco que hacía parecer que eran dos personas las que hablaban rompió el silencio. "Rojo" se detuvo y se giró. Allí, a un par de metros de él, una oscura y escalofriante figura había aparecido. No medía más que el demonio, y era mucho más delgado que él. Pero era un halo de maldad y oscuridad que lo rodeaba lo que le convertían en un ser escalofriante y repugnante. Tenía un extraño casco metálico con dos protuberancias en forma de pinchos que salían hacia ambos lados de la cabeza. Unas láminas metálicas curvadas superpuestas cubrían su cara hasta su boca, dejando ocultos ojos y nariz. Los labios estaban llenos de pústulas y cortes, y sus dientes, largos y afilados, cubiertos de sangre. Su piel era blanca como la nieve, pero un blanco enfermizo, como el de las personas terminales en un hospital. Llevaba un traje negro, y sus piés permanecían semi ocultos en medio de una pequeña neblina verdosa, igual a la que emitía el caballo. Sus manos estaban cubiertas por unos guantes negros con una armadura parecida a la del casco por encima. En la espalda llevaba un arco y un carcaj lleno de unas flechas negras como una sombra. Las hombreras también tenían dos protuberancias igual que el casco. Su simple presencia helaba la sangre y producía nauseas a los presentes.
Aspecto del personaje:
 
Aspecto del personaje 2:
 

Hellboy le miró de arriba a abajo mientras la criatura le devolvía una sonrisa nauseabunda e infernal. Sus dientes se tiñeron de rojo y de las comisuras de los labios un pequeño hilo de sangre cayó a través le los labios podridos.- No sé quién eres, pero eres tan feo que podrías estar en "The Walking Dead"…- Este ser le había llamado por su verdadero nombre, Anung-Un-Rama. Sólo las criaturas más antiguas, ancestrales, y generalmente peligrosas conocían ese nombre. O aquellos que habían estado en contacto con alguno de esos seres. No tenía ni idea de dónde había salido pero no pretendía quedarse de brazos cruzados. Se llevó la mano al revolver pero antes siquiera de poder sacarla el otro tipo se había acercado a él y puesto una especie de katana en el cuello al demonio.

- ¡Ah, ah, ah! No tan rápido querido, hablemos primero…- "Rojo" sabía que podía quitarse la espada con un rápido movimiento de su mano derecha, pero al no tener él otra con la que poder luchar prefirió no arriesgarse. Una cosa era parar los golpes de aquel ser con su enorme puño, pero si no puedes devolverle los ataques no sirve de mucho. Soltó su pistola y miró fijamente al individuo.- ¡Excelente! Sabía que eras lo suficientemente inteligente como para reconocer la derrota.- Con un rápido movimiento y un silbido en el aire, guardó la katana en una funda que colgaba de su cinturón. Le dirigió una escalofriante nueva sonrisa al demonio.

- Bien, soy todo oídos "cara plancha". ¿Qué me ofreces?-

- Jajajaja, siempre tan orgulloso y temerario, demonio. Crees que tienes la situación controlada, pero esto escapa a tu comprensión criatura. Apenas has vivido setenta años y ya crees que lo sabes todo.- No lo decía en un tono de enfado, ni mucho menos. Era más bien una burla, se jactaba de sí mismo sin dejar de exhibir esos terribles dientes sangrantes y una lengua morada llena de heridas y pústulas como los labios.- ¿Crees realmente que eres la única criatura capaz de comenzar el apocalipsis? Tu mano es la llave para él, eso es cierto. Pero hay muchas otras formas de llamar a los jinetes demonio… Ahora mismo, por ejemplo, lo estás viendo.- Con un brusco movimiento de cabeza volvió a sonreír, con una mueca de desprecio y burla hacia el demonio.- Veo, sin embargo, que esta vez no te acompaña tu querido amigo el hombre-pez, sino una jovencita rubia. ¿Has cambiado tus gustos? ¡Lo celebro! Esta es mucho mejor que tu otro compañero… Él tiene a ser demasiado estirado.-

Hellboy se giró y vió a la chica rubia, quien se había conseguido poner en pie, mirando atónica la situación que tenía delante. Primero un demonio de más de dos metros, rojo como la sangre, y con una gigantesca mano de piedra. Después un caballo del tamaño de un camión pequeño con los ojos verdes y un halo verde de putrefacción y muerte. Y ahora, esa especie de criatura salida de algún cuento o historia de terror, que helaba la sangre con cada palabra que decía.

- A ella no la toques, no tiene nada que ver en esto. Si tienes problemas o alguna deuda pendiente es a mí a quien buscas, ¿o eres de esos que les gusta golpear a las inocentes chicas?- No le gustaba que personas inocentes se involucrasen en sus planes, más que nada por la situación en la que se podían ver envueltos. Él era un demonio muy difícil de matar, que había sido vapuleado innumerables veces y siempre había conseguido recuperarse. Abe era inteligente, rápido y ágil, y aunque su factor de curación era muy inferior al de "Rojo", solía recuperarse de sus heridas sin tratamientos especiales. Liz, la única humana del grupo, poseía el poder de la piromancia, y era capaz de defenderse de muchas criaturas que le atacaban. Además, siempre estaban él y Abe para protegerla sino. Pero un humano normal era otra cosa. Los agentes morían casi a diario en el B.P.R.D, la mayoría de ellos en avanzadillas para investigar un suceso extraño al toparse con algo mucho más grande y peligroso de lo que esperaban. Había demostrado un enorme valor al enfrentarse a ese caballo, pero no parecía poseer más que su determinación y su fuerza de voluntad.

- ¡Oh, qué enternecedor! Sin embargo, me temo que a ella le afecta la situación tanto como a ti, querido amigo rojo.- Chasqueó los dedos y el caballo se levantó. Como si fuese un poni para el entretenimiento de los niños, este avanzó dando ligeros pasos hasta situarse al lado del extraño ser. Este acarició su morro con delicadeza y le susurró algo al oído en un extraño idioma.- No es nada personal demonio, es simplemente que el fin de la humanidad ha llegado por fin.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   9th Junio 2014, 21:11

Si él no lo hacía tendría que hacerlo ella misma...

Pero entonces escuchó una misteriosa voz, que le erizó hasta el último pelo del cuerpo e hizo que se pusiera totalmente en guardia. Hasta tal punto hacía aflorar su instinto que le hizo levantar el labio superior, enseñando una hilera de dientes ensangrentados, igual a la que él poseía, solo que muchísimo menos repugnante. Su respiración se aceleró, y sus pupilas se expandieron en sus ojos azules, volviéndolos fríos y peligrosos.

El animal blanco había detenido sus movimientos, y ella aprovechó el momento para levantarse, apoyándose en la panza, y retirarle el látigo del cuello con un movimiento. El cuerpo le pesaba como si hubiera levantado sola todo un granero. Tosió, haciendo salir de su boca sangre vaporizada. La sensación ardiente del brazo derecho no desaparecía, le picaba como si tuviera un nido de hormigas de fuego correteándole encima. Hasta que se apaciguó la nube de polvo, fue incapaz de enfocar la vista, y encontró al tipo rojo con otro que había aparecido de la nada. Contempló la escena, con los ojos muy abiertos y el ceño ligeramente apretado por una intensa presión, notando el sabor de la bilis en la boca, que poco o nada tenía que ver con el olor. Estaba acostumbrada a la pestilencia, pero ese tipo no valía ni para abono, y era por otro motivo.

En su fuero interno, dentro de aquel lodazal del que antes había intentado salir, una sensación de terror primitivo, como el del hombre de las cavernas que huye atemorizado del rayo, el fuego o un eclipse, arañó con sus garras insidiosas lo profundo de su conciencia. Creyó que acabaría por provocarle dolor de cabeza, y apretando los dientes agarró por un instante la estrella de su pecho. Aquello le insufló fuerzas y desterró aquella inmundicia al pozo de mierda del que había salido. Empezó a andar, acercándose hacia donde estaban esos dos. El látigo se arrastraba por el suelo, con un sonido siseante. Parecía increíble que aún lo mantuviera asido con una mano que apenas sentía. Las espuelas aderezaron su conversación mientras llegaba a su altura. Se detuvo junto al demonio al tiempo que aquella inmundicia llamaba al animal y este se levantaba, respondiendo a su verdadero amo. Evidentemente, no es como si hubiera pasado de la conversación. Cada palabra había llegado a sus oídos la había puesto en situación, y al mentarla, ella le dirigió una mirada a aquella cosa. Su ceño estaba fruncido hasta lindar con aquellas dos balas azuladas de gran calibre que eran sus ojos, enfrentándose a lo que le provocaba esa sensación que detestaba con toda el alma.

Que ella no sentía, porque era la Sheriff...

- Ya me imaginaba que victoria tendría otra pinta.- dijo, haciendo que su tono de voz natural, amable y decidido, sonase iracundo de una forma contenida que lo hizo perturbador. Casi antinatural. - La mona, aunque vista de seda...- añadió mientras dirigía una media sonrisa cargada de sangre a eso que tenía delante.

Porque si, ella había pensado que se trataba de Victoria. El primer caballo del apocalipsis. El blanco portento que llevaba al arquero. Para cuatro caballos que salían en la biblia, ¿Como no recordarlos? Pero estaba equivocada, porque tal rastro de muerte y destrucción, el hedor y la enfermedad solo podía corresponder a uno de ellos. Al contacto con las manos de aquel monstruo, el color blanco del caballo se tiñó de un azabache tan oscuro, que mas que negrura parecía vacío, y momentos después aquel que era albar se transformó en negro.

- Hambre...- siseó entre dientes, haciendo que un hilo de sangre se deslizara de nuevo, manchando su comisura esta vez. Lo había llamado por su nombre original y menos habitual, igual que momentos antes había hecho él con el Demonio, aunque desde luego este era un detalle que ella desconocía. El nombre generalmente conocido de aquella basura era "Peste".

Al escuchar aquella amenaza, la sangre le hirvió dentro de las venas. No lo mostró abiertamente, pero su mirada estaba cargada de una ira que sólo habían conocido aquellos que gritaban "El horror tejano" durante sus continuas pesadillas. Aquellos que habían afrontado su merecida sentencia por los crímenes cometidos, bajo la presencia de su inquebrantable justicia.

Y esa basura ya acumulaba un historial tan largo como su brazo...

"No acabarías con la humanidad ni con un brote de cáncer de sida contagioso por el aire." pensó para sus adentros, en un alarde de inteligencia. Lo que menos deseaba era darle ideas a ese desgraciado. En su boca se dibujaba una mueca de total aborrecimiento - "Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: "Ven". Miré, y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano..." apocalipsis 6,5. - recitó, aunque era posible que no fuese exacto. Hacía tiempo que no le echaba un vistazo a un sagrado somnífero - ¿Pero dónde estabas cuando tu animal te necesitaba? - Preguntó con clara recriminación. Su labio superior se elevó mostrando sus dientes teñidos aún del rojo grana de la sangre. Su mentón se alzó orgullosamente, haciendo que aún magullada, su presencia destilara dominio y potestad. - Jinete del apocalipsis. ¡Tus amenazas están mas vacías que tu silla de montar!...Tu no eres un jinete. No ocupabas el lugar que te correspondía sobre tu caballo. No mereces ni masticar el estiércol de ese animal. ¡Lo dejaste sólo, confundido y aterrado! ¡TU NO ERES UN JINETE! ¡NO ERES NADA!- añadió alzando el tono. Clavó su mirada penetrante esa aberración de pesadilla. La Sheriff que llevaba dentro y que resurgía más poderosa que nunca no podía permitir que aquel crimen se quedara sin castigo. En un último gesto despreciativo, se lamió el interior de la boca, escupió justo frente a ese monstruo una salpicadura de sangre, y luego se secó la comisura con el reverso de la mano. - Eres una vergüenza... - añadió, haciendo de algún modo que aquello sonara peor que el cualquier insulto que se hubiera pronunciado jamás.

Evidentemente su mortalidad ni siquiera era un aspecto que contemplara su mente en ese momento. Si Dios había hecho a hombre y mujeres, y les había dado libre albedrío, ella pensaba utilizarlo. Si, señor.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   10th Junio 2014, 10:49

Hellboy se giró lentamente hacia la chica rubia con una mirada imposible de describir. ¿Se acababa de chulear a uno de los jinetes del apocalipsis? No, no, tenían que haber sido imaginaciones suyas. Aquello no acababa de pasar. Pero la carcajada desgarradora e infernal que profirió el jinete le demostró que aquello acababa de ser muy real. "Hambre", y su caballo "Peste", puede que fuese el más débil de los cuatro, incluso más que victoria, pero seguía siendo uno de los cuatro jinetes.

