Los Universos de DC y Marvel se han unido en uno solo. ¿Qué ha sucedido? ¿Quién está detrás de todo? Y, lo que es más importante, ¿cómo reaccionarán héroes y villanos de los distintos mundos al encontrarse cara a cara...?
 
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 Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]

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Hellboy
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   24th Junio 2014, 11:45

La vaquera hizo tal como le pidió. Avanzó en dirección final de la bodega mientras el demonio descargaba un nuevo disparo de su gigantesco lanzagranadas, pulverizando a una nueva oleada de esqueletos que se le echaban encima. Por el rabillo del ojo Hellboy pudo ver como la vaquera comenzó a romper todos los barriles que había, llenando el suelo y todo con vino. El olor a alcohol fermentado inundó la sala, obligando al demonio a aguantar la respiración para evitar morir ahogado por el mal olor. La chica cogió entonces un pequeño objeto metálico, lo lanzó al aire, y disparó contra él. Su contenido cayó al vino y los esqueletos comenzaron a retorcerse de dolor. Un humo verdoso comenzó a salir de ellos y dejaron de atacar al demonio mientras temblequeaban y se desarmaban. Aquella chica rubia acababa de lanzar agua bendita después de llenar la bodega de vino. "Rojo" se quedó con la boca abierta unos segundos, completamente sorprendido de la situación. Nadie lo pillaba tan rápido ni tenía ese ingenio repentino como para provocar que un montón de esqueletos que podían haber linchado al demonio se deshiciesen como una pastilla efervescente.

No perdió ni un segundo y rápidamente se dirigió hacia las escaleras al tiempo que escuchaba varios disparos. Se encontró a la vaquera allí en medio, y el farolillo del pequeño niño en el suelo, roto, con la luz apagándose. Las risas del extraño ser se habían convertido en gritos y chillidos que recorrían las escaleras, provenientes de la parte superior. Sin pensarlo dos veces, Hellboy se dirigió a toda prisa escaleras arriba, haciendo un gesto con la cabeza a la vaquera para que le siguiese. Le había sorprendido enormemente su última actuación y estaba deseando ver qué era lo siguiente que tenía preparado. Llegaron a una sala grande, con una larga mesa y varias sillas a ambos lados. Debía ser el comedor de los criados, pues a pesar del tamaño de la sala y la mesa las sillas eran normales, sin adornos ni respaldos hechos con terciopelo. El pequeño niño flotaba sobre ellos, zarandeando los brazos y piernas como un muchacho enfadado que no ha conseguido salirse con la suya. Juntó las manos y poco a poco las fue separando, dejando en medio de estas una pequeña bola azulada que parpadeaba. La levantó sobre él y la lanzó contra una enorme lámpara de araña que colgaba del techo.

La lámpara cayó estrepitosamente contra el suelo, atravesando al niño mientras este reía sin parar. Con un ruido metálico, la lampara comenzó a moverse y a cambiar de forma. Al cabo de unos segundos, una especie de gigantesca araña metálica les miraba desde el medio de la sala, y el pequeño chaval se aferró al lomo de esta, sin dejar de reír ni gritar como un maníaco. El ruido metálico de la araña era aterrador, como una máquina de esas que convierten los coches en latas de conserva. Se abalanzó sobre la pareja que acababa de entrar, obligándoles a saltar uno a cada lado. El niño miró a la vaquera e indicó a la criatura que fuese a por ella. Pero el demonio tenía otros planes, y disparó con "El Gran Bebé" a la mole metálica. Una explosión provocó que la araña perdiese el equilibrio, y se giró hacia el demonio con un grito ensordecedor.

- ¡Vamos! Ven aquí cabronazo, que te voy a enseñar cómo tratar a una dama.- Y disparó de nuevo, esta vez golpeando la cara del monstruo. La explosión provocó que rugiese con fuerza, pero no parecía haberle hecho daño. Los explosivos normales funcionaban a veces con las criaturas, como era el caso de los esqueletos. Pero aquella cosa parecía estar protegida por algún tipo de manto o halo mágico. Al menos había captado su atención.- Eso es, vamos, ¡ven aquí lamparilla de noche!

Ahora que tenía toda la atención de la criatura tal vez la vaquera pudiese atacar al desprevenido chaval o buscar algo que les sirviese de ayuda. Hellboy vio una enorme armadura con un gigantesco espadón y lo cogió, justo a tiempo para bloquear un golpe de la enorme araña. Los dos metales chocaron y resonaron por toda la sala. El espadón era más grande que la vaquera, pero la fuerza de Hellboy le permitía sujetarlo y blandirlo sin problema. Su enorme hoja le permitía bloquear y frenar los estacazos de la criatura, quien golpeaba y arañaba con furia, intentado alcanzar la carne del demonio. Su brazo de piedra le servía de escudo también, y golpeó a la araña un par de veces con la espada. Pero no parecía tener más efecto que el de cabrear cada vez más al monstruo y al niño que iba encima. Tenían que pensar en algo y rápido. No disponían de mucho tiempo antes de que el maldito jinete apareciese en medio de ellos o decidiese que se había aburrido de esperar y comenzase el apocalipsis.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   25th Junio 2014, 01:03

El farolillo se desprendió de sus manos, reventó contra el suelo con un sonido de cristales rotos y una campanada metálica, cuyo eco rebotó contra la pared curva de la escalera de caracol. De pronto la figura se elevó a toda velocidad y desapareció, como precipitándose hacia lo alto de la escalera. Ella maldijo entre dientes su estampa, guardó el revólver y pisó en la subida los restos de la lamparilla, que crujieron bajo el peso de sus botas. Momentos después, la figura de Rojo se unía a la suya, subiendo por los escalones a toda velocidad y tras un gesto siguió subiendo. Su cuerpo empezaba a hacerle advertencias, pinchándola en un lateral, haciéndola notar que le faltaba el aire. Mientras subía, notaba temblar los músculos de sus piernas, respondiendo al cansancio del esfuerzo físico que estaba haciendo, y por desgaste la llevaba poco a poco a la extenuación.

Acababan de salir por el hueco de la escalera, cuando vieron al niño haciendo cosas raras flotando sobre ellos. Tiró una lámpara de araña que calló con estrépito al suelo, y esta se olvido de la parte de lámpara y se convirtió en una enorme araña de metal, de la que colgaban cadenas y despojos de lo que antes había sido. Las formas antes trabajadas ahora se retorcían sobre sí para crear las patas y en el centro, dos pequeños bultos informes, uno más grande que otro, se habían doblado y trenzado para crear el cuerpo de la enorme criatura, sobre la cual montó esa cosa de ojos amarillos y risa siniestra. Cuando se lanzó contra ellos, el chirrido del metal fue casi insoportable, quizá incluso más que la maníaca risa del crío. Tuvo que saltar hacia un lado para esquivarla, y se cubrió tras una de las sillas, en el suelo. Levantó el brazo con rapidez, para retirar el sombrero hacia atrás un poco, y permitirle una mejor visión. Aquella cosa estaba a punto de lanzarse contra ella, y la explosión le vino como un regalo del cielo, cuando el demonio empezó a llamar la atención de esa cosa retorcida de metal. De nuevo, un retumbar que hizo temblar la sala explotó en plena cara de la criatura.

Ella aprovechó para levantarse y observar la situación. Aquello pintaba mal. rojo se defendía con un gran espadón, pero no podía obviar el hecho de que, a parte de un montón de chispas, lo único que le estaba haciendo a aquella cosa era enfurecerla más y más con cada golpe. El demonio no aguantaría eternamente...

No podían dañarla. Al menos no lo parecía. ¿Qué se hacía cuando un animal ganaba en peso, en rapidez y en peligrosidad?...

Entonces contempló las paredes. Había cortinajes, cuadros, armaduras... y entre todas ellas antorchas. Antorchas viejas, hechas con enormes cuernos vaciados. Se acercó a la carrera hacia ellas y descolgó una de la pared, sacándola por la argolla en la que se mantenían apoyadas. Observó el interior e introdujo una mano, palpando el sedoso líquido que contenían. Entonces miró de nuevo hacia la pared. Comenzó a descolgarlas, cargándolas contra su pecho, una tras otra, mientras cada entrechocar del metal le recordaba que se le acababa el tiempo. Al final, se acercó por detrás a esa cosa, y empezó a tirar las antorchas contra ella. Los huesos vaciados chocaron contra sus patas metálicas, volcando el aceite que había en su interior, salpicando el metal. La criatura apenas se percataba de eso, pero al caer la última antorcha, el niño se giró observándola, y así lo hizo también su montura. Se encontraron cara a cara y hubo un instante de quietud, antes de que se abalanzara contra ella. Retrocedió, dándose la vuelta con rapidez, y apartó un par de sillas, antes de resbalar y caer al suelo. Por detrás, la criatura le comía el terreno. Trató de gatear hacia adelante, incapaz de levantarse, buscando protegerse bajo la mesa, colándose como podía entre las sillas y justo cuando entró entre dos patas bajo la tabla superior de una robusta mesa alargada, un estrépito sonó muy cerca y algo le golpeó la pierna, haciendo que de entre sus labios se escapara un gruñido y su pierna se plegara instintivamente contra su torso intentando proteger la zona lastimada, mientras se sujetaba el lugar con las manos y le daba unas friegas para mitigar el daño. El dolor era intenso pero no como para haberle roto nada. En ese momento se giró y miró hacia atrás. La araña había resbalado por culpa del aceite y las patas que habían sido salpicadas no habían encontrado apoyo suficiente para mantenerse en pie. Había golpeado con el cuerpo el suelo y sobre su espalda el niño hacía aspavientos, confuso y enfurecido.

Lo tenía en frente, pero a su lado, bajo la mesa, una de las patas de la araña empezó a temblar. Al clavarse en el suelo resbaló, tuvo que esquivarla deslizándose hacia un lado sobre el suelo y tiró un par de sillas a su lado en el proceso, que se astillaron, salpicando el suelo de esquirlas de madera. Clavó su fina punta en una piedra sobresaliente del suelo, y utilizó aquello como palanca. Levantó la mesa al menos treinta centímetros y volvió a dejarla caer, al resbalar el resto de patas. Ella se cubrió la cabeza con ambas manos, procurando mantenerse agachada para que no la golpease, mientras la pata silbaba sobre su cabeza buscando apoyo nuevamente. Sólo había podido salpicar las de un lado, así que se había precipitado chocando contra el suelo al resbalar todas sus extremidades, pero ahora pretendía levantarse de nuevo, y se movía con desesperación.

Ella ya no tenía opción. Estaba demasiado ocupada en esquivar los envites de esa criatura de metal como para poder sacar su revólver y apuntar al dichoso crío que tenía encima. Lo único que podía esperar es que el demonio estuviese haciendo algo útil con el tiempo que le había dado.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   25th Junio 2014, 10:42

- Te lo pasas bien, ¿eh cabronazo?- El niño no paraba de reír y chillar. Montado sobre la gigantesca araña tenía una vista elevada de toda la sala. Las patas de esta golpeaban al demonio con fuerza una y otra vez, obligándole a usar todos sus conocimientos de esgrima y lucha con espadas para evitar que le alcanzase. Los golpes metálicos resonaban por toda la sala. "Rojo" la recorrió rápidamente con la vista y localizó a la vaquera cogiendo algo de las paredes en el otro lado. ¿Qué demonios hacía? No tenía ni idea. Fuera lo que fuese esperaba que algo útil para frenar a aquel maldito engendro. La única manera de frenarle era acabar con el niño que parecía tener control sobre ella. De repente, sintió un fuerte golpe seco en el estómago y salió volando varios metros por el aire. Chocó contra la pared de piedra y un par de pequeños cascotes le cayeron en la cabeza.- Ay...

La araña se giró sobre sí misma, en busca de la vaquera. Hellboy pudo ver como la araña resbalaba con algo al tiempo que descargaba su ira contra la pobre chica. Esta consiguió meterse bajo la enorme mesa de madera, ocultándose e intentado salvarse de los ataques de la araña. El suelo estaba lleno de lo que parecía aceite y algunos trozos de hueso yacían alrededor. Hellboy miró a la pared más cercana que tenía y vio las antorchas hechas con cuerno que colgaban a lo largo de esta. Lo entendió. Agarró el espadón y se incorporó. Sacó de su bolsillo un bote redondo con agua bendita y la echó por la hoja del gigantesco espadón. Esta brilló levemente, tomando un tono azulado metálico. El demonio susurró unas palabras y se dirigió hacia el monstruo.

La enorme araña intentaba alcanzar a la vaquera. El niño no paraba de reír y chillar, mirando con esos diabólicos ojos amarillos inmisericordemente a la chica que hacía unos minutos le había privado de su juguete favorito: el pequeño farolillo capaz de revivir a los muertos. Iba a cobrarse su venganza, mataría sin piedad a la vaquera. La destrozaría con las patas de la araña, desmembrándola como a un pavo en navidad. Sangre y gritos, eso era lo que más le gustaba al pequeño monstruito.

Rebe pudo verlo de primera mano. La enorme hoja de color azulado apareció en mitad del pecho del niño, quien profirió un grito ahogado mientras se llevaba las manos a ambos lados de la espada. Hellboy se agachó lentamente hasta ponerse a la altura del oído del chico.

- Fin del juego, ojitos de oro.- Y partió al niño en dos levantando la espada hacia arriba. No hubo sangre ni vísceras, solo una nube negra y una última risa malévola del niño. La araña perdió el equilibrio del todo y "Rojo" tuvo que agarrarse para no caer de encima de esta. Se desplomó con fuerza contra el suelo, resbalando ligeramente por encima del aceite. El demonio bajó de la enorme mole y colocó el enorme espadón en su espalda. Seguramente le vendría bien más adelante. Levantó sin dificultad la enorme mesa con la mano de piedra y le tendió la otra a la vaquera. La ayudó a levantarse y asintió en un gesto de aprobación. Recogieron las cosas y se dirigieron al final de la sala.

Abrieron la puerta y encontraron unas escaleras que subían hasta un patio exterior. Habían llegado a una especie de jardín. Allí, un árbol reseco y un camino les indicaba que antaño aquello pudo ser el patio de recreo de los infantes o de apeo para quienes viviesen allí. La lluvia parecía haber cesado pero el olor a humedad todavía permanecía en el aire flotando entre ellos. El demonio echó un rápido vistazo por el jardín en busca de algún peligro, pero todo parecía en calma. No la típica calma siniestra con la que sabes que algo va a pasar, sino más bien la calma de un amanecer en un bosque.

- Me los limo.- La vaquera miró extrañada al demonio y él se acercó a ella, señalando su cabeza.- Los cuernos. Me has preguntado antes por ellos. Me los limo para intentar parecer algo más humano.- No le gustaba hablar de ellos a menos que fuesen Abe o Liz, pero la muchacha había demostrado un valor enorme y mucha tenacidad.- No es fácil ya de por sí ser un tipo de más de dos metros de color rojo, con un rabo de mono y una gigantesca mano de piedra como para encima llevar mis cuernos. Si no me los limase, darían la vuelta por encima de mi cabeza describiendo un arco y una corona de fuego flotaría entre ambos. Es mi naturaleza demoníaca. Mi verdadera imagen, por así decirlo. Esta mano- Hizo crujir levemente su mano de piedra- no es en realidad una mano, sino una llave. La llave del Apocalipsis. Por eso decía antes el dichoso jinete que no soy el único capaz de desatar el fin del mundo. Sin embargo no te preocupes, no pienso abrir las puertas del infierno ni nada por el estilo.- La vaquera escuchaba atentamente a las explicaciones y aclaraciones del demonio. No sabía muy bien si se lo tomaría bien o mal, pero ya que estaban atrapados por así decirlo en aquel castillo, mejor sería que le contase la verdad.- Trabajamos para la B.P.R.D, una organización gubernamental que se encarga de perseguir y acabar con los entes malignos sobrenaturales que asolan el mundo. La sede principal está en EEUU. Si alguna vez quieres puedes venirte, siempre y cuando salgamos vivos de aquí. Y por cierto, no tengo ni idea de qué leches es un "beefmaster" de esos, pero creo que no nos hemos presentado como es debido. Mi nombre real es Anung-Un-Rama, pero puedes llamarme Hellboy.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   25th Junio 2014, 17:17

Las patas de aquella cosa seguían meciéndose descontroladamente. Lo único que quería pensar es que hacía falta más que el golpe que el demonio se había llevado como para matarlo, o impedirle seguir luchando, porque si no eran capaces de acertar a ese niño que era el que parecía tener poder sobre todas esas cosas, eso sólo podía acabar de una manera. Con ella aplastada debajo de un amasijo de hierros. A lo mejor, ensartada en uno. Esquivó de nuevo la pata de milagro, al tiempo que alzaba a continuación la cabeza para encontrarse al crío, mirándola con esos inmensos ojos amarillos. Entonces una hoja inmensa le atravesó al pecho, haciéndola contener la respiración. La figura de rojo apareció entonces a su lado, le murmuró algo, y el niño se deshizo con una última carcajada, en una nube de pestilente niebla negra.

Las patas de la araña se retorcieron y en el proceso, una le golpeó el hombro, aunque no le produjo ningún dolor, ya que fue al caer por fin, inerte al suelo. Se frotó un instante la zona, y entonces la mesa literalmente salió volando de un empellón que Rojo había dado con esa mano de piedra suya. Se encontró frente a frente con el demonio, y aferró su mano, cuando se la tendió. Sus dedos se estrecharon con firmeza y de un tirón, estaba de nuevo de pie. Cuando plantó de nuevo sus botas en el suelo, la pierna que había sido golpeada se quejó y tuvo la certeza de que ese calor húmedo solo podía significar que estaba sangrando. Pero no cojeaba, así que seguramente la herida no sería de gravedad. Aunque escocía...

Recogieron todos sus objetos, y ella aprovechó para recargar el tambor del revolver con las balas que aún tenía en el cinturón. En cuanto estuvo en orden y se aseguraron de que no había nada más en la sala, continuaron avanzando. Estaba empezando a hartarse ya de tanta escalera, cuando el espacio se abrió en un increíble patio exterior. En el centro había un árbol seco como la cecina, y alguna escombrera de piedra estaba diseminada por el patio, aquí y allá. A pesar de lo cual, dejaba entrever que aquel sitio, tiempo atrás, había sido sin duda un lugar glorioso para descansar. Observó a su alrededor, y tras recibir un par de bocanadas de aire fresco, relajó los hombros, momentáneamente inducida a la calma. Eso era lo que necesitaba. Sólo un momento de respiro. Miró al cielo, dándose cuenta de que había dejado de llover, aunque el aire seguía siendo húmedo.