- Los mortales sois tan predecibles… Creéis que sabéis acerca de la vida, que controláis vuestros pequeños negocios y que manejáis vuestras decisiones como un títere maneja a su marioneta en una obra para niños. Sois tan graciosos…- Comenzó a andar alrededor de la pareja, lentamente y dejando un rastro verdoso a su paso. Sus huellas quedaban grabadas en el suelo con una especie de telilla verdosa que hacía sisear al agua y chisporrotear.- Esto no es más que el comienzo de una nueva era. Deberíais sentiros orgullosos puesto que vais a contemplar de primera mano lo que os espera.- Y dicho esto alargó su dedo hacia Rebecca. Esta notó como la respiración le faltaba, y fue derrumbándose hasta caer de rodillas. Hellboy pudo ver como su piel se volvió pálida, mucho más pálida, y pústulas y heridas comenzaron a salir por toda ella. Los ojos se le secaron, la lengua se le volvió morada, y sus huesos empezaron a marcarse en su cuerpo.

- ¡EH! ¡TE DIJE QUE LA DEJASES FUERA DE ESTO! ¡PELEA CONMIGO SI QUIERES!- Sacó su enorme revolver y apuntó a la extraña criatura a la cabeza.- Sé que esto no te matará, pero eso no quita que te vaya a escocer la cara mucho… Déjala en paz y vete.

La criatura le dedicó otra de esas diabólicas sonrisas a Hellboy, acompañada con un siseo escalofriante. Levantó el dedo y la muchacha cayó apoyándose en sus manos mientras recuperaba la respiración entrecortadamente. Su cuerpo volvió a tomar la forma y belleza anteriores, incluso sus heridas y golpes fueron curadas. El demonio enfundó su arma y ayudó a la chica a levantarse.- ¿Te encuentras bien?

- Bueno, entonces podemos comenzar la partida, ¿me equivoco?- Había vuelto andando lentamente hacia su caballo y acarició su morro con delicadeza. Este emitió un pequeño bufido tan aterrador como la voz de su jinete.- Tengo que ponerme en marcha, hay un sinfín de preparativos que debo hacer antes de que mis hermanos lleguen. No os preocupéis, estáis invitados a la fiesta. Lo vamos a pasar muy bien todos juntos.- Otra de aquellas sonrisas, acompañada con un hilo de sangre que goteó desde su barbilla. Se encaramó al caballo y miró desde allí arriba a la pareja.- Me dirigiré al norte, hasta los grandes acantilados. No espero volver a veros, al menos no por ahora. Pero si queréis hacerme una visita ya sabéis donde encontrarme. Vamos "Peste", hay todo un cosmos esperándome con ¡eh! mi nombre en él…- Y tras alzarse sobre sus dos patas y relinchar con fuerza, el caballo desapareció a una velocidad incalculable, adentrándose en la bruma que flotaba sobre el suelo.

Hellboy se cubrió la cara con la mano de piedra para evitar el polvo que levantó la gigantesca criatura. Suspiró y se volvió hacia la chica.

- ¡Tú! Sabía que estabas loca cuando cabalgaste con la velocidad del viento hacia aquella criatura, pero no tenía ni idea de que querías que nos matasen.- Ella comenzó a replicar al demonio pero este negó con la cabeza.- Es igual, tenemos que parar a este engendro antes de que se complique más la situación. Y sí, he dicho tenemos. Después de la que me has liado no te vas a ir de rositas ni de coñá… Recoge tus pertenencias.- Pulsó el intercomunicador que llevaba en su cinturón.- Chicos, es posible que necesite un taxicóptero… Traedme todos mis juguetes, entre ellos "El Bebé". La cosa se ha puesto complicada de cojones y no pienso andarme con chorraditas. Avisa también a Abe. Voy a necesitarle. Nos vemos dentro de quince minutos en la pista del Grand National. Y por cierto, tengo una agradable sorpresa para vosotros. Viene conmigo una rubia que está bastante potente. Feliz Navidad adelantada.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   10th Junio 2014, 21:48

Aquella basura se carcajeó en su cara, pero ella supo notarle el regusto amargo a esas palabras. Pues no había tenido que toparse con pedantes en su vida como para saber cuando algo le escuece a alguien que se cree más o mejor que tú. Su modo despreciativo de hablar a los humanos, de la que, visto el panorama, ella debía ser única representante presente, le dieron ganas de preguntarle si alguna vez se habría mirado al espejo. Empezó a andar en torno a ellos y ella le siguió con la mirada, hasta el momento en que, en su caminata tan dramático, pisó el casco de una pata de caballo que había en el suelo. Corrección. De medio caballo. Aquello hizo que sus ojos se detuvieran en ese instante. Su mente se sumió sobre ese momento como las nubes de tormenta se acumulan en una sola zona.

Instintivamente su puño se cerró en torno al pomo del látigo que aún llevaba en la mano, con una fuerza tal que le recordó aquel hormigueo ardiente. Entonces levantó la vista, y encontró al monstruo en una nueva posición, señalándola directamente con el repugnante dedo enhiesto. Estaba preparada para pegarle un latigazo que lo cortara en dos por su falta de respeto, cuando repentinamente, sintió que la abandonaban todas las fuerzas. El látigo cayó al suelo, e hizo un chasqueo sutil, como una campanada fúnebre que marcaba el inicio de lo que iba a ser un tormento...

Su vista se nubló, y por más aire que tomaba, no podía respirar. De no ser porque los fluidos de su cuerpo parecían evaporarse al contacto con el aire, se habría meado encima, tan seguro como que no podía llorar porque no le quedaba ni una lágrima. Al pestañear sintió como si una duna de arena le cayera sobre los ojos. Después de que un dolor lacerante le recorriera las extremidades, como si se le fueran a despegar los músculos del cuerpo, la bilis le subió hasta la boca, acompañada de una bocanada de sangre, que salpicaron el suelo con una espuma carmín y amarillenta. Empezó a perder la conciencia de lo que pasaba, y creyó que su piel se volvía fina hasta deshacerse. Se hundió de rodillas, incapaz de luchar con aquel dolor que le consumía el cuerpo, y apenas si consiguió apoyarse en las manos. Su decrepitud llegó a tal punto que el látigo que aún se ceñía a su cuerpo se resbaló sobre lo que era ahora una cama de piel y huesos. Se obligó a cerrar la boca y los dientes, para no gritar, hasta hacerlos crujir a un extremo en que dos de ellos se partieron. Cuando por fin cedió a la necesidad, fue incapaz de hacerlo. Su garganta se convirtió en una mina de sal, arañando su voz, que era inaudible. Observó como sus manos se consumían plagadas de úlceras, pústulas y heridas, como la ceniza consume una colilla de cigarrillo.

Antes de perder del todo la vista, supo que aquel momento quedaría suspendido en el tiempo, y ella sufriría para siempre...

En algún punto de su conciencia, la imagen de un Sheriff abatido regresó golpeándola más duramente que aquella enfermedad...

Y de pronto, con una última bocanada....paró.

Su vista volvió a recobrarse y se alegró de ver aquella tierra como si fuese lo primero que veía en toda su vida. Por que seguía viva. Su boca entreabierta, la obligaba a jadear para recobrar el aliento, en sus manos el dolor había desaparecido, e incluso el hormigueo de la mano derecha se había volatilizado. Sus músculos abotargados temblaron al hacer fuerza cuando notó la cálida mano del ser rojizo ceñirse a uno de sus brazos, y ella aprovechó ese apoyo para levantarse, siendo consciente entonces de que también tenía dos piernas. Dos fuertes piernas capaz de sostenerla en pie.

- He tenido... resacas... peores... - respondió en un murmullo apenas audible, intentando amagar una media sonrisa, mientras recobraba aún el aliento cerrando los ojos.

Ahora, mientras trataba de convencerse a sí misma de que estaba viva, más que nunca además, recordó qué había sucedido, y volvió a buscar con la mirada a esa cosa, que montada en el enorme animal, se despidió y salió corriendo, más rápidamente aún de lo que lo había hecho el caballo plenamente sano por sí solo. Se soltó de la mano del demonio en cuanto arrancó, y lo siguió con la mirada, al tiempo que murmuraba algo. Lo había jurado, ante el Diablo y ante Dios. Como fuera, ese monstruo iba a morir por sus pecados, o no se llamaba Sheriff. Se giró en el mismo momento en que aquella mole roja empezaba a increparla.

- ¿¡QUE?! - preguntó, señalándose al pecho con ambas manos, incrédula de que le echara la culpa. En cuanto le dijo lo siguiente, le miró con ambas cejas alzadas y cuando se puso a hablar por uno de esos aparatitos que ella detestaba se limitó a trazar un círculo con los ojos, para luego levantar las manos de forma despreciativa. Lo que se suele hacer cuando no se quiere discutir más. Entonces encontró algo que llamó su atención y obvió todo lo demás.

Goldglint iba al paso tranquilamente en torno a la pista, oliendo lo que la rodeaba. Ella se arrodilló en el suelo. Acarició la pata que había pisado esa basura cobarde y luego cogió el rostro del animal, que la miraba desde esas cuencas vacías de vida, el pelo revuelto frente a sus ojos y la lengua asomando entre los dientes. La introdujo de nuevo en su lugar y ciñó la morrera para que no volviera a salir. Después levantó su rostro, pegó su frente a la de él durante un silencio sobrecogedor en el que apenas se atrevió a respirar (y eso que después de lo sucedido, respirar ganó para ella mucho valor) y le acarició las crines con una delicadeza difícil de creer en alguien como ella. Cuando acabó su tributo, depositó la digna cabeza del animal en el suelo, se levantó y la contempló, con una expresión nostálgica, que correspondía mas a una vieja pena, que a una nueva, mientras sujetaba la estrella de su pecho con la mano cerrada, clavándose las puntas romas en la palma.

Sus ojos pasearon por la pista, observando las manchas lejanas que eran los caballos que inspirados por el terror que habían vivido, aún continuaban huyendo. Se acercó hasta su sombrero, que había estado posado en el suelo desde que saliera volando, se lo calzó sobre la cabeza, y llamó a Goldglint con un chasquido. Luego miró al demonio con una expresión totalmente indiferente, casi aislada, como si nada de lo que hubiera a su alrededor pudiese alcanzarla.

- No voy a ningún lado. Alguien tiene que hacerse cargo de esos caballos. - resolvió al tiempo que su semental dorado se acercaba - Están aterrorizados. Causarán accidentes y cosas peores. No les dejaré a su suerte. - añadió con una seguridad que casi quemaba.

Pasó junto al Demonio y se agachó en cuchillas para recoger los látigos que estaban en el suelo, enrollándolos y volviendo a colocarlos en su cinturón. Luego se levantó, se sacudió las manos y se dio la vuelta, para encontrarse a ese mamotreto color grana justo delante. Intercambiaron miradas en el segundo mas tenso de la historia. Los ojos de ella, envueltos en aquel halo que la mantenían inaccesible, dejaron entrever un brillo intenso que rezaba claramente: "Apártate de mi camino"...
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   11th Junio 2014, 10:42

- ¿Te preocupan más unos pocos caballos que el destino del mundo?- ¿Quién demonios pensaba en unos pocos caballos cuando uno de los jinetes del Apocalipsis acababa de presentarse ante ti, casi consumiéndote por completo, y amenazando con la integridad de la tierra como quien dice que va a comprar al mercado? Aquella chica debía ser una fan indiscutible de los caballos, no había más que ver su forma de vestir.

Acabar con aquel enemigo no iba a ser fácil. Iba a necesitar gente que realmente desease enfrentarse a algo así de peligroso y monstruoso. Podía contar con Abe. Siempre podía contar con Abe. Él le habría seguido hasta la muerte, como ya había hecho antes. Podía contar con Liz también. Él la amaba, y aunque no sabía hasta qué punto ella también, nunca le había abandonado por peligrosa que fuese la situación. Johann le habría acompañado también, pero desgraciadamente él no iba a servirles de mucho. Lo único qu podía hacer era aburrir al jinete hasta la saciedad con su parafernalia y acento alemán. Pero aquella chica… Hacía tiempo que el demonio no veía semejante despliegue de valor y fuerza. Tal vez no fuese más que una humana, pero desde luego parecía bastante más útil que sus compañeros del B.P.R.D, los cuales a la mínima de cambio (la mayoría, que no todos) se meaban encima y se iban corriendo en cuanto las cosas se torcían. En el fondo era comprensible. Preservar la vida es lo más importante. Pero aquella chica parecía estar hecha de la pasta que él y sus compañeros Abe y Liz. De los que no tienen miedo a enfrentarse a la muerte si esta se presenta en tu salón.

- No estás obligada a venir, pero nos servirías de gran ayuda. Puedo decirle a mis compañeros que se encarguen de encontrar y cuidar a todos esos caballos. Además, esta zona va a ser acordonada por nuestra organización en cuanto nos recojan. Tienen que investigar los rastros del caballo monstruoso, así que dudo que te dejasen pasar.- Johann probablemente sería de los que se quedase allí, investigando quién o qué invocó al jinete y buscando algo de información que pudiese resultarnos útil para frenar a la monstruosidad que había aparecido ante nosotros. Desde luego había sido premeditado, pues "Hambre" no era siquiera el primero de los jinetes. "Victoria" y "Guerra" eran anteriores a él. Alguien tenía que haberlo invocado. Eso, o estaban los cuatro jinetes recorriendo el mundo en ese momento y no se habían enterado. Esa idea le pareció realmente escalofriante. Ya había sido duro enfrentarse a un solo jinete, no quería ni pensar lo que podía ser tener que luchar contra los cuatro, con todo su potencial desplegado. El propio jinete había hablado de sus hermanos y de que pronto todo sucumbiría en la destrucción y fin de la humanidad. Si era verdad lo que decía no podían perder ni un segundo más.- Mira rubia, sé que tus caballos te preocupan y que para ti son algo más que simples animales. Pero hay cosas mucho más grandes pasando a nuestro alrededor, así que tú eliges si quieres ayudar a salvar a la humanidad o seguir siendo alguien que cepilla caballos mientras el mundo se va a la mierda… Veo que te gustan las armas de fuego y tu látigo. Nosotros podemos proporcionarte armas mejores para que te enfrentes a esta criatura. No te ofendas, pero las balas de tu pequeño revolver no pueden hacer nada contra él. Sería como tirarme trozos de palo a mí.- El sonido lejano de un helicóptero captó la atención de la pareja.- Tú eliges vaqueriza, pero si vienes con nosotros podrías tener la oportunidad de patearle el culo al jinete…-

Si venía con ellos o no ya era decisión suya. Él no iba a obligarla ni obligaría a nadie. Suficiente mierda se les venía encima como para andar negociando con alguien sobre si se venía o no. En cuanto el helicóptero llegase él se subiría y se dirigiría al norte, hacia los barrancos escoceses. El helicóptero no tardó en aparecer sobre los árboles. Un gigantesco armatoste negro con un puño sujetando una espada pintado en el lateral sobre las letras B.P.R.D. Se abrieron las compuertas laterales y un hombre trajeado le hizo señas a "Rojo" de que se diese prisa. El demonio miró por última vez a la vaquera antes de digiriese a la carrera al helicóptero. Si quería unirse a ellos era ahora o nunca. El césped ondeaba ante las aspas del helicóptero, y por la otra puerta de este salieron varios hombres que se dirigieron a los establos llevando un enorme cajón negro. El equipo de investigación ya iba a ponerse manos a la obra. Sólo esperaba que pudiesen darle alguna pista o algo que les ayudase a frenar al maldito monstruo, o la cosa se iba a poner más que tensa.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   11th Junio 2014, 17:49

Ella no respondió a su pregunta, se limitó a contemplarlo sólo un instante más, con aquellos ojos helados a través de la neblina neutral que aún los cubría. Luego retiró la vista hacia su semental dorado y se acercó a él. Mientras andaba las espuelas resonaban con su "tink" característico, aderezando los pasos de sus caderas con el único sonido que se atrevía a romper ese silencio. Al llegar, el animal la contempló y ella supo leer en sus ojos el desasosiego que le había causado todo aquello. Lo acarició sobre su morro, y luego sobre los mofletes, haciendo que el caballo cabeceara un par de veces, mostrando su nerviosismo, hasta que al final se relajó.

El Demonio seguía hablando a su espalda y lo único que consiguió de ella es un leve giro de cabeza, que demostraba que a pesar de no mirarle le estaba escuchando. No era muy difícil conseguirlo, teniendo en cuenta que ella siempre estaba pendiente de todo lo que la rodeaba. Mientras seguía su cháchara, rebuscó en las alforjas del animal dorado. Había asegurado que no las sacaría, pero por otro lado, también le aseguraron que allí había mucha seguridad. Así que estaban en paz. Sacó los dos revólveres de empuñadura de madera, y los comprobó. Luego los asentó en sus pistoleras, y comenzó a caminar, pero no había dado ni tres pasos antes de tener que parar. El sonido del helicóptero era todavía lejano, pero oyó claramente su proposición. Mas bien, su última provocación.

Contempló a aquella cosa, levantando despacio el rostro, y tras el ala del sombrero emergió aquella mirada que los que habían conocido al "Horror Tejano" reconocerían como el principio del fin.

- ¿Puedes asegurarme que van a cuidar de ellos? - preguntó entonces al Demonio, que le devolvió un rápido asentimiento. Ella dirigió una fugaz mirada a su animal, y supo ver en sus ojos comprensión. Porque la decisión estaba tomada. Sabía que ella se iba, y aunque no supiera porqué, se lo perdonaba. Acarició nuevamente con delicadeza su rostro dorado.
- Volveré a por tí, y a por Apalachi. No tengas miedo. Nunca tengas miedo. - le murmuró ella, en una íntima despedida. Luego volvió a trastear en sus alforjas y  recogió una bolsa de viaje, que siempre tenía hecha para las urgencias.

En cuanto el helicóptero aterrizó, empezó el circo. Bajaron un montón de cosas, y un montón de tipos trajeados descendieron de él. Ella agarró las bridas y empezó a correr tras el rastro de la mole rojiza. Al llegar a la altura del helicóptero, uno de los trajeados que parecía liderar a los demás la miró, aunque con esas gafas de sol no supo discernir qué tipo de mirada la echó. Se cruzó con ella con media sonrisa pretenciosa en la boca y entonces de la nada, la mano de la mujer se ciñó en torno a la pechera de la camisa y la atrajo hacia ella, con tal decisión que le hizo inclinarse. Seguramente no se lo esperaba para nada.

- Escúchame, chico, porque no lo repetiré. Aquí la BeefMaster... - indicó señalando con la cabeza al Demonio, a su lado - ...me ha asegurado que vais a recuperar a los caballos y a cuidar de ellos. - le acercó lentamente hasta que no les separaba más que un par de centímetros, haciendo brillar sus ojos con una amenaza que casi recordaba a la del enemigo al que se disponía a enfrentarse. - Si me entero que uno sólo de estos animales ha sufrido daño, no importa quien seas ni qué magias uses, te perseguiré hasta el último rincón y te joderé de tal modo en vida, que cuando te mate el infierno te hará sentir como en tu casa. ¿Estamos?- añadió, mientras le soltaba de un empujón, y luego miraba al caballo dorado. Después de unos segundos en los que tuvo que reunir todo su valor, le cedió las riendas al tipo que acababa de recriminar, que las cogió enseguida.

Luego dirigió una mirada rápida hacia el demonio que estaba ya montado en aquella cosa, se sujetó el sombrero cuyas alas empezaban a verse afectadas por el aire que desprendían las aspas de ese mamotreto, y le tendió la otra mano para que le ayudara a subir. Después de estrecharla, lo que casi resultó el gesto definitivo que cerrara el pacto mudo que acababa de suceder, ahora sólo podía sentarse y pensar en qué Diablos hacía ella persiguiendo a un fugitivo hijo de mil putas muertas que la hacía enfermar con sólo señalarla...


Última edición por Rebecca Logan el 11th Junio 2014, 22:54, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   11th Junio 2014, 19:23


Las aspas se aceleraron y produjeron un fuerte sonido de motor. Tanto el demonio como la vaquera recibieron unos protectores para los oídos, así como un sistema de intercomunicación dentro del helicóptero. Unos grandes micrófonos llegaban hasta la comisura de sus labios. Poco a poco, como si fuesen a cámara lenta, el enorme aparato comenzó a elevarse en el cielo. La tierra y los hombres que se dirigían hacia los establos quedaron reducidos a pequeñas hormigas en la lejanía. Hellboy miraba pensativo a través de las puertas aún abiertas. Las nubes grisaceas cubrían el cielo hasta donde alcanzaba la vista. La vaquera se acomodó todo lo que pudo. A juzgar por su cara, no le gustaban nada los aparatos así, pensó Hellboy. En sus oídos resonó la voz del piloto.

- Creo que deberíais ver esto...- Ambos se alargaron asomándose por el enorme hueco de las puertas. Aquello era verdaderamente desolador. Al igual que un campo que ha recibido una bomba nuclear, al igual que una estampida de un millón de animales, al igual que un prado después de que una guerra haya pasado por encima, la tierra, muchos metros bajo ellos, humeaba muerte y destrucción. Los verdes prados ingleses habían sido convertidos en ciénagas humeantes; las grandes colinas parecían dunas desérticas, con la muerte esparcida por todas ellas; los árboles yacían en el suelo, arrancados, partidos, diezmados, quemados... La muerte había pasado por allí con la fuerza de un ejército. No había absolutamente nada con vida. Sólo humo, muerte, desolación. El paso de "Hambre" había destruído la vida y la vegetación en un camino que se extendía hasta el horizonte. Un rastro negro resaltaba tanto como un brochazo de alquitrán sobre un lienzo blanco. Un par de pueblos habían sucumbido ante el paso del titán. Parecía implacable. No había roca ni montaña que hubiese resistido a su poder.

Un trueno anunció lo inevitable. Aquello era lo más parecido a una película bélica que se podía recordar. Hellboy se encendió un enorme puro y saboreó el humo. Las gotas de lluvia chocaban contra el helicóptero como si fuesen balas. La temperatura bajó repentinamente y la humedad se apoderó del lugar. El enorme demonio se apoyó contra el asiento mientras una pequeña serpiente de humo salía de la punta de su puro. Dio una pequeña patada a un cajón que tenía delante y este se abrió. Allí, cientos de balas y explosivos esperaban ser usados con toda impunidad, desmembrando enemigos, estallando edificios y agujereando el alma de la vida. Si "Hambre" quería guerra, la iba a encontrar. Se había cruzado con alguien que no estaba dispuesto a aguantar tonterías, alguien que mataría a cualquier criatura abismal que se cruzase en su camino, mandándola de vuelta al agujero más apestoso y humeante del que había salido. Asintió para sí mismo y sonrió. Un relámpago iluminó la cara de la vaquera. Pensativa, seria, algo aturdida tal vez, pero sobre todo decidida. No era la cara de alguien que se amedrentase ante una difícil situación. Lo único que le faltaba era tener un parche y una banda atada a la cabeza y podría haberse hecho pasar perfectamente por la típica heroína de videojuego: dura, implacable, sanguinolenta... Eso era lo que necesitaban en ese momento.

···

El helicóptero aterrizó pesadamente y las puertas laterales se abrieron de nuevo. La lluvia seguía cayendo con una fuerza tal que parecía una ducha. A lo lejos, en lo alto de un acantilado, podía verse un castillo perfectamente sacado de una película de "Drácula". Los rayos azotaban el implacable mar, cuyas olas superaban los grandes muros de piedra. Hellboy no recordaba una tempestad así, pero siempre hay una primera vez para todo. Un gran grupo de hombres trajeados del B.P.R.D les esperaba, y su compañero Abe Sapiens, "Azul", encabezaba el grupo.

- He venido lo antes que he podido "Rojo". Espero no haber llegado tarde. Ya sabes que odio ver la peli empezada.- Llevaba un traje negro ajustado. Dos bandas de bolsillos dibujaban una "X" en su pecho. Allí probablemente tendría toda clase de relicarios y objetos santificados para poder enfrentarse a los terrores que les esperaban dentro del castillo. Un par de pistolas con el símbolo de la organización descansaban en su cinturón, acompañadas de varias granadas. Hellboy se acercó hasta él y colocó su brazo izquierdo en su hombro a la par que sonreía.