Se arrodilló un momento y se levantó el pantalón, dejando al aire la magulladura de la pierna. Hizo una mueca, al tiempo que limpiaba la herida con agua, que se había acumulado en un pequeño charco. La sensación fría le hizo mucho bien, pasaría pronto. Se había hecho cosas peores en los torneos de lazo. Se bajó la pernera del pantalón, y en ese momento Rojo la habló, haciendo que se levantara para encontrarlo frente a ella. Escuchó atenta, en total silencio, mientras se daba cuenta de que la Beefmaster le estaba desnudando su alma. Empatizó con él, como lo hacía con toda criatura que le regalaba un nivel de confianza tal, como para ganarse su reciprocidad. Sus labios se entreabrieron, mientras escuchaba todo lo que tenía que decirle.

Aquello resultaba de lo más trágico. Que un milagro natural como él, fuese lo que fuese, tuviese que verse obligado a renunciar a una parte de si mismo, por ganarse la aceptación de los demás. Pero supo que, seguramente, alguien como él no tendría cabida entre ellos. Los humanos no dejaban de ser como una manada, que a la más mínima señal de un espécimen distinto, respondía rechazándolo y dejándolo a su suerte. El mero color de la piel había sido aliciente de eso, hace menos de doscientos años. Seguramente tenía razón al pensar que aquello le daba alguna facilidad más de no ser rechazado, por lamentable que eso llegara a ser para ella. Cuando le describió sus cuernos, sintió que un escalofrío se elevaba desde la base de su columna, y sus ojos dibujaron para ella la estructura ósea que debería estar allí según el la describía. Era una locura. Como pedirle a un ciervo que renunciara a su cornamenta, o a un cocodrilo que lo hiciera con sus dientes. Ojalá... no le hiciera falta todo aquello.

Habló sobre aquella mano de piedra, que resultó ser más que eso. Ahora todo empezaba a encajar poco a poco. Él era una parte del destino de la humanidad, parte de un desencadenante que podía extinguir la raza humana. Por un instante, fue capaz de percibir lo enorme que era realmente el mundo ahí fuera. Todas aquellas fronteras inexploradas que hasta entonces habían pasado desapercibidas a sus ojos. El montón de criaturas que no había visto, pero que ahora quería, y debía conocer. Todo el conocimiento sobre animales que creía extintos, o inventados, y cuya existencia ahora iba cobrando fuerza. Luego finalmente se presentó, diciéndole su nombre, y también su apodo. En ese momento, ella lo miró fijamente, con una profundidad tal que parecía capaz de ver a través de su piel, de su carne, de sus mismos huesos. Que le permitía acceder a él en sensación y pensamiento. Porque lo que él había hecho, para ambos, era crear aquella conexión que sólo podía ganarse con confianza.

- Encantada de conocerte, Hellboy. - respondió ella, haciendo que su tono sonase por primera vez cargado de una sensibilidad especial, en lugar de con la dureza impersonal que hasta entonces habían utilizado, para hablar el uno con el otro. Se acercó a él, subiéndose en una piedra entre ambos, recortándole algo de altura. Se retiró el sombrero hacia atrás, haciendo que colgase de la correa, a su espalda. - Mi nombre es Rebecca...- añadió al tiempo que levantaba los brazos, poniéndose de puntillas para alcanzarlo y posaba sus manos sobre sus mejillas, notando el tacto recio de sus patillas bajo la yema de sus dedos. - Pero puedes llamarme Sheriff...- añadió, tirando de él delicadamente hacia abajo, y en un gesto que quizá le resultase familiar, sus frentes hicieron contacto. Ella obvió el tacto áspero y conocido de los cuernos en contacto con su piel, cubierta de humedad y de polvo. Cerró los ojos, mientras se hacía plenamente consciente de la presencia inmensa de Hellboy, de la temperatura de su piel, de su aroma incluso. El silencio a su alrededor se volvió respetuoso, como si comprendiera lo que estaba sucediendo, y casi pareció congelar el paso del tiempo para ellos, aunque fuera sólo unos segundos. Porque con ese gesto, se estaban hermanando.

Instantes después, ella le liberó de ese contacto y se encontraron cara a cara, sus ojos amarillos iguales en color a la criatura que la había amenazado de muerte, pero cuyo fondo era tan distinto... Sus manos aún seguían ceñidas a su enorme rostro, aunque de un modo más laxo. En ese momento, los ojos azules de ella brillaban impregnados de lo que parecía un velo acuoso, que no hacían si no intensificar las profundas sensaciones que transmitía, entre la cual brillaba como una hoguera en plena noche una de ellas. El respeto...

-*Bzzz*... jo...*cht* ojo... *kjjj* ¿Hola? ¿Me recibe alguien? *Bzz*

Ambos dieron un respingo al darse cuenta de que los comunicadores habían empezado a sonar. Ella retiró las manos rápidamente y trató de escuchar, para ver lo que oía. El momento se había volatilizado en el aire, como el niño al ser atravesado por una espada que este caso, no era otra cosa que la voz de Azul, al otro lado del comunicador.

- ¿Hola? ¿Me oyes, Cuero Azulejo? - preguntó, para luego esperar respuesta.

- Ahora si. ¿Qué ha pasado? ¡No contestabais ninguno!- dijo con cierto tono recriminador, que ocultaba muy mal la preocupación.

Ella miró al demonio, encogiéndose de hombros, dándole la oportunidad de continuar la conversación con él. Al fin y al cabo seguramente muchos de ellos estaban esperando órdenes y noticias acerca de sus actuales posiciones. En cuanto terminaron de intercambiar información por radio, ella se desabrochó los puños de la camisa y se los arremangó a medio brazo, mientras miraba a Rojo, con un principio de sonrisa asomando en una de sus comisuras.

- Por cierto, la "Beefmaster" es un tipo de vaca grande de pelaje rojo. - añadió, sonriendo de medio lado, alzando una ceja. - Tienen buenos músculos, pero demasiado carácter. - añadió, mientras se secaba la frente y volvía a calzarse el sombrero, que hasta entonces había reposado a su espalda. Cuando comenzó a andar, dejando atrás a Hellboy, aún tenía aquella sonrisa en la cara.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   25th Junio 2014, 18:53

La chica se acercó al gigantesco demonio, subiéndose a una piedra y tocándole la cara. Era un gesto tierno, suave, algo a lo que él no estaba acostumbrado. Su pan de cada día eran puños, garras, piedras, metal, balas, fuego,... Liz era la única que alguna vez le acariciaba o le tocaba algo más suavemente. Después de todo, esperar que un troll o un ogro fuesen suaves era algo totalmente impensable para nadie, o que un hombre lobo te invitase a un picnic sólo ocurría en los libros horteras que tenían locas a las adolescentes. "Rojo" se sintió algo aliviado, aunque tampoco le apasionó el contacto. Era bastante reticente a cualquier muestra de cariño, y ya se odiaba en parte a sí mismo por haberle confesado toda su historia a la vaquera Rebecca. Pero bueno, un poco de ternura nunca hizo daño a nadie, aunque él jamás lo reconocería.

Los crujidos y zumbidos de la radio con la voz de Abe les devolvieron a la realidad del patio y el castillo. "Rojo" esperó a que la vaquera hablase, y cuando ella le miró dubitativa decidió continuar con la conversación.

- Abe más te vale traer alguna buena noticia o algo, porque te estás perdiendo toda la diversión...- Hellboy disfrutaba mucho peleando junto a su compañero Abe. Eran los dos más veteranos de la B.P.R.D. De hecho luchaban desde antes siquiera que recibiese ese nombre, bajo la tutela del profesor Brom. Abe era el cerebro de los dos, lo que no significaba que Hellboy fuese puro físico, ni mucho menos. De hecho, en muchos apartados como comprensión de antiguos idiomas era mejor el demonio que el hombre pez. Eran como dos hermanos, uno algo más irresponsable que el otro, como el hijo bueno y el hijo malo.

- ¡Oh, tranquilo "Rojo"! Aquí hemos estado muy moviditos también... Una bandada de vampiros ha intentado acabar con nosotros. El agente Smith está herido, pero no gravemente. En cualquier caso me preocupa el grupo grande que ha subido a la parte superior del castillo. No sé nada de ellos. ¿Habéis conseguido contactar con ese grupo?- Quienes fuesen con Abe y Hellboy tenían la supervivencia asegurada. Sin embargo, un grupo de cuatro agentes en un castillo lleno de toda clase de criaturas sobrenaturales hambrientas eran un bufet libre. Lo más probable es que si no estaban ya muertos, pronto lo estarían. Eso o les habían capturado. Cualquier opción era mala para los demás. Perder a agentes siempre era malo. Ellos se comprometían a la causa y sabían a lo que iban. Sin embargo, no dejaba de ser una terrible pérdida.

- Negativo "Azul", sois los primeros con los que contactamos... ¿Dónde estáis por cierto? Nosotros nos encontramos en un patio con un gran árbol en medio. Debe ser donde los pijos de los nobles se paseaban tomando el té y cualquiera de esas mariconadas que hacen los ingleses...- Deberían haber intentado conseguir un mapa o algo por el estilo del castillo. Avanzar así a ciegas era extremadamente peligroso. Quedar atrapados no era algo especialmente divertido ni agradable. Por fortuna para Rebecca, llegados a ese punto Hellboy les sacaría a puño limpio, tirando las paredes que hiciesen falta antes de sacarles de donde fuese.

- Mmm, no me suena. Intentad buscar alguna entrada al para ver si podemos coincidir. Después del ataque de los vampiros y la ausencia del otro grupo no me gustan un pelo. Mejor será que vayamos juntos.- Abe tenía razón. Perder a un grupo entero no había sido algo positivo que sacar, y si conseguían reunirse tal vez fuese más sencillo acabar con los enemigos. La unión hace la fuerza como quien dice. Además, si encontraban al jinete lo mejor sería estar todos juntos. Si los iba pillando de uno en uno la muerte estaba más que asegurada.

- De acuerdo "Azul". Buscaremos una manera de entrar al dichoso castillo. Seguid intentando contactar con los otros. Es posible que los tengáis más cerca que nosotros. Cambio y corto.- Con un chasquido, la radio dejó de emitir sonidos y la voz de Abe se apagó. El demonio suspiró y negó con la cabeza. La levantó y miró a la chica, quien sonreía junto a él a la vez que se desabrochaba los botones de la camisa.- Si estás esperando un beso por tu buen trabajo vete olvidando.

- Por cierto, la "Beefmaster" es un tipo de vaca grande de pelaje rojo. Tienen buenos músculos, pero demasiado carácter.- Se colocó el sombrero y se alejó con una sonrisa en la cara del demonio.

- ¿Ah, sí? Pues ten cuidadito vaquera, no sea que yo también te pegue una cornada.- No lo decía en serio, ni siquiera le había molestado el comentario acerca de la vaca. Pero Hellboy era alguien bastante duro y tosco, a pesar de tener un gran corazón. Debía intentar mantener la imagen de tipo duro, al menos hasta que estuviesen a salvo, cosa que solía ocurrir bastante después de lo que la gente creía. El peligro no sólo residía en enfrentarse a demonios, monstruos y toda clase de entes sobrenaturales, sino a evitar que estas entrasen en uno mismo poseyéndolo o torturándolo una vez muertas o eliminadas.- Anda, vamos a ver si conseguimos salir de este patio. No me gustaría que nos atacase otro maldito ejército de esqueletos u otras gárgolas cabronas.-

Avanzaron unos pocos metros a través del patio. El suelo estaba hecho de mármol, pero hacía mucho tiempo que el blanco de este había desaparecido, dejándolo todo desquebrajado y lleno de plantas. Las ramas del árbol se mecían ligeramente con el siseo del viento que entraba desde los ventanales laterales. Sus pasos resonaban ligeramente contra las paredes laterales. Algunas estrellas se dejaron ver en lo alto, indicando que la noche ya había llegado al castillo. Las linternas de sus cinturones les iluminaban ligeramente, proyectando un pequeño haz de luz frente a ellos con forma cónica.

Todo sucedió tan deprisa que apenas pudieron reaccionar. El árbol que apaciblemente descansaba a su lado cobró vida y los atrapó a la velocidad del rayo, dejándolos colgados boca abajo. Antes siquiera de que pudiesen sacar sus armas este lanzó miles de pequeñas lianas y ramas que les ataron las manos a la altura de la muñeca, dejándolos totalmente inmóviles. Hellboy necesitó de una gigantesca maraña verdosa para poder evitar que se moviese, mientras farfullaba y maldecía contra la planta. Algunas armas cayeron al suelo, entre ellas el gran espadón del demonio y "El Gran Bebé". intentaban zafarse de la prisión verde, en vano. Las lianas les sujetaban con la fuerza de veinte hombres, estirando sus extremidades y dejándolos inmóviles. Del tronco del árbol apareció una cara anciana, tan anciana como los cimientos de la tierra, y se volvió hacia los dos prisioneros que colgaban boca abajo.

- ¿Quién se adentra en mis tierras? ¿Quién osa perturbar la paz de los muertos y los espíritus que descansan en paz? ¿Quiénes sois, extraños y vulgares seres, y qué habéis venido a hacer en mi reino?- Su voz era profunda y grave, tan grave que casi era imperceptible lo que decía. El pecho de los dos prisioneros vibró con cada sílaba que pronunciaba. Antes de que pudiesen contestar, metió dos ramas en la boca de ambos, provocando que farfullasen y se agitasen. Al cabo de unos segundos donde el árbol recorrió sus bocas, volvió a hablar.- No parecéis seres malvados... Tan sólo perdidos. Pero sois los culpables de matar al pequeño espíritu del príncipe del castillo, y por tanto sois culpables. Mas puesto que soy magnánimo y vustras intenciones no son otras que las de liberarnos del huésped no deseado que mora en estas paredes, os daré a oportunidad de redimiros... Si sois capaces de resolver mis acertijos.

No puedes verla ni sentirla,
y ocupa todos los huecos y lugares:
no puedes olerla, verla ni oírla,
está detrás de los astros,
y está al píe de las colinas,
llega primero, y se queda;
mala risas y acaba vidas.


Devora todas las cosas:
aves, bestias, plantas y. flores;
roe el hierro, muerde el acero,
y pulveriza la peña compacta;
mata reyes, arruina ciudades
y derriba las altas montañas.


Treinta caballos blancos
en una sierra colorada.
Primero mordisquean,
y luego machacan,
y luego descansan.


------------------------------------------------------------------------------------------------

Normas del post:

Los acertijos son acertijos conocidos, de manera que si buscas la respuesta en internet la encontrarás. Intenta resolverlos sin hacer eso. Es necesario que Rebe acierte al menos dos de los tres acertijos propuestos. Si lo consigue ambos serán liberados. De lo contrario sucederá algo bastante peliagudo que pondrá a nuestros héroes en una situación muy comprometida.

Agradecería que intentases usar tu lógica para resolver los acertijos. Como ya he dicho, siempre puedes ir a internet a buscar la solución, pero realmente pierde la gracia del asunto. Espero que disfrutes del post ¡y que empiece el juego!

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   26th Junio 2014, 00:13

Mientras los colores estaban de cháchara, ella se mantuvo atenta y observó el entorno del patio, a pesar de estar pendiente a la conversación con el comunicador que a ella le habían dado. Escuchó aquello sobre los vampiros y alzó una ceja. Desde luego la noche se volvía cada vez más y más rara. Sacó la petaca restante de la parte de atrás de los pantalones y se echó un trago pequeño de agua bendita a la garganta, paseándola por la boca para refrescarse. Con gusto habría agradecido que se tratara de Whisky, pero era uno de esos días en las que no parecía que nada fuera a salir a la primera, salvo que se dejaran el culo en conseguirlo. Aplacó la sed al menos, después de tanta carrera, monstruitos y escaleras, no era difícil tener la garganta como un secarral de Arizona. Volvió a guardarse la petaca en sus apretados bolsillos traseros.

Cuando cortaron la comunicación, y después de esa amenaza vacía, se unió al paseo por el patio. Estaban buscando la manera de entrar, aunque no pensaba volver otra vez atrás. Era una de esas cosas que iban contra sus principios. Tener que desandar lo andado. Un Sheriff no se arrepentía de sus decisiones. Además, tampoco estaba segura de querer renunciar al aire libre. Eso iba más con ella.

- No tengas miedo. Yo te protejo. - dijo buscando chincharle claramente, pero en realidad no podía decir que no había sido así. Aunque ella sólo se hiciera una ligera idea, aquellos esqueletos se habían volatilizado por su idea, que no había podido venir en mejor momento. En cualquier caso, no es como si ella fuese la damisela en apuros en ese equipo de tíos. No, de eso nada. - ¡Por el carácter de Cat Ballou!- exclamó sobresaltada.

Una interrupción repentina la hizo contener el aire y soltar una exclamación cuando se vio atrapada por un montón de cuerdas que los arrastraron. Por cada una que rompía tres más la sujetaban, hasta que al fin la enrollaron por las muñecas, las piernas y el cuerpo. Algunas de ellas se ciñeron tanto en la zona del pecho que la hicieron resoplar. Entonces los colgaron boca abajo, como si fueran un par de vacas desangrando en el matadero. El sombrero, así como los revólveres de la cintura chocaron contra el suelo al caer. Cuando por fin se vio cara a cara con aquel árbol viejo y éste comenzó a hablar, ya fuera por que la situación lo requería, o por que la sangre empezó a irle directamente a la cabeza, recordó fugazmente a su amiga Hiedra. Quizá debería ir a hablar con ella, seguro que querría saber eso. La voz del árbol era todavía mas grave que la del demonio, y la hizo estremecer sin poder evitarlo. La verdad es que le perdían ese tipo de voces. Casi parecía retumbar en su pecho, cada vez que hablaba, y le daba cierto cosquilleo en el estómago muy agradable. Quiso contestarle pero entonces, aquella cosa le metió una rama en plena boca.