- Siempre llegas tarde "Azul". Pero no te preocupes, todavía queda mucha película por ver.- Dicho esto, se dirigió a un enorme armario casi tan grande como él que le esperaba al lado de su compañero azul. Lo abrió y un sinfín de munición le esperaba allí dentro. Balas para "El samaritano"; granadas rellenas de plata y ajo; explosivos con agua bendita; una katana cuya hoja era de color azulado... Y "El Gran Bebé", un gigantesco lanzagranadas de seis cañones dispuesto a destruir hasta la última pared que se interpusiese entre ellos y su destino. Se llenó los bolsillos de su cinturón con toda la munición que fue capaz de acarrear. Se ató "El Gran Bebé" a la espalda y colocó la katana en su cinturón, junto a "El Samaritano" y toda una ristra de munición capaz de parar un ejército. Se volvió a la vaquera y le miró.- Tal vez te interesase reponer la munición y coger algo de armamento. Esto va a ponerse muy caliente, y no me gustaría que te quedases sin juguetes.- dijo con una sonrisa de medio lado y después se dirigió hasta el borde de un camino de tierra que había detrás de los hombres trajeados mientras esperaba a que su nueva compañera cogiese lo que quisiese.

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Normas del rol:

- Abe puede ser usado por el jugador con total libertad siempre y cuando no acabe con su vida (a menos que la merezca) y mantenga la fidelidad del personaje.
- Dispones de un enorme armamento para cargarte. Piensa en la limitación de tu peso (no puedes coger una mini gun y después rolear como si lo único que llevases fuesen dos revólveres). Puedes coger lo que quieras. Aquí tienes las opciones:
· Granadas (máximo 6).
. Revólveres especiales (su munición está santificada y puede herir a entes sobrenaturales de manera no mortal).
. "El Halcón": un fusil de francotirador con munición corriente. Extremadamente preciso pero muy inútil en el cuerpo a cuerpo o las cortas distancias.
· Una escopeta recortada. Devastadora en las cortas distancias y el combate cuerpo a cuerpo.
. Una katana con la hoja santificada para poder herir a entes sobrenaturales.
. Pistolas. Tienen un cargador mayor que tus revólveres. (máximo 2)
. Un lanzagranadas.

La munición de las armas (exceptuando la de "El Halcón") puede ser normal o santificada. La ventaja de la santificada es que puedes herir a entes sobrenaturales, pero no de una manera mortal. Son más efectivas que las balas normales contra seres malvados, pero menos contra animales o criaturas normales.
Además puedes coger hasta tres relicarios de los cinco tipos que hay:
- Protección contra fantasmas.
- Protección contra maldiciones.
- Protección contra veneno.
- Protección contra vampiros.
- Protección contra demonios.
Ninguno de estos relicarios puede protegerte de "Hambre" pero sí de las criaturas que puedas encontrar dentro del castillo.

Y dicho esto, ¡a jugar vaquera!

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   12th Junio 2014, 01:17

Aquel ruido era insoportable. El Demonio le tendió unos cascos que tenían un micrófono, como los que usaban los de los restaurantes de comida rápida, pero más grandes, que al menos eliminaban todo el jaleo. Se sentó y se abrochó los cinturones de seguridad. Sintió como una cosquilla al despegar, pero cuando vio cómo se alejaba de los campos, y veía a personas y caballos reducidos a pequeños puntos móviles sintió que había tenido que tomar una dura decisión, y no estaba completamente segura de que fuera lo correcto. Hacer que valiera la pena dependería del resultado, así que tenía que cumplir con lo prometido. Eliminar aquella cosa que se llamaba a sí misma jinete y eliminarla de la faz de la tierra, antes de que siguiera manchando la reputación de los que sí lo eran.

Iba concentrada en ello, cuando el piloto les dijo a través de los cascos que miraran hacia afuera. Tuvo que hacer un esfuerzo para asomarse por encima del hombro del maromo rojo, para comprobar el camino de desolación absoluta que había dejado esa basura tras de sí. Lo de la carrera había sido un pase, en comparación con aquello. La imagen se quedó grabada en su retina. Cada prueba de su delito no hacía sino empeorar las cosas.

Luego volvió a recostarse de golpe contra el asiento del helicóptero. Un rayo iluminó repentinamente el interior, dibujando en ella una expresión tan decidida como severa. El ser rojo le pegó una patada a una caja de munición, y ella en respuesta se reclinó lo que pudo en el asiento, estiró un pie para ponerlo sobre el borde de la caja, cruzó el otro encima, inclinó con una mano el gorro, para echárselo hacia delante cubriéndose la cara y enlazó sus dedos sobre el estómago, disponiéndose a descansar aunque fuese durante unos minutos. Se mantuvo en un duermevela del que podía sacarla hasta el zumbido de una mosca fuera de su sitio. Tenía el sueño mas ligero que el dedo, al disparar.

...

Salió del sueño ligero en que había entrado en cuanto notó que las cosquillas volvían a subirle por el estómago. Estaban aterrizando. No había llegado a dormir, pero sí había descansado los músculos y su cabeza se despejó de forma instantánea, como solía ser costumbre en ella. Retiró los pies del cajón y puso el sombrero en su lugar, mientras se erguía en el asiento justo cuando aquel cacharro infernal puso por fin los pies en el suelo. Se desabrochó el cinturón y al abrirse la puerta, al quitarse los cascos, volvió aquel ruido que era como para volverse loco. Trató de bajar enseguida después del Demonio, al tiempo que se percataba del tamaño de la cola que le asomaba por detrás. Claro, porque no iba a tenerla, mano de piedra, enormes cuernos, cola. Casi parecía lógico.

Bajó y encontró a otra trupe de hombres trajeados que esperaban en la puerta de un castillo inmenso acompañados de... una especie de hombre trucha, o algo así. Casi deseaba que eso fuera algún delirio causado por una droga experimental y ella estuviese balbuceando algo atada a una puñetera cama de Arkham, pero con la suerte que tenía, aquello sería tan real como que estaba lloviendo. En una circunstancia un poco mas amable, se habría dejado llevar por sus emociones y habría alabado su color azulado, o su inteligente expresión de ojos grandes, pero no tenía sitio para la curiosidad, el ansia de hacer prevalecer la justicia ocupaba el cien por cien de su mente. Vio que el mamotreto y él cambiaban unas palabras y al prestar atención, se dio cuenta de sus nombres.

- ¿En serio?- dijo cruzándose de brazos en cuanto habían terminado de saludarse, no interrumpiéndolos por muy poco, haciendo que ambos desviaran por un momento la mirada hacia ella - ¿Rojo y Azul?- preguntó sarcástica, para luego girar de nuevo los ojos y mirar hacia otro lado.

Aquellos paisajes tenían toda la pinta de ser del páramo escoces. Eran verdes y montañosos, e incluso se veía algún rebaño de ovejas al fondo. Por no mencionar el agradable y cálido tiempo del que hacía gala el día. La lluvia la empapó la ropa, y la camisa, manchada de polvo y sangre, empezó a ajustarse a su figura. Mientras el recién bautizado "Rojo" (Por todos los diablos, atentos al alarde de imaginación) se armaba como si fuese a la guerra, ella se desabrochó la camisa bajo la atenta mirada de más de uno que se quedó con los dientes largos al comprobar que tenía una camiseta interior blanca. Escurrió lo que pudo la camisa y se la anudó a la altura del pecho. Entonces le dio carta blanca para coger algo del armario de la comisaría que tenían allí. Observó que había más de un juguete que ella podía manejar y le tomó la palabra. Primero, dejó su petate en el suelo, sacó sus dos revólveres de sus pistoleras y los guardó en la bolsa, cambiándolos por dos de los que allí había. Después de buscar, encontró una funda chaleco para abrocharse otros dos en torno al pecho y la cintura, aunque no iban a ser nada disimulados. Tardó un par de minutos en intercambiar las balas de sus pistoleras por las que había específicas para el revólver, asegurándose de llevar recambio de munición. No sabía que tenían, pero más valía que algo que pudiese reventar la cara a esa basura. Después de valorarlo objetivamente, se decantó por llevar la recortada consigo. Se la colgó por la correa de la espalda. Ella se habría decantado por una doble cañón tradicional, pero no iba a ponerse picajosa, menos teniendo en cuenta que no era su arsenal.

- ¿y esto qué diantres es?- preguntó mientras levantaba un lazo que tenía atadas cinco baratijas.

El hombre-pez azul se acercó a ella con una maneras nada amenazantes y se inclinó un poco, para estar seguro de ver lo que ella estaba cogiendo.

- Se trata de unos relicarios. Son piezas antiguas que guardan en su interior una poderosa magia de protección. Cada uno sirve para repeler a unas criaturas, maleficios, magias negras o maldiciones. - le explicó con un tono de voz bastante agradable.

Su respuesta fue abrir la boca durante un instante y luego asentir, convencida de la explicación, aunque no tanto así de su función. Veía bastante difícil que una cosa como un collar o lo que parecía un reloj fuese a salvarte de nada.

- ¿Y cómo funcionan, te los pones y ya esta?- preguntó ella, devolviéndole una mirada tan azul como su interlocutor.

- Bueno, es algo más complicado. La magia que encierra este tipo de objetos es un misterio. Es posible que sea más poderoso cuanto más lo sea tu creencia de que funcionan. - añadió él, dejando claro que aquello no era seguro.

- ¿Dirías que merece la pena llevar alguno?

- Bueno, no sabemos lo que encontraremos ahí dentro. - dijo él encogiéndose de hombros.

- ¿Cual me recomendarías?- preguntó, dispuesta a darle una oportunidad. Estaba claro que no podía limitarse a pensar como lo había hecho hasta entonces.

Después de pensarlo severamente, el hombre le tendió tres de esas cosa, y ella las cogió por las correas, mirándole, esperando algún tipo de indicación, o cualquier otra cosa. Ni recordaba la última vez que se había puesto algo así. Para ella, sus revólveres eran sus joyas.

- Puedes atarte uno a cada muñeca y ponerte otro al cuello. Así estarás mas cómoda. - sugirió él. La Sheriff tuvo la sensación de que se encontraba incómodo ante ella, pero asintió y lo hizo. Tampoco tenía idea de que aquellos relicarios estaban preparados para protegerla contra demonios, maldiciones y fantasmas.

Luego observó el cajón y encontró unas botellas de cristal redondeadas, que recordaban a una petaca circular. Cogió una y la meció, luego la abrió, trató de mirar al interior y olió su contenido.

- ¿Y esto?- preguntó ella de nuevo.

- Agua bendita. La usamos para santificar y purificar zonas. Es capaz de rechazar a algunas criaturas, y a otras las daña o las incapacita, aunque eso depende de su poder y cosas así. - volvió a explicarle. Ese tipo tenía santa paciencia.

Entonces ella echó un trago, se aclaró la boca y escupió hacia un lado. Después de lo ocurrido, lo necesitaba, aún le sabía la boca con un regusto a bilis. Entonces tuvo una ocurrencia, desató ambos látigos y los empapó con lo que quedaba, volviendo a meter la botella en el armario al acabar. Cogió otro par de petacas y las guardo en los bolsillos traseros de su pantalón. Sintió por un momento la sensación del peso añadido a sus espaldas, nada que no pudiera tolerar perfectamente gracias al cuerpo que tenía, versado en resistencia y trabajo duro. Abrochó el petate y lo dejó dentro del cajón.

- Espero que mis pertenencias estén tal cual cuando salga.- fue una advertencia, que no dejaba de albergar cierta amenaza velada que no pasó desapercibida.

La mujer, pertrechada para la batalla, se calzó el sombrero mejor y sintió el cuerpo empapado y fresco, pegajoso de la humedad del ambiente. Miró la enorme edificación frente a la que se encontraban, sin tener idea de que podían encontrar, pero con la firme seguridad de que de allí no se iría hasta obtener un buen trofeo.

- No nos han presentado como es debido, me llamo A... - empezó el hombre-pez.

. Azul, si - le cortó ella sin saber que lo que realmente iba a decir el hombre pez era Abe- Le he oído decirlo antes. ¿Y bien? Vamos a quedarnos aquí plantados, o a entrar de una vez?- dijo ella, sonando ruda, más que grosera.

No estaba llevada por el temperamento, por un enfado momentáneo. No era una persona que fuese a entrar en esas paredes de roca buscando el suicidio. Mas bien se trataba de un espíritu indomable cuya determinación y la certeza de que tenía un cometido la arrastraba a cumplir con su sentido del deber.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   12th Junio 2014, 09:53

- Tranquila vaquera, o acabarás matándote como casi consigues en la pista de carreras.- Hellboy esperaba a la pareja a que se reuniese con ellos. Cinco agentes más iban con ellos. El demonio sonrió y le guiñó un ojo a Abe, quien asintió con calma.- Vamos a patear algunos culos.

El pequeño grupo se encaminó hacia el gigantesco castillo mientras la lluvia todavía les golpeaba. La silueta que recortaba contra el horizonte, iluminada por los rayos que caían alrededor de él, le daba un toque siniestro y oscuro. El camino estaba totalmente embarrado, y la hierba que había a los lados se meneaba con fuerza por el viento. En seguida encontraron el rastro de la terrible criatura. Un surco de color verdoso se unía al camino desde el oeste, iluminado con una especie de luz radioactiva. Atrás quedaba el helicóptero con otro grupo de hombres que vigilarían la retaguardia. Abe alcanzó a Hellboy llamándolo discretamente.

- "Rojo", ¿crees que ha sido buena idea traer a la chica esta? He podido observar un pequeño resquicio de su mente. Es una humana corriente, fuerte y capacitada. Posee una especie de sexto sentido. Pero eso no es lo que me preocupa. Su mente está bastante atormentada, y puede llegar a ser inestable. No juzgo tus razones, sólo digo que deberíamos tener algo de cuidado.- Mientras ella le preguntaba por los relicarios Abe consiguió rozarla como para obtener algo de información acerca de ella. Había visto dolor y sufrimiento, ira y pasión, algo de odio, especialmente hacia otros humanos, e inestabilidad. La preocupación de Abe se basaba principalmente en la delicadeza de la operación. Si era cierto lo que su compañero le había dicho en el trayecto del helicóptero, uno de los jinetes del apocalipsis era algo mucho más serio de lo que creían. De hecho, no recordaba haberse enfrentado a algo tan potencialmente peligroso al mundo desde Rasputín. Rojo echó un rápido vistazo a la chica y luego habló con su compañero.

- Tranquilo. Si la cosa se tuerce yo me encargo. Pesa menos que "El Gran Bebé". Puedo dejarla inconsciente y llevármela apoyada del hombro.- A "Rojo" le gustaba hacer las cosas por su cuenta, con Abe o Liz a su lado, pero siempre por su cuenta. Le parecía una estupidez todos esos tíos con traje que iban con ellos. Le parecía que no serían más que el bufete de esa noche o los típicos torpes que activan las trampas. Pero el jefe no quería errores ni que se discutiesen sus órdenes. Además, el profesor le había pedido antes de morir que recaía sobre él la responsabilidad de proteger a los más débiles. Genial. Ese día le tocaba hacer de niñera.- Además, tengo cierta curiosidad por saber de qué es capaz la chica esta.

Pasados unos minutos alcanzaron las gigantescas puertas del edificio en ruinas. Hellboy se acercó y empujó la gigantesca puerta de metal con fuerza. Lentamente, esta fue abriéndose, dejando a la vista un pasillo iluminado por el hueco que había en el techo. En medio de este, y donde estaba el agujero, había un pequeño charco que ondeaba con cada gota que caía. Las paredes estaban vacías exceptuando algún que otro cuadro podrido. Los restos de algunos bancos decoraban el resto de la sala, unidos a dos filas de columnas a ambos lados de lo que sería el pasillo principal. El grupo avanzó con cautela. Todos encendieron linternas para ver mejor. Los tres protagonistas hicieron lo propio. Hellboy encabezaba el grupo. Abe sacó un pequeño aparato de su cinturón y lo encendió. Era algo parecido a un GPS, con una pequeña pantalla verde y unas ondas que se dirigían a todos lados desde el centro. La vaquera se asomó para ver qué era aquello. Cuando una onda salió, pudo ver que se iluminaba un pequeño punto blanco justo al lado de otro que estaba en el centro.

- Sólo tú y yo. Al menos en esta sala.- Abe no quitaba la vista del aparato pero estaba claro que hablaba con el enorme demonio quien miraba al techo distraídamente. Evaluaba la situación. ¿Qué demonios podían encontrar allí? La fauna autóctona escocesa estaba llena de animales peligrosos como lobos y tejones. No esperaba encontrar otras raras criaturas como vampiros o quimeras, o eso esperaba.

Entonces, en la mente de todos ellos resonó una voz muy familiar para la vaquera y el enorme demonio. Una voz gutural, sisean y metálica. Proveniente de lo más profundo del inframundo.

- Bienvenidos mortales, os estaba esperando.- Era el jinete. Les hablaba en la cabeza como si estuviese a su lado. Hellboy ni se inmutó, al igual que Abe. Sin embargo, los hombres trajeados sacaron sus pistolas y apuntaban hacia todos lados, asustados y sin saber qué hacer.- Ahora estáis en mi casa, de manera que jugaremos según mis normas. Espero que os guste el ajedrez, pues el juego va así. Si sois capaces de vencer mis trampas y acabar con todos los peligros que os mande, tendréis la oportunidad de hablar conmigo. Hasta entonces...


Un sonido de piedra recorrió la enorme sala. Polvo comenzó a caer del techo junto con alguna piedra. Del tamaño del helicóptero en el que habían venido y con la fuerza de un terremoto, dos gigantescas gárgolas de piedra aparecieron a través del agujero del techo. Ambas llevaban unas enormes alabardas de piedra y rugieron ante los asustados hombres, la vaquera, el demonio y el hombre pez. Un hilillo de baba colgaba de su boca y se fueron acercando poco a poco hacia ellos, apoyándose en la mano que tenían libre, casi como simios. Las enormes alas estaban tensas, y sus largas colas acabadas en un hacha serpenteaban detrás de ellas.

Gárgolas:
 

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Normas del post:

Te enfrentas a una de las dos gárgolas. De la otra se ocupa Hellboy. Abe está contigo así como dos de los tres hombres trajeados. Su piel es de piedra y naturaleza demoníaca. Como has elegido el relicario anti demonios la gárgola no se centrará en ti, sin embargo podrá hacerte daño si te golpea. Puede escupir fuego. Su piel es de piedra de manera que las balas convencionales no el hacen daño. Puedes usar a Abe y a los hombres a tu antojo, pero ¡CUIDADO! Todas tus acciones tienen repercusión en la historia, así que elige bien qué vas a hacer con cada uno. ¡Qué comiencen los juegos!

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   13th Junio 2014, 01:44

Cuando Rojo volvió a increparla, ella se limitó a mirarle con una expresión hastiada, moviendo los labios a medida que él hablaba, haciéndole burla. Qué pesadito llegaba a ponerse con la tontería.

- Yo no me veo muy muerta. ¿Y tu?- murmuró por lo bajo, pero haciendo que fuese claramente audible para el colorado.

Se pusieron en marcha en dirección a la puerta. Las botas chapoteaban en el embarrado césped en el que pronto encontraron señales del paso destructivo que seguía a aquella basura. Las plantas podridas y convertidas en ceniza fosforescente no dejaban lugar a duda. No obvió el hecho de que Azul se había adelantado para hablar con la beefmaster, aunque evidentemente no pudo discernir de qué hablaron, se lo imaginaba:

"-Oye, mamotreto rojo, ¿Porque has traído a una persona normal a nuestro circo freakshow de raritos?

-Pues porque me ha dado la gana, y me creo muy grande y muy rojo, y mi carne es deliciosa con patatas."

Seguramente, para esa última frase se había tomado algo de libertad, pero es que no podía controlarse. Su mente trabajaba a mil por hora, sobretodo cuando estaba sobre-estimulada, cosa que no era nada difícil teniendo en cuenta lo ocurrido hasta entonces, y lo que aparentemente quedaba por venir. No todos los días conoces a un demonio, un hombre pez, y un farsante del apocalipsis, porque se negaba a llamar a ese tipo con su mismo nombre.

Se plantaron delante de la puerta y el demonio la abrió, cediendo el paso, primero Azul, luego ella, luego los tíos con traje que parecían una fotocopia entre ellos, de la que no se podía diferenciar al original. Las puertas crujieron como si se tratara de una película, y al pasar al interior el paisaje era por completo desolador. Cuadros podridos, bancos destrozados, lamparas a medio descolgar y olor a moho. Aquello era como una bodega de porquería. La tenían del año que la pidieras. Caminó por el empedrado y encendieron unas cuantas linternas, para guiarse dentro de la oscuridad. No habían recorrido ni la mitad cuando la voz repugnante de esa basura resonó en su cabeza. Ella se detuvo en seco, para escucharla. Parecía resonar por el castillo, pero algo en su interior le aseguró que no merecía la pena buscarlo a simple vista, porque esa basura cobarde no iba a mostrarse así como así. No, se escudaría en su caballo, o en cualquier otro animal increíble que tuviera esclavizado, para no tener que enfrentarse a ellos. Para no pasar por su juicio, su condena y su justo castigo. Palpó la estrella de su pecho otra vez, mientras hablaba. No importaba lo que costara, ni el tiempo que tardara.

La justicia le llegaría, implacable.

Como para confirmar que su sentido seguía en forma, escuchó un crujido de piedra y miró instintivamente hacia arriba. Dos criaturas se colaban por el hueco del techo y caían en el charco que se había formado por el agua recién caída. Medían una barbaridad y su piel parecía echa con los mismos ladrillos que el castillo. Se apoyaban sobre las patas traseras y la delantera que no tenía que cargar con una especie de hacha, y al moverse hacia ellos, pudo vislumbrar con lujo de detalle que poseían una cola articulada, con otra cuchilla en el extremo. Sus ojos eran capaces de percibirlo todo, hasta el mínimo detalle. Sintió la adrenalina recorrerle el cuerpo, calentarlo, lista para comenzar. En otras circunstancias, habría disfrutado de la observación de esos seres, se habría tomado su tiempo en analizarlos, en comprenderlos. Mentiría si no dijera que la misma fantasía que se había cruzado por su cabeza, respecto a Rojo, volvía ahora como una necesidad imperiosa. Cabalgar sobre aquellas bestias debía ser increíble, y sólo imaginar la sensación la hizo relamerse los labios. Las criaturas le ofrecieron un rugido, al tiempo que comenzaban a acercarse.

Entonces comenzó todo un revoloteo de explosiones. Los hombres de negro a su alrededor, se dispersaron, tomaron posiciones, dos de ellos clavaron la rodilla en el suelo, cubriéndose detrás de bancos o columnatas y comenzaron a disparar. El hombre que quedaba en pie soltó un par de improperios, y sacó el arma, uniéndose a sus compañeros. En ese tiempo Azul tomó una nueva posición, dejándola a ella atrás, acercándose a la criatura.

- ¡Aquí! ¡Aquí, enorme bestia!- la llamaba mientras se abría hacia uno de los lados con gran velocidad.

Las balas impactaron sobre la superficie de la criatura en una nube de chispas. Ella permaneció en el sitio, total y deliberadamente estática. Sus ojos azules fijados en la maniobra que estaban llevando a cabo. Para aquel enorme ser, las balas eran mas o menos lo mismo que picotazos de mosquito para una vaca, si le suponían aunque fuese una diminuta molestia, no lo parecía en absoluto. El hombre pez consiguió que una de ellas centrara su atención en él, y se alejara de la otra, que fue directamente y sin miramientos contra Rojo.

Una de las grandes manos de aquella criatura trató de perseguir la figura de Azul, y se posó en el suelo con gran estrépito, dejando una enorme huella de cascotes, que hizo que otro nube de polvo y pequeños escombros cayera sobre ellos. La vaquera comprobó que si bien tenían una fuerza descomunal, su velocidad no estaba a la altura de un ser como el caballo demoníaco, y eso supuso una gran diferencia. Azul escapó sin problema escabulléndose a la carrera gracias a una granada que estalló en plena zarpa del coloso, haciéndole proferir un grito de rabia, pero entonces la gran criatura pareció llenarse los pulmones de aire, y con un bramido sobrecogedor abrió la boca, mostrando en el interior el crisol de un horno incandescente.

Los ojos de la vaquera se abrieron al tiempo que se clavaba en sus retinas la imagen de lo que parecía el núcleo de un ardiente sol que se generaba entre las fauces de esa bestia. Los hombres de negro se dispersaron al tiempo que Azul se cubría tras una de las columnas, esquivando por los pelos la lengua de fuego que salió despedida de su boca. Entonces lanzó una mirada hacia ella, que permanecía estática en el mismo sitio que había ocupado desde que parara su avance. Le gritó algo que no fue capaz de discernir con el fragor de la pelea. Oyó el sonido que luego relacionaría con cargadores cayendo al suelo. Se vio a sí misma frente aquella criatura de roca que repentinamente seguía el avance de los hombres de negro, que se replegaban un poco, en su dirección. Con más habilidad de la que parecía, la gárgola se lanzó hacia ellos de un salto con gracia felina, hundiendo la alabarda en el suelo, a menos de un metro de distancia de uno de esos hombres. Eso lo derribó, por la fuerza del impacto. Otro, fue golpeado con la cola y salió despedido, aunque tuvo suerte de que se tratara mas de un golpe accidental que uno realizado a causar el mayor daño, puesto que la bestia no le había dado con el filo que tenía en la punta de su apéndice. La criatura ni siquiera parecía haberla visto. Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Azul, que se acercaba a ella, realizando un rápido eslalon entre las columnas, seguramente para asegurarse de evitar de nuevo el aliento ardiente, si se decidía a usarlo. Seguía gritándole algo, pero ella era incapaz de oírle. Volvió a encararse a la criatura, y por primera vez desde que todo empezara dio un paso adelante, acercándose lentamente hacia el recorrido por el que el único aún en pie huía. Por el rabillo del ojo era capaz de vislumbrar a rojo, enfrentándose con la otra criatura. Todo pasaba a su alrededor como si fuese a cámara lenta, mientras sus sentidos salían tan a flor de piel que pensó que era capaz de sentirlo todo. Vio, mientras aún se acercaba, la cara de horror del único hombre con traje que seguía corriendo.