- ¡Eh! Mm...-  Abrió los ojos muy sorprendida y trató de retirar la cara, pero la rama hurgó dentro de una forma muy desagradable. Además era bastante grande. Se obligo a respirar por la nariz, como cuando... bueno. Eso. - MMmm... MmnneMnnMMMMM. - fuese lo que fuese, estaba claramente indignada.

Cuando la rama terminó de hurgar, ella empezó a escupir, raspó su garganta y chasqueó la lengua varias veces. Acababa de aclararse la boca y ahora, sabor a árbol viejo de hace mil años. Que asco. ¿qué opinaría Hiedra de eso? ¿Sería algún tipo de supremacía machista al estilo vegetal? Con lo que a ella le gustaban esas cosas... Debería preguntárselo.

- ¡Qué maneras son esas! Por lo menos deberías habernos invitado a un café, o a cenar...¡A saber donde has metido eso!- exclamó la vaquera, aún con cara asqueada, en un mohín que casi parecía infantil.

Cuando le vino con aquello de los acertijos, ella miró al árbol que acababa de cobrar vida como si fuese lo más raro que le pasaba ese día. Aquello tenía que ser una broma, después de todo eso, ¿Pretendía tenerles allí colgados hasta que resolvieran esos juegos de palabras? Pensó que aquello no era serio, hasta que al fin se puso a recitar. Pues si. Iba en serio. La vaquera abrió la boca, incrédula y buscó el rostro de Rojo como si no se creyera lo que estaba oyendo. Aunque el demonio no parecía mucho más convencido. Al final, tornó la mirada de nuevo a ese rostro envejecido, y lo miró fijamente, concentrándose, escuchando lo que tenía para ellos, aunque resultaba difícil con un montón de lianas moviéndose y apretándose a su cuerpo, como docenas de serpientes, la sangre cayéndole a la cabeza y la boca con sabor a corteza. Después de decir el primero se quedó allí boca abajo en pleno silencio, respirando con dificultad. Estaba empezando a marearse. No se le ocurría nada.

- ¡No puedo pensar así! ¿Puedes hacer el favor de ponerme del derecho al menos?- preguntó ella. El árbol pareció dudar, pero al final, la sujetó colocándola de nuevo  boca arriba. Quizá porque estaba viendo que se le estaba poniendo la misma cara que a su compañero. Al hacerlo, cogió aire con fuerza, y dos de las lianas que le rodeaban el pecho se rompieron. Aprovechó para coger aire, antes de que otras la sustituyeran- Afloja un poco, me estoy asfixiando. - dijo jadeando, recuperando la respiración. Aprovechó todo ese tiempo para pensar una respuesta. Después hubo un intenso silencio. - ¿Es la sombra?- preguntó, aunque no estaba del todo segura.

Miró a Hellboy, en busca de una respuesta, si es que a él se le ocurría algo mejor. No había pensado que quizá sólo tendrían una oportunidad y que tendrían que escoger entre los dos una respuesta. Antes de darle tiempo a rectificar, el árbol comenzó con el siguiente acertijo. Ella lo escuchó, tratando por todos los medios de memorizarlo.

- ¿Puedes repetirlo?- preguntó, recobrando el tono concentrado que era más propio de ella. Ahora volvía a estar cien por cien metida en la materia. Otro silencio. El árbol la estaba mirando. La verdad es que costaba bastante intentar resolver algo, con la sensación de que alguien te miraba insistentemente. Se estaba sintiendo bloqueada y se les estaba acabando el... El tiempo...- murmuró para sí, al tiempo que repetía el acertijo en su mente. - ¡Es el tiempo!- respondió esta vez segura. Tenía que serlo. No podía ser otra cosa.

Intercambió una mirada con el demonio, esperando que estuviera bien. La verdad es que poco a poco iba ganando confianza en sí misma. Recordó a otro viejo compañero y vecino, que igual que Hiedra, también vestía de verde. Tendría que enviarle una cesta de agradecimiento, después de eso. ¿Cómo iba a pensar que tuviera alguna utilidad en la vida, y menos en un momento así?

El último enigma le hizo centrarse al cien por cien, y cuando el árbol terminó de decirlo, ella frunció el ceño con una expresión concentrada. Sus ojos se movieron de un lado a otro, antes de contestar, esta vez de corrido.

- Caballos blancos... Son los dientes. Es la boca. - dijo mirando fijamente al árbol. Tras un intenso silencio de reflexión, notó como el agarre se volvía más débil y los dejaba a ambos en el suelo. Ella cayó con un salto, pero Rojo prácticamente lo hizo al peso, quedándose tendido boca arriba cuando el mar de enredaderas lo soltó. Ella recogió rápidamente las cosas del suelo, acomodándolas en sus respectivos lugares. Esta vez fue ella quien tendió una mano al demonio, para ayudarle a levantarse. - Has sido de gran ayuda. - dijo con ironía, aunque era claramente una broma. Se sacudió la ropa un momento, y luego intercambió una mirada con él, volviéndola más pacífica. - No te lo tomes muy a pecho. Tu también serías así de rápido si en tu ciudad hubiera cierto personajillo llamado "El acertijo"- le dijo, con una sonrisa amable.

Dichoso Enigma. Al final resultaba que sus constantes robos, atentados y tonterías que siempre tenían algo que ver con preguntas, acertijos y esas palabrerías acompañadas de interrogaciones por todas partes acababan aumentando la agudeza mental. Desde luego resultaba irritante, aunque no podía decir que no fuese útil. Tendría que agradecérselo algún día. Tal vez.

- Vamos, antes de que ese salvaje vuelva a meternos algo en algún sitio. - dijo mirando a sus espaldas, desconfiada, hacia el árbol. Luego volvió a sacar la petaca para aclararse la boca. Quería quitarse cuanto antes ese sabor.[/color][/color]
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   26th Junio 2014, 10:59

- Se me ocurre una idea mejor. Nos dejas en el suelo y así no tengo que hacerme una mesilla de noche contigo, ¿qué me dices?- Hellboy no se amedrentaba fácilmente. Estar colgando boca abajo de un gigantesco árbol no estaba ni de lejos entre las diez peores cosas que le habían pasado. Sin embargo, aquel árbol no parecía tener muy buen humor, metiéndole varias ramas a la vez en la boca, dejándole sin poder hablar. Ahora la resolución de los acertijos corría al cargo de la vaquera. Si ella no era capaz de resolverlos estarían perdidos. "Rojo" conocía la respuesta a los tres. Había luchado contra esfinges, las criaturas planteadores de acertijos por excelencia.

La vaquera pidió que estuviese derecha para poder pensar con mayor claridad, y el árbol se lo concedió. Al cabo de unos pocos minutos, había sido capaz de resolver los acertijos, acertándolos todos, y dejándoles en libertad. Ella fue depositada con cuidado en el suelo, mientras que el demonio fue liberado desde la altura a la que se encontraba, cayendo estrepitosa y ruidosamente.- Gracias hombre, todo un detalle… Menudo tío más seco. Bueno vaquera, una vez más me has sorprendido. Al final conseguirás que te coja cariño y todo. ¿"El acertijo" dices? Realmente no sé que os pasa a la gente de hoy en día.

Ambos recogieron sus pertenencias y las colocaron en sus cinturones o espalda. Por suerte no habían perdido nada. Ninguno de los frascos ni explosivos se había roto ni había explotado. La vaquera dijo al demonio que se fuesen y este asintió, dejando al árbol a sus espaldas. No habían dado ni dos pasos cuando unas enormes raíces salieron del suelo como pinchos, bloqueándoles el camino. Hellboy se dio lentamente la vuelta con los labios entreabiertos, mostrando como apretaba los dientes.- ¿Y ahora qué sauce llorón, vas a contarnos un cuento? ¿Acaso no te has divertido lo suficiente? Mira, por regla general tengo mucha paciencia (notese la ironía) pero este castillo ya está empezando a encabronarme, así que o nos dejas pasar, o te arrancaré la corteza y me haré un bonito banco con ella.

- Anung-Un-Rama, guarda tu ira para el verdadero enemigo. Yo no soy más que un emisario del pasado. Nosotros hemos habitado este castillo durante siglos, manteniendo a cualquier intruso fuera de él. Sin embargo, un ser diabólico y ancestral se ha hecho con el trono de este. No podemos luchar contra él, y usa su terrible magia para controlar a todas las criaturas que intentamos defender las paredes de esta antigua morada.- Sus palabras eran lentas, pausadas, pero no tediosas. Las ramas se movían al son de estas, y sus puntas se zarandeaban ligeramente con el viento. Sus movimientos sonaban a crujido y dilatación de la madera, como un bosque en la noche.- No podéis matarlo, pero sí podéis mandarle al lugar de donde proviene.

- Gracias por el consejo, pero tal vez mis pequeños juguetes tengan algo que decir con respecto a eso.- Había matado y eliminado a toda clase de demonios, dioses y seres mitológicos. Puede que aquel fuese el jinete del apocalipsis, pero ahora tenía forma corpórea. Tenía cuerpo físico, de manera que se le podía herir. Tal vez no de la manera convencional, pero podía ser herido. Era la desventaja por así decirlo de jugar en casa. Los seres que habitan la tierra son mortales, debido a que tienen un cuerpo material que puede ser herido y deteriorado. Eso era algo que las criaturas que lo invadían no sabían, y con el paso del tiempo Hellboy se había percatado de ello. Bien era cierto que tal vez no lo pudiesen matar, que no pudiesen matar a su espíritu, pero su cuerpo era una historia muy distinta.

- Necios mortales, no tenéis ni idea del peligro que se cierne sobre este mundo. Creéis siempre tenerlo todo controlado. Esa es la mayor mentira de la humanidad. No tenéis absolutamente nada controlado, ni jamás lo tendréis. Sois criaturas imperfectas y burdas, os matáis unos a otros por un poco de dinero o algo de tierra, sin daros cuenta de que vuestra supervivencia es lo único que debería importados. Sois tan fácilmente corruptibles que vosotros mismos lo hacéis. Por eso estáis condenados al fracaso y la muerte. Por cada cosa buena que habéis conseguido nunca ha habido guerras, muertes, asesinatos y violaciones por detrás.- Su voz no era de reproche, ni siquiera parecía enfadado. Era pena, lástima, compasión. Lo que decía lo pensaba de verdad, y se compadecía de la imperfección y corruptibilidad del ser humano. Sus ramas seguían moviéndose al son del viento, el cual silbaba entre los presentes. Miró a los dos pequeños seres que había ante él. Negó ligeramente con la cabeza y luego les miró fijamente.- Esto no es más que el principio. Cuatro vendrán, cuatro serán los que asolarán esta tierra, purificándola por fin, y limpiando toda corrupción y enfermedad que la asola, que la destruye poco a poco. Y antes de que todo acabe, antes de que los jinetes se alcen victoriosos, con sus armas levantadas hacia el cielo, tú morirás.



Con un fuerte crujido el árbol profirió un fuerte berrido que resonó por todo el patio. Las ramas se agitaron, su tronco se dobló y retorció, y con un último exhalo, se quedó quieto, seco, como un árbol más del bosque. Las ramas ya sólo se mecían con el viento, y esa especie de respiración que provenía de él desapareció. Unas pequeñas lucecitas amarillas salieron de él, subiendo hacia el cielo, perdiéndose en la noche. Miles de faros del tamaño de insectos subieron como una gran columna, en un espectáculo mágico de colores naranjas y amarillos. La luna asomó tras unas nubes, iluminando de azul el patio donde ellos se encontraban. Con esa luz la vista fue mágica, espectral. El cascarón del árbol, que en su último suspiro les había explicado lo que debían hacer, los vigilaba sin vida, seco, viejo y mohoso. La muerte se apoderó del lugar, de aquel lugar que poco antes había parecido santo y esperanzador. Pero no había tiempo para minutos de silencio ni para lamentarse. El tiempo corría en su contra, y tras las palabras del árbol la amenaza de nuevos seres más peligrosos que el anterior no era de muy buen augurio. La pareja abandonó el lugar, dirigiéndose al final del patio, donde una gran puerta de madera los miraba desde lo alto. Hellboy sacó su enorme revolver y entró, seguido de cerca por Rebecca.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   26th Junio 2014, 17:22

- Yo siempre he creído que su problema era tener demasiado tiempo libre.- comentó, refiriéndose a enigma.

La verdad es que en Gotham abundaba la gente de ese tipo. No era la primera vez que pensaba que muchos de esos personajillos que poblaban la ciudad más oscura de américa lo único que necesitaban era un Hobby que tuviera que ver poco o nada con matar, explotar o robar a los demás. Sólo eso.

Estaban dirigiéndose a la entrada opuesta al patio, al menos hasta que un montón de raíces atravesaron el suelo y les impidieron el paso, levantándose frente a ellos como un muro de espinos que resultaba bastante amenazador. Ella se giró rápidamente, con el ceño fruncido, la mandíbula apretada y ambos revólveres ya en las manos. Estaba empezando a irritarle la interrupción constante, los ataques descontrolados, las criaturas asesinas y sobretodo el hecho de que cuando pensaba que se habían acercado un poco más a su objetivo final, algo le hiciera tener la sensación de que descendía otros dos. Observó como el árbol se mantenía severo, mientras les llamaba a la calma, y comenzaba a hablarles de todo aquello. Estaba pronunciando alguna profecía extraña y antigua, casi como escuchar a uno de esos viejos curas que estaban ya oliendo de cerca los dedos de la muerte, cuya voz sonaba como un eco a las puertas del cielo, prometiendo miserias y otras cosas horribles provocadas por el pecado. Hablaba de ellos como si fueran criaturas insignificantes, y eso, aunque la cabreó, no hizo que variara su expresión, que era severa y contenida. En sus ojos había un brillo lejano de enigmatismo, que no permitía discernir lo que ella pensaba, convirtiéndola en un ser inaccesible, como una silueta recortada sobre un atardecer rojo.

Escuchó atentamente, sin mirar ni al demonio ni al árbol, con la mirada perdida en pensamientos que se revolvían en lo profundo de su mente, agolpándose contra la barrera de su entendimiento, que con todo lo que había soportado, visto y pasado en ese día estaba siendo forzada hasta su límite máximo. Aquello estaba exigiéndola mucho esfuerzo, no sólo físico, si no también mental. A veces el cuerpo es capaz de aguantar, si la mente está controlada, y eso era lo que siempre luchaba por conseguir. Eso era lo que un Sheriff debía hacer.

Por un lado, le apaciguaba saber que Hellboy tenía experiencia, que se creía capaz de acabar con aquella cosa. Que ese monstruo iba a morir por todas las atrocidades que había cometido, y que iba a pagar frente a la justicia. Eso era lo único que a ella le importaba, cobrarse la deuda que aquel engendro había contraído al dejar a su animal a su suerte, al matar a personas y animales inocentes, sólo por su brutal estupidez. Pero cuanto más escuchaba al árbol, más se daba cuenta de que, en efecto, había cosas que escapaban a su control...

Y eso no le gustaba nada.

Cuando terminó de hablar tuvo la certeza de que hablaba de los cuatro jinetes del apocalipsis. Victoria, Guerra, Hambre y Muerte. Aquello que hasta entonces habían sido conceptos explotados para espantar a los creyentes, para provocar la sublevación al miedo, estaban cobrando cuerpo. Según aquella cosa, vendrían, y visto que estaban en plena persecución de uno de ellos, no había motivo para pensar que les estuviera engañando con los demás. No sabia hasta qué punto podrían llegar a afectar al resto del mundo, pero dudaba que pudieran pasar desapercibidos. Por más cabezas que se compraran tapando el incidente del Grand Natonal, ¿Podrían hacer lo mismo con criaturas como Guerra o Muerte? ¿Porque un exterminio? ¿Por qué ahora? Había demasiadas preguntas sin respuesta. Demasiadas incógnitas. Cuando un Sheriff se encuentra con un caso difícil, lo menos que puede hacer es seguirlo hasta el final, y en ese momento supo que su corazón estaba comprometido a hacerlo. Incluso cuando escuchó aquella premonición de muerte dedicada al demonio.

Entonces, tras un estertor que consiguió que su piel se erizara, quizá por que tuvo la sensación de que algo vivo, en el castillo entero, sufría por una intensa sensación de pérdida que pudo sentir en carne propia, un riachuelo de luces se elevó, confundiéndose con las primeras estrellas tímidas que flotaban suspendidas en una noche nublada. La Luz se volvió blanca, envolviéndolos en un instante espectral, y ella levantó los ojos hacia el cielo, dejándose llevar por aquel momento de suma ausencia. Sus ojos azules participaron de aquel instante, brillando de nuevo conscientes de las sensaciones a flor de piel. Su instinto, aquel sexto sentido que le facilitaba el trabajo, era a veces una maldición que le permitía comprender al resto de seres con intensidad suficiente como para sentir con ellos...

No miraron atrás. Continuaron andando, hacia la puerta, envueltos en un silencio sepulcral que ni siquiera el aire era capaz de perturbar. El primer sonido que fue capaz de percibir provino de la puerta de madera, que giro sobre sus goznes de una manera silbante. Aquello resultó extraño, pues no cedió como el resto de puertas, pesadamente, con un crujido, que era lo que cabía esperar de una puerta de semejante tamaño. Al abrirlo, un pasillo inmenso con arcos de piedra vacíos se extendía ante ellos, conectando al final con lo que parecía otra sala que daba a una especie de torreón que se levantaba apuñalando el cielo. El pasillo estaba iluminado por la luz blanca y fría de la luna, que se vertía entre los huecos en la piedra, dibujando en el suelo una especie de mosaico cristalino. Ella empezó a andar, en total silencio. La calma parecía retenerlo todo entre sus frágiles dedos. Su instinto de conservación la impelía a continuar en guardia, siempre en guardia. Incluso cuando aquello hubiese acabado lo estaría.

- No dejaré que te maten. ¿Lo sabes?- dijo entonces. Su sombrero dibujaba una sombra que sólo permitía ver sus labios, en un gesto inalterablemente serio - No dejé que mataran a esos caballos. Tú lo llamas temeridad. Yo deber. - explicó con un tono firme pero suave y contenido. Hubo un instante de silencio. - Igual que luché por ellos, lucharé contigo. - añadió, para luego volver a adentrarse en ese silencio suspendido. El mal nunca duerme...