La Sheriff entrecerró los ojos, y con parsimonia movió ambos hombros hacia atrás, en un gesto de precalentamiento, mientras avanzaba. Clavó sus pies en el suelo a la distancia que consideró oportuna, cruzó las manos sobre su pecho y desenfundó los revólveres.

La gárgola saltó en dirección al hombre, y en ese momento, ella alzó las manos, apuntando. El tiempo pareció suspenderse en un limo de polvo, mientras ponía todo su corazón en que aquello funcionara. En contra de los demás, que se habían lanzado directamente contra ellas, la vaquera se había tomado poco más que unos segundos de quietud para examinar, y aprovechar sus opciones. Así, se había percatado de que su cuerpo era de roca, prácticamente en todas partes, salvo en una...

Una que parecía contener dos gemas de un profundo negro, engarzadas a cada lado de la cabeza.

No oyó gritar al hombre, pero supo que lo estaba haciendo. O quizá su mente lo diera por hecho, no importaba del todo. El tórax de la vaquera se hinchó al tomar aire y mantenerlo en sus pulmones, sus brazos alzados sujetando firmemente el peso de los revólveres cargados de munición especial, según le habían dicho. Sintió aquella sensación visual de túnel, cuando concentraba sus ojos en un blanco móvil, hasta que su objetivo parecía absorberla por completo y ya apenas parecía moverse. La cabeza de la criatura se aproximaba más y más.

Primero disparó con la mano izquierda, para inutilizar el ojo derecho. Inclinó su rostro hacia ese lado, cerró el ojo derecho, apuntó y disparó. En una décima de segundo, había hecho lo propio, pero al contrario. Disparo con la derecha, ojo izquierdo cerrado. Elevó los dos brazos en un ángulo al acabar, y cuando la criatura recibió el impacto, en su rostro, profirió un chillido espeluznante. Tal fue su repentina contrariedad a su ceguera, que se vio obligado a soltar la alabarda y su cuerpo trató de frenar su avance, inclinándose hacia atrás. Levantó parte del suelo al clavarse ambas patas delanteras en él, sacudiendo el cuello salvajemente, buscando el motivo de su visión impedida. Incluso llegó a dar algunos pasos hacia atrás, y en el proceso, tuvo que ser esquivada por Rojo y chocó contra la otra, que le profirió un disgustado bramido y la empujó con el cuerpo, para alejarla.

-¡CULPA MIA!- gritó entonces, intercambiando una mirada con Rojo, mientras aún mantenía los revólveres en alto. Luego sus ojos se encontraron con Azul, que la miraba con la boca suavemente abierta junto a una columna cercana. Ella le devolvió una mirada tan intensa como la decisión en sus ojos. Luego con un rápido gesto, guardó los revólveres, mientras se acercaba al hombre pez, y este hacía lo mismo. - ¡No se cuanto durará esto, pero deberíamos aprovecharlo!- dijo mientras miraba a la criatura rocosa que aún sacudía la cabeza y se frotaba el rostro con ambas manos como lo haría un ratón para limpiarse, como si tratara de quitarse una nube de mosquitos especialmente molesta que zumbaran a su alrededor.

No esperó a que el hombre pez se decidiera. Empezó a correr hacia la criatura, mientras el hombre de negro recuperaba el resuello y ponía un nuevo cargador a la pistola, y los otros dos recuperaban poco a poco el sentido, levantándose y volviendo a colocarse en sus posiciones. El siguiente paso debería ser inutilizar la boca de la criatura. Ella podría intentarlo con uno de sus látigos, pero para eso iba a tener que acercarse y mucho, con el riesgo que implicaba...

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   13th Junio 2014, 10:43

- Genial… Gárgolas.- La gigantesca gárgola de piedra rugió al demonio con un bramido atroz, aterrador. Su boca se iluminó y una enorme llamarada salió de ella, impactando a "Rojo" de lleno. Gracias a lo húmeda que llevaba la ropa por la lluvia esta no se prendió, y su naturaleza ignífuga protegió su piel.- Vaya, ¡gracias! Nunca viene mal un secador para el pelo.

La enorme gárgola saltó hacia él. Esquivó el golpe de la alabarda y estrelló su gran mano de piedra en la mandíbula del enorme ser. Esta tambaleó un poco y agitó la cabeza, rugiendo con fuerza. Era posible que estuviese hecha de piedra, pero su mano también. De una piedra bastante más fuerte de hecho. Otra vez descargó la alabarda con toda su fuerza, y Hellboy se cubrió con el dorso del brazo. La fuerza del impacto le hicieron hincar la rodilla. Una sonrisa recorrió su rostro mientras se levantaba. Con un rápido movimiento, se deshizo de la presión de la alabarda y se situó bajo la cabeza del enorme ser. Completamente a bocajarro, le disparó en la garganta con "El Samaritano", haciéndole una pequeña herida de la que chisporrotearon luces naranjas. La gárgola profirió un estremecedor bufido y se llevó ambas manos a la herida. El demonio guardó su revolver y cogió el arma del monstruo. Pesaba una barbaridad, pero su fuerza fue suficiente para esgrimirla con la destreza mínima para golpear. Cogió carrerilla y estrelló la hoja del arma contra el costado de la gárgola. Fue un golpe seco y extremadamente ruidoso, y varios pequeños trozos de piedra salpicaron el suelo.

Un instante de relax. Miró rápidamente para ver cómo lo hacían sus compañeros. Abe corría por la sala mientras descargaba alguna ráfaga de tiros contra la otra gárgola. De los hombres algunos le disparaban y otros permanecían ocultos. La muchacha rubia estaba estática, y vio como cruzó sus brazos sacando dos revólveres. Volvió en si para esquivar por milímetros el golpe de la gárgola, la cual había recuperado su arma y no parecía darse por vencida. "Rojo" sacó su enorme revolver y disparó tres veces contra el enorme monstruo, consiguiendo dos impactos. La criatura se tambaleó y chocó contra la otra gárgola. El demonio pudo escuchar a la vaquera disculpándose, pero su gárgola volvió a la carga casi al instante. No era un enemigo muy duro de manera que prefirió guardarse a "El Gran Bebé" para algo que apareciese más adelante. Los golpes que intercambiaban resonaban por toda la sala. Era como escuchar una bola de demolición estrellarse contra un edificio. La maldita criatura no parecía cansarse, y sus golpes eran tan o más fuertes como al principio. En un rápido movimiento, la gárgola consiguió golpear con fuerza al demonio, mandándolo varios metros por el aire y estrellándolo contra la pared.

- ¡Muy bien! ¡Ya has conseguido cabrearme culo de hacha!- Hellboy se limpió el polvo de la gabardina al tiempo que la enorme bestia rugía.- ¿Qué pasa? ¿Eso es todo lo que tienes?- La criatura aspiró con fuerza, preparándose para una nueva bocanada de fuego. El demonio salió como una bala en dirección a esta y presionó con fuerza la boca de la gárgola, impidiendo que la abriese. Esta comenzó a menearse e intentar zafarse de la presión a la que estaba siendo sometida, en vano. Un sonido de explosión hizo vibrar la cabeza de la criatura y cayó apoyándose sobre sus patas delanteras, exhalando humo. Emitió algunos ruidos mucho más débiles que los anteriores, señal del dolor que experimentaba. La presión que había sufrido por impedirle sacar la enorme bocanada infernal. Rojo golpeó con fuerza la cabeza de la criatura varias veces, hasta que finalmente la partió en dos con su gigantesca mano. El cuerpo inerte quedó petrificado, decorando la sala.- Y quédate quietecita. No me gustaría tener que volver a patearte el culo.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   18th Junio 2014, 00:33

Había que admitirlo, ninguno de los dos colores se movía mal. La Beefmaster hacía gala a su musculatura, y la usaba como base para atacar, era una bestia parda. Por otro lado el Cuero Azulejo (si, el apodo del otro. Esos caballos que tenían el pelaje azulado. Vamos, tenéis que admitir que le venía al pelo. ¡Vaya, eso se merece una carcajada tejana!) se comportaba como lo que parecía. Era escurridizo, rápido y estaba decidido a abatir a esa cosa como fuera.

Aunque el demonio seguía enfrentándose a la suya, ellos habían generado un nuevo problema. Lenguas de fuego se expandían descontroladas por la sala, causadas por el dolor y la desorientación de la criatura, que continuaba ciega. No sabía si ese tipo de cosas podían guiarse mediante otros sentidos, o si la habían cegado tan sólo temporalmente y pronto volvería a tenerlos en el punto de mira, más salvaje y más cabreado que antes. Su idea de acercarse y tratar de mantener su boca cerrada no parecía una opción ahora. La criatura clavó las patas delanteras en el suelo y movió una de ella, en lo que a ella le pareció un intento de recuperar su arma. Su respuesta, más un instinto que otra cosa, fue correr hacia la mano de la criatura, desenfundar como el rayo un látigo y chasquearlo sobre ella. El golpe, que vista la resistencia del ser de piedra no tendría que haber causado el mayor estrago, le hizo apartar la mano con un chillido furioso, y lanzó una lengua de fuego hacia esa dirección. La llamarada pasó a un par de metros de ella, ya que había lanzado el aliento hacia el punto en que había recibido el golpe, y no donde la vaquera se encontraba. Cuando volvió a posar la zarpa en el suelo, contempló que había una marca de color negro sobre ella, como la linea que solía dejar un latigazo, pero que desprendía una especie de humo. Ella cogió el látigo y lo contempló con una ceja alzada, bastante sorprendida para bien.

Quizá deberían incluir alguna de esas cosas en la catequesis...

Pero no tuvo tiempo para pensar. Una salva de tiros impactó a esa cosa en la cara, y dirigió el morro hacia adelante, dispuesta a soltar otra bocanada de fuego. Ella corrió hacia el fondo y chasqueó esta vez el látigo, impactándole en pleno torso, una línea negra, como si el látigo hubiera sido un hierro al rojo vivo, apareció en el lateral. Su rostro se giró hacia ella y esta vez fue el hacha de la cola, lo que intentó impactarla. Esta golpeó el suelo, arrancando chispas, incluso entre la humedad. Consiguió esquivarla sin dificultad. Los gestos de la criatura eran ahora torpes, y no sabía dónde apuntar, ya que no podía ver. Se percató de que era como una bestia arrinconada, desesperada por escapar. Mientras intentaba inflingir daño con sus bocanadas de fuego, a ella intentaba agredirla con el hacha situada en la cola, hasta que a base de ir golpeándola y esquivándola, esta golpeó con fuerza a menos de un metro de ella, haciéndola saltar por la fuerza del impacto. Rodó sobre el suelo con la costumbre de quien ha caído de y esquivado más de un caballo desbocado. Se levantó rápidamente para encontrar que la cola estaba encallada en una grieta del suelo, y que la cola articulada se meneaba como un gusano en un anzuelo, intentando soltarse.

Mientras los hombres de negro iban soltando salvas de balas para distraerla, ella se acercó a Azul. Lo cogió por el hombro, le obligó a inclinarse e intercambió con él un par de indicaciones. Azul se puso en marcha de inmediato. Ella volvió hacia el lateral que ocupaba la cola encajonada, y azul se acercó a las columnatas, poniéndose delante de la fila. Volvió a golpearle, esta vez en la cola. El látigo restallaba con furia y por cada golpe, la bestia soltaba un berrido ensordecedor y suplicante, pero no podía obviar las salvas de balazos que le caían en su rostro, que empezaba a estar arañado por tanto impacto. Empezó a hacer fuerza con las patas, con todo el cuerpo, para tratar por todos los medios de desencajar la cola del sitio que la mantenía presa, incluso trató de aletear, intentando imprimir mas fuerza a su intentona. Cuando a la vaquera le pareció que era suficiente, le hizo la señal al hombre pez. Mientras ponía pies en polvorosa, alejándose a la carrera, la granada sobrevoló a la criatura, e impactó directamente en la cola, que justo bajo el hacha, voló en pedazos, haciendo que la fuerza de la explosión, mas la que el animal estaba ejerciendo para liberarse del agarre la hicieran salir despedida hacia las columnatas diseminadas por la sala, de las que Azul y los hombres ya se habían alejado.