Los Sheriffs tampoco.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   27th Junio 2014, 23:28

Las palabras de Rebecca eran honestas e intentaban tranquilizar y animar al demonio, pero él estaba acostumbrado a que profetizasen su muerte que ya ni se inmutaba. Simplemente la añadiría a su lista y se reiría de ella cuando todo acabase.

El enorme pasillo que se abría ante ellos parecía mejor cuidado que los otros sitios donde habían estado. Los gigantescos arcos los miraban desde arriba, vigilantes y silenciosos. Cada paso que daban resonaba a su alrededor, haciendo que pareciese que hubiese varias personas en aquel pasillo. Hellboy seguía llevando su revolver sacado y apoyado en el hombro izquierdo, atento a cualquier movimiento sospechoso o ruido extraño. Su aspecto espectral y siniestro era mucho mayor que el del resto del castillo. Aquí, el suelo de mármol era reluciente, sin apenas grietas ni roturas. Por las paredes penetraba ligeramente la luz lunar a través de alguna que otra fisura en la pared, pero no parecía que hubiese signos de batalla. El salón principal, donde las gárgolas les habían atacado estaba totalmente derrumbado, al igual que la sala donde la gigantesca araña metálica montada por el pequeño espectro había intentado destrozarlos. Allí había rastros de batalla, de antiguos aventureros o cazadores de tesoros que habían cometido el error de entrar en ese antiguo edificio de piedra. En esta sala era todo distinto. Estaba limpio, sin marcas ni señales de batalla. Una de dos, o nunca habían llegado tan lejos, o por fin encontraban una sala sin enemigos a la vista. La vaquera andaba al lado del demonio, meneando la cadera con los revólveres sacados también. Hellboy resopló y rompió el silencio.

- No te preocupes por lo que ha dicho el árbol ese. Han profetizado mi muerte tantas veces que ya me lo tomo como un cumplido. Lo que sí me ha preocupado es lo de que todos vendrán.- Sacó un enorme puro y se lo encendió con cuidado.- ¿No te importa, no? ¿Quieres?- Le ofreció un puro.- Si es cierto lo de que van a venir los cuatro jinetes es posible que necesitemos más ayuda que el simple B.P.R.D. Generalmente medimos los peligros por colores. Verde serían cosas sin mucha importancia, alguna que otra criaturita que se escapaba de un mercado o algo por el estilo. Nada que unos pocos agentes no puedan resolver. El código rojo es en lo que nos encontramos ahora mismo. Un código rojo es un ente cuyo poder es tal que incluso yo tengo problemas a la hora de enfrentarme a él. Ellos muchas veces no lo saben, pero entrar a nuestro mundo con forma corpórea es una maldición, ya que los vuelve débiles a las heridas. Muchos son inmunes a las balas o armas blancas convencionales, por eso llevamos nuestra munición especial, bendecida y traída directamente desde El Vaticano. Las navidades a veces se adelantan.

No iba a mentir a la chica. Hambre era el más débil de todos los jinetes del Apocalipsis, y les estaba dando más guerra de la imaginable. Si los cuatro aparecían tendrían que avisar al gobierno y todos los aliados que pudiesen tener. No era algo que apasionaba al demonio pero la seguridad de la tierra era mucho mayor.

- Por cierto, gracias por resolver los acertijos ahí atrás. Yo los conocía y no eran nada fáciles.- Rebecca debía darse con un canto en los dientes. Hellboy ya le había soltado dos piropos por así decirlo en lo que iba de noche. Él jamás decía esas cosas, pero el constante peligro en que ambos se habían visto envueltos desde que entraron en el castillo y en la pista de carreras había hecho que el demonio le cogiese cierto cariño a la chica rubia. En parte le recordaba a Liz. Aparentemente frágil y delicada, pero con una fuerza y un carácter imbatibles. Continuaron avanzando lentamente, con cuidado de no pisar ninguna trampa o activar algo que pudiese ponerles en peligro.



No tuvieron mucho tiempo de celebrar su momento íntimo ya que una enorme armadura de tres metros asomó tras una columna más adelante. Llevaba una espada gigantesca apoyada en el hombro y un escudo negro… ¿o era gris? Cuando se fijaron bien vieron que era un enorme escudo-espejo. Avanzó lentamente hacia ellos y con un golpe seco clavó el espejo en el suelo. Este se iluminó y tres espectros que tomaron forma física aparecieron ante ellos. Eran de color plateado, brillantes como una espada recién afilada. Después, la espada de la gigantesca armadura se iluminó de blanco y un rayo salió de ella, golpeando el techo con un sonido parecido al de una explosión. Se preparó para luchar, así como las otras tres armaduras pequeñas que habían salido del espejo. Una llevaba una alabarda, otra una espada y la tercera un enorme hacha de guerra. Avanzaban al compás hacia ellos, dando un paso con la pierna derecha y otro con la izquierda pesadamente. No parecían ser especialmente rápidos, pero un golpe certero con esas armas y fin del juego, al menos para la pequeña vaquera. La gigantesca armadura esperaba detrás de sus invocaciones, inmóvil, expectante, como una madre que espera que sus crías se alimenten primero.

- Qué cagarro…- Hellboy desenvainó con la mano de piedra el espadón y apuntó con "El Samaritano" con la mano izquierda. Disparó contra los pequeños seres que avanzaban hacia ellos, y las balas rebotaron en su superficie, dejando una pequeña marca humeante.- Esto no me gusta nada.

"El caballero del espejo":
 
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   30th Junio 2014, 17:35

Allí la cosa empezaba a cambiar. En lugar del montón de escombros que habían estado encontrándose desde que llegaran, la sala no mostraba ningún tipo de deterioro. Estaba prácticamente entera, y hasta el mármol que surcaba el suelo parecía tener su mantenimiento, pulido y bien cuidado. Al darse cuenta, arrugó levemente el labio, mirando a su alrededor. Definitivamente eso no le hacía gracia, aunque aún no sabía muy bien el motivo. Quizá fuese una cuestión suya, pero no dejó de tener la sensación de que aquello no era lo que cabía esperar, y menos habiendo visto todo lo anterior. Aquello estaba en la ruin ruina. ¿Cómo había podido mantenerse en tan buenas condiciones esa zona en concreto?

Pero no le dio mucho tiempo a elucubrar más. Hellboy le contestó, mientras ella le miraba por el rabillo del ojo, haciendo que su mirada pasara desapercibida por la sombra que mantenía el sombrero sobre su rostro.

- Claro, disfruta el momento. - dijo ella, mientras él se encendía el puro. Luego negó con la cabeza, en un suave gesto.- No, gracias. Sólo fumo en momentos especiales. - contestó declinando su oferta, con bastante educación.

Cuanto más sabía de ese Demonio, más curiosidad tenía. Por cómo hablaba, no era la primera vez que se veía metido en líos de ese tipo, era su trabajo, pero el hecho de que pareciera preocupado con lo que tenían entre manos generó en ella un poco de desasosiego. Ella no estaba hecha del mismo material que el demonio. Él apenas parecía cansado y tenía ya un rodaje en todo eso. Ella apenas era capaz de comprender de que iba todo, y aunque su instinto se estaba portando, su cuerpo empezaba a resentirse. Mañana le dolería sin duda. Pero temía que llegase el momento en que su cuerpo le dijera: "Hasta aquí hemos llegado por hoy"

Estaba convencida de que, de ser eso lo que pasara, no iba a ser muy divertido. Así que no había opción. Echó otro pequeño trago a la petaca de agua bendita que volvió a guardarse. Antes le reventaba el cuerpo y se la comían los chacales que permitir que ese malnacido de Hambre se saliera con la suya.

- No hay de qué, vaquero. - respondió adulada, cogiendo con dos dedos su sombrero y agradeciendo sus palabras al estilo vaquero. La sonrisa se evaporó en sus labios con rapidez, mientras continuaba andando. - Algo me dice que este malparido cobarde no se escudaría tanto detrás de esas criaturas si no...- pero la frase se quedó suspendida en el aire, cuando escuchó una de esas pisadas metálicas sobre el suelo.

Abrió la boca levemente, mientras seguía la figura que aparecía tras una de las columnas. Aquella cosa debía medir casi el doble que ella. Llevaba un espadón enorme y una especie de escudo pulido. Sólo cuando lo apuntó hacia ellos se dio cuenta de que se trataba de un espejo. Ella resopló claramente hastiada, mientras esa cosa invocaba rayos y sacaba otras tres armaduras completas de la nada. Apretó las manos, y detuvo su avance, afianzando las piernas sobre el suelo con ángulo suficiente para que sus pies estuvieran paralelos a sus hombros. El demonio las disparó consiguiendo que apenas se ralentizara su avance, causando unas pequeñas abolladuras con una quemadura a su alrededor, pero sin causar ningún daño. Ella negó con la cabeza, mientras estudiaba la situación, apretando los labios. Estaba empezando a cansarse, y esta vez no tenía nada que ver con el cuerpo.

- En cada cuarto, en cada esquina, en cada pasillo. ¿Esto es así siempre? - preguntó, con un ademán de cabreo contenido, mientras sacaba la escopeta que llevaba a su espalda, y la recargaba, a medida que ellos avanzaban a su posición. - Están empezando a cabrearme...- añadió en un tono entre dientes que sería capaz de poner los pelos de punta al mismísimo jinete.

Sin esperar a ver que hacía Rojo, avanzó hacia ellos, de cara y cuando estaba lo bastante cerca, una salva de perdigones impactó a sendos lados, derecha e izquierda, haciendo que esos dos caballeros dieran un paso hacia atrás retrasándolos levemente. Eso era lo único que quería hacer. Colgándose rápidamente la escopeta a la espalda desenfundó los dos látigos y los chasqueó, cogiendo ambos pies de la figura que quedaba al centro. Una línea negra salió al contacto con el bruñido metal, pero no pareció hacerle más daño que ese. El central elevó la espada, dispuesto a cortar las ataduras. Con un movimiento rápido, enrolló parte de los látigos en su antebrazo y entonces, tiró con todas sus fuerzas. Las piezas de las espinilleras salieron volando hacia ella, y el resto de la armadura calló con gran estrépito hacia atrás. Con un movimiento las piezas de metal quedaron tendidas en el suelo dando vueltas sobre sí mismas. Ella cogió aire mientras retrocedía un par de pasos, para tener margen de movimiento. Aquellas cosas estaban huecas, y ya había visto lo que eran capaces de hacer los esqueletos. Quizá las armaduras también pudieran hacerlo.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   1st Julio 2014, 10:54

Spoiler:
 

- En cada cuarto, en cada esquina, en cada pasillo. ¿Esto es así siempre? Están empezando a cabrearme...- La vaquera sacó la escopeta y la cargó con el típico gesto de película.

- No te haces a la idea…- Y enfundó "El samaritano", quedándose con la espada y su mano de piedra. La vaquera se lanzó a por las tres estatuas que avanzaban lentamente hacia ellos, disparando con la escopeta y haciendo chasquear el látigo con fuerza. Una de las estatuas se cayó hacia atrás, derrumbándose y desarmándose gracias a unos rápidos movimientos de la vaquera. Hellboy se lanzó a por la que tenía el gigantesco hacha de guerra, parando su impacto con la mano de piedra mientras le asestaba un golpe lateral con el espadón. No logró atravesar la dura coraza de la estatua, pero dejó una marca negruzca en ella debido al agua bendita que había santificado la hoja. Este le miró profiriendo un grito profundo y grave.- Cállate lata de conservas, o te abriré como unos vulgares berberechos.

Se deshizo del hacha y le propinó un fuerte puñetazo en todo el yelmo. La armadura trastabilló un poco hacia atrás, y el demonio lo aprovechó para propinarle un fortísimo golpe con el canto del espadón, impulsándose desde atrás, golpeándole en el yelmo. El peso y la fuerza provocaron que el espadón atravesase el yelmo hasta la mitad, partiéndolo en dos, mientras el caballero gritaba y con la mano libre se tocaba la zona dañada. "Rojo" sacó "El Gran Bebé" y le disparó a boca jarro en todo el pecho, desarmando la armadura en mil pedazos. El yelmo se quedó allí enganchado en la espada y con un par de sacudidas cayó.

Se giró hacia la vaquera justo a tiempo para frenar el golpe de la alabarda del tercer soldado. Este era más alto y delgado que los otros dos. Más ligero, más rápido, pero también más débil contra un ataque fuerte. Hellboy bloqueó un par de golpes e intentó devolvérselos, pero tenía un pequeño escudo redondo con el que bloqueaba los ataques del demonio.

- ¡Empiezo a estar muy cansado de toda esta mierda!- Y empujó con fuerza al tercer soldado, cargando su puño de piedra y propinándole un fuerte derechazo que lo hizo caer frente a la vaquera. Un fortísimo sonido pesado resonó en la espalda del demonio, y una pequeña nube de polvo le rodeó. Se giró para ver el gigantesco espadón de la armadura de tres metros que se había acercado silenciosamente hasta ellos. No le había cortado en dos de milagro, y gracias a que el suelo frenó el espadón antes de que llegase entero al suelo su cola permaneció intacta. Más allá del espadón pudo ver cómo la armadura del hacha comenzaba a rearmarse, cerrando el impacto recibido con el enorme cañón.- Te gusta lo de ser un cabronazo silencioso para tu tamaño, ¿verdad espejito mágico?.

Golpeó con fuerza el espejo, y sintió como toda la fuerza que había usado contra él le golpeó de vuelta. Se quedó completamente bloqueado y volvió a golpear tres veces más, con el mismo efecto. Rodando por el suelo esquivó un nuevo golpe de su espadón, mientras le seguía con la mirada lentamente.- ¿Pero qué coj…? ¡Vaquera! ¡El cabronazo este tiene un escudo mágico! ¡Si disparas contra él o le golpeas te devolverá todo! ¡Hay que buscar otra manera de matarlo antes de que seamos el plato del día!- Retrocedieron poco a poco, uno al lado del otro, mientras las pequeñas armaduras volvían a reconstruirse tras el gigantesco monstruo que avanzaba hacia ellos, con el escudo-espejo por delante, provocando que se viesen reflejados en él.- Estos hijos de puta nos están jodiendo a base de bien… Vamos a tener que matar al grande primero u olvídate de los otros…- Sacó las granadas que le quedaban y tiró de un cable que unía todas las anillas.- Voy a tirar esto ahí en medio. Será mejor que te alejes a la de ya. Yo soy ignífugo así que no me harán nada las granadas, pero seguramente quede medio inconsciente por la explosión. Tendrás que intentar matar al gigante. ¿Cómo? Prueba atacándole desde la espalda. Métele esta granada santificada o algo por el estilo, pero hazlo rápido, no tendremos muchas más oportunidades y estas son las últimas granadas que me quedan. Se activa girando la cruz y sacándola. Está rellena de agua bendita, tréboles de cuatro hojas, un par de relicarios y mucho explosivo. Es lo mejorcito que tenemos, así que no la desperdicies.

"Santa Granada":
 

Hellboy le lanzó a Rebecca una granada de color dorado con una cruz grabada sobre ella y se dirigió hacia las armaduras. Esquivó un par de estocadas y recibió un fuerte corte en la espalda por parte del soldado del espadón, lo que provocó un grito ahogado por parte del demonio. Rodeó el enorme escudo-espejo del gigante justo a tiempo para que las granadas estallasen. Una fuerte y enorme explosión iluminó la sala entera, y varios trozos de metal y piedra salieron volando. Era el turno de la vaquera. Hellboy quedó tumbado en el suelo, humeante cual filete en una barbacoa, y con el borde de los cuernos al rojo vivo.

- Eso me va a dejar marca...

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   1st Julio 2014, 12:05

Aquello se estaba convirtiendo poco a poco en una lucha encarnizada, y cada vez que el demonio tomaba parte en ella, las filas enemigas se mermaban bastante rápido. La verdad es que la Beefmaster era un buen aliado para tenerlo a tu favor. Cuando golpeó al tipo de la alabarda, ella rodeó sus piernas con un látigo, para impedirle moverse, y así la armadura dejó de ser un blanco móvil y se convirtió en un puching ball que reventó haciendo llover entre ellos un puzzle de metal. Ella sí se percató de que la gran armadura iba hacia Rojo, pero con todo el estrépito que estaba montando, no la oyó gritar para advertirle y estuvo a punto de perder el rabo en el intento.

Entonces se percató, al mismo ritmo que él golpeaba con la mano de piedra sin hacer el menor rasguño a la superficie pulida, que aquella cosa le resistía los golpes. Hellboy se giró hacia ella, al tiempo que empezaba a darle indicaciones frenéticas. Ella le miró, con los ojos entrecerrados, cuando le explicó que aquella cosa no sólo repelía, si no que devolvía los golpes. Escupió a un lado, apretando los dientes. Aquello era una cabronada.

Todo sucedió muy rápido, cogió la granada y en lugar de retirarse, como él le recomendó, corrió hacia un lateral parapetándose tras una de las columnas. Se quedó allí agazapada, con las manos en torno a la cabeza y las piernas flexionadas, esperando oír la explosión. La deflagración abrasó los laterales de la columna y fue como atravesar un vendaval ardiente, como una jornada de trabajo sin descanso en pleno desierto de Arizona, en un instante. Se le secaron los labios, y su cuerpo comenzó a sudar, la ropa pegándose a su cuerpo entre la humedad que aún le quedaba por la lluvia, el sudor del ejercicio, el vino, el aceite y todas las cosas por las que había tenido que revolcarse. Entonces asomó la cabeza. Las tres armaduras estaban en el suelo, contorsionadas sobre sí mismas como un chiste mal contado. El metal que había en ellas estaba deformado en un millar de pétalos de bordes irregulares, que se combaban hacia fuera, hacia dentro, aserrando sus superficies. La grande estaba inclinándose hacia atrás, y como a cámara lenta, vio como tropezaba con un escombro y comenzaba a caer irremediablemente y con todo su peso, sobre el suelo.

La vaquera se levantó, como impulsada por una necesidad más fuerte que ella. Era el momento, el mejor momento. Salió de detrás de la columna, a la altura de su hombro, saltó sobre su brazo, que terminaba de golpear el suelo con estrépito, y de una tremenda patada, cuyo impulso parecía capaz de hacer temblar los cimientos de aquel ruinoso castillo, mandó el yelmo de la armadura hacia la pared contraria. Al contacto con la bota de cuero, aquello pesaba muchísimo, pero consiguió lanzarlo despedido a un par de metros. Su pié se resintió por semejante golpe, pero no tenía tiempo para el dolor. Giró la cruz, la sacó y la introdujo en el interior de la carcasa vacía, haciendo un ruido como el de una bala que resbala por una mesa.