La gárgola se estampó contra tres de ellas, mientras los hombres de negro cubrían la retirada. Las columnatas crujieron, el techo también y los cascotes hicieron retumbar el suelo en el derrumbamiento. Un bramido ensordecedor se elevó desde las entrañas de la criatura, que trató de echar otro fogonazo que fue interrumpido por un cascote que le golpeó y aplastó su cabeza, cuando su cuerpo y los escombros se estamparon contra el suelo. Esquirlas de piedra, polvo, y moho de mil años flotaron por el aire en una nube de polvo, de la que la vaquera se cubrió con el brazo.

Cuando la estancia se despejó, sólo se oía un leve sonido de resbalar de piedra y el goteo del agua que se filtraba por los huecos. Con los ojos entrecerrados, la rubia contempló a la criatura, convertida en una montaña de escombros entre la que apenas se podía discernir qué era columna y qué bestia. Tan sólo quizá una zarpa retorcida, con una ardiente línea negra, que aún se marcaba en la piedra. Tomó aire profundamente. No es fácil tomar decisiones, pero el cumplimiento del deber a veces tiene algún que otro daño colateral, y no había monstruo, leyenda o criatura del abismo más profundo que pudiese librar a hambre de la justicia. Después de una bocanada de aire más, enrolló el látigo y se lo colgó en el lado derecho. Al hacerlo, los relicarios tintinearon en su muñeca.

- Buen trabajo, Cuero Azulejo. - dijo entonces intercambiando una breve mirada severa con el hombre-pez, y posándola luego sobre demonio, mientras se acercaba a ellos. - Si vas a quejarte, manda un telegrama a quien le importe - le advirtió cuando llegó a su altura, para luego sacudirse el polvo de la ropa. No quería volver a oírle ni una sola tontería más.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   18th Junio 2014, 18:39

El otro grupo acabó también con la gárgola que les perseguía. Ninguna baja, ni siquiera heridos. La chica rubia parecía haberse desenvuelto perfectamente contra la enorme criatura. Su cabeza estaba aplastada y tenía varias marcas de lo que parecían quemaduras en el costado. El demonio comprobó que la muchacha tenía un látigo atado en la cintura. Debía haberlo untado con agua bendita o algo por el estilo. Se acercó a ella y con un gesto con la cabeza aprobó su batalla. Después se dirigió a su compañero "Azul", quien tocaba la gárgola con cuidado, o al menos lo que quedaba de ella.

- Y bien "Cuero Azulejo"... ¿Qué tenemos?- No tenía ni idea de lo que significaba, pero le hizo gracia el nombre que le había dado la chica rubia. Él era el primero que solía poner motes medio despectivos a todo lo que se le ponía por delante, y por una vez alguien parecía seguirle el rollo. Aquello le gustó. Tenía la sensación de que la chulería y el desparpajo de la rubia haría que acabasen llevándose de maravilla.

- Sin duda son incovaciones demoníacas. Parece ser que fueron construidas como simples gárgolas antaño para el castillo, pero nuestro querido compañero jinete las ha despertado para nosotros... Un bonito regalo de bienvenida.- Las manos de Abe recorrían la superficie de la estatua de piedra que minutos antes había tratado de convertirles en puré. Sujetó con delicadeza la alabarda y la elevó unos centímetros sobre el suelo.- A juzgar por la radiación que emite deben haber sido invocadas hace relativamente poco, de manera que puede que haya más criaturas esperándonos en las siguientes salas.-

- Pues entonces no las hagamos esperar.- Dijo Hellboy levantando las cejas y el revolver.

El grupo se dirigió hacia la enorme puerta metálica del final de la sala y entraron. Un larguísimo pasillo con algunos huecos en las paredes se abrió majestuoso ante ellos. Los pasos del grupo rebotaban por las paredes, acompasando a los truenos que se escuchaban en la lejanía y el repiquetear de las gotas en los charcos que se habían formado en el suelo. El demonio se acercó a la chica rubia quien hizo un gesto con la mirada parecido a un saludo.

- Oye, lo has hecho bien ahí atrás. Esas gárgolas eran más duras de lo que parecían y has manejado bien la situación. De todas formas no te crezcas mucho vaquerita, aún queda lo más peligroso. No sabemos qué podemos encontrar aquí, así que mantén los ojos bien abiertos...-

Spoiler:
 

Algunos cuadros totalmente podridos y con moho les vigilaban al pasar. Era completamente imposible ver lo que había pintado en ellos. Un par de paisajes era lo más nítido que se podía sacar, y una silueta redondeada podía sugerir algún tipo de retrato alguno más allá. El grupo hablaba entre sí acerca de el enfrentamiento anterior con las gárgolas. Al terminar el pasillo llegaron a una pequeña sala con tres caminos. El de la derecha bajaba sinuosamente hacia abajo. El de en medio proseguía recto hasta una puerta de madera que había algunos metros más alante. El de la izquierda subía describiendo una pequeña curva, mostrando un ventanal que iluminaba unas escaleras de piedra.

- Genial, bifurcaciones... ¡Lo que más me gusta del mundo! Bien, creo que tendremos que separarnos para cubrir lo máximo posible este maldito sitio. Encended todos los comunicadores pues los vamos a necesitar. Yo iré por el camino de la derecha, bajando a las catacumbas. Abe, tu toma el camino de en medio, a ver si llegas al final de este maldito castillo de una vez. Llévate a uno de estos. Y vosotros chicos.- Señaló a cuatro de los hombres trajeados.- Vosotros subid al piso de arriba a ver qué encontráis. Si alguien encuentra a nuestro querido anfitrión que lo diga y espere a que el resto del grupo esté con él. Nada de heroicidades ni tonterías. No nos estamos enfrentando a los típicos demonios o vampiros de calle. Esto es algo mucho más serio.

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Reglas del post:

Elige un camino: bajar con Hellboy, quedándote con él sola; el camino de en medio con Abe y uno de los hombres trajeados; o subir al piso de arriba con los otros cuatro tíos. Si eliges el de en medio o el de los cuatro tíos tendrás libertad total hasta cierto punto de posteo, ya que puede que yo entre a rolear llegado el momento. Básicamente esa es la única regla, ¡así que a jugar vaquera! Y ten cuidado por donde pisas jajajaja

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   21st Junio 2014, 02:45

Se había terminado. Al menos, por el momento...

Miró a la enorme mole de piedra en el suelo, mientras Azul se acercaba a ella y la acariciaba con la mano. Después de intercambiar una mirada con el demonio, ambos se acercaron a la criatura, y entre ambos mantuvieron una charla de la que Rebecca, a pesar de parecer estar pendiente de otras cosas, no perdió detalle. Si en ese momento alguien le hubiera dicho que sus mayores preocupaciones esa mañana iban a ser si el caballo estaría bien herrado y si el jinete sería capaz de aguantar toda la carrera, le habría mirado como si fuera un pobre loco. Estaba enfrentándose a cosas que no había podido imaginar, y ahora lo único que podía hacer era intentar entender lo máximo posible, y los únicos que tenían respuestas sobre eso, eran esos dos tipos de colores.

Jugueteó con la punta de la bota, haciendo rodar las docenas de casquillos por el suelo. Miró después a los hombres de negro que se reagrupaban. Muchos de ellos estaban tensos y seguían esperando que surgiera alguna otra cosa de debajo de las piedras. Desde luego habían sido una buena distracción, pero quizá hubieran podido serlo sin semejante despilfarro de plomo. Todas esa balas malgastadas eran una pena.

En cuanto terminaron con la cháchara, pusieron rumbo hacia una puerta metálica, que asomaba a un pasillo negro como el alma de un cuatrero. Uno de esos antros en los que parece que te siguen con los ojos, y que hay algo detrás de cada cortina. Mientras avanzaban, Rojo se acercó a ella, que respondió con una mirada y un asentimiento breve. Azul se puso al otro lado, un poco más atrás, mientras continuaban su avance por el pasillo. Se sorprendió del comentario, a pesar de su mordacidad, era amable a su manera. Ella sonrió de medio lado, y una chulería más propia de un viejo cowboy que de una joven de 19 años se apoderó de su expresión. Se calzó con solemnidad el sombrero, tirando de la parte delantera del ala con dos dedos.

- No te preocupes tanto por mí, Beefmaster. La carne se te va a quedar correosa y no vas a gustarle ni a hambre...- añadió, asomándose bajo el sombrero levemente hacia un lado, para mirarle.

A su lado, Azul puso una expresión sorprendida e hizo una especie de carraspeo, que de ser por ella, habría jurado que se trataba de una risa contenida. Su expresión volvió a tornarse segura y una sonrisa divertida se apoderó de ella, al menos hasta que llegaron a las bifurcaciones. Tres caminos distintos, y eso apestaba a problemas. Cuando se tiene un rebaño, la superioridad numérica ayuda a defenderse. Por otro lado, si estaban todos juntos y algo les sorprendía, era más fácil que se estorbaran, en lugar de ayudarse. Sobretodo si los sitios seguían haciéndose tan angostos como parecían. Rojo empezó a dar indicaciones, pero no dijo nada sobre ella. Aunque hay que decir que la frase de "Típicos demonios y vampiros de calle" le hizo darse cuenta de hasta qué punto no tenía ni idea de lo que estaba pasando. Con cierta molestia, se cruzó de brazos y apoyó el peso en la pierna izquierda, haciendo sobresalir la cadera.

- ¿Y yo que hago, mascar tabaco mientras os espero? - preguntó con el labio torcido, claramente indignada.

Todo el mundo se dirigió a sus posiciones y al hacer esa pregunta se detuvieron, miraron a Rojo, cuya única respuesta fue mirar a la vaquera, encogerse de hombros y continuar con su recorrido, haciendo que los demás hicieron lo mismo. Ella negó con la cabeza, entornando los ojos, luego tomo aire, suspiró y siguió el camino que había tomado el demonio. Quizá fuese por impulso, o porque él era el único que iba sólo, y eso nunca era buena idea. El camino descendía y se notaba por que hacía algo mas de frío. Por dentro de las paredes plagadas de musgo se oía algún que otro crujido o un goteo. Aquello debía estar infestado de ratas.

El silencio se hizo entre ellos durante unos segundos, mientras avanzaban, atentos a cualquier cosa que pudiera salir por cualquier rincón. Habiendo visto lo que había a la entrada, seguro que lo que fuera, no sería para nada agradable. Ella contemplaba a Rojo por el rabillo del ojo, y al fin se decidió a aclarar algunas de sus dudas.

- ¿Porqué te los cortaron? - preguntó entonces, con tranquilidad. Sus ojos azules se toparon con los de Rojo, que parecía contrariado por la pregunta. Ella se señaló a la cabeza con un dedo. - Los cuernos. ¿Porqué te los cortaron? - preguntó otra vez, mientras sus ojos se teñían con cierta melancolía.

Por su manera de hacer la pregunta quedaba clara una cosa, ni siquiera se le pasaba por la cabeza que era algo que podía hacerse a sí mismo, por gusto o por comodidad. Para ella el desprenderse de una cosa así debía haber sido totalmente una agresión de los demás hacia él. Un animal con cornamenta la lucía con orgullo, era una parte de él, natural e indivisible. Los hacía seres completos... y no podía comprender como una criatura que ostentaba tal poder natural se desprendía de eso a voluntad.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   22nd Junio 2014, 11:19

Hellboy se paró en seco y se giró lentamente hacia la vaquera. Odiaba hablar de sus cuernos, aunque no tanto como que la gente se quedase mirándolos por la calle. Poco a poco, fue acercándose a la chica rubia hasta quedarse a pocos palmos de ella.

- Mira, es posible que hayas acabado con la gárgola y tal vez te hayas quedado prendida de mí totalmente, lo cuál es lógico. Pero una sola mención más a mis cuernos y te arrepentirás de haber venido.- Fue tajante en el asunto. Solo los más cercanos sabían el por qué llevaba así los cuernos, y desde luego no iba a contárselo a una chica rubia a la que acababa de conocer. Al menos, no por el momento.- Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos en estos momentos. ¡Andando!