Un chillido, como de metal contra metal, hizo temblar las paredes de la habitación, mientras la gran armadura trataba de levantarse. Clavó sus piernas en el suelo, pero entonces se dio cuenta de que tenía el escudo sobre ella. En ese mismo momento, el yelmo sobre el suelo comenzó a temblar. La vaquera escuchó, como si todos sus sentidos sólo tuvieran eso presente, cómo el ruido deslizante se acercaba hacia la boquilla. Cuando vio el brillo dorado de la granada, a punto de salir por el cuello de la armadura, la pieza de metal de la cabeza voló hacia ella, encajándose a la perfección, dejando la Santa Granada sellada en el interior.

Ella apenas tuvo un instante para decidir, e hizo lo único que le pareció adecuado, saltó sobre la gran armadura, quedando tendida sobre el espejo que era capaz de repelerlo todo. No sabía lo que esa granada era capaz de hacer, pero había visto aquella cosa, y poseía un espejo igual en su interior. De manera que funcionaba en las dos direcciones. Eso la protegería. Al menos eso pensó ella.

Al tiempo que su cuerpo se ponía en contacto con la superficie del espejo, se oyó una enorme detonación, un grito inacabable se levantó desde la armadura y un humo de color blanco salió despedido de todas sus juntas, envolviéndola en vapor. Después de unos instantes inacabables aquella cosa dejó de moverse, sus piezas parecieron abandonar el volumen que tenían, y aunque permaneció montada, quedó claro que lo que fuera que hubiera en su interior había abandonado para siempre esa carcasa. Ella se levantó sobre el espejo, observando su propia imagen. Luego buscó a Hellboy, que estaba aún con los cuernos al rojo vivo (que coincidencia, ¿no?) y aparentemente incorporándose. Parecía mentira que hubiese sobrevivido a algo así, pero últimamente se estaba hartando de ver cosas como esas.

Ella se retiró el sombrero, cogiéndolo con cuidado, mientras su pie dañado se aquejaba del esfuerzo y su cuerpo temblaba del calor, el ejercicio y la tensión. Saludó con él como saludaba desde lejos, dedicándole una sonrisa genuina al demonio, hasta que con un crujido como del hielo al partirse, esa expresión se volatilizó en un instante. Su rostro pareció vaciarse, sus ojos vidriosos se abrieron sin mirar a ninguna parte, y quedó paralizada unos segundos, antes de que sus párpados se deslizaran sobre ellos cubriéndolos de sueño mientras su cuerpo caía inconsciente sobre la superficie del espejo, que había comenzado a brillar. Su boca entreabierta dejó escapar el aliento cálido que empañó la superficie pulida, en una nube de neblina.

Una especie de hilos de plata salieron despedidos del escudo, hilando poco a poco el cuerpo de la vaquera, intentando sujetarla contra la superficie. Ésta se volvió inmaterial, como un mar de plata líquida, que comenzó a hundirla lentamente en ella. Sus ojos azules se reflejaban en las mareas de metal que parecían dispuestas a tragársela. La vida en ellos parecía extinta.

En algún lugar cercano, junto a la armadura, el relicario contra maldiciones se extendía sobre el suelo con la cadena rota...
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   1st Julio 2014, 14:56

Todo se veía blanco. Una luz cegadora que no dejaba ver absolutamente nada. Un ligero pitido sonaba en el oído de Hellboy mientras recuperaba el aliento poco a poco. La luz desapareció dejando a la vista el techo de la sala en la que se encontraban. Todo estaba borroso, y escuchaba sonidos metálicos de fondo, apenas imperceptibles. Levantó ligeramente la cabeza, y vio a Rebecca saltando y corriendo cerca de él. Desapareció de su vista al cruzar por encima de su cabeza y esperó. Un enorme fogonazo y un sonido lejano de explosión anunciaron que había estallado la granada que dio a la vaquera. Poro a poco, se levantó, con el oído aún algo tocado de la primera explosión. Estaba ligeramente mareado. Fue a articular palabra y vio como la vaquera era envuelta en una red de color plateado que salía desde el escudo del gigante.

No se movía, permanecía allí quieta, siendo lentamente arrastrada por las cuerdas. Hellboy se dirigió hacia ella lo más rápido que pudo, pero sus pasos eran lentos y pesados. Intentaba con todas sus fuerzas alcanzarla, estirando su brazo de piedra hacia ella. El sonido ambiente comenzó a regresar y su vista fue poco a poco recuperándose, haciendo las imágenes más nítidas. A Rebecca le quedaba poco tiempo. Tenía que alcanzarla. En un último suspiro, cogió la mano de la vaquera y tiró de ella. El espejo la había atrapado y envuelto casi en su totalidad. El demonio apretó los dientes y apoyó su pie contra los bordes del escudo tirando de la vaquera, ahora cogiéndola por el tórax.

- ¡Oh no amigo mío! ¡No te la vas a llevar mientras esté yo aquí!- Tiró de ella, provocando que algunas de las lianas que la envolvían se rompiesen. Entonces comenzaron a extenderse por sus brazos y su pie. Su enorme fuerza empezaba a fallar, sintiendo que el espejo le absorbía con una fuerza descomunal. Tiraba y tiraba, pero parecía inútil.- ¡Maldito cabrón!- Y con un sonido seco, ambos fueron absorbidos por el espejo.

Hubo un fuerte destello, la sensación de caída y luego, el contacto con algo frío en la cara. Hellboy se levantó con cuidado y miró a su alrededor. Estaban en una gigantesca caverna, con enormes estalactitas de mil colores. Miró al suelo y vio el vacío. Era una superficie totalmente plana de color negro, donde se veía reflejado. Unas láminas poligonales flotaban alrededor de él, girando sobre sí mismas. Se miró en la más cercana y lo que vio le dejó helado. Sus dos cuernos le recorrían toda la parte superior de la cabeza, y una corona de fuego descansaba en ella. Instintivamente se llevó las manos y los notó. Sus cuernos estaban ahí. Largos y relucientes. Los dibujos de su mano de piedra brillaban como si hubiese fuego en ellos, brillando y parpadeando. Vio que tampoco tenía su gabardina puesta. Llevaba los pantalones, pero sus bolsillos estaban totalmente vacíos. "El Samaritano" descansaba en el lateral de estos. Abrió la boca y una bocanada de humo rojizo salió de ella. Sus ojos brillaban como dos faros en la noche.

- ¿Qué demonios está pasando?- Un momento. ¿Y la vaquera? Hellboy miró a su alrededor buscándola. Comenzó a andar y se fijó que el suelo producía ondas como cuando pisas el agua. Las estalactitas comenzaron a moverse ligeramente, contrayéndose y provocando que naciesen unas nuevas. Un par de estalagmitas salieron del suelo y subieron hacia el techo, mostrando toda clase de reflejos y colores. Estaba lo suficientemente cerca como para que "Rojo" la mirase. Se vio reflejado en todos y cada uno de los pequeños espejos. En cada uno, se vio de una manera distinta: normal, como estaba ahora, siendo una calavera, con media cara podrida, con las cuencas vacías y sangre saliendo de ellas… No le gustó ni un pelo el aura que se respiraba allí. Por cómo se vio dedujo que mostraba la verdadera naturaleza de cada uno, el cómo era cada uno realmente por dentro.

Finalmente, tras rodear el gigantesco pilar de piedra que había aparecido vio un cuerpo tumbado en la lejanía. Aquella debía ser la vaquera sin duda. Se apresuró y aceleró el paso en dirección al cuerpo. Cada pisada retumbaba en la gigantesca caverna, perdiéndose en la distancia, produciendo miles de nuevas ondas que recorrían el suelo bajo sus pies. No tenía ni idea de qué demonios era aquel sitio, pero n le gustaba lo más mínimo.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   1st Julio 2014, 19:09

No fue capaz de sentir los tirones. Tampoco la sensación de ahogo, ni la fuerza con que el Demonio la tenía asida. Su cuerpo flotaba en una especie de limo negro, como hundiéndose totalmente en un pozo de brea, sólo que sin el fuerte olor a alquitrán. No oyó el golpe contra el suelo, para ella solo había ingravidez. En su interior se preguntaba si tendría los párpados cerrados, o acaso la negrura lo envolvía todo. Por un instante tuvo la certeza de que se quedaba ciega, pero su cuerpo no hizo nada por responder a esa amarga imagen. Sólo se dejó abandonar a esa extraña sensación de peso, suspendida en la fresca sensación de ausencia que no le permitía sentir nada.

Entonces abrió los ojos, como extraída de un sueño profundo del que no debía salir, alterada, como todo sonámbulo al que despiertan de una pesadilla a la fuerza, en lugar de con la delicadeza necesaria para no alterar su mente en el delicado pero definitivo salto de la conciencia a la inconsciencia. En torno a su cuerpo, su ropa desaparecía. Se convertía en ceniza, en polvo, que esa oscuridad negra, inacabable, devoraba. Sujetó con ansiedad su camisa, volatilizada entre sus manos. Instintivamente fueron hacia sus revólveres, y al sujetarlos el humo del que estaban fabricados se escapó de entre sus dedos, dejándole una inacabable sensación de pérdida. Trató de abrazarse a sí misma para evitar que el resto de cosas corrieran la misma suerte, pero el tacto de piel con piel la convenció, sin asomo de duda, de que sin importar qué hiciera, su ropa desaparecía. Sus lágrimas se perdían en aquel universo niste, y sus gritos no sonaban, por fuerte que gritara. Por sangre que aderezara su voz en un esfuerzo por escuchar sus propias palabras. En un último intento desesperado, sujetó con la mano la estrella, que se dobló bajo la presión de sus dedos, siendo lo último en desaparecer, clavando sus uñas en su propia carne, ahora salpicada con el tierno rocío carmesí de su sangre. Su cuerpo se cedió hacia dentro, cuando se supo del todo desnuda. Se hizo menuda, y pequeña...Pero ella no. Ella no desaparecía.

Sólo TODO lo que ella era...

Su cuerpo tocó por fin el fondo de esa niebla atezada, sin sensación de frío, ni calor. Tendida, con la boca entreabierta de la que desconocía si salía aliento alguno, sus ojos vidriosos incapaces de ver mas allá de la nada absoluta.

...

Oyó, lejanamente, unas pisadas que se acercaban a ella. Como si estuviese metida en un túnel y alguien corriese una frenética carrera al aire libre, justo encima. Sujetó su sombrero y lo encasquilló bien sobre su frente, antes de hacer un esfuerzo tremendo por levantarse. Colocó su estrella derecha y comprobó que los revólveres danzaban en sus manos con la rapidez de costumbre. Las heridas que había sufrido habían desaparecido, y ya ni el polvo ni la sangre salpicaban su vestimenta. Estaba allí, erguida y orgullosa. De lo que era, de lo que representaba. Aún recordaba para qué había ido hasta allí, y ese malnacido no conseguiría darle su brazo a torcer.

Ahora más que nunca, era PODEROSA.

Contempló entonces que el demonio se acercaba a ella, pero en la medida en que le seguía con los ojos mientras se aproximaba se percató de que no sólo no podía mover los pies de donde estaba, si no que también lo veía de lejos, inclinado en un ángulo raro, sobre aquel espejo de ónix negro que les rodeaba y les envolvía. Como visto a través de un reflejo. Entonces se encontró de cara con la figura que había ahora a los pies de Hellboy...

La incredulidad deformó su expresión, hasta convertirla en una máscara. No podía creerse lo que veía. Las manos le cayeron lánguidas en torno al cuerpo mientras observaba aquel pequeño rostro que la miraba a ella, con ojos muertos, al otro lado de la pared...

...

Sin duda al principio, pensaría que su cuerpo reposaba lejos, muy lejos de él. A medida que se acercara a la carrera, la urgencia de su precipitada marcha le haría darse cuenta de hasta que punto se había equivocado, y al llegar a su altura, seguramente sería incapaz de permanecer impasible, por monstruos, espectros o cualquier otra cosa que hubiera visto el Demonio en toda su vida.

El diminuto cuerpo desnudo de la niña estaba tendido, de lado, sobre el suelo de ébano inacabable. Sus manos y piernas se extendían sin orden, aunque su fragilidad permitía pensar que había sido depositada con delicadeza. Su melena rubia era como un manojo de cebada recién cortado, como un recuerdo de rayos de sol en esa penumbra. Sus ojos abiertos, sin moverse, estaban cristalinos, y de ellos se deslizaban lágrimas que no necesitaban de la ayuda de los párpados para desprenderse. Su pequeño rostro, dulce como pocas cosas, estaba salpicado de marcas, tenía un labio partido y de él se deslizaban ríos de sangre. El cuerpo de la pequeña, cubierto de señales, temblaba incontrolable, y de sus diminutos labios parecían salir murmullos que rezaban miserias pasadas, pero que el Demonio no podría entender ni metiéndose en el pequeño corazón que latía, exhorbitado, en el interior de su pequeño torax.

Sus ojos hicieron contacto entonces con el reflejo unido a esa exánime figura, que desde el otro lado del suelo los miraba, encendidos como dos llamas amarillas capaces de hacerlo arder todo entrando en contacto con dos cristalinos lagos de clareados azules. La Sheriff y el se encontraron, cada uno a un lado del espejo negro, incapaz de comprender lo que sucedía, y volvió a mirar a la pequeña criatura a sus pies, que aún no había cruzado su mirada con Hellboy, a pesar de tener la extraña impresión de que ya sabría que estaba allí.

Desde el otro lado, en el reflejo de esa superficie, como una guardiana silenciosa, la figura de la Sheriff contemplaba fría y serena la presencia de la dulce niña destrozada...
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   2nd Julio 2014, 10:33

Hellboy recorrió los últimos metros que le separaban de ella. Allí, totalmente desnuda, la pequeña Rebecca estaba tumbada de lado, frágil… ¿muerta? No. Respiraba. Tenía el cuerpo cubierto de marcas. Hellboy la miró y luego miró su cuerpo. El suyo también tenía marcas. Todo su cuerpo estaba recubierto de pequeños relieves que dibujaban señales y cosas en el lenguaje del infierno. Su mano era posiblemente la parte más marcada de este. No sólo por ser de piedra, sino por las marcas, los relieves que ardían como el fuego en ese momento. Se dio cuenta de que en el fondo ella y la pequeña vaquera no eran tan distintos. Ambos tenían un "demonio" que intentaban esconder dentro. En su caso era mucho más exagerado, pero ahora que veía cómo era en realidad Rebecca…

Se agachó sobre el pequeño cuerpo. La antes escultural mujer ahora no era más que una pequeña niña de unos siete años. Estiró su mano izquierda para intentar asustarla lo menos posible. Qué tontería. Como si los gigantescos cuernos y esa corona ardiente no lo fuesen a hacer.

- ¿Rebecca? Rebecca, ¿te encuentras bien?

"Rojo" cerró los ojos y puso un rostro serio. Se concentró fuertemente y los abrió de nuevo. Ahí, delante de él, estaba la sheriff. Se levantó y la miró. Su rostro era serio, impasible, socarrón. El demonio se levantó y avanzó hacia ella.

- Veo que no has cambiado aquí abajo… ¿O tal vez sí?- Miró al suelo, al reflejo de la vaquera. Allí, la pequeña niña estaba tendida de lado, sin moverse.- Así que eso es lo que tratas de esconder… En el fondo eres una niña asustada, que ha sufrido lo indecible y que nunca podrá crecer. No eres la primera persona con trastornos que conozco. Sé que no es algo que tú hayas elegido. Pero muchos de nosotros no somos lo que nos gustaría haber elegido… ¿Y ahora qué va a pasar Rebecca? ¿Cómo puedo hacer para que no pierdas la cordura más aún cuando te toque? No voy a dejarte aquí abajo. Nadie sale de aquí abajo… A menos que ya lo hayas hecho una vez.

Con un paso lento, comenzó a dar vueltas alrededor de la vaquera. Él ya había estado en esta especie de limbo. Su nombre real era algo casi impronunciable, pero a él le gustaba llamarlo "La caverna del alma". Era un lugar donde miles de almas perdidas terminaban por llegar debido a la locura o la muerte. Había cientos de portales a ese mundo. La verdadera razón por la cual era imposible salir es porque mucha gente no era capaz de ver cómo son en realidad. Cuando se mostraba su verdadero ser, todos se volvían locos. En la vida real, muchos pueden ocultar sus verdaderos temores o su verdadera cara con miles de máscaras, mentiras o comportamientos inexistentes. Pero en aquel mundo eso no sucedía. Ese lugar te mostraba tu verdadera identidad, tu verdadero yo. La primera vez que Hellboy cayó en él, estuvo a punto de no salir jamás.

- Aquí, uno se ve tal y como és. El otro lado del suelo es como somos en realidad. Y en este lado muchas veces está la otra parte, especialmente de la gente con problemas mentales. Los hay que tienen múltiples personalidades o formas de actuar, por eso está todo lleno de espejos. Nadie sabe cuántas formas tienes dentro de tu alma. Mírame a mí. ¿Crees que es sencillo ser como soy? ¿Sabes cuál es mi cruz Rebecca?- Y estiró su brazo de piedra, moviéndolo lentamente ante ella, doblando los dedos.- Saber que, por mucho que defienda este mundo, tarde o temprano seré el causante de su destrucción y aniquilación. Soy la llave que abrirá el apocalipsis. Soy aquel que hará que el mundo tal y como lo conocemos sucumba y desaparezca bajo un mar de fuego y muerte. Y sin embargo, lo defiendo de todas esas criaturas malignas que se cuelan, lo defiendo de todos esos monstruos que sólo aparecen en las pesadillas. ¿Por qué lo hago?- Se acercó lentamente hasta estar a escasos centímetros de la cara de la vaquera. La luz que salía de sus ojos iluminó ligeramente las mejillas de la muchacha, y cuando abrió su boca la luz que emanaba de ella como si hubiese fuego también.- Porque tengo la esperanza de que algún día, una de esas cosas a las que me enfrento me mate, y así nunca tenga que destruir este mundo por el que lucho.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   2nd Julio 2014, 13:42

Todo sonaba distorsionado, como escuchar una voz que te llama mientras estás sumergido en una piscina. No entendía qué estaba sucediendo, pero cuando oyó su nombre pronunciado hacia ella, sus pupilas se contrajeron, como las de un animal salvaje acorralado por el fuego. Entonces se percató de la unión que existía entre la figura de aquella diminuta criatura apaleada y la suya. Su rostro, muestra de la misma incomprensión, se vio reflejado en sus propios ojos azules y entonces sintió como una puñalada que la dejó sin aliento. No podía ser verdad. Eso no era ella.

Apoyó las manos contra la superficie que la mantenía atrapada, mientras trataba de traspasar aquel eterno reflejo negro, para demostrarle que se equivocaba...

Porque ella era la Sheriff. Era la Ley. Era el Orden. Fiera. Poderosa. Indestructible.

Cuando intentó hablar, sus labios se movieron enérgicamente, pero desde el otro lado del espejo, Hellboy se percataría de que sólo los veía, pero no oía el sonido de su voz. Entonces, un suave murmullo se levantó justo a su espalda. La niña, aún temblorosa en el suelo, intentaba musitar algo entre esos labios partidos que no parecían poder hacer nada por dejar de sangrar. Oyó su aguda voz de flautín, incapaz de articular una palabra que él pudiera comprender, mientras la sangre se entremezclaba con lágrimas nuevas, que se deslizaban por todo su rostro, creando un charco sobre su fina nariz, para luego arrojarse como una fila de suicidas cristalinos contra el suelo.

La Sheriff, al otro lado, apenas era consciente de muchas de las cosas a las que se refería. Pero supo leer la confesión que esgrimían sus palabras, que le cayeron como un jarro de agua fría, haciéndola sentir escalofríos. Su boca se entreabrió al tiempo que una tenaza ardiente se apoderaba de su pecho. Sintió la necesidad de jadear, y al aguantarla, sus pulmones le quemaron haciendo que su respiración sonara silbante. Se encontró con una mano agarrada a su pecho, en busca de la estrella, y se sintió pacificada por su tacto, al saber que estaba allí. Una mano fue tendida hacia el demonio acariciando la enorme mano de piedra que ella veía reflejada, y ante esa carencia de tacto, pasó lo inimaginable...

Una lágrima se deslizó por la mejilla de la Sheriff, y luego otra y otra más...

A su espalda, la respiración acompasada de la niña dio un estertor, se detuvo por completo unos segundos y luego, con la ansiedad de un naufrago a punto de ahogarse la niña llenó de aire sus pulmones con una inspiración angustiosa que seguramente le abría abierto un poco mas la brutal herida de su labio. Su llanto se detuvo, con una expresión horrorizada, mientras su pequeño cuerpo se llenaba de aire como si estuviese a punto de reventar, quedando tendida boca arriba, mirando la inacabable cúpula de oscuridad.

Al otro lado del espejo la Sheriff golpeó furiosamente la superficie, tratando de hacer que el Demonio la mirara. El sombrero había sido retirado hacia atrás, dejando ver su rostro empapado de lágrimas. En cuanto lo hizo, ella hizo un gesto claro y definitivo, aunque sus manos temblaban al ejecutarlo. Levantó ambas poniéndolas frente a su cabeza, como si sostuviera algo invisible entre ellas, entonces cerró sus ojos deteniendo momentáneamente su llanto e inclinándose hacia delante, acercando la frente a lo que fuera que debía haber en esas manos...

El demonio, quizá lo comprendió...

La pequeña apenas fue consciente de todo el proceso, pero notó el calor envolviendo su cuerpo desnudo, mientras trataba de recuperar una respiración que hasta entonces no había tenido. Sus ojos azules, abiertos como dos gemas acuosas aún eran incapaces de ver nada. Un dolor intenso la recorrió el pecho, mientras se agolpaban en su cabeza imágenes que eran recientes como sus heridas, e igual de inalterables a pesar del paso del tiempo. Notó el aliento cálido impactar contra su rostro, y sin embargo, sus ojos congestionados de tinieblas percibieron su vaho de color rojo. Entonces percibió el tacto en su frente de aquella cornamenta lisa. Su pecho se elevaba nerviosamente, mientras pasaban los segundos, totalmente embriagada de ese contacto. Cerró los ojos, intensamente, incapaz de derramar más lágrimas, y al volver a abrirlos, se vio milagrosamente dotada de vista, y observó como si fuese la primera vez que veía todo.

- ¿Trenza?....- musitó entonces, las frentes aún unidas. sus pequeñas manos, frágiles como dos ramas finas se elevaron sobre su rostro y se asieron a los dos cuernos de Hellboy, tan delicadamente como si fuera a hacerle algún daño a la increíble cornamenta del demonio.

Si Él era capaz de mirar al suelo, se percataría de que la figura de la Sheriff iba empequeñeciendo por momentos, mientras esos ojos azules, antes muertos, iban cobrando vida frente a él. A su misma vez, la Sheriff pareció agotarse repentinamente, mientras en sus manos y en su rostro iban apareciendo, marca tras marca, hasta que su boca comenzó a sangrar. Al encontrar de nuevo los dos soles amarillos de su mirada con los de la niña, encontraría su rostro, perfecto e infantil, como siempre debió haber estado. Tan sólo duró un instante de confusión.

- Trenza...- a pesar de haber recobrado la vista, los ojos de la niña parecían traspasarlo, mirando algo mucho mas allá de su presencia. Su voz sonaba infantil, como agua correteando en una fuente. - Te quiero...- dijo... haciendo que su voz sonase tan virginal que hacía sentir pecador a quien la escuchara. La sonrisa que se dibujó entonces en su rostro no volvería a repetirse. El amor que había en ella iba mas allá del entendimiento humano, entregaba con ella fidelidad, protección, y con todos los buenos sentimientos que albergaba, también su pequeño corazón. Sus ojos azules se encendieron de claridad, y esta vez si parecía que miraba al enorme demonio con quien mantenía el contacto - Te quiero...- repitió esta vez, y su voz sonó mucho más madura, al tiempo que su cuerpo empezaba a crecer, alargando sus miembros, llenando sus piernas, sus caderas y sus pechos que hasta entonces habían permanecido vacíos.

Sus manos se deslizaron sobre la cara del demonio mientras aquella forma intermedia, como recién entrada en la adolescencia, se abrazaba a su rostro con una dulzura inconcebible. Cada golpe de aliento sobre ella hacía que su piel se pusiera de gallina, pero no parecía importarle. Sujetó con ansiedad el rostro anguloso de él, como si fuese a deshacerse también entre sus dedos.

- No entienden el mundo como yo... Nadie lo comprende...- tembló entonces, de la cabeza a los pies, mientras su tono adquiría la angustia de un mártir - Trenza... yo la quería... la quería de verdad...- su respiración se rompió en un jadeo ahogado, la humedad volvió a surcar su cara, cuando comenzó a llorar de nuevo. Esta vez, no pudo hacer nada por reprimir sus sollozos- y la mató... como si no valiera nada...- apenas pudo terminar la frase, rota en mil pedazos por el dolor que le producía pensar en ello. Se abrazó con firmeza en torno al cuello de él, aterrada de que también le abandonara. - No pude salvarla... - dijo entonces, con clara recriminación, echándose claramente la culpa. Apretó los dientes haciéndolos rechinar, mientras perdía por momentos la fuerza en su cuerpo. Dios Mio... No pude salvarla...- añadió al tiempo que volvía a temblarle todo el cuerpo, y volvía a destrozarse por las marcas y el dolor. Tuvo que soltar al Demonio, porque no le quedaban fuerzas. Antes de que la Sheriff recobrara por completo su forma en el espejo, una última mirada azul, consciente al cien por cien de lo que estaba diciendo, se asomó en el rostro nuevamente infantil, antes de estropearse del todo. - Ayúdame...- pidió en un último aliento desesperado - No me abandones...

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   2nd Julio 2014, 14:31

Lo que pasó ante los ojos del demonio fue algo increíble. Un estallido surcó su mente, abriendo un recuerdo cerrado tan a cal y canto que apenas era capaz de recordarlo. Fue hace muchos muchos años, cuando cayó por primera vez en aquel lugar. Estaba sólo, desamparado. Las visiones de sí mismo con esos gigantescos cuernos, las marcas de su cuerpo y su brazo humeantes, los ojos como dos faros, el vapor que emanaba de su boca… Y una voz. Aquella voz terrible, oscura, profunda… La voz de Satanás. Giró sobre sí mismo y vio una gigantesca calavera de carnero en llamas, ardiendo con el fuego eterno, emitiendo una luz tan siniestra y terrible que jamás la olvidaría. Cuando aquella boca habló, su alma se derrumbó.

-Anung-Un-Rama… Me alegro de verte, hijo mío. ¿Te gusta tu nuevo aspecto? Ese eres realmente tú: la llave de mi Apocalipsis, quien abrirá las puertas del infierno a la tierra y la sucumbirá en la muerte y sufrimiento eternos. Todas las criaturas de este mundo y el otro se derrumbarán ante mí, y morirán ante mi fuego eterno. Puedes luchar todo lo que quieras contra mis fuerzas. Puedes luchar y matar a todos mis soldados. No me importa. Soy paciente. Sé que el ser humano seguirá pecando, que seguirá buscándose a sí mismo una y otra vez. Eso no ha cambiado nunca, ni nunca cambiará. Fue el mayor error que cometió Dios. Pero, ¿quién soy yo para jugarle? Después de todo, sin él nunca habría podido disfrutar de el dolor y sufrimiento del ser humano. El final es inevitable querido mío. Es para lo que fuiste creado. Para lo que has nacido.

Hellboy cayó de espaldas, arrastrándose, intentado alejarse de aquella horrible figura. Entonces, su padre, el profesor Broom se apareció junto a él, posando una pequeña y frágil mano en su hombro. El demonio se giró y le miró.

- ¡Padre! Tú lo sabías, ¿verdad? ¡Tú sabías que soy quien traerá la muerte a este mundo y su fin!- Pero el profesor le indicó que guardase silencio y tocó su rostro.

- Todos podemos elegir qué hacer con nuestras vidas. Tú has elegido luchar por defender lo que crees bueno, lo que crees que está bien. Hay bondad en este mundo hijo, mucha más de la que queremos admitir. Y sólo tú tienes el poder de elegir qué hacer con lo que se te ha dado. Puedes usarlo para desencadenar el fin del mundo… O puedes usarlo para defender a aquellos que no pueden hacerlo por su cuenta, para frenar toda la maldad que se ciñe sobre nosotros. Tú tienes el poder de evitar eso hijo. Yo lo sé...

Hellboy volvió de sus pensamientos, justo para ver como la vaquera aparecía de nuevo al otro lado del espejo, suplicándole que no le abandonase. Agarró su mano, y su reflejo agarró el de la vaquera. Acercó su cara a la pequeña niña, y su reflejo a la vaquera. Estaba cerca, muy cerca. Una pequeña sonrisa le recorrió la cara.

- No me necesitas para salir de aquí… Tú misma has encontrado el camino.- Y besó su frente con ternura y delicadeza con los ojos cerrados.

Todo sucedió muy deprisa. Todo alrededor de ambas figuras desapareció con una luz tan fuerte y poderosa que cegaría a cualquiera. Un rayo de luz hizo que ambos desapareciesen en medio del blanco que los envolvió. Poderosísimos ruidos les rodearon: gritos, rugidos, explosiones, rocas partiéndose y derrumbándose… Y el último y desgarrador grito del príncipe de las sombras.

Con los ojos aún cerrados, Hellboy sintió frío y humedad. El olor a lluvia les rodeó al instante. Abrió los ojos. Estaba agachado, sujetando a la vaquera con la mano de piedra por debajo de su cuerpo. La punta de los dedos sujetaba su cabeza, y el antebrazo su espalda. Su mano izquierda sujetaba su muñeca con delicadeza, y la movió hasta que sus dedos se entrelazaron. La vaquera le miraba con esos enormes ojos azulados. El demonio sonrió. Ya no había miedo ni sufrimiento. No había más oscuridad, ni muerte ni desesperación. Ya no había más dolor.

- Hace muchos años, yo perdí a mi padre. No era exactamente mi padre. Era quien me encontró y me cuidó desde niño. No pude hacer nada para salvarlo y me condené por ello durante el resto de mi vida. Aún a día de hoy pienso en que podía haberle salvado de aquella monstruosa rana, que podría haber evitado que muriese. Pero. ¿qué iba a hacer yo? No era más que un niño, estúpido y débil.- Había visto lo que le había pasado a Rebecca. Años, muchos años atrás, alguien había matado a su caballo, sin que ella pudiese hacer nada. Entendía perfectamente su historia: amaba a los animales tanto como a las personas y jamás permitiría que nadie e hiciese daño a alguno. La muerte de su caballo cuando era pequeña fue un trauma tan grande que la cambió por completo. Sus constantes actuaciones como una vaquera de las pelis del oeste, su forma de hablar, su forma de vestir… Aquello formaba parte de ella. Aquello era ella. Tras aquella especie de coraza vivía la niña que perdió lo que más amaba y posiblemente jamás conseguiría abandonarla. Siempre seguiría siendo una niña.- No hay nada que pueda hacer ni decir para hacerte cambiar, pues no sé si puedes hacerlo. He visto tu verdadero yo, el que vive tras toda esta aparente fachada de tipa dura y chula. Antes te taché de engreída y estúpida, pero ahora lo entiendo todo. Eres tú, al igual que yo soy el demonio que has visto allí dentro, con esos gigantescos cuernos, una corona de fuego y un aliento infernal… Todos guardamos una carga en nuestro interior. Y ahora que conozco la tuya, sé por qué haces lo que haces. Es posible que algún día esa pequeña niña que llevas dentro se perdone por algo de lo que jamás fue culpable. Es posible que algún día descubras que la muerte de Trenza no fue tu culpa, que no podías hacer nada para salvarla… Al igual que yo conseguí entender que la muerte de mi padre no fue mi culpa, y que tampoco elegí ser quien soy. Aprenderás a convivir con ello, y entenderás que, incluso dentro de ti, existe bondad.

Y con una sonrisa final, tras entender todo lo que había pasado, hizo algo por ella y por él, para que recordase que había conseguido dejar una gran marca en el demonio: le dio un tierno beso en los labios.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   2nd Julio 2014, 20:54

Las últimas palabras se vertieron de la boca de la niña, al mismo tiempo que una rosa de sangre volvía a abrirse paso sobre sus labios y estos se rajaban de nuevo por la mitad, como originalmente habían estado. Su cuerpo lleno de magulladuras reposaba en el agarre del demonio, de nuevo cubierto por aquellas marcas indelebles siempre presentes, incluso aunque a simple vista el resto no fuesen capaces de verlas. Su respiración volvió a ser tan superficial que apenas se movía, y el brillo infantil de sus ojos azules se desvaneció, mientras la Sheriff cobraba fuerza. Ella le miró, por una vez, sin ideas acerca de cómo enfrentarse a aquello, y entonces él la habló...

Sorprendida, a su lado, halló la figura de Hellboy, que hasta entonces ella había sido incapaz de ver allí. Vio que le tendía una mano, y a diferencia de lo sucedido antes, pudo asirla con firmeza. Notar su tacto, su calidez, su piel. Tener la certeza de que, como todo lo demás no era un espejimo. Estaba allí. Su rostro se acercó a ella, tan cerca que pudo sentir su aliento, como lo había sentido al traspasar los límites de aquel espejo, y usar a esa criatura moribunda como un receptáculo, para llegar a él. ¿O era, acaso, al revés? Ahora no importaba, en realidad. Los labios de él hicieron contacto en su frente, y se sintió pacificada por su presencia, un instante antes de estar totalmente cegada por una luz que le atravesó la retina, incluso bajo los párpados. Su grito de sorpresa quedó ahogado por ese furibundo aullido que intentó destrozar sus oídos...

...

Primero sintió el aroma a lluvia, a humedad. Luego, la calidez. Un escalofrío la recorrió el cuerpo, parecido al destemple que se notaba al salir de la ducha. Una brisa de aire le acarició la cara y sintió el peso de su propio cuerpo sobre algo que la sostenía. Sólo entonces, cuando la estela de blanco candente dejó de dañar su vista, abrió los ojos. Encontró, justo frente a ella, los potentes músculos del cuello del demonio, que se abultaban y se vaciaban con cada respiración. Se hizo consciente de que ella jadeaba. Como si acabara de hacer el ejercicio más extenuante de su vida, a pesar de lo cual, cuanto más tiempo pasaba, más despejada se sentía. El malestar de su cuerpo había desaparecido casi por completo, y ya no estaba nada cansada. Era un dueto de sensaciones extrañas hormigueándole bajo la piel.

Encaró su rostro con el de él, mientras hablaba. En su mente las cosas trataban de encajar de alguna manera, pero de algo estaba segura. Ella no era esa niña. Puede que estuviera conectada a ella, como una especie de parásito del que hasta entonces no había tenido noticia. No sabía qué era ni donde residía, pero si tenía algo así en su interior o donde fuera, se encargaría de que no volviese a aparecer en su presencia. Lo extirparía, como el perdigón de un disparo perdido que te muerde sin avisar. Si tenía que abrirse la carne, así sería.

Al mentar a Trenza, sus ojos se entrecerraron y sus dientes se apretaron de una manera sutil, quizá en un tono más peligroso que si el gesto hubiera sido mayor. Atesoraba los recuerdos de esa criatura con cariño, y para ella, su mera mención la ponía en alerta. El menor movimiento, y el demonio se sentiría como el llanero solitario en medio de un duelo, sabedor de que no le quedan balas.

Sus ojos azules permanecían clavados en él, cuando con una última sonrisa cargada de entendimiento, se inclinó hacia ella. Ese mero gesto la sobrecogió, hasta tal punto que pensó que iba a hacer otra cosa, cualquier cosa, menos lo que hizo a continuación. Sin poder controlarlo, apretó en un gesto rápido la gran mano del Demonio, cuya presencia pasó desapercibida de modo consciente hasta entonces, cuando ya llevaba un tiempo enlazada en sus dedos.