Las sinuosas escaleras terminaron en una pequeña puerta de madera totalmente podrida. Las mitad de las bisagras colgaban inertes en el aire, y el pomo con forma de anillo se mecía lentamente con la brisa que bajaba por la escalinata. El demonio empujó con cuidado la puerta y esta se abrió, produciendo un estridente chirrido. La humedad y el olor a moho apelmazaban el aire, dificultando la respiración. El frío se colaba bajo la ropa y a través de la carne, alcanzando los huesos y músculos de ambos. Ante ellos, una gran bodega de unos cincuenta metros de largo y diez de ancho les esperaba. Unos grandes barriles totalmente podridos descansaban a ambos lados de un pequeño pasillo que se abría a su paso. Hellboy sacó su revolver y se adentró en la sala con cuidado.

Sus pasos resonaron en la sala con crujidos. Encendió la pequeña linterna que descansaba en su cintura y apuntó al suelo. Pequeños huesos, carne podrida, plumas, pelo… una alfombra de lo más vario pinto cubría sus pies hasta el tobillo. Frunció el ceño y negó con la cabeza. Metió la mano en su enorme gabardina y sacó un par de barras de luz. Las golpeó contra su brazo de piedra y dos pequeños neones verdes iluminaron parcialmente la sala. Le dio uno a la chica y continuó avanzando. Levantó la barra por encima de su cabeza para ver el techo. No era una sala especialmente alta. A menos de medio metro, un techo hecho de piedra del cual caían algunas gotas permanecía silencioso, expectante ante los visitantes. Continuaron avanzando y, de repente, escucharon una risa.



Un extraño ser, parecido a un pequeño monje apareció flotando ante ellos. Llevaba un pequeño farolillo en la mano y un sombrero ajado le cubría la cara. Volvió a sonar aquella risa y levantó poco a poco la cabeza. No había una cara física, sólo dos enormes ojos amarillos y una gigantesca sonrisa plagada de dientes afilados como cuchillas. Meneó el farolillo mientras reía una vez más. Crujidos comenzaron a sonar por toda la sala y el suelo pareció moverse. Una mano de esqueleto agarró al demonio por el tobillo violentamente. Dio un respingo y se zafó de ella. Otra le agarró por la cola y por el otro tobillo. La pequeña figura no paraba de sonreír y reír con esa risa malévola y estridente, como si de un niño se tratase. A la vaquera no le estaba yendo mucho mejor, pues más manos de esqueleto empezaron a acosarla a ella también. Hellboy dio un par de tiros contra aquellas manos que estallaron en mil pedazos. Aquí y allá, un montón de esqueletos comenzaron a aparecer del suelo, armados con escudos y cimitarras. El único sonido que producían era el de sus huesos al moverse, y se acercaron peligrosamente a la pareja. Los potentes disparos del demonio resonaban por la sala, convirtiendo a los esqueletos en polvo. Sin embargo, estos revivían al cabo de unos segundos, volviendo a por más. Hellboy usó su mano de piedra para bloquear los impactos de las espadas que caían sobre él, y repartía puños a diestro y siniestro, destrozando a los esqueletos para que estos volviesen al cabo de segundos.

En un determinado momento, la espalda de la vaquera y del demonio se juntaron en medio de un centenar de estos horribles seres. Más allá se veían los grandes barriles de vino y una puerta al final de la sala de donde provenía una pequeña luz.

- Esto no me gusta ni un pelo vaquerita… Hay que salir de aquí a la de ya. Te abriré un camino entre todos estos bichos para que escapes. Yo aguantaré. ¡Vamos!- Y desenvainando "El Gran Bebé" apuntó contra la mole de esqueletos que había entre ellos y la salida. Un disparo que retumbó toda la sala hizo volar por los aires a todos los esqueletos, quedando un gran pasillo ante ellos. "Rojo" hizo señas a la vaquera de que avanzase. Los huesos que estaban dispersos por el suelo comenzaron a moverse unos hacia otros. Los esqueletos volverían a estar ahí en pocos segundos. No tenían mucho tiempo y ella debía tomar una decisión: avanzar y encontrar algo con lo que matar a los esqueletos o quedarse allí junto al demonio, con una muerte asegurada.

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Normas para el post:

Tienes dos opciones claras: quedarte luchando o avanzar. Puede que haya más opciones teniendo en cuenta lo que se te ha contado. Eres libre de elegir lo que haces (si quieres cuando vayas a postear avísame y te ayudo por skype describiéndote lo que encuentras). Si te quedas junto a Hellboy lo más probable es que mueras o seas herida de gravedad, además de que perderás gran parte de tu munición. Si avanzas te quedarás sola momentáneamente (consultar conmigo para ver qué pasa). Dispones de cinco minutos (llevaré yo la supuesta cuenta) antes de que Hellboy comience a resentirse del ataque de los esqueletos.

¡A rolear vaquera! Muajajajajaja

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   23rd Junio 2014, 21:12

La vaquera no hizo movimiento alguno, permaneció impasible a las amenazas y a las tonterías que usaba el demonio para evadirla. De cualquier manera había sacado algo en claro, pasara lo que pasara lo de los cuernos era un tema delicado del que no quería hablar. Seguramente resultaría demasiado doloroso como para tratarlo, y tampoco habían sido el colmo de la cordialidad. De hecho ni sabía los nombres de esos tipos, realmente, porque se negaba a creer que fueran una cosa tan absurda como Rojo y Azul. En cualquier caso, tenía tiempo. Seguro que esa historia acababa cayendo en torno a un Whisky o una fogata en algún momento. Si es que sobrevivían, claro. Así que apuntó el tema en su lista mental de "pendientes" y continuó andando.

El demonio empujó una puerta que había visto tiempos mejores hace mucho, pero que mucho tiempo. Luego se encontraron con una bodega cochambrosa, aunque quien sabe si llena de vino. Después de proporcionarle un poco de visión, se adentraron despacio y en guardia hacia el interior. El suelo estaba cubierto de un manto de porquería de lo más desalentadora, y su mente ya estaba elucubrando de dónde habrían salido todos esos restos, cuando escucharon esa risa escalofriante.

Al levantar la cabeza, encontraron a esa cosa levitando, con esos inmensos ojos amarillos, esos dientes afilados y el farolillo que era lo único a parte de su luz química que alumbraba la estancia. Eso le permitió contemplar el montón de barriles a su alrededor, pero pronto se fijó en la luz, que después de sacudirse sobre ellos se detuvo. Oyó al demonio a su lado soltar un ruido extraño, y entonces se percató de que estaba peleando contra algo, aunque no supo qué hasta que algo trató de agarrarse a su rodilla. Su instinto fue echarse hacia atrás, y aplastar de un pisotón lo que fuera. Los huesos crujieron contra el suelo, y ese sonido tan familiar le hizo tener la certeza de que se trataba de algo óseo, sin carne o sangre que salpicase. Tuvo tiempo de esquivar de milagro un alfanje, y hundió su bota en la rodilla del esqueleto que le atacaba, reventando la rótula y haciendo que éste cayese hacia atrás. El látigo fueliberado con rapidez, y estalló varias veces, atacando puntos frágiles y articulaciones de cuanto se le ponía por delante. Calaveras salieron volando, armas cayeron contra el suelo, haciendo un ruido ahogado por los restos a su alrededor, huesos entrechocaron entre sí y se deshicieron el polvo, para volver a reunirse a continuación, empezando de cero.

Antes de darse cuenta, su espalda chocó contra algo y miró hacia allí con rapidez, para darse cuenta de que era el Demonio. La vaquera jadeaba del esfuerzo, y su torso se hinchaba y deshinchaba frenético por el ejercicio. Entonces Rojo le dio una indicación que no le gustó ni un pelo. Su mandíbula se tensó y su ceño se frunció sobre sus ojos azules. ¿Cómo demonios iba a aguantar ahí el sólo, si apenas conseguían sobrellevarlos los dos juntos?

Pero no tuvo tiempo para rebatirlo. El tipo se apoyó aquella cosa y disparó contra una mole de esqueletos, que reventó en una nube de polvo. Ella gritó tapándose los oídos, que aún zumbaban por el eco que había hecho la detonación de aquella cosa. Joder.

Miró hacia la única luz al fondo y a los pocos esqueletos desperdigados que quedaban en pie, que por la onda de choque trastabillaban, la mayoría a falta de alguna parte del cuerpo que les impedía convertirse en demasiada amenaza. Aunque sabía que, pudiendo regenerarse así, pronto volverían a serlo. Ella lanzó una última mirada a Rojo, y luego comenzó a correr, convirtiendo su carrera en una marcha de campanillas que se sucedía veloz. Entonces se percató de algo, mientras corría. Algo duro hacía resistencia contra la parte de atrás de sus vaqueros, y los revólveres botaban sobre su pecho y sus caderas, a su lado ondeaba la lengua del látigo, que mantenía en su mano. Los barriles apoyados sobre las cruces de madera miraban impasibles hacia su dirección, con los grifos hacia ella.

Entonces se detuvo en seco, sólo un instante. Agarró una de las espadas que había en el suelo, arrancándola de una mano huesuda, y corrió hacia una tanda de barriles que había a uno de los lados aún dirigiéndose hacia la puerta. Sujetó la luz química con los dientes, tratando de sujetarla con firmeza pero sin romperla. Utilizando la fuerza de ambas manos, reventó el primer grifo, haciendo un enorme boquete en el barril, del que comenzó a brotar vino, empapando y encharcando el suelo por completo. Corrió hacia el siguiente, e hizo lo mismo, y el siguiente, y el siguiente, hasta cinco. En el sexto, un torso trató de sujetarla por las rodillas y ella trastabilló, a punto de caer. Se lo quitó de encima a patadas y clavó la espada de nuevo en el último grifo, que se hundió bajo su fuerza, haciendo que el arma se quedase clavada en él. Su camisa se empapó de vino cuando este salpicó contra ella. Estaba ya a escasos pasos de la puerta y sólo volvió la vista atrás para comprobar como el demonio intentaba quitarse aquellas aberraciones muertas de encima. Entornó los ojos un momento, sacando una de las petacas que guardaba en el bolsillo posterior y la sostuvo en la mano, apretándola entre los dedos. Tiró el látigo al suelo y sacó la escopeta con la otra mano.

- A shangre de Crishto ¿eh?-musitó para sí con la luz aún en la boca, al tiempo que la cargaba para disparar. - A vehlo. - añadió al tiempo que tiraba la petaca hacia arriba y acto seguido disparaba.

Una salva de cartuchos atravesó la petaca de agua bendita, que quedó destrozada en un amasijo de metal retorcido. El agua se liberó en el ambiente, vaporizándose y cayendo en forma de gotas sobre el suelo empapado de vino, que iba surcando el empedrado, el pelo, los esqueletos y todo lo que se topaba en su camino. Esperaba que fuera verdad lo que decían. Una sola gota valía para bendecir una persona, así que aunque estuviera diluida en vino, quizá surtiera el mismo efecto. Al fin y al cabo para eso existían los cementerios. Los lugares santos y bendecidos proporcionaban descanso eterno... Quizá.

Pero no se quedó a averiguarlo. Guardó la escopeta a su espalda, recuperó el látigo del suelo, arrebatándoselo a una de esas criaturas, a la que hundió la bota en plena cabeza, y continuó su carrera hacia la puerta, mientras se quitaba la luz de la boca. Escupió a un lado y se limpió la baba, que caía por la comisura de sus labios. Empujó la puerta sobre sus goznes, que crujió y pasó al otro lado. Tuvo que tomarse un momento para recobrar la respiración, guardar el látigo y colocar bien la escopeta a su espalda. El cañón aún estaba caliente. Entonces empezó a darse cuenta de dónde estaba. Aquello era una escalera de caracol. Observó los escalones y vio una luz titilante, temblando al fondo. Instantáneamente empezó a correr hacia arriba, escalón a escalón, hasta que en medio de una vuelta se encontró cara a cara con esa cosa...

Seguía ahí en medio, flotando, mirándola con esos ojos y riéndose. Eso era lo más irritante. Esa risa de niño, como si no estuviera haciendo nada malo. Nada más que jugar, pero con la crueldad propia de la inocencia, como cuando arrancan las alas a una mosca. Eso era algo que ella no pensaba tolerar.

- Se acabó - dijo para si, desenfundando a la velocidad del rayo - Estás castigado...- añadió al tiempo que disparaba apuntando una vez al pecho, otra al brazo que sostenía el farol y, por una extraña corazonada, al propio farol que eso había mecido antes de que empezara esa locura de huesos revividos.

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