Ella entreabrió los labios, justo en el momento en que él entraba en contacto con los suyos. Sus alientos se mezclaron como una bocanada de vapor. Su instinto la invitó a cerrar los ojos, y toda una gama de matices se colaron en su, de por sí, extralimitada sensibilidad nata. El beso fue corto, conciliador, de apenas unos segundos. Pero a ella le dio tiempo de percatarse del tacto de sus labios, mucho mas terso de lo que cabía esperar, del aroma de su aliento y también, porque no decirlo, del tenue sabor a puro que aún desprendía. Cuando ambos se separaron, con ese sutil sonido húmedo propio de unos labios que se desprenden de otros, sus ojos volvieron a encontrarse. La vaquera se llenó el pecho de aire y al exhalar por la boca, su aliento pareció desprender una especia de matiz rojizo.

No era habitual que aceptara esa clase de contactos de buenas a primeras, tampoco que se dejara llevar. Pero quizá lo menos habitual es que alguien la pillara con la guardia baja, motivo sin duda del agotamiento mental que había supuesto para ella la experiencia, y su cuerpo reaccionara a una situación incontrolada. En este caso, sus mejillas la delataron, adoptando un tono rojizo que rivalizaba con el de su compañero, claro que en una piel nívea como la suya, hasta el más leve sonrojo era del todo visible. Sus ojos se mantenían enfrentados unos contra otros, y aquel momento se extendió por los siglos de los siglos en un silencio que parecía esperar algo.

- Me estás arrugando la camisa.- dijo la vaquera, al tiempo que desviaba la vista hacia la mano de piedra que la mantenía sujeta.

Al instante siguiente, ambos se soltaron, se levantaron y se separaron como si llevaran la mitad de la tarde bebiendo en una cantina, antes de darse cuenta de que uno era un Sheriff y el otro un preso en busca y captura. Se alejó unos pasos de Rojo, escuchando el tranquilizador sonido de sus espuelas, y no pudo evitar llevarse una mano al pecho, para comprobar con un suspiro que la estrella estaba allí. Hizo girar sus revólveres en la mano, para recordar su peso y su tacto, y los dejó reposar a continuación en sus respectivas fundas. Echó una mano a la petaca de agua bendita que llevaba, dispuesta a echar un trago. A medio camino, la notó ligera entre las manos. Algo la detuvo. Metió los labios hacia dentro y paseó la lengua entre ellos. La tapó y la guardo. Mejor no desperdiciarla. Tampoco tenía tanta sed.

Encontró el espejo tirado en el suelo, y se vio reflejada, esta vez si ella, en su superficie. Trató de empujarlo con el pie, y al hacerlo, vio que lo arrastraba sin problemas como si no pesase más que una chapa. Eso la hizo agacharse a su lado. Con bastante temeridad, tocó el espejo de nuevo, tras mirar atrás y asegurarse de que él no la veía hacerlo. Pero no sucedió nada. Dio un paso mas lejos y metió la mano bajo el canto, y al hacerlo lo levantó hasta dejarlo de pie en el suelo.

- ¡Eh! ¡Mira esto!- llamó al Demonio, para que lo viera. Frente a sus ojos, el escudo se hizo más pequeño y acabó ocupando poco mas o menos que una bandeja ovalada. En cuanto lo hizo, intentó soltarlo, pero las correas de cuero interiores se ajustaron a su antebrazo, para su asombro. - ¿¡Pero que?!...- dijo ella confusa, para luego plantarse frente a Rojo, ahora con el escudo reluciente en su brazo. La verdad es que aquello pesaba casi menos que su revólver. Devolvió una mirada al Demonio, mientras se encogía de hombros, y una ocurrencia se abría paso poco a poco en su mente - ¿Probamos? - dijo poniéndolo de cara hacia donde él se encontraba, con una sonrisa casi juguetona asomando en sus comisuras. - Vamos, dame con todo. - le provocó, dispuesta a pararlo. Puede que aún funcionara ese cacharro, aunque no supiera cómo.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   2nd Julio 2014, 23:15

Con las palabras diciendo lo de la camisa, Hellboy levantó a la vaquea con cuidado. Sonrió para sí, y decidió no volver a hablar de aquello nunca. Aunque una parte de él le decía que Rebecca acabaría sacando el tema tarde o temprano.

Mientras la chica se alejaba lentamente de él, hizo recuento de las cosas que les quedaban. El espadón estaba partido por la mitad, y un tenue brillo azul recorría lo que quedaba de la hoja pegada al mango. La explosión había acabado con todos los explosivos, incluyendo la munición del "Gran Bebé". Nada de granadas ni detonadores. Lo único que le quedaba era munición de su revolver. Los relicarios también habían perdido su poder entre la explosión y haber sido enviados al otro lado del espejo. Entonces se acercó a los restos del gigante y encontró su enorme espadón. La hora era algo más ancha que la del otro espadón. Lo cogió y de repente este comenzó a brillar y su tamaño se redujo hasta tener aproximadamente un metro y medio de longitud y unos treinta centímetros de ancho. Unos rayos amarillos recorrieron la hoja, y tras menearla un par de veces la enfundó en su espalda, junto al lanzagranadas.

Una repentina llamada de la vaquera hizo que se girase, y vio cómo sujetaba el escudo con el brazo. Al igual que la espada, al entrar en contacto con ella su tamaño se redujo considerablemente hasta volverse algo mayor de un metro. Lo movía y manejaba como si apenas pesase.

- Lo que has matado no era una armadura normal y corriente. Era un espíritu guardián. Hay varios por el mundo. Siempre poseen armas mágicas, y si consigues derrotar a uno estas pasan a ser de tu propiedad. La espada me la quedo yo ya que con la explosión de las granadas la perdió, pero no se deshizo del espejo hasta que tú le lanzaste la granada al interior de su cuerpo. Si todo va bien debería tener los mismo poderes.- Aquel escudo era lo que necesitaba Rebecca. Ella, a diferencia de Hellboy, era una simple humana. Mucho menos resistente y más débil. Un escudo capaz de parar cualquier golpe físico y la mayoría de las magias (exceptuando las arcanas y ancestrales) le venía como anillo al dedo.

- ¿Probamos? Vamos, dame con todo. - Mostró el escudo a Hellboy con una enorme sonrisa, viéndolo como un juego. Y Hellboy sonrió para sí. Un poco de diversión no vendría mal después de todo lo que habían pasado.

- Muy bien. No te muevas, tengo muy mala puntería y no me gustaría darte…- Apuntó con "El Samaritano" y disparó. La bala cruzó la distancia entre ellos a toda velocidad, y con un chasquido rebotó en el espejo, saliendo disparada hacia un lado.- Bien, probemos algo más fuerte.- Enfundó el revolver y corrió a toda velocidad hacia ella. Dio un salto y descargó con toda su fuerza el puño de piedra contra el espejo. Su mano rebotó como si una locomotora en marcha le hubiese golpeado, lanzándole un par de metros hacia atrás. Ella apenas había notado nada, o por lo menos no se movió ni medio milímetro.- Bueno, parece que te llevas un bonito recuerdo de esta aventurilla… En fin, acabemos con todo esto. Ya empieza a cansarme tanta historia del castillo.

Después de recoger todas sus pertenencias y hacer un recuento avanzado hasta el final del gran pasillo. Allí, una enorme puerta de madera les esperaba. La abrieron y encontraron unas escaleras de piedra que avanzaban unos metros y luego giraban hacia la izquierda. Rojo desenfundó su enorme revolver y avanzó liderando a los dos. Se asomó con cautela a través de la esquina. Vio otra puerta de madera, y al otro lado de esta parecía haber luz. Avanzó y la abrió. Entraron en una gigantesca sala, iluminada con cientos de velas y antorchas en las paredes. Una larga y raída alfombra roja cruzaba la sala de un lado al otro, y al final de esta había un trono enorme, de unos tres metros de alto. Sobre el trono, colgado con los brazos en cruz, estaba un agonizante Abe. Hellboy salió a toda velocidad cuando lo vio.

- ¡Abe! ¡ABE! ¡Abe, contesta amigo mío!- Entonces sintió de nuevo aquella presencia. Una sensación de muerte y putrefacción, acompañada con un hedor nauseabundo que no dejaba indiferente a nadie.

- Él no puede oírte, Anung-Un-Rama… Está inconsciente… O tal vez está en otro mundo. En el de los muertos por ejemplo.- Aquella horrible y aterradora figura se materializó ante él, sentada en el enorme trono. Su sonrisa llena de pústulas y sangrante volvió a sorprenderle.- He de reconocer que vuestro valor es muy superior al que yo originalmente había pensado. Me descubro ante vosotros pequeños.

- Ahórrate las gilipolleces. No estamos aquí para escuchar tu sarta de chorradas, sino para matarte.- El demonio ya estaba muy cansado de todo el viaje, pero ver a su mejor amigo allí colgado, con algo de sangre negra recorriéndole el cuerpo fue superior a sus fuerzas. Estaba cabreado. MUY cabreado. No pensaba descansar hasta acabar con aquel ser. Sintió la presencia de la vaquera a su lado, preparada también para luchar.

- Queridos, es muy noble lo que intentáis hacer. Pero desgraciadamente escapa a vuestro conocimiento. No podéis frenar el apocalipsis. Es algo que debe ocurrir tarde o temprano. Da igual lo que intentéis, no podéis acabar conmigo. Sin embargo…- Desenfundó su larga y curvada espada, la cual emanaba un gas verdoso.- Os daré la oportunidad de morir con honor… O al menos, me serviréis de entretenimiento. Miradlo por el lado positivo.

Con la más horrible y aterradora de las muecas rió con esa risa chirriante y metálica, como un cuchillo arrastrado con fuerza por una pizarra o un cristal. El gigantesco caballo blanco se materializó a su lado y se subió a él. Se elevó sobre las patas traseras y relinchó con una fuerza abrumadora, golpeando el suelo con tal fuerza que todo el castillo tembló. Estiró el brazo derecho hacia fuera, dejando la larga hoja a la vista, mientras que con la mano izquierda sujetaba las riendas del corcel.

- ¡VUESTRO FIN HA LLEGADO INSECTOS! ¡QUE DIOS SE APIADE DE VUESTRAS ALMAS!- Y cargó contra ellos.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   3rd Julio 2014, 02:26

La explicación no estuvo mal, pero prefería ver lo que esa cosa podía hacer, a ver si realmente era capaz de repeler las burradas. Quizá ahora que era de menor tamaño no fuese capaz de repeler algunos de los golpes que, midiendo más del doble, si que podía. Así empezó a hacer la prueba. Rojo desenfundó  su arma y apuntó hacia ella. Accionó el gatillo, se oyó el restallar, y poco después, notó como si una esquirla se hubiera topado con aquella capa plateada. Como el golpe de una china contra las botas al andar. No notó absolutamente nada. Al rebotar la bala, ella dibujó una sonrisa más que complacida en su expresión.

Pero cuando Rojo cogió carrerilla y cargó contra ella, flexionó levemente las rodillas y esgrimió el escudo esperando sentir su fuerza, pero en lugar de eso, notó como el demonio golpeaba el escudo y salía volando hacia atrás un par de metros. Ella ni tuvo que hacer fuerza con las piernas, ni siquiera tuvo que ejercer especial presión con el brazo. Parecía que incluso aunque este estuviese lánguido, lo que fuera que impactara iba a ser naturalmente devuelto. Cuando Rojo salió disparado hacia atrás, el rostro de Rebecca asomó tras el escudo.

- ¡Oh, jojojojojo, vaquero!- rió, soltando una carcajada encantada y que además, invitaba a pensar en la amenaza que era ella con aquella cosa en la mano, ofreciendo un montón de posibilidades que sólo existían en su imaginación. - Esto va a gustarme. Ya lo creo que sí. - añadió, mirando la superficie del espejo, tan pulida, lisa y perfecta como si jamás hubiera salido de detrás de una vitrina.

Como un gesto rápido, se lamió la yema del dedo pulgar y sacó brillo a una de las zonas, y automáticamente, con ese sencillo ademán, convirtió el espejo en una propiedad suya. Como si siempre lo hubiera sido. Como si para ella hacer eso fuese tan natural como montar y desmontar sus revólveres. Una revista rápida y estuvieron listos para continuar. Pasaron por las puertas de madera, continuando su avance. La verdad es que ella estaba también bastante harta de encontrar cosa, tras cosa, tras cosa, sin que aquel malnacido descerebrado y cobarde diera la cada de una buena vez. Siempre escudándose en el resto, para que le hicieran el trabajo.

Cuando abrieron por fin, y accedieron a la gran sala, contempló el millar de velas que iluminaban el espacio, envolviendo todo en un limo rojizo y anaranjado. Era perturbador, porque había conseguido un toque cálido, hogareño incluso, en una sala muerta de un castillo abandonado, donde residía el hambre, la peste y la pena. Por mucho que aparentara, todo ello se percibía en el ambiente. Una culebrilla se enroscó en su columna vertebral, y eso la mantuvo alerta. El cuerpo de Azul colgado como un títere, sobre el inmenso trono de tres metros la hizo fruncir el ceño y entreabrir los labios en una expresión de indignada claridad. Otro crimen para su lista, y este se volvía intolerable, porque había sido cometido con premeditación y alevosía. Apenas intercambiaron unas palabras, y esa cosa repugnante montó en su animal. Se plantó frente a ambos y tras encabritar al gigantesco caballo, envolviendo aquel atardecer encerrado en ladrillo con esa niebla verdosa repugnante, espada en mano, se lanzó contra ellos. Ella contempló la situación un instante, y luego miró a Hellboy de manera penetrante.

- Pega fuerte. - le susurró, antes de ponerse a andar en dirección al centro, justo en paralelo hacia donde el jinete corría. Su sombrero ensombreció sus facciones y de ella solo se veía la boca, en un gesto mortalmente serio mientras aquella avalancha blanca y verde se lanzaba contra ella a toda velocidad. A una distancia prudencial ella se detuvo, y observó.

- Me llamo Rebecca Logan...- comenzó a decir, su voz sonó nítida incluso entre el terremoto que alzaban en sus oídos los cascos del caballo fantasmal - He matado hombres. He matado mujeres y niños...- La visión de túnel volvió, con una claridad mayor con la que la había visto en toda su vida. - He matado todo tipo de seres vivientes... - Con ambas manos, desenfundó sus revólveres. Sus ojos se afilaron, y percibió todo a su alrededor, como si pasase muy despacio, tan despacio que era capaz de percibir cada fibra de la figura que iba a arrollarla en pocos segundos. - y Hoy he venido a matarte a ti.- tras la última palabra, detonó los revólveres.

Las balas impactaron justo en la embocadura del caballo, donde las riendas con que el jinete dirigía iban amarradas a un aro de metal, y de ahí a la barra que iba en el interior de la boca del equino. Sólo notar la barra bailando en el interior ya sería una molestia inmensa para el animal, pero mas lo sería para su amo, cuyo único sustento ahora era la propia silla, ya que no tenía mando alguno sobre las riendas que se habían desprendido. El jinete se alzó sobre la silla, furioso, esgrimiendo su arma. Su respuesta a esa imagen aterradora fue inmediata. Se arrojó a un lado, sobre el suelo, dejando el escudo sobre ella y asomando una sola mano, apuntando con la velocidad de un tirador experto. Vació las cinco cargas restantes de su revolver sobre una sola de las patas del animal. Las balas santificadas reventaron la rodilla del animal, que comenzó a caer justo en su dirección.

Ella se encogió bajo la superficie plateada, deseando que aquello funcionara. Caballo y jinete se precipitaron contra ella, demasiado sorprendido por la caída, y en muy mala posición como para responder. Si hubiera tenido las riendas, hubiera podido corregir al animal, al menos para hacerle apartar el cuello de su camino, y así tratar de golpear con la espada en el escudo. Pero sólo cambiarla de mano para hacerlo, eliminó todo su tiempo. Cuando el grueso del torso animal cayó sobre la superficie esmerilada con la fuerza de la carrera y la brutalidad de la caída, instantáneamente salió despedido, siendo rechazado el golpe físico por la magia del espejo. Si bien, en este caso, ella notó una extraña resistencia al otro lado. Aquella pútrida bala de cañón blanca, negra, gris y verde salió volando en dirección a Hellboy, cuando fue repelida.

No dudó, bajo el escudo espejo, observó a su compañero mientras buscaba en su cinturón las seis balas necesarias para recargar el revólver de la mano derecha, ya que en la izquierda llevaba el escudo, y el otro arma, con la que apenas había gastado una bala. Aquella cosa era rápida, mucho más de lo que recordaba. Si no conseguían deshacerse de la montura iban a tener problemas. Al fin y al cabo, un jinete, sin ella, no era nada.
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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   3rd Julio 2014, 09:36

La actuación de la vaquera fue espectacular. En cualquier otra situación le habría dicho que si estaba loca, que no corriese en dirección al caballo que avanzaba cual locomotora. Pero ya no, no después de lo que había demostrado hacer. Se había ganado un respeto que muy pocos habían conseguido. La chica desenfundó sus dos revólveres, descargándolos contra las riendas del animal y su pata. Hambre se precipitó contra ella, y lo mandó a volar haciéndolo chocar contra el escudo, en dirección al demonio.

Como si a cámara lenta fuese la escena, Hellboy apuntó con su enorme revolver al jinete volador, siguiendo su trayectoria con calma. Era mal tirador, de manera que necesitaba concentrarse mucho. Disparó, provocando que la figura girase sobre sí misma antes de estrellarse contra el suelo. Rojo se dirigió hacia él y descargó su enorme puño contra su cara yaciente. El jinete se volvió una nube de hubo evitando el puño y rodeó al demonio. A punto de asestarle una terrible cuchillada, Hellboy la evitó con su mano de piedra. Los chasquidos sonaban por toda la sala. Cada vez que el jinete descargaba con ira y velocidad su cimitarra contra el demonio este se protegía con su mano de piedra. Su revolver terminó por caer al suelo tras un bloqueo que tuvo que hacer con él.

De repente, Hellboy consiguió coger la hoja de la cimitarra y le golpeó con todas sus fuerzas con la mano normal en la cara. Le dolió como si algo le acabase de morder. Se miró su mano izquierda para ver como unas pústulas sangrantes desaparecían poco a poco de ella. Hambre volvió a reír con fuerza, mirando al demonio con esa sonrisa pútrida y repulsiva.

- No pensaréis en serio lo de acabar conmigo, ¿verdad? Ningún mortal puede.

- Ya estás empezando a cansarme con tus discursitos de machito, cabronazo cortado.- Y descargó con toda su fuerza el puño de piedra. De nuevo chasquidos, aquí y allá. Cansado de tanta historia, desenfundó el espadón, del cual salieron varios rayos amarillos. Golpeó con él al jinete, sin apenas hacerle daño. Ahora bloqueaba con su brazo y con la espada los golpes de este, pero cada vez que golpeaba la espada esta vibraba con fuerza y varias chispas salían de ella. No podría defenderse mucho más con ese arma. Cargó contra la extraña criatura, y ambos quedaron agarrados el uno del otro, evitando el golpe ajeno. Hellboy se giró hacia la vaquera y grito.

- ¡AHORA!- Sintió como la vaquera avanzaba hacia ellos. Entonces Hambre le propinó un golpe bajo y se separó de él, estirando su mano hacia la vaquera. Esta se detuvo y se elevó un par de metros sobre el suelo mientras Hambre exponía la palma de su mano hacia ella.

- ¡Es el fin demonio! Tu amiga esta ahora bajo mi poder. Podría lanzarla con todas mis fuerzas contra una pared y destrozarla como a una manzana. ¿Es eso lo que quieres?- Hellboy miró a Rebecca, suspendida en el aire, moviéndose. Odiaba cuando los enemigos jugaban sucio, aprovechándose de los débiles. Miró a Rebecca con una sonrisa de medio lado y luego se incorporó.

- Es fácil ser así, ¿verdad? Aprovecharse de gente más débil que tú para asustar. Qué valiente, un orgullo para tus hermanos. Estoy seguro de que Guerra estaría orgullosísimo de ti. Por no hablar de Muerte. Cómo se nota que eres el hermano pequeño... Tus sueños son pequeños y débiles.- Intentaba hacerle perder tiempo mientras buscaban una solución. ¿Intentar atacarle directamente? No, descartado. Él lanzaría a la vaquera contra un muro y se convertiría en confeti. ¿Dispararle? Ya no tenía "El Samaritano". Estaba allí, a un par de metros de él. ¿Espada? No podía competir contra la suya. La que ahora llevaba era mágica, pero no poseía ningún tipo de aura o poder para conseguir frenar los ataques del otro. Pero podía entretenerle mientras Rebecca apuntaba contra él o algo por el estilo. Era cuestión de tocarle la fibra sensible, herir su orgullo. Las criaturas sobrenaturales siempre solían ser extremadamente soberbias, y Hambre no iba a ser la excepción.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   3rd Julio 2014, 12:53

En cuanto terminó de recargar, se levantó del suelo. Cerró el revolver con un chasquido y se ayudó con las manos y las rodillas para levantarse, rodando por el suelo para quedar boca abajo y poder actuar con más rapidez. Hambre y el Demonio intercambiaban rápidos golpes, arrancando chispas al metal. Cuando hundió su mano en el rostro pútrido de él, y esta salió cargada de úlceras y pústulas, ella tuvo la certeza de que lo mejor que podía hacer era no tocarlo. Se levantó y se dirigió a la carrera hacia el jinete, dispuesta a rellenarlo de plomo bendecido, hasta que sintió como si alguien tirase hacia arriba de su cuerpo. Quedó flotando, suspendida por una fuerza invisible, y observó la palma de la mano que apuntaba hacia ella. Aquel cobarde estaba usando de nuevo las fuerzas que tenía para interponer obstáculos con un fin inevitable.

Amenazó a Hellboy con hacerla daño, mientras ella le miraba intensamente. Sus ojos se encontraron y entonces, desvió la mirada hacia un lugar. Su compenetración fue inmediata. Rojo se jactó frente al jinete y este deformó la cara en una expresión de rabia. Los cascos del caballo chocaban contra el suelo, intentando levantarse, pero era inútil. Aquellas balas le hacían más daño que las habituales, haciendo que la curación que parecía poseer se ralentizara mucho.

Spoiler:
 

Ella alargó la mano hacia su látigo, al tiempo que se perdía un instante en los ojos del animal. No había mal en ellos. Sus iris verdosos reflejaban su naturaleza, haciéndola comprender que aquello era para lo que él había nacido. Por un instante, sintió una conexión mayor, como el eco de una conversación que se hablaba en todos los idiomas desde antes de que existiera el tiempo. En sus ojos verdes sintió la comprensión de una mente inmensa que no la juzgaba. Ambos se comportaban acorde a su naturaleza, pero la diferencia era que ella tenía a Rojo... y él, ahora, estaba sólo...

Con la fuerza de su brazo alzado de amazona, rodeó todo el perímetro de su propio cuerpo, suspendido en la nada, y con un chasquido y el grito desgarrador del animal, frunció el látigo contra su poderoso cuello blanco. Unas líneas ardientes atravesaron su pelaje albar al hacer contacto y se rasgaron como el fondo de un río en época de sequía, dejando brotar sangre negruzca. El látigo se afianzó al tirar ella con toda su fuerza, mordiéndole la carne, mientras el animal sacaba una lengua amoratada por la falta de aire. El jinete gritó, pero no tuvo tiempo de evitar que con la mano libre, ella descargara una bala, una sola, justo entre los ojos del animal. En el punto mismo del tiro de gracia...

La pequeña bala santificada mordió su carne, y se suspendió en el núcleo mismo de su cerebro, como una lágrima de plata. El eco de un relincho ancestral desgarró el tiempo, mientras el caballo se evaporaba en una miasma de neblina verde, lenguas de fuegos fatuos que deshicieron su figura, mientras volvía a la oscuridad de la que había sido sacado a la fuerza, su piel convertida en pergamino ardiente que dejaba a su paso sólo unas intensas ascuas de perla y esmeralda, flotando ingrávidas sobre el suelo.

El grito del jinete fue incluso más desgarrador que el de su animal. Mientras su armadura se deshacía sobre su rostro y él se sujetaba, como presa de un dolor incalculable. Ella calló al suelo pesadamente, contra el escudo, que al repeler el impacto resquebrajó el suelo de la sala del trono generando una ventisca que esparció aún más los pocos restos volátiles de la inmensa criatura. Del Titan albar. Peste.

Pero no estaba triste. Porque no lo había matado, si no liberado...

El jinete se retorció, liberando holeadas de energía verdosa que les empujaban, como arcos de aire nauseabundo y cálido, golpeándoles la piel y meciendo violentamente sus cabellos. Ella tuvo que sujetarse el sombrero, mientras trataba de levantarse del suelo, después de la caída. Un fogonazo se desprendió de la figura aún en pie, y con la misma fascinación que causaba la estela de una aurora boreal, la vio ascender perdiéndose en la oscuridad, saliendo por resquicios, ventanales y sombras.

Entonces observaron la nueva imagen que había frente a ellos. El yelmo se desprendió de su rostro casi en su totalidad, pero aún mantenía la gran espada en su mano. La neblina verde que había en torno a él había desaparecido y ahora tan sólo era un intenso brillo ocre y sucio, como el fondo fangoso de un río. La boca se había desfigurado, mostrando su cuerpo original. Hambre.

La vaquera, en pie, comenzó a caminar acercándose hacia ambos, mientras el monstruo parecía recobrar consciencia de lo que le había pasado. Sólo ahora se daba cuenta de lo temerario, de lo estúpido que había sido. Porque el mayor defecto del poder, es no darse cuenta de que puede desaparecer...

- Te lo advertí.- dijo ella, y su voz sonó cargada de una madurez impropia en alguien con su edad. El avance de sus espuelas se detuvo, y la criatura se encaró hacia ella, con sus repugnantes dientes sangrantes y esa expresión demacrada - Un jinete no es nada sin su caballo. - añadió, obligando a esas palabras a sonar como una lección vital.

Peste había desaparecido. Ahora sólo quedaba Hambre.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   3rd Julio 2014, 13:34

Tal y como esperaba el demonio, la vaquera tomó las riendas del asunto. Desenfundó su largo látigo y con un poderoso chasquido golpeó el cuello del caballo, provocando que tanto él como el jinete gritasen de dolor y horror. Hambre miró a su caballo y después a la chica. Pero ya era demasiado tarde. Ella disparó un tiro certero que acabó definitivamente con la vida del caballo al insertarle en pleno cráneo una bala. Unas enormes lenguas de fuego cubrieron al corcel al tiempo que ella caía al suelo y el jinete se tapaba la cara con el brazo. Su katana calló al suelo y su armadura y ropajes comenzaron a desaparecer, deshaciéndose en polvo en medio de la tempestad que había empezado en aquella enorme sala. Miró sus manos, viendo como las negras placas de metal desaparecían, mostrando unas huesudas y putrefactas extremidades, llenas de pústulas y heridas. Los gritos eran ensordecedores, únicamente superados por los sonidos de viento y tempestad que provenían del gigantesco caballo.

Hambre ya no era el de antes. No generaba miedo ni temor. Tan solo repugnancia y asco. Ni siquiera pena, pues no la merecía. La pareja se acercó poco a poco a él, quien yacía en el suelo arrastrándose como podía, tratando de alejarse de ellos.

- ¡Esperad! ¡Esperad! Po... ¡Podemos llegar a un acuerdo! Vamos, sois seres inteligentes y poderosos. ¿Y si os ofreciese un poder mucho mayor del que podáis imaginar?- Pero Hellboy ya estaba harto. Recogió su revolver y disparó contra el hombro de la criatura para que cesase con sus súplicas. Enfundó el humeante cañón y andó hacia él. Ahora, no era más que una mole de carne podrida cubierta con un hábito negro andrajoso, viejo, sucio. Su rostro estaba tapado a mitad, y ya no había rastro de la sonrisa maloliente ni repulsiva. Solo una mueca de dolor y temor.

- Te lo advertí. Un jinete no es nada sin su caballo. - La vaquera se tomó su venganza personal con esas palabras. Su rostro era serio, triunfante, con aquella mirada fría y calculadora bajo el sombrero y esos ojos azules.

Antes de que pudiese hablar de nuevo, Hellboy le golpeó con fuerza en la cara con su mano de piedra, provocando que se chocase contra el frío suelo. Le cogió con la mano izquierda por el brazo derecho, levantándole ligeramente, y comenzó a descargar su puño contra aquella cara una y otra vez. Cada golpe resonaba por toda la sala, salpicando una negra sangre, manchando la mano de piedra y la cara de la criatura. Con un fuerte movimiento, enroscó su brazo izquierdo alrededor del de Hambre y, con un seco crujido, se lo partió, provocando un terrible aullido de dolor que heló la sangre. Pero el demonio no iba a parar, no después de todo lo que les había hecho pasar. Quería asegurarse de que aquella criatura no volviese a molestarles. Lo cogió por una pierna mientras intentaba escapar y lo arrastró hasta la mitad de la sala, dejándolo allí tendido. Cogió su katana y le ensartó con fuerza, para luego levantarlo con ella. Le abofeteó con fuerza, saltándole los dientes de un solo golpe. Agarró su cabeza con ambas manos, y poco a poco, le introdujo el pulgar de piedra en la cuenca del ojo izquierdo, estallándoselo, dejándolo tuerto. La criatura no paraba de gritar y aullar. El dolor que sentía era indescriptible. Con el estallido del ojo, Rojo se manchó la cara. Estaba siendo muy cruel, pero quería mandar un aviso a los otros jinetes de lo que les esperaba si decidían venir.

Finalmente, se puso detrás de él y le cogió la cabeza con ambas manos desde la espalda, obligándole a mirar a la vaquera. Esperó a que ella le mandase el mensaje pertinente y luego habló él.

- Y diles a tus hermanos, que les estaremos esperando.

Un fuerte puñetazo en el costado, y después, con sus propias manos, comenzó a tirar hacia arriba de la cabeza del jinete quien profirió un espeluznante grito que se agudizó hasta que se la arrancó, provocando un enorme estallido de sangre negra, quedándose con la cabeza sangrante y parte de la columna colgando de ella. Después de eso, el cuerpo y la cabeza del jinete se convirtieron en humo y polvo, desapareciendo ante ellos. Todo se había acabado. Por fin habían vencido a Hambre. Y con los últimos restos del jinete desapareciendo entre las baldosas de la sala, escucharon una conocida y delicada voz.

- Emm chicos... ¿Podríais ayudarme a bajar de aquí? No soy especialmente fan de las alturas.

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MensajeTema: Re: Victoria en el Grand National (Post-Omega)[Hellboy]   3rd Julio 2014, 15:15

Temblaba como un recién nacido sin madre. Bastardo cobarde hijo de mil putas muertas. Al avanzar hacia él, mano a mano con Hellboy, el sonido de sus espuelas actuaron a modo de segundero, aproximando a esa monstruosa desgracia hacia el juicio final que él tanto se había empeñado en provocar. Con la salvedad de que ahora era él a quien iba a golpear, con toda su fuerza desatada. Una extraña sensación de peligrosidad la puso en guardia, pero supo que provenía claramente de su compañero, y no de esa infamia cobarde que segundos antes se había creído indestructible, y ahora lloraba por su vida. Sus ojos azules se clavaron en él, totalmente condenatorios. La Sheriff lo miraba, impasible, bajo su sombrero. No hay piedad para los malvados.

Cuando Rojo comenzó el despiece de aquella criatura, ella no apartó la vista ni en un sólo momento. Ni tan siquiera cuando una salpicadura de sangre recorrió al completo su pecho, su rostro y su sombrero. Todo aquel dolor ni la hizo pestañear, por que con cada golpe que le propinaba cobraba uno de los delitos que había acumulado en su lista. La muerte de los participantes en la carrera, la muerte de los caballos, el miedo, el abandono a su propio animal, las amenazas, las pérdidas que habían sufrido entre sus filas...

Si hubieran dispuesto de la eternidad para cobrar todos sus males, no tendría carne suficiente con la que pagar...

La sangre negra y apestosa le resbalaba por el rostro, como una salpicadura de alquitrán. Apestosa y cálida, incluso segundos después. Rojo había transformado aquella cosa en una masa informe y sangrante, cuyos gritos se convertían en la banda sonora perfecta de la justicia en sus oídos. El demonio se había convertido en el verdugo, y ella no tenía intención de interrumpirle, pero cuando supo próximo su fin, no pudo evitar hacerlo. Una mirada bastó para que él obligara al condenado a mirarla, cara a cara, por última vez. Ella clavó sus retinas sobre aquel mar de músculos desgarrados y huesos apuntalados por debajo, como si se esmeraran desesperadamente por sujetar la carne sobre ellos. Entonces, se acercó a él, al tiempo que sacaba del bolsillo de atrás una petaca plateada, bebía un pequeño trago, y dejaba deslizar unas cuantas gotas por su cuello, limpiándolas con rapidez. Avanzó asta quedar totalmente cara a cara. Ni una sola expresión se leía en el rostro de la Sheriff, como un mar de infinita neutralidad.

- En este mundo nos sobran victorias, guerras y muertes...- comenzó, al tiempo que sentía su pestilente aroma, como el de un cadáver puesto al sol - Asegúrate de advertirles de que lo que traigan, se lo van a llevar. Si quieres  hambre...- dijo ella acercándose a su rostro hasta que les separaba el ancho de una aguja. La pausa se suspendió en un silencio temeroso - La tendrás.- añadió en un último comentario, cortante como una escama de carnicero, antes de acercarse hacia el cuello de la criatura.

Como un animal salvaje, contenido hasta entonces en un cuerpo humano, abrió la mandíbula y la hundió en la carne putrefacta. Aquella cosa chilló como si fuese a estallar, de nuevo asfixiada por el dolor más intenso agravado por el hecho de que ella había purificado su boca con el último trago de agua bendita, de manera que no solo sintió el brutal mordisco, si no que al contacto toda la carne a su alrededor parecía carbonizarse, soltando terribles vapores y olor a carne quemada. La sangre salpicó su rostro, su pecho, su cuello, esta vez servida de la propia fuente, y con un crujido aterrador arrancó el pedazo, del que se desprendieron venas y tendones que salpicaban fluidos sobre su barbilla.

La masa de músculos la contempló, con el único ojo que le quedaba, mientras Rojo completaba su mensaje. Durante sus últimos segundos en la tierra, en la inacabable agonía de su propia decapitación llevada a cabo de la manera más brutal, el llamado Jinete del Apocalipsis contempló, sin poder creerlo, cómo la mujer mortal que tenía enfrente masticaba impertérrita el pedazo de carne sangrante.

Mientras lo hacía, tuvo que hacer lo posible por contener las nauseas que aquella cosa le producía, y lo consiguió tan sólo a base de comprobar lo aterrador que le resultaba a ese monstruo esa visión. Cuando por fin el Demonio le arrancó la cabeza por completo, y esta se convirtió en polvo, ella abrió la boca mirando hacia arriba, permitiendo al humo negruzco salir de su interior. Todo resto desaparecía, incluso la sangre en la que estaba bañada se desprendía de su ropa. Cuando todo aquello acabó, su mirada se encontró con la del Demonio.

Fue un instante fugaz, y a la vez, cargado de suficiente significado como para que resultara difícil medir cuánto tiempo necesitaban para comprender todo lo que escondía.

Acto seguido, sus miradas se dirigieron hacia Azul, que colgaba sobre la pared. Ahora parecía algo más despejado, y consciente. Ella se acercó a él mientras una sonrisa alegre se dibujaba de nuevo en su rostro, como si instantes antes no hubiera estado salpicado en entrañas. Encontraron las cuerdas con que lo mantenía y las cortaron, haciendo que azul se precipitara contra el suelo, donde Rojo lo recogió con cuidado, cubriéndole la caída. Entonces volvió junto a ambos.

- ¿Te encuentras bien, Cuero Azulejo? - preguntó ella entonces, con un suave tono de voz que en nada tenía que ver con el que había usado para amenazar al monstruo del que se acababan de librar. Después de su contestación y de asegurarse de que todo estaba en orden, se sentó por un instante en el trono, reposando su cuerpo en el asiento. Se echó el sombrero hacia atrás y se enjugó la frente. Aquello había sido devastador, en todos los aspectos. Miró a Hellboy entonces, y una media sonrisa enigmática se posó en sus labios. - ¿Sabes qué? Creo que aceptaré ese puro.
